Entre la fiesta y la batalla

A PROPÓSITO DEL LIBRO ‘LAS FLAUTAS DE LOS BÁRBAROS’ QUE ACABA DE VER LA LUZ

(Acaba de ver la luz el último poemario de Carlos Aganzo, con el que obtuvo el Premio Universidad de León. Sus páginas, que animan a practicar el ‘carpe diem’ mientras quede un rastro de belleza, son un buen antídoto contra las amenazas bárbaras que nos persigue)

Aunque el poemario tenga un tono premonitorio de un desastre por venir, y aunque las flautas de los bárbaros vengan a subrayar la decadencia de la cultura occidental, el último libro publicado por Carlos Aganzo no puede evitar, ni lo pretende, el fondo de apacible optimismo que subyace en los ojos de quienes acostumbran a fijarse en la belleza como una forma de estar en el mundo. Incluso ese rumor a trompetas finales la hace más intensa: «Todo más bello aún, / más alto, más intenso/ por saber que se

acaban/ los racimos de música/ y la antigua fragancia de los tilos».
Aún habrá tiempo para otra primavera y quizá en ella descanse la esperanza de superar el tiempo oscuro si sabemos tomar ejemplo de la amapola: «como erupción de vida/ en los desmontes de la primavera/ las amapolas gozan/ del aroma apacible del instante».
Fluyen los poemas de ‘Las flautas de los bárbaros’ entre el clasicismo de los ecos mitológicos y la precisión de la palabra justa cuya búsqueda no oculta el autor: «(…) a manotazos busco/ la palabra primera, la no contaminada,/ la que abre las puertas de la música/ y no ofende al silencio».
El silencio sanjuanista, otra de las constantes en la obra del autor –premio Gil de Biedma por ‘Las voces encendidas’– pasea por los versos de un poemario donde se dan la mano Ávila y Taormina, sin bien es la ciudad amurallada la que prevalece como el lugar donde el poeta aprendió quizá lecciones esenciales para su obra futura: «Desnudo del ornato,/ reducido a sus líneas esenciales,/ el castaño de indias/ resiste con arrojo/ las últimas semanas del invierno».
La naturaleza es el paisaje de fondo, la que suaviza el verbo y las metáforas, la que equilibra el miedo a la derrota y la esperanza de la vida que se renueva. Y el vuelo de los pájaros como una promesa: «con ellos, celebrantes/ del tiempo y la memoria, la provisión de fe para el camino: amar siempre a las piedras/ como las piedras aman/ a aquellos que sostienen».
Porque al fin de las cenizas surgirá la vida renovada. La que se expresa en la palabra firmemente asentada en los cimientos de la poesía: «Todos los hombres llevan/ un Ícaro en los ojos./ Todos los hombres tienen devoción/ por el alma de los pájaros».

Formas de ver la realidad

A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN DE RÁBAGO EN LA MALETA DE VALLADOLID

 

Puede parecer anecdótico pero tras un rato de charla telefónica con este hombre que está de plena actualidad en Madrid y Valladolid, se llega a la conclusión de que es una de esas cuestiones de estilo importantes, el ropaje de su filosofía vital. Afirma Andrés Rábago (El Roto, OPS) que el tamaño ideal de un cuadro para él, el máximo que se permite, es el que mide 1,5 metros cuadrados. Es decir, ese que todavía se puede manejar en solitario en el estudio.
Y es que Andrés Rábago, Rábago a secas como firma cuando pinta, huye en sus cuadros de la grandiosidad, la retórica y el exceso de artificio que a su juicio invade el arte contemporáneo.
Una casualidad ha hecho que la exposición que ayer inauguró en la galería La Maleta de Valladolid coincida en el tiempo con la que dedica la Calcografía Nacional a su faceta de dibujante, pero no a la actual, la que nos inquieta cada día con el sobrenombre de El Roto, sino esa otra que bajo la firma de OPS dejó constancia de los tiempos oscuros del último franquismo y la primera Transición en publicaciones como ‘Triunfo’, ‘Hermano Lobo’ o ‘Madriz’. Sin palabras, hizo con estas viñetas una especie de psicoanálisis colectivo, como él mismo ha dicho, de una sociedad cansada de dictadura y necesitada «de una limpieza a fondo»..
Esa parte de ejercicio psicoanalítico emparienta este trabajo con su pintura silenciosa, intimista, pero con ese punto inquietante que hace que se quede en la cabeza del espectador como una pregunta o una llamada de atención. Llamadas a la reflexión en pequeño formato. Los cuadros escogidos para la exposición de Valladolid son pequeñas ventanas que invitan a mirar la realidad desde otro punto de vista. Y en las cuales es casi imposible no ver a ese dibujante acostumbrado a contar mucho en muy poco espacio. Como los heterónimos de Pessoa, El Roto, OPS y Rábago no es que convivan amigablemente, es que no podrían vivir el uno sin los otros.
«Son los tres pisos de un mismo edificio –contesta a la pregunta de si fue antes el pintor o el dibujante y cómo conviven– de los cuales la base sería OPS, ea parte más subconsciente, sobre la que se construye El Roto y finalmente Rábago es la que mira más hacia el cielo, la parte menos cotidiana.Peor no solo cohabitan, son inseparables y tienen que ver con mi estructura mental. Ninguno de ellos se entiende si no se ve la totalidad, la coherencia total del edificio».
Para este hombre nacido en Madrid en 1947, que habla con calma, con amabilidad, y que desvela inevitablemente aunque desde la humildad, que estamos ante un hombre culto, esas tres facetas o heterónimos son en realidad tres maneras de relacionarse con lo real, de situarse ante los distintos planos de lo que sucede.
Utiliza sus distintos lenguajes de forma natural. Cuando pinta no forcejea con el dibujante. Aunque tienen un punto en común: la voluntad de comunicarse.
«Todos intentan expresarse con claridad, no  resultar retóricos, no trabajar con elementos de ‘artistificación’. Según lo veo yo, el arte hoy en día está muy ‘artistificado’, y con ello quiero decir que hay un exceso de retórica, cada época tuvo la suya, del ‘gotelé’ al refinamiento excesivo. En esos niveles de relacionarme con la realidad que componen mi edificio hay una huida de todo eso hacia la expresión austera de lo que quiero decir. Que haya un mensaje directo y lo más desnudo posible».
En sus cuadros sin embargo está su yo más íntimo y metafísico si es que se puede decir así. Y dado el tamaño de los que expone en La Maleta se aprecia al artista capaz de

