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Roberto Carbajal

La aventura humana

Percepción y realidad

Elección tras elección, constituye un misterio conocer qué provoca que un individuo se decante por una determinada opción política. Yo voto a los míos, afirman algunos, como si se tratase de una declaración tribal, en la que convierte a los oponentes en enemigos pasajeros de una tribu imaginaria. Por muy estrafalaria que resulte una oferta política, siempre habrá alguien que caiga en la tela de araña, para convertirse en ese tonto útil que proyecta a un partido hacia la hegemonía. De lo que no cabe la menor duda es de que el ciudadano medio adolece de falta de información a cerca de la política y su funcionamiento. Tan solo unos pocos interesados escudriñan sus intereses en los programas electorales y menos aún quienes emprenden un seguimiento para dar fe de si se cumplen las promesas reflejadas en las propuestas. Si se cuestiona al electorado sobre qué significa ser liberal, conservador o socialdemócrata es más que probable que el encuestado simplifique la respuesta y responda que es de tal o cual partido, por pura ignorancia. Mucha gente no acude a las urnas. Aseveran que todos los políticos son iguales y que un voto más o menos no influirá en lo que le interesa. Esto significa que quienes así piensan se traduce en cientos de miles de papeletas que podrían conllevar un vuelco electoral. Pero este tipo de ciudadano es irreductible y a ver quién es capaz de revocar su inmovilismo.

Nadie es apolítico. Solo hay que presentarle un cuestionario sobre una serie de asuntos y automáticamente el resultado lo adscribiría a una determinada ideología. Todos nosotros pertenecemos a algo, llámese seguidores de un determinado tipo de música, de un célebérrimo tenista o de la asociación de amigos del tren. Esto es intrascendente, no divide, no genera conflictos en la convivencia; la política, sí. El caso más palmario puede observarse en la Cataluña actual, en la que en el seno de una familia conviven independentistas y constitucionalistas, convirtiendo las reuniones familiares en un sin dios. Puede dar la impresión de que todo es un juego. Pero no.

Publicado en El Norte de Castilla el 29 de mayo de 2019

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Sobre el autor

Tenía siete meses cuando asesinaron a John F. Kennedy. De niño me sentaba en los parques a observar a la gente, pero cuando crecí ya no me hacía tanta gracia lo que veía. Escribo artículos de opinión en El Norte desde 2002, y críticas musicales clásicas desde 1996. Amo la música, aunque mi piano piense lo contrario. Me gusta cocinar; es decir, soy un esclavo. Un esclavo judío a vuestro servicio.


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