Le guste o no reconocerlo, Pablo Iglesias y su partido ya forman parte del sistema, de eso que ellos denominaron al principio de su existencia como ‘casta’. Tras el desplome en las elecciones, el líder de Podemos no quiere perder la poca visibilidad que aún conserva y no se le ha ocurrido mejor forma que exigirle a Pedro Sánchez formar parte de un gobierno de coalición. Es decir, anclarse al sistema que tanto criticaron. El presidente del Gobierno no está por la labor. A lo sumo, estaría dispuesto a asumir propuestas ‘podemistas’. Se me ocurre un nombre: José Julio Rodríguez, exJEMAD. Podría ser un magnífico ministro de Defensa, sustituyendo a la soberbia y caprichosa Margarita Robles, que aceptó el cargo siempre que Sánchez trasladase de nuevo el Centro Nacional de Inteligencia (antes integrado en Presidencia) a su ministerio. Hasta que no lo consiguió, no aceptó el cargo. A todo el mundo le gusta este juguete. Normal.
Podemos nació como una fórmula que aquilatase el descontento popular de las masas con el sistema. Ahora ya forman parte de ese entramado y no solo por las formas. La pareja cesarista que forman Irene Montero y Pablo Iglesias (con sus gemelos) dejaron la vivienda en un populoso y humilde barrio madrileño para adquirir e instalarse en una dacha elitista en el campo, al estilo de la ‘nomenklatura’ soviética, que es la teta de la que mamó Iglesias durante toda su vida. Su electorado le ha dado la espalda no estrictamente por cuestiones formales, sino porque este macho alfa (como se autodenominó) ha hecho añicos a su partido, provocando desbandadas y troceándolo. Atrás quedan los días en que los Círculos contaban algo. Hoy, las deserciones y las críticas acogotan al icónico líder de la coleta. Desde dentro, son muchos los que piden la refundación de Podemos, para tratar de recuperar su esencia. Incluso exigen no integrarse en un gobierno de coalición con el PSOE, para salvaguardar sus esencias anticapitalistas. En cualquier caso, se puede colegir que don Pablo es un pecador de la pradera. ¿Podemos? No puedo, no puedo.
Publicado en El Norte de Castilla el 5 de junio de 2019