decir mucho con pocos elementos.
«Supongo que funcionará de cara al espectador como las capas de una cebolla y todo de penderá de tu capacidad. Puedes quedarte en la imagen de la superficie o ir más allá. Creo que los cuadros contienen formas icónicas que intentan transmitir unos códigos de lenguaje que te llevan a zonas emocionales, que conectan con zonas espirituales. Son pequeñas ventanas donde puedes asomarte y ver cosas. Quizá tenga que ver con lo que cada cual tenga en su interior y si no hay nada siempre se puede quedar con la imagen, siempre a ser posible con unas dosis de belleza porque quizá el primer instrumento de comunicación,  sea la belleza que a todo el mundo llega. También me gustaría que funcionaran como ventanas desde las que atisbar zonas de ti mismo que quizá desconocías».
Rábago es consciente de que esta pintura que llama con un poco de cuidado ‘metafísica’, aunque el adjetivo le cuadre plenamente, no es lo que se ve en las galerías ni en los museos de arte contemporáneo. «Nos hemos perdido tanto en la materia que se nos ha olvidado de qué estamos compuestos. Trato temas que se han olvidado y quizá para la gente más ignorante en cuanto a la plástica esta pintura puede parecer arcaica. Ahora nos hemos acostumbrado más al espectáculo, a lo que aturde. Mis cuadros juegan en contra de esa tendencia dominante». Y en este punto es en el que explica y aboga por unos cuadros de metro y medio, nada monumentales, aunque también es consciente de que la monumentalidad poco tiene que ver con el tamaño. «Hay cosas pequeñas verdaderamente monumentales y al contrario».
Su pincelada, oculta en la planicie de la superficie pictórica también tiene que ver con esa ausencia de retórica y con su voluntad clasicista. «Hay una forma y una retórica para cada época. El que ha visto mucha pintura sabe por la forma de la pincelada si está pintado en los setenta, o en los noventa… A mi me gustaría que no se pueda saber en qué momento pinté un determinado cuadro».
De hecho afirma que su pintura no ha cambiado demasiado desde que comenzó a practicarla ni e la temática ni en el lenguaje. «Salvo en que he aprendido. Los últimos son mejores».
En sus cuadros hay elementos que se repiten con una función simbólica, el fuego por ejemplo. También el agua. «Tanto uno como otro son símbolos clásicos. Forman parte de la iconografía clásica de nuestra cultura. Tenemos un tesoro iconográfico inmenso que estamos dejando de lado y sustituyéndolo por otros símbolos que podríamos llamar barbarismo porque no pertenecen a esa cultura. Y quizá tengamos que incorporarlos pero no a base de eliminar los nuestros. Estamos olvidando nuestros códigos y se haría necesaria una recuperación cultural».
Es consciente de que vivos una época oscura, «muy oscura», puntualiza, y eso de alguna manera se refleja en su obra. «Pero nuestra obligación es la de iluminarla. Yo sostengo que no es irremediable lo que nos está pasando, que nada de los que nos es dado desde fuera es inexorable. Tenemos la capacidad de iluminar nuestra vida y nuestro entorno para que el mundo sea más luminoso. Creo que es la obligación de los creadores. Es verdad que algunos tienen necesariamente que ser oscuros y es importante que lo sean. Señalar lo oscuro e tratar de iluminar esa oscuridad a la vez es la que considero modestamente mi tarea, como la de cualquier creador».
No tiene un santo patrón al que se encomiende cuando pinta, «el patrón de la pintura es la pintura misma», pero admira todo aquello que es el resultado de luchar por la belleza. «Cuando uno encuentra una buena obra lo sabe porque sufre un choque emocional que te eleva unos centímetros del suelo».
Todo dicho sin ápice de retórica, sin énfasis ni estridencias. Con calma. Con la misma calma que transmiten hasta sus obras más inquietantes. Porque la vida también es paradoja.

