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	<title>EL FARO DE AQUALUNGmúsica &#8211; EL FARO DE AQUALUNG</title>
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		<title>EL REY DEL SLIDE</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Nov 2008 09:18:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Vicente Álvarez</dc:creator>
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<p><SPAN style="FONT-SIZE: 10pt; FONT-FAMILY: Arial; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'">Tiene 55 años y el cáncer ha dejado evidentes huellas en su cuerpo. Ahora gasta mirada triste y una extrema delgadez. Lejos queda el Chris Rea que unos avispados productores intentaron convertir en un cantante pop de canciones ligeras, vídeos horteras y cabello teñido. Sus primeros discos, a pesar del típico mangoneo de la casa discográfica, acogen unas cuantas pepitas de oro, pero fue tras el éxito de “On the beach” cuando Chris Rea tomó los mandos de su carrera. Grandes discográficas le pusieron Eldorado a la puerta de su casa, pero él prefirió encerrarse en una pequeña compañía que le ofreció libertad absoluta para hacer lo que le viniera en gana. Sacrificó dinero por libertad y el resultado fue la publicación de una decena de discos grandiosos que pasaron casi desapercibidos. Discos atravesados por una música triste, melancólica, íntima, tierna y agridulce, sazonados con la extraña y genial forma de tocar la guitarra de Chris Rea y agujereados por su voz metálica, arenosa y cálida a la vez. En todos ellos encontramos ecos de Springsteen, de Cohen, de Clapton, de Waits, de Van Morrison, aunque Chris Rea va mucho más lejos. En sus canciones las guitarras se rebelan como winchesters de seis cuerdas y se transforman en noches solitarias mojadas en alcohol. En todas ellas se mezclan rostros golpeados por el neón que hacen el amor con Carole King, hoteles de carretera, medianoches azules, calles vacías en ciudades vacías, ríos de acero, lágrimas en la almohada, ángeles besando a la luna, jinetes solitarios, mañanas tristes bajo la lluvia y palacios llenos de guitarras. Hizo célebres a sus hijas dedicándoles dos de sus canciones más hermosas (“Josephine” y “Julia”), comenzó a coleccionar ferraris y guitarras Fender, abrió un restaurante para dar salida a otra de sus grandes pasiones y participó en varios proyectos cinematográficos. Sin embargo, su gran Armageddon personal estaba a punto de llegar. En el 2002 le detectan un gravísimo cáncer y, tras una operación de 16 horas, le extirpan el páncreas y el duodeno, un tercio del estómago y algunos conductos con el hígado (sólo 27 personas en el mundo han sobrevivido a una operación como ésa). Antes de entrar en el quirófano escucha a una enfermera hablar de él como “el autor de la famosa On the beach”. Chris Rea se duerme pensando que ese no es el recuerdo que quiere dejar, que esa enfermera no conoce su amor profundo por el blues. En la posterior convalecencia comienza a pintar como un desesperado y a componer canciones con su eterna slide. El Mississippi que siempre corrió por sus venas acaba triunfando aunque las carroñeras discográficas, oliendo su muerte y el negocio que se esconde tras ella, le ofrecen el oro y el moro por hacer un disco de duetos con músicos famosos. Chris Rea prefiere fundar una compañía propia y publica, en tres años, dos discos instrumentales maravillosos, un disco doble (“Stony Road”) y “The blue jukebox”, un íntimo ejercicio de blues tintado de jazz y swing nocturno, heredero directo del mítico Kind of blue de Miles Davis (el Times hizo una crítica muy elogiosa que comenzaba: “el guitarrista y cantante de blues Chris Rea&#8230;.”; recortó la reseña, se la mostró a su mujer y le dijo: “Esto es por lo que llevo peleando casi treinta años”). Sin embargo, lo mejor estaba por llegar. Como despedida de la música, Chris Rea ha sacado fuerzas de flaqueza y ha editado una monumental obra formada por un dvd y 11 cedés con 137 nuevas canciones y más de 50 cuadros pintados por él mismo. Chris Rea lo llama “ear book”, un libro para los oídos y explica, con la sabiduría de un hombre que ha bailado con la muerte, que fue muy simple: “Entre el tercer café y la ducha siempre hay una canción, cada mañana”. Sin duda, Chris Rea nos ha regalado el mayor monumento de los últimos tiempos, la nueva Capilla Sixtina del jazz blues, un viaje musical inolvidable en el que todos los discos están atravesados por su particular poesía, por el magistral dominio de la slide, por su voz metálica y por la nostalgia y elegancia típicas de este Camarón del Mississippi. Se trata, sin duda, del mejor regalo del mundo. Yo ya lo he regalado aunque, seguramente, jamás llegue a su destino.</SPAN></p>
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		<title>EL OTOÑO DEL VIEJO LOBO</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Oct 2008 13:19:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Vicente Álvarez</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><IMG class=imgdcha id=img_0 src="/vicentealvarez/wp-content/uploads/sites/3"> El profeta de la desesperación, el canadiense errante, el comandante de campo Cohen acaba de cumplir setenta años y nos ha regalado un nuevo disco. Una vuelta de tuerca más a un mundo poblado por versos crueles y contundentes, textos apocalípticos, canciones amargas, tristes y solitarias apoyadas en los temas de siempre, en el amor, en la soledad, en el odio, en el paso del tiempo. Un mundo, el de Leonard Cohen, que se mueve en el extraño espacio que hay entre la lujuria y la tristeza, un mundo de crucifijos descruzados, de mosquitos que descubren un cuerpo desocupado, de pájaros en el alambre, de borrachos en coros de medianoche, un mundo perdido en las pasiones de la fragancia, en los harapos del remordimiento. Ahora, viejo y cansado, el canadiense de sangre judía y alma mediterránea, el hippie existencialista, el mujeriego irredimible, el poeta, músico y monje zen hace un repaso de sus soledades y misterios. Cínico en su herida y taimado en su desesperación existencial nos entrega un disco meditabundo repleto de bellas y elegantes canciones que lucen una digna resignación: “Ellas se desnudan, cada una a su manera, y dicen, mírame, Leonard, mírame por última vez; luego se inclinan sobre la cama y me cubren como a un bebé que está temblando”. Nos obsequia un intenso y particular homenaje de dos minutos al 11-S (“¿enloqueciste o te hiciste presente el día en que hirieron a Nueva York”) y reclama para todos el territorio torpedeado de la paz (“una cruz en cada colina, una estrella, un minarete, tantas tumbas que llenar; amor, ¿no estás aún cansado?). Desde hace muchos años, su voz ronca, áspera, profunda y oscura, respaldada por preciosas y cristalinas voces femeninas, sigue escupiendo el desamor (“estoy en ruinas detrás de ti”), la angustia de la derrota (“luché contra la botella pero debí hacerlo borracho”), la desesperanza (“hay una guerra entre el rico y el pobre, entre el hombre y la mujer, entre el de izquierdas y el de derechas, entre el blanco y el negro, hay una guerra entre los que dicen que hay una guerra y los que dicen que no la hay”) y la certidumbre de su fracaso (“el juez no tiene otra salida: el cantante debe morir por tener la mentira en su voz”). Al fin y al cabo, la defensa de Leonard Cohen siempre estuvo oculta en el vestido de una mujer que quisiera perdonar, en el gozne de sus muslos donde tanto tiempo mendigó el disfraz de la belleza. Por eso se ha pasado toda la vida saludando desde la otra orilla del dolor y la desesperación, viviendo a un millar de besos de profundidad, vagando por la oscuridad de los ríos, brindando por el corazón sin amante, por el alma sin rey, por la primera bailarina incapaz de bailar nada, anhelando nadar en el mar y que su corazón pueda descansar de tanto desgarro, esperando que llegara el milagro, mirándose en los espejos de innumerables lugares, asumiendo la generosidad y la sabiduría de Johnny Walker, intentando olvidar lo inolvidable (“hace tiempo encontré a una mujer de pelo tan negro como el negro pueda ser, era una profesora del corazón, dulcemente respondió no”). Y, por supuesto, conquistando Manhattan primero, conquistando Berlín después.<br />
Leonard Cohen es un soldado de la vida, un borracho de elegante luto, un romántico enamorado de perdedores, prostitutas y proscritos. Leonard Cohen es mitad lobo-mitad ángel, es el amante que Lorca nunca tuvo, es la espina de la noche en nuestro pelo, es la lanza del tiempo en nuestro costado. Además, Leonard Cohen sigue siendo el hombre blanco que no deja de bailar sobre las cenizas de nuestra civilización. Nació unos meses antes que Elvis Presley y se enamoró en el Hotel Chelsea, el mismo hotel por donde vagabundeaban Joan Baez, Bob Dylan, Jimmy Hendrix o Janis Joplin, el mismo hotel en el que Dylan Thomas se bebió sus últimos dieciocho tragos. Ha vendido más de quince millones de discos, ha publicado once libros de poesía y dos novelas. Ha seguido la senda de Dylan, Brel y Van Morrison, de Lord Byron y de Lorca. No resulta desdeñable pensar que el Nobel de Literatura lleva esculpido su rostro de monje budista y poeta iluminado.</p>
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