Los ojos del editor

SOBRE LA EXPOSICIÓN DE FOTOGRAFÍAS DE MARIO MUCHNIK EN VALLADOLID

Si miramos detenidamente la foto que Mario Muchnik hizo de Borges, allí, en la Argentina, en el país que fue el país originario de ambos, comprobaremos que probablemente ningún otro fotógrafo haya captado, no ya la esencia borgiana, sino su literatura en una imagen fotográfica. La foto, como los cuentos del autor de ‘El Aleph’, es una extraña mezcla de magia y misterio y, como ocurre con los mitos, y Borges lo es, no se sabe muy bien, contemplándola, si el personaje es real o es un ser fantasmal llegado de alguna dimensión inaccesible. Me cuenta por teléfono el autor, desde su casa de Madrid, que cuando Italo Calvino vio esa foto dijo «la foto de un ciego en una biblioteca de libros ciegos» (aludiendo a que el tiempo había borrado las letras de los lomos de los libros que arropan al maestro de la escritura).
Así es una conversación con Muchnik: un paseo por el que cualquiera puede toparse con Umberto Eco, o con Ernesto Sábado, o con García Márquez, o con Francisco Ayala… Personajes que fueron mucho más que autores de su ‘cuadra’, acabaron siendo amigos, como Julio Cortázar. Ah! La foto de Julio… «En realidad son dos retratos y la autoría es de los dos». Lo dice Muchnik porque en el reflejo de esas extrañas gafas de sol que lleva puestas el niño grande que siempre fue el autor de ‘Rayuela’ se refleja el fotógrafo. Un doble autorretrato en los ojos de quien tanto supo ver la realidad al otro lado del espejo…
Y qué me dicen del retrato de Simone de Beauvoir. Si no la conociéramos, diríamos que es una entrañable madre de familia, una dedicada ama de casa que ha bajado a la compra y ha aprovechado unos minutos de respiro para tomar un café en la terraza de la esquina. Y ‘solo’ fue la intelectual que puso las pilas del feminismo a varias generaciones de mujeres, la escritora, la propulsora de empresas culturales, la rebelde con causa cuyo nombre quedó unido a los de Jean Paul Sartre o Nelson Algren.  Ahí está, con su eterno turbante blanco y las manos en el pecho jugueteando con su collar, evidenciando ante el fotógrafo los restos de la mujer burguesa que era por origen y educación.
Hay que haber apretado millones de veces el obturador de una cámara para conseguir plasmar en un ‘instante robado’ lo que está más allá de la apariencia y lo que hay detrás de ese instante. Y es que Muchnik (Buenos Aires, 1931)  fue fotógrafo antes que fraile, digo que editor. Con cinco o seis años ya era propietario de una Kodak, «una de esa cámaras de cajón, donde todo era fijo». Quizá por pertenecer a la época de la pre-revolución tecnológica tiene ideas muy firmes acerca de ésta.
Si se le pregunta, por ejemplo, por qué siempre en blanco y negro, se entra en el terreno de la filosofía y la respuesta podría dar para una clase o una conferencia, pero, en   resumen, tiene que ver con el «contenido moral de la fotografía», con el hecho de que  su pretensión no sea reflejar  ninguna realidad, más que una realidad abstracta moral.   Ypor lo antes descrito, a fe que lo consigue.

«No hay ninguna foto memorable que sea en color. Si pienso en mi estantería repleta de libros de fotografía puede que en total haya en ellos tres o cuatro fotos memorables en color. Pero si pensamos en fotos memorables, esas fotos como la del miliciano cubano sentado con su fusil ante una mesa, o los retratos de Neruda o Giacometti de Cartier Bresson… o tantos otros… son todos en blanco y negro».
El color, insiste, está bien para la pintura. «El color me distrae. Cuando he intentado hacer fotos en color, al final, no me dicen nada. El pintor es mejor en eso. El pintor puede dar el color que quiera a cualquier zona del cuadro. El fotógrafo no se lo puede permitir porque está esclavizado por la realidad. Creo que a eso se refería Cartier Bresson cuando decía que la fotografía no es un arte sino una artesanía».
Nunca se ha separado de su Leica y tampoco se ha rendido a los avances instrumentales. De nuevo sale a la conversación Cartier Bresson: «Una vez corría para reflejar un acontecimiento con su cámara de siempre (nunca usó cámaras de más allá de 35-50 mm) y a su lado corría un joven con uno de esos objetivos de 400 mm… Y Cartier Bresson le miró y le dijo ‘con eso no harás jamás una foto memorable’. Y es verdad, conozco pocas fotos memorables hechas con un teleobjetivo».
Exposición
Hablamos de sus fotos porque la sala del Teatro Calderón de Valladolid, de la Fundación Municipal de Cultura, acoge desde el viernes una amplia colección de esos ‘Instantes robados’. Un titulo que viendo las imágenes tiene todo el sentido. El que le daban algunas culturas antiguas a ese diabólico invento de la cámara. Como aquellos hombres y mujeres que pensaban que si se dejaban fotografiar les sería robada el alma, aquí está el espíritu de los retratados, en la mano franca de Jorge Guillén, en el gesto resuelto de Alejo Carpentier, o en la mirada inquisitiva de Bioy Casares.
Cuando mira sus fotografías en alguna de las exposiciones que se han hecho de su vocación paralela todavía ve detalles que no había visto cuando las sacó.
«Mi conclusión es que las fotos nunca están hechas antes de ser plasmadas en algún soporte. De alguna manera, los negativos son un asunto abstracto, lo que uno ve es la foto impresa… Y sí, cuando las miro, veo cara a cara a tantos amigos que ya no están, Cortázar, Borges, Bioy Casares, rostros que se pierden en la noche de los tiempos y eso me produce dolor… Como me dijo un día Calvo Serraller, las fotografías son como un rito fúnebre…»
Pero no lo fueron en el instante de ser tomadas y eso es lo que cuenta. Ver a Alberti en plenitud en su taller o la sonrisa de Ana María Matute, o la vitalidad de Francisco Ayala  con el ánimo dispuesta a una suculenta comida.
Ha dejado de editar. No le gusta lo que está pasando en el mundo de la edición, la afición por ganar dinero a base de best sellers… Tampoco confía en el e-book, piensa que no tendrá mucho recorrido. Que el libro, tal como hoy lo conocemos, es un invento perfecto, pero un invento que extiende sus orígenes al Imperio Romano… Pero de alguna manera sigue al pie del cañón porque no ha perdido la curiosidad. Fruto de ella son estas imágenes que se podrán ver del 12 de abril al 13 de mayo. Los lectores podrán encontrarse con muchos miembros de su extensa familia.

