Las diferencias entre Berlusconi y Rajoy estriban en que al primero le van a emplumar y al presidente popular estaban desplumándole. A Rajoy le gustan las bicicletas y al Cavaliere, las ciclistas. Y que cada cual añada otras a las anteriores. Un punto de convergencia se encuentra en que ambos conocen a Alejandro Agag. Y hasta donde sabemos, aquí concluye la sintonía, y todo porque Mariano Rajoy no entra en detalles. Suele decirse que Italia y España se parecen bastante. Lo atribuiremos a que los ciudadanos de los dos países respiran, tienen ojos y padecen la corrupción. Los analistas aseguran que los italianos reeligen al magnate porque la gente ve reflejadas en él todas sus aspiraciones, mientras que en España nunca hemos elegido a un millonario simpático como jefe del Gobierno y, reconozcámoslo: el heredero de Aznar no levanta pasiones.
Cuanto más se difunde el registro de los grandes éxitos del ‘caso Gürtel’, más afianzamos nuestro conocimiento sobre lo que mueve al ser humano. Son esas pasiones primitivas que terminan de rodillas ante un confesionario, cuando la fe te conduce a expiar tus pecados. En ocasiones, la declaración ante un sacerdote es la antesala de hacerlo frente a otro juez y la penitencia que ambos imponen no tiene parangón. La mala conciencia se refleja en el rostro, aunque mucha gente tiene más rostro que conciencia. Si alguien pasa el tiempo chapoteando en una ciénaga hedionda, es probable que las salpicaduras terminen manchando el traje de quien merodea por los alrededores o ahogándolo en ella.
En nuestro país menudea el latiguillo de que todos los políticos son iguales y que están en el poder para llevárselo en crudo. La asunción de esta creencia vuelve a hermanarnos con los italianos: inexplicablemente, las corruptelas no pagaron ningún precio en las urnas tras los últimos comicios europeos; al contrario, los implicados en los escándalos aumentaron su respaldo electoral. Me da un vuelco el corazón cuando escucho a alguien definirse como apolítico, porque escarbando un poco corroboras todo lo contrario. Cuando la ciudadanía toma distancia de la vida gubernamental y no vela por que sus intereses sean satisfechos, lo mejor es apagar, irse y declarar que esa nación es territorio comanche. Especuladores sin escrúpulos han esquilmado las arcas públicas con la complicidad de algunas instituciones. Como el sistema electoral es una burla a la dignidad de los españoles, la distancia entre el pueblo y sus políticos se ha vuelto endiabladamente insalvable para todos. Nadie en sus cabales puede defender a estas alturas que elige la composición del Parlamento o el ayuntamiento de la esquina. El Partido Popular aspira a gobernar España, así que no le vendría mal abrir las ventanas y ventilar la casa. Mientras se decide, la Justicia debe actuar. Y nosotros, hacer planes.
Publicado en El Norte de Castilla el 10 de octubre de 2009