SILENCIO Y REVELADORA INQUIETUD

n uno de esos cuadros tan silenciosos como inquietantes que Rábago muestra en Valladolid un vigilante escudriña el horizonte desde una especie de torre militar. No hay nadie alrededor y se intuye que no hay nadie en kilómetros a la redonda. Rábago pensaba cuando lo pintó en ‘El desierto de los tártaros’ de Buzzati. La atmósfera,el color y la arquitectura recuerdan el halo metafísico de un Chirico.
Que un cuadro obligue a mirar parece un hecho obvio o la expresión de una ‘boutade’ y sin embargo estas pequeñas ‘ventanas’ dejan un cierto escozor en el alma porque antes nos han obligado a detener el paso y ¿mirarnos en el espejo? Uno de los más misteriosos de estos ‘Rescoldos’, como ha titulado la exposición, muestra un espejo y dentro una figura en medio de un camino solitario. Es la más ‘jungiana’ de estas obras, que contienen también  homenajes explícitos al pintor de la Bauhaus Oskar Schlemmer y a David Hockney, con un punto de humor incluido, y otros menos explícitos, como el que se puede apreciar en algunas obras, a Magritte.
Pero Rábago es un pintor muy personal hasta en el uso de esos colores que parecen querer negar el color mismo, o esas pinceladas que parecen querer negar las pinceladas. Escueto, austero y esencial su pintura es lo que queda después de quitar lo que no es pintura.

Mis Goyas reposados

¿Qué fue de los actores con personalidad? ¿Qué fue de esa gente que parecía vivir en la frontera de los cauces trillados y que al menos decía lo que pensaba? Viendo la alfombra roja cuadriculada por mor de la televisión, pensaba que las declaraciones de unos y otros eran absolutamente intercambiables y, lo peor, totalmente previsibles

Al grano. Aunque no era mi favorita me alegro del éxito de ‘No habrá paz para los malvados’. Por una parte, porque diversifica los premios pero, sobre todo, porque premia a un director, Enrique Urbizu, que se enfrenta a su trabajo desde un grado de compromiso tal que merece reconocimiento, aunque haya sido a costa de una película más compleja y de mayor calado como es ‘La piel que habito’. También me gustó que una película distinta y por eso mismo arriesgada, ‘Eva’, se colara con fuerza entre las que parecían partir con todo el pescado vendido. Y alegría por ‘Un cuento chino’ que es también un soplo de aire fresco. Una comedia de las que te dejan la sensación de que todavía quedan historias por contar.

En cuanto a la gala, es un asunto que tiene mala solución (29 categorías con un mínimo de 29 premiados dedicando el premio a su comunidad de vecinos en pleno no es fácil de sujetar) y aunque no me quiero sumar al coro de las críticas fáciles de todos los años, pero lo cierto es que resultó pesada. Y eso que yo soy una forofa del acto en sí (creo que el cine español necesita un poco de metaespectáculo, hacerse a sí mismo unos guiños por la vía del esplendor aunque sea una vez al año) y aguanto lo que me echen.

Lo mejor: el escenario, decorado a la manera de esos cines de antes, con ese empaque (hasta en el nombre, ‘Palacio de la Música’, ‘Palacio de la Prensa’) que, cuando entrabas, pensabas que siempre ocurriría algo importante. Y no como ahora que igual puedes ir a que te cuenten una historia maravillosa que a las rebajas de un ‘chino’.

Y, en cuanto al contenido… Hubo momentos: el discurso de Santiago Segura vino a despertarnos (¡qué lástima que no utilice su ingenio en empresas cinematográficas de mejor tono!). Muy bien la forma en que se presentó el premio al mejor largo de animación, uno de las presentaciones más brillantes de un guión que falló sin embargo en su columna vertebral. Las cuatro incursiones de Eva Hache (que empezó bien pero se fue desinflando) en las películas que se disputaban el premio final estaban cogidas por los pelos y el guion era flojo, flojo. Por otra parte, presentar una gala es dominar el escenario, llenarlo y llegar al auditorio también por la vía de la correcta vocalización, algo que cada vez falla más en los actores y que falló también en la presentadora. Tenían más gracia los consejos de Cayetana, pero estaban metidos a presión, como para cubrir el expediente. Lástima que al rap de El Langui le faltara u hervor por parte de los ocasionales colegas, porque la idea era buena, como el guiño musical del comienzo. Lo malo de estas cosas es que si no se ensayan hasta la extenuación resultan como de función escolar o de programa de fin de año.

Bueno, se acabó, no será la gala más recordada de la historia de los Goya. Hay un año entero para planear cómo volver a no acertar.

 

Ese agujero negro

La muerte es un agujero negro que atrapa la mirada. Un viento helado que te coloca al borde de un abismo en el que no hay respuestas. En el que la perplejidad es la única respuesta. Le ponemos apellidos para hacerla creíble, soportable. Así, llamamos ‘natural’ a una muerte esperable. (¿Esperable?) Lo malo es que cuando la miramos de cerca nos parece lo más antinatural e inasumible del mundo.
Puede que el tiempo nos ayude a mirar a ese agujero y a fuerza de mirarlo, o de permanecer al borde de esos abismos que la vida nos va tendiendo, acabemos encontrando alguna luz en él. La luz de recuerdos, de momentos, de palabras, de gestos, de vida compartida, de todo lo que llenó ese vacío. Y quizá lleguemos a comprender que el agujero se cierra como se cierra un círculo porque toda aquello que ahora sentimos como ausencia es en realidad la ‘materia’ que nos constituye, que lo importante sigue donde siempre estuvo. Y nos da sentido. Da sentido a lo vivido.
Desde los medios de comunicación se tiene una relación extraña con la muerte. Como un rumor de fondo que acompaña el día a día. Se asume con ‘profesionalidad’. Pasa a nuestro lado, la medimos y pesamos. Una especie de autopsia, porque algunas noticias (incluso su concepto) dependen del tamaño del agujero negro, de su contabilidad. También de su proximidad. Hay muertos cercanos y muertos lejanos, muertos que ocupan titulares y otros que se quedan sumidos en la fosa común de la letra pequeña. Porque la mayoría de las veces hablamos de una muerte anónima, a veces masiva, atroz porque va acompañada de violencia. Llena las páginas de sucesos (ajustes de cuentas, violencia de género, ataques de locura, individuos enajenados que siembran el pánico porque no pueden contener el suyo) y las páginas dedicadas a seguir la lista de esos conflictos armados a los que nos cuesta llamar guerras quizá porque somos vagamente conscientes de su obscenidad. ¿No es tremendamente obsceno lo que está ocurriendo en Siria?
Cuando la muerte tiene nombre y apellidos ilustres nos conformamos diciendo que su protagonista no nos deja porque quedará en su obra. Todo el mundo queda en su obra. El que esta sea anónima no la hace menos destacable. Pero sabemos de qué hablamos. Febrero nos deja sin nombres de referencia. Algunos muy cercanos, otros  compartidos.  Murió Wislawa Szymborska, esa mujer de sonrisa ancha y manos dulces, transparentes, que nos enseñó que la poesía es una potencia que se expande con palabras sencillas. Nadie como ella para poner preguntas en la conformidad de lo sabido. Para encontrar las respuestas que, de tan claras, carecen de traducción en nuestro idioma cotidiano.
También nos dejó Tàpies, que hizo poesía con la materia menos solemne. Que, como Szymborska, buscó lo trascendente en un grano de arena, en un hierro retorcido. De ellos aprendimos y con ellos fuimos un poco más felices a ratos. Y nos enseñaron que solo somos eslabones, un fragmento en un discurso. O como ella lo dijo: «Todo principio/ no es más que una continuación,/ y el libro de los acontecimientos/ se encuentra siempre abierto a la mitad».

(Publicado en la columna de opinión ‘Días nublados’ de la edición impresa de El Norte de Castilla)

“La novela puede con todo”

 

A propósito de ‘La escritura desatada’, de José Carlos Mainer, que rescata la editorial Menoscuarto

 

La historia de la novela más que un análisis de las estructuras narrativas. Así resume José Carlos Mainer (Zaragoza, 1944) la intención y el resultado de su libro ‘La escritura desatada. El mundo de las novelas’, que rescata la editorial Menoscuarto en su colección Cristal de Cuarzo.
Para este historiador de la literatura, que a lo largo de su trayectoria profesional se ha convertido en uno de los pilares de la crítica literaria en España, el mayor esfuerzo reconocido a la hora de escribirlo fue «estructurarlo de forma que tuviera un aspecto narrativo». Porque, como él mismo recuerda, en toda novela, como ocurre en otros campos de la creación artística, está de alguna manera cuanto las novelas han sido hasta llegar a ella pero también el germen de lo que vendrá. De ahí que su objetivo haya sido contar cómo se ha llegado a producir la novela moderna.
Ya que comparte la idea de que el mejor comentario sobre una novela es escribir una novela, a Mainer le ha salido quizá la novela que de otra forma no hubiera escrito. Y es que la lectura de este libro es un viaje al tiempo apasionante y enriquecedor por la historia de los hitos más importantes del género. Ya que el autor ha evitado las notas, sustituyéndolas por una extensa bibliografía, la lectura discurre fluida y sin tropiezos, como en las mejores narraciones. Y lo hace aludiendo ya desde la cita a quien considera el fundador de la novela moderna, Cervantes,  y esa escena de su libro fundacional en la que el canónigo de Toledo diserta ante Don Quijote y Sancho sobre la construcción de las novelas. Hay así a lo largo del texto numerosas citas que apoyan sus argumentos, citas en las que autores como Kafka, Balzac, Tolstói o Dostoievski dejan entrever las inclinaciones del autor.
«Inevitablemente, los gustos personales destiñen sobre el resultado. No oculto mi entusiasmo por algunos libros,  y en otras ocasiones se hace patente que hay otras obras que se citan por su importancia o por lo que significaron en un momento determinado. Por eso quizá empiezo con una confesión personal sobre el origen de mis lecturas, entrelazada con algunas consideraciones sobre la historia moral de las novelas y la desconfianza que siempre ha suscitado lo imaginario. Pero sí, no se puede ocultar lo que para mí significa ‘El Quijote’ que lo he leído, estudiado, disfrutado, vuelto a estudiar y sigo disfrutando, como tampoco, por las veces que se citan se oculta mi admiración, por novelas como ‘Guerra y paz’ o ‘Ana Karenina’ o mi afición por expresiones más recientes del relato que se viene haciendo desde los setenta y ochenta en los que la posición del escritor ante la historia o ante el pasado reciente se ve entrelazada en la novela con retazos de su vida personal y este fenómeno me interesa particularmente».

‘La historia desatada’ comienza a vivir una segunda vida. El ensayo se publicó por primera vez hace diez años y el libro, pensado no solo para estudiantes o críticos, sino para lectores interesados en conocer los fundamentos del género, se descatalogó rápidamente. Menoscuarto consideró un derroche que el libro se olvidara y ofreció a Mainer la posibilidad de que saliera de nuevo a la calle con las ampliaciones y modificaciones que considerara oportunas. Esto ha dado como resultado casi un nuevo libro, pues a las correcciones inevitables y matizaciones a la luz de la marcha reciente de las cosas se unen páginas nuevas sobre aspectos como la narrativa femenina, la relación entre ensayo y novela, la narración en primera persona, el cuento como género y la llamada autoficción en el marco más general de la narrativa de los últimos treinta años.
Es claro que, por ejemplo,  el ‘boom’ del microrrelato no se había producido cuando esta historia apareció por primerz vez y ahora se le dedica un espacio al final del libro.
Tratándose de un género en permanente evolución y expuesto cada cierto tiempo a los augurios de quienes se apresuran a certificar su defunción, son especialmente interesantes las reflexiones sobre Cervantes y sus dudas ante lo que estaba escribiendo. Y no es aventurado conjeturar que podemos estar viviendo un momento similar.
«Sí. Es muy parecido. La novela es un género en permanente apertura.Parece como si en ocasiones se disolviera en el ambiente y fuera cambiando de forma a medida que va absorbiendo cosas. Está en crisis permanente pero en crisis de modificación. Cervantes vive la crisis constitutiva de la novela y es el que más lucidamente se da cuenta de que todos los hilos de lo narrativo que existían podían fusionarse en algo nuevo. Pero ocurrió algo similar al principio del siglo XX y también las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. En realidad, han sido pocas las épocas en las que la novela ha tenido un programa definido. Lo tuvo la novela realista del siglo XIX, con un programa claro y concreto que se ve en autores como Galdós, Balzac o Tolstói. Todos ellos sabían, por decirlo así, lo que había que hacer y lo que pretendían».
Mainer recuerda cómo a ese auge le siguen tiempos en los que el género queda ensombrecido. En España muy claramente en los años 20 y 30 del siglo XX, en los que la novela «es un género secundario, con mucho menos prestigio que la poesía y es en ese momento cuando muchos se hacen la pregunta de si el género seguirá subsistiendo o sucumbiría definitivamente. Pero siempre se demuestra que todo es cuestión de esperar. Porque la novela absorbe los cambios y sale fortalecida. La novela puede con todo».
Así también en estos momentos en los que «como se decía del mundo posmoderno parece que vale todo. O se escriben narraciones muy largas de naturaleza indefinida o narraciones muy cortas como los microrrelatos o el aforismo, que está viviendo una vida renovada. O se escriben ensayos como si fueran novelas o novelas que tienen algo de ensayos. El microrrelato es, como diría la cosmología actual, un agujero negro, una enorme concentración de materia a punto de estallar, una narración que se nos presenta concentrada».
No elude el libro la relación entre la poesía y la narrativa. «La novela fagocita otros géneros y la presencia de fragmentos de poemas o de poemas completos en las novelas ha sido una constante. Ha habido momentos en los que se ha hablado de novela poética y de poemas que tenían algo de novelas». E ilustra su ejemplo con la mención de ese curioso libro ‘Antología de Sponn River’, de Edgar Lee Masters, «de hecho una falsa antología sobre supuestos epitafios que bien podría haber sido un relato de vidas pasadas».
El libro trata concienzudamente todo el entramado de un género con las referencias a autores imprescindibles como Kafka, Dickens o Dostoievski y relaciona el pasado con los nuevos movimientos del género, de forma que asistimos al surgimiento de una cartografía a la vez personal y erudita, amena y reveladora, realizada por un autor que asiste con distancia a la confusión que algunos fenómenos editoriales pueden generar sobre determinados aspectos de la novela. Es el caso por ejemplo de la novela histórica, cuya verdadera naturaleza habría que distinguir claramente de lo que ahora se entiende por tal.
«Tengo un respeto por la tradición de la novela histórica que ha sido muy importante en el contexto de los años 30 y 40 del pasado siglo, en que surge una novela histórica de gran densidad filosófica. Nada que ver con lo que ahora se entiende por novela histórica y que se trata más bien de un fenómeno ‘aliterario’, que atiende a una necesidad de lectura fácil para que la gente se entretenga al tiempo que se entera de algunos acontecimientos. Sería algo así como el que va a una agencia de viajes para saber dónde quiere ir. Se trataría de un fenómeno para captar lectores más que otra cosa».
Más optimista se muestra cuando se le pregunta por el futuro de la crítica, que en los últimos tiempos parece no atravesar su mejor momento. «Los malos momentos de la crítica están directamente relacionados, los comparte con la literatura. Pero en la medida en que esta exista existirá ese mecanismo de aproximación y subrayado que crea el campo literario. Y por tanto no corre ningún peligro».

 

(Artículo publicado en el suplemento cultural de El Norte de Castilla,  La Sombra del Ciprés)

Foto de Mainer en la Universidad de Valladolid de Ramón Gómez

Ciudadanía, educación y caos

A veces los políticos que de normal se muestran tan remisos, como si llevaran una mochila de plomo a la espalda, se ponen las pilas y resuelven ipso-facto. Oigo y escucho (que, insisto una vez más, son dos verbos con significados diferentes, aunque ahora parece que todo el mundo ‘escucha’, cuando en realidad quiere decir que ‘oye’) al ministro Wert justificar la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía con endebles argumentos. Resulta que esta asignatura tenía, en su opinión, una peligrosa tendencia al adoctrinamiento y en sus declaraciones ofrece una lista de temas en los que este peligro era más evidente: la familia, el sexo, el amor y otras más por el estilo. Y ya no entiendo nada. Es decir, sí entiendo, pero una vez más las explicaciones toman a toda la ciudadanía ( y a mí entre ella) por gente sin criterio. Porque seguro que la asignatura era imperfecta, pero de eso no se dice nada. Valdría entonces más que argumentaran: «la suprimimos porque no nos gusta». Y todos nos quedaríamos, si no más tranquilos, (porque díganme a mí qué daño hace fomentar el respeto hacia las minorías o enseñar a los niños a que distingan entre celos y amor, o a rechazar el sexismo) al menos con la tranquilidad de que no nos han tomado por tontos.
Sobre las cuestiones que preocupan al Gobierno y a los colectivos cuya voz ha escuchado para tomar esta decisión exprés, sobre esas cuestiones, digo, y otras muchas, fui concienzudamente adoctrinada de niña en un colegio religioso (en un sentido que seguramente dejaría tranquilo al ministro Wert aunque fuera adoctrinamiento ideológico puro y duro. Qué no es ideología: otra cuestión interesante), y la cosa no solo no producía escándalo sino que se encontraba absolutamente natural. La única diferencia con los colegios religiosos de ahora es que entonces los pagaban íntegramente las familias mientras que ahora están subvencionados por el Estado (los católicos, se entiende). Así que de ahora en adelante se va a producir en este país la siguiente paradoja: el adoctrinamiento seguirá existiendo en dichos colegios, con las ‘bendiciones’ y subvenciones de un Estado constitucionalmente aconfesional. Subvenciones del Estado, sí,  esas cosas tan denigradas cuando se trata de subvencionar la cultura y que no parecen tan malas en ocasiones a los que dicen que hay que adelgazar el sector público, etc.  Si este país no es diferente que venga Dios y lo vea. (Dicho sea con toda propiedad y sin ánimo de ofender).
Pero los cambios apresurados tienen mayor calado aún y alcanzan a todo el sistema educativo. Es inconcebible que en tantos años de democracia nuestros representantes públicos no hayan resuelto lo de verdad urgente. Es inconcebible que la enseñanza esté al pairo de los resultados electorales, sean estos cuales sean. Urge un pacto sobre esta cuestión fundamental para nuestro futuro si no queremos seguir ostentando el furgón de cola de las listas de éxito escolar.Y en ese pacto un objetivo tiene que ser garantizar los derechos de los más desfavorecidos. En eso es en lo que tendrían que volcar su diligencia y la fuerza de sus votos.  ¿Este país llegará algún día a la mayoría de edad democrática?

 

(Artículo publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla, en la columna de opinión ‘Días nublados’)

Muere Angelopoulos y mueren los cines

“En medio de una roja polvareda/ el Roxy dio su última función,/ y malherido como King Kong/ se desplomó la fachada en la acera./Y en su lugar han instalado/ la agencia número 33 del Banco Central./ Sobre las ruinas del Roxy/ juega al palé el capital». Sobre las ‘ruinas’ simbólicas del Roxy de Valladolid puede que también se mueva el dinero, pero no el del palé ni el de ningún banco sino el de la ruleta o el ‘blackjack’ si finalmente la Junta autoriza que se convierta en casino. La empresa ha cerrado esta semana sus otros cines, los de la calle Mantería y la fachada art decó de una de las salas más características de la ciudad perderá su razón de ser.
Cuando vine a vivir aquí, Valladolid era la ciudad española con más cines por habitante. Parecía lógico por ser la sede de uno de los festivales más emblemáticos del territorio nacional. Ahora sufre el mismo mal que todas y la canción de Serrat no se me va de la memoria. Todos hemos tenido un cine de barrio en el que pasábamos tardes de programa doble, perdidos nuestros juegos infantiles en algún lugar del desierto de Arizona, pero también alentada nuestra adolescencia por los paseos primerizos en la Gran Manzana, cuando ni siquiera sabíamos que tenía ese sobrenombre. El mío, lo he contado ya, se llamaba Texas y luego fue garaje y supermercado y, durante mucho tiempo, nada de nada, un local vacío que me encogía los recuerdos.
Ahora cuando oigo eso de que están cambiando las formas de consumir cine y que hay que adaptarse a los nuevos tiempos –como sinónimo de aceptar deportivamente que las salas de cine vayan cerrando– siento una mezcla de melancolía y perplejidad en proporciones variables. La perplejidad supera a la melancolía cuando quienes difunden lo que parecen hechos consumados son profesionales del cine en los que no detecto ningún temblor en la voz. ¿De verdad alguien piensa que es igual ver una película en pantalla grande, en la oscuridad de la sala, con los medios técnicos adecuados y la concentración necesaria que en último modelo de ‘tableta’  o incluso en el móvil superinteligente, rodeados de gente, expuestos a mil interrupciones, o incluso pasando de una cosa a otra? ¿A quién queremos engañar? ¿No sería bueno educar a las nuevas generaciones para que aprecien la diferencia? ¿Se me puede considerar contraria a las nuevas tecnologías por el hecho de que algunos supuestos progresos me parezcan claros retrocesos solo justificados por una industria ávida de vender productos? Claro que a lo peor solo se trata de consumir, algo, lo que sea, una película, un vídeo, el último paso adelante en la pugna entre marcas…
Lo siento, no tengo un buen día. Mueren los cines y muere Angelopoulos. Su mirada inteligente, crítica y culta llenó algunas de mis horas en la Seminci y muchas más de mi historia como espectadora. Quienes además del cine amamos el teatro, los frutos de la comedia humana, teníamos en él a un cómplice. No era popular. Sus películas duraban demasiado para estos tiempos de prisas y consumo rápido. Pero ‘Eleni’ (170 m.) alertaba sobre la tozudez de los errores humanos que llevan una y otra vez a las mismas guerras. Se ha muerto mucho más que un director de cine. Una voz imprescindible.

 

(Fotograma de ‘Eleni’)

Cuando el cine sí es arte

A veces, no demasiadas por desgracia, salimos del cine –o del teatro, o de un libro– con la sensación de haber disfrutado de cada minuto de la película –o de la función, o de la novela–. Quisiéramos entonces que la sensación nos durara lo más posible, que nada externo –ningún ‘standard and push’ o alguno de sus primos– nos estropeara ese sentirnos más anchos y más altos, raramente esperanzados.
Me pasó el otro día con ‘Le Havre’, de Aki Kaurismaki, una película que tenía desde hacía tiempo en la lista del ‘debe’ y que es una obra excelente no solo por sus valores cinematográficos, que son muchos, sino porque deja en el cuerpo una caricia, como una venda refrescante sobre la fiebre de las heridas cotidianas. Una especie de liberación.
Hay quien dice que resulta difícil explicar de qué va el filme, porque su belleza se sobrepone al argumento. Sin embargo, creo que es fácil resumirlo: cuenta una historia de solidaridad, de cómo los que menos tienen que perder son los más predispuestos a repartir –sus escasas posesiones, su tiempo, su pequeña seguridad cotidiana– aunque sea sobrepasando algún margen legal y de cómo esta rara actitud encuentra a veces un campo de complicidad en quien a priori menos predispuesto estaría para ello por su situación de vigilante de ese margen. Es decir, nada excesivamente original, nada que no se nos haya contado antes por distintos medios. Como telón de fondo la inmigración ‘ilegal’, el infierno por el que pasan los que se echan al mar en patera porque lo último que tienen para arriesgar es la propia vida.
Quizá huyendo de planteamientos simplistas, demagogos o sensibleros, en los que resulta tan fácil caer cuando se parte de las buenas intenciones,  Kaurismaki decide contarlo en clave de fábula, alejado de planteamientos naturalistas. Y aquí entra su maestría de director. Planos perfectamente construidos, tomas en suspenso, con los personajes como absortos en su propia condición, colores ‘artificiales’, escenarios un tanto teatrales. Pero hay más: lo que más se disfruta en la película es el conocimiento que tiene su creador de la historia del cine.
Hay directores que nunca ven cine. Incluso algunos presumen de ello. Hay otros que lo aman, que homenajean a sus maestros, que los citan sin pedantería. Eso hace Kaurismaki en ‘Le Havre’ (donde encontramos por cierto al excelente Darroussin haciendo de inspector de policía y nos resulta raro no verle defender algún derecho laboral de la mano de Guédiguian) usando la cámara para detenerse en los detalles.
A ratos realista, a ratos surrealista (un poco Tati en algunos guiños) o un poco Dreyer en ese final ‘milagroso’, con lo mejor del cine francés en su retina Kaurismaki da una lección. Me decía ayer un amigo que reconfortaba encontrar a esos autores a los que se nota que han leído. Lo decía por Carlos Pujol, tristemente fallecido, en cuyas novelas dejaba ver sin trampa, con fluidez, sus muchas lecturas. Al fin todo consiste en ser capaces de sorprender con algo que parezca distinto, cuando tantas cosas buenas se han escrito con una pluma, con un ordenador, o con una cámara de cine. ‘Le Havre’. Si tienen un cine a mano donde siga en cartelera, no se la pierdan. Me lo agradecerán.