(Artículo publicado en el suplemento literario La Sombra del Ciprés)

La fotografía de Mario Muchnik en la sala del Teatro Calderón de Valladolid  es de Ramón Gómez

Castilla y León resiste en Arco

Un año más la galería salmantina Adora Calvo será la única representante de Castilla y León en Arco. La Feria Internacional de Arte de Madrid abrirá sus puertas el próximo miércoles con la mirada puesta en el incremento del IVA que pondrá las cosas más que difíciles a las galerías españolas. De los 201 galeristas presentes en esta edición,  apenas un tercio son nacionales y solo una radica en Castilla y León.
«Arco sigue siendo un buen escaparate. Ser seleccionado es un reconocimiento y una cuestión de prestigio, y hace visible el proyecto de la galería. También es muy importante para los artistas», afirma Adora Calvo que este año lleva como artista destacado a Mitsuo Miura.
La presencia del artista japonés, afincado en España, en este escaparate internacional se puede considerar el prólogo de la muestra retrospectiva que el Reina Sofía le dedicará el próximo mes de marzo en su sede del Palacio de Cristal del Retiro.
Para la directora de la galería salmantina, Miura encaja a la perfección con la línea conceptual de su proyecto por su papel clave en el desarrollo de los minimalismos conceptuales. En este sentido destacan también la presencia del escultor y profesor de Bellas Artes de Salamanca Fernando Sinaga y de Juan Hidalgo, ambos pioneros en el desarrollo de esta tendencia en nuestro país.
Entre los seleccionados por la galería, el vallisoletano Diego del Pozo, interesante en este contexto por su reformulación de lo conceptual trasladándolo a cuestiones relacionadas con las estrategias políticas o las cuestiones identitarias. También presenta su stand la obra de Ignacio Llamas, artista bien conocido en Valladolid por sus exposiciones en la antigua Caracol y que actualmente protagoniza una de las exposiciones del Patio Herreriano.
Por último, la galería presenta las obras de la brasileña Anaisa Franco y la taiwanesa Liao Chi-yu con las que se pretende «hacer visible el trabajo de artistas emergentes internacionales en su diálogo con el contexto español».
En cuanto a las perspectivas de cara a la feria, Adora Calvo no quiere ser muy pesimista a pesar de ser consciente del momento tan complicado que atraviesa el mercado.
«En las últimas décadas habían surgido colecciones muy interesantes en el ámbito de las empresas y este ha sido precisamente un sector muy castigado por la crisis, hasta el punto de que en algunos casos han tenido que echar mano de sus colecciones para sobrellevar la situación. Pero esperemos que los museos sigan necesitando ampliar y completar sus colecciones. Por otra parte, está surgiendo un coleccionismo joven muy interesante. Hay jóvenes que están comenzando a coleccionar quizá con pocos recursos pero con mucho entusiasmo y pasión por el arte y ahí se abre una vía muy interesante».
Como lo es, a su juicio, el hecho de que surjan ferias paralelas a Arco, aunque su origen sea el malestar por una feria que para muchos es coto cerrado. «Creo que las cosas se van normalizando. En torno a las grandes ferias internacionales, léase Basilea, Miami, surgen ferias paralelas donde exponen artistas emergentes. Y eso es buen porque todos no podemos estar en la misma feria. A veces pasan más cosas en las periféricas».
Fuera del stand de Adