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Roberto Carbajal

La aventura humana

Bajo sospecha

Nadie ha podido demostrar que Dios exista. Tampoco lo contrario, dirán otros. Pero hay que tener cuidado, no vaya ser que se nos eche encima la Asociación de Abogados Cristianos. Las religiones son un invento que choca frontalmente con la ciencia, cuyas teorías pasan a ser ley cuando es capaz de poner negro sobre blanco la constatación de que la teoría deja de serlo. Con las religiones ocurre todo lo contrario: todo es dogma de fe. Si las analizamos desde un punto de vista científico, cualquiera de ellas causa hilaridad. La gente es libre de creer en lo que quiera, faltaría más, pero una cosa es el respeto a esa forma de entender la vida y otra distinta perseguir a quien se pasa por el arco del triunfo el hecho religioso. La libertad de expresión consagra cualquier creencia, aunque de igual forma tiene que velar por que las manifestaciones que la critiquen tengan cabida en el mundo real.

De un tiempo a esta parte, la Asociación de Abogados Cristianos, con sede en Valladolid, ha llevado ante los tribunales a decenas de personas por poner en escena ‘performances’ o proferir opiniones sobre cualquier cosa contraria con la fe católica. La Constitución avala este tipo de hechos. La mencionada Asociación ha llevado ante la justicia al actor Willy Toledo, al colectivo feminista Femem, a un grupo que sacó en procesión a una vagina enorme; contra quienes se caguen en Dios o en la Virgen, contra una representación teatral que lleva por título ‘Dios tiene vagina’ y una sucesión de cincuenta causas que estos abogados ultraconservadores tienen en cartera. Hay quien los asocia a un grupúsculo de tinte sectario y oculto denominado El Yunque. Naturalmente, ellos ni lo asumen ni lo desmienten, de ahí tanto secretismo. Al Código Penal hay que darle un revolcón, porque organizaciones como los Abogados Cristianos pueden poner sus ojos sobre cualquier manifestación que se salga del canon. Frente a la mofa sobre la religión o la libertad de expresión, prefiero esta última. Lo demás es perderse en disquisiciones bizantinas que no conducen a ninguna parte.

Publicado en El Norte de Castilla el 27 de marzo de 2019

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Sobre el autor

Tenía siete meses cuando asesinaron a John F. Kennedy. De niño me sentaba en los parques a observar a la gente, pero cuando crecí ya no me hacía tanta gracia lo que veía. Escribo artículos de opinión en El Norte desde 2002, y críticas musicales clásicas desde 1996. Amo la música, aunque mi piano piense lo contrario. Me gusta cocinar; es decir, soy un esclavo. Un esclavo judío a vuestro servicio.


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