De oficio, nombrador

 

Solo a un poeta se le podría ocurrir vivir de nombrar las cosas

 

Fernando Beltrán llevaba quince años dedicado al oficio que finalmente le dio fama y prestigio cuando una entrevista en un periódico de tirada nacional le sacó del anonimato y la penuria. Su empresa, El nombre de las cosas, surgió de una constatación: las empresas solían destinar un presupuesto a marketing, al diseño de su logo, a su imagen de marca, pero presupuesto cero para lo más importante: encontrar el nombre adecuado. ¿Cuántas veces un proyecto no desarrolla todo su potencial por llevar un nombre equivocado?
Pero esta historia debería contarse desde el principio. Fernando Beltrán es poeta. Lo es de verdad. Más allá del hecho de que a lo largo de su vida haya publicado diez poemarios. Solo a un poeta verdadero se le puede ocurrir intentar vivir del oficio de encontrar el nombre de las cosas. El oficio de nombrar que llamaba Octavio Paz a la poesía. Si la poesía es asunto ruinoso, lo otro no parecía, cuando se lanzó a la batalla, cosa fácil. Ahora tiene una importante cartera de clientes y en su curriculum aciertos tan señeros como el de Amena, quizá su nombre más conocido. Beltrán, escritor al fin, ha recogido en un libro sus experiencias. Un libro más que ameno como el nombre más famoso que inventó; lleno de pequeñas historias o solo de una: cómo ha ido desarrollando en este tiempo su fórmula, la que se grabó a fuego como método de trabajo, ‘romper el bloque, captar la emoción’. ‘El nombre de las cosas’ es también un diario, o, mejor, las memorias de un emprendedor loco. Y captan la atención.

Continúa el baile

En el mundillo del cine y de la cultura en general hay desde ayer una indignación generalizada, que comparto, por la destitución del director del Festival de Cine de Gijón, José Luis Cienfuegos, el responsable de que durante los 16 años que ha durado su gestión, el certamen alcanzara prestigio internacional y pusiera el nombre de Gijón, y de paso el de Asturias, en el mapa no ya del cine independiente, sino en el mapa mental de muchos aficionados extranjeros (eso que ahora tanto valoran los responsables políticos por la vertiente turística de la cultura y bla, bla, bla). Sin embargo, la noticia, aunque triste,era esperable y no puede sorprender en un país donde el cambio político en las instituciones conlleva el baile de los responsables culturales, ya dirijan festivales de cine, museos, teatros o centros vecinales. No importa que su gestión haya sido brillante. En el caso que nos ocupa, la llegada del partido de Álvarez Cascos al Ayuntamiento y la Comunidad hacía prever el cambio: solo había que buscar el momento propicio o excusa mediática y esta ha sido la próxima celebración del 50 aniversario del festival. Momento adecuado, dicen las crónicas de agencias que leo estupefacta, “para que sirva de escaparate y proyección al mercado audiovisual asturiano”. Porque esa es otra: no digo yo que en materia cultural las autonomías no hayan servido a veces para descentralizar y potenciar nombres y proyectos válidos que, de otra forma, hubieran quedado anulados por la potencia de lo ‘nacional’ pero cuánto daño han hecho también empobreciendo el panorama y sobredimensionando (por utilizar una fea palabreja al uso) lo que no debería haber salido nunca del ámbito doméstico; aportando en suma una perspectiva localista a lo que por definición tiene que tener que ser amplitud de miras y resquebrajamiento de fronteras.
La salida de Cienfuegos, es una más en una lista en la que, por desgracia, nos queda mucho por ver. Antes que la suya hubo otras destituciones no menos sangrantes. Menciono, por ejemplo, la de Josep Ramoneda al frente del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, del que fue fundador. La salida de este intelectual de prestigio de una institución a la que convirtió en un centro vivo de debate en torno a los conceptos de ciudad y modernidad, motivada por la llegada de CiU a la Diputación de Barcelona, hizo mucho menos ruido en la red pero motivó una carta de una serie de intelectuales que habían participado en sus actividades. En la lista figuraban nombres como Tzvetan Todorov, Ismail Kadaré, Eric Hobsbawm oAndré Gluksman (probablemente ninguno de ellos lo suficientemente catalanista para Artur Mas).
Este país tiene aún algunas transiciones pendientes pero la de que la cultura deje de ser el instrumento fácil de intereses políticos de bajo nivel es una de las más importantes. Algo que solo sería posible si la ciudadanía de verdad lo demandara en masa. Pero me temo que la masa anda mirando para otro lado. Sin ir más lejos hay quien no entiende que Torrente haya quedado excluida de la candidatura a los Goya…. Pues eso.

El Norte de Castilla

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