{"id":2964,"date":"2019-05-31T10:40:29","date_gmt":"2019-05-31T09:40:29","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/vicentealvarez\/?p=2964"},"modified":"2019-05-31T10:40:29","modified_gmt":"2019-05-31T09:40:29","slug":"una-bala-maldita-el-fin-de-chicago","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/vicentealvarez\/2019\/05\/31\/una-bala-maldita-el-fin-de-chicago\/","title":{"rendered":"UNA BALA MALDITA: EL FIN DE CHICAGO"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/3\/2019\/05\/kath-chicago22.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-medium wp-image-2965\" src=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/3\/2019\/05\/kath-chicago22-234x300.jpg\" alt=\"kath-chicago22\" width=\"234\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/3\/2019\/05\/kath-chicago22-234x300.jpg 234w, https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/3\/2019\/05\/kath-chicago22-768x985.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/3\/2019\/05\/kath-chicago22-798x1024.jpg 798w, https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/3\/2019\/05\/kath-chicago22.jpg 1653w\" sizes=\"(max-width: 234px) 100vw, 234px\" \/><\/a>Publicado en &#8220;La sombra del cipr\u00e9s&#8221;, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el 31 de mayor de 2019.<\/p>\n<p>Era lunes. 23 de enero de 1978. Terry Kath, guitarrista de la banda Chicago, jugaba con una pistola. Se celebraba el final de una fiesta en los alrededores de Los \u00c1ngeles. Kath andaba en horas bajas. Hab\u00eda tenido problemas de sobrepeso. Abusaba de las drogas. Beb\u00eda como un cosaco. Estaba obsesionado con las armas de fuego. Y, para m\u00e1s inri, dentro del seno de la banda hab\u00eda estallado una lucha fratricida. Por un lado Peter Cetera, el bajista y cantante principal, deseaba seguir explotando el sonido AOR que hab\u00eda empezado a hacerles multimillonarios tras el monumental \u00e9xito de \u201cIf you leave me now\u201d. Por el otro, Terry Kath quer\u00eda mantener la esencia del grupo, de sus or\u00edgenes, aquella mezcla de rock, blues, jazz y psicodelia que les hab\u00eda encumbrado al Olimpo de los grandes, record Guiness incluido con tres primeros discos dobles y el cuarto un disco cu\u00e1druple. Aquella noche, Kath manipulaba una de las armas a las que tan aficionado era. Dicen que empez\u00f3 a jugar con ella. Dicen que m\u00e1s de una vez hab\u00eda jugado a la ruleta rusa, el pasatiempo favorito del diablo. Dicen que coloc\u00f3 el ca\u00f1\u00f3n en su sien y, ante las protestas y advertencias de sus amigos, pronunci\u00f3 sus \u00faltimas palabras: \u201cTranquilos, est\u00e1 descargada\u201d. Dicen que apret\u00f3 el gatillo y se vol\u00f3 los sesos. Dicen que la versi\u00f3n oficial mantiene que fue un accidente. Dicen que, sin \u00e9l saberlo, hab\u00eda una bala en la rec\u00e1mara. Tambi\u00e9n dicen que es extra\u00f1o que un experto en armas como Kath no se hubiera apercibido de tal circunstancia. En todo caso, aquel d\u00eda muri\u00f3 el que, en palabras de Jimi Hendrix, era el mejor guitarrista del universo. Terry Kath aportaba al grupo fuerza y dinamismo, era la parte m\u00e1s rockera, creativa y agresiva de Chicago. Su voz rota de inspiraci\u00f3n soul era portentosa y sus performances con la guitarra eran pura magia en el escenario, contorsion\u00e1ndose y tocando con una precisi\u00f3n y una rapidez endiabladas. Terry Kath no paraba de experimentar e improvisar nuevos sonidos con su Fender Stratocaster y su guitarra era pura distorsi\u00f3n, suntuosidad y psicodelia. Para muchos era un aut\u00e9ntico dios con la guitarra en las manos. Los mismos que sostienen que Chicago perdi\u00f3 aquella noche su fuerza, su esp\u00edritu y su energ\u00eda dejando la v\u00eda libre a Peter Cetera para seguir explotando las baladitas de mierda que tan productivo y generoso negocio les reportaba. Pues eso, aquella bala perdida se llev\u00f3 por delante mucho m\u00e1s que a un guitarrista \u00fanico. Se llev\u00f3 consigo el alma de un grupo de rock. Nunca en toda la historia de la m\u00fasica una banda pas\u00f3 de la excelencia al horror de una forma tan rotunda y llamativa. Chicago, tras la muerte de Kath, pas\u00f3 de ser una de las mejores bandas de rock de la historia a algo as\u00ed como una versi\u00f3n yanqui de Mocedades. O, peor a\u00fan, de El Consorcio. Por lo que respecta a Peter Cetera, despu\u00e9s de destrozar al grupo con sus exigencias de seguir explotando las baladas de deleznable gusto, abandon\u00f3 Chicago dejando a sus excompa\u00f1eros enganchados de por vida al comp\u00e1s del chacach\u00e1, del chacach\u00e1 del tren. Ahora Peter Cetera es como Julio Iglesias pero con peluc\u00f3n rubio oxigenado. Una pena. Aquella bala que mat\u00f3 a Terry Kath tendr\u00eda que haber significado el fin de Chicago. De hecho, aunque los libros digan otra cosa, as\u00ed sucedi\u00f3. El 23 de enero de 1978 muri\u00f3 Terry Kath y, con \u00e9l, Chicago.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Publicado en &#8220;La sombra del cipr\u00e9s&#8221;, suplemento cultural de El Norte de Castilla, el 31 de mayor de 2019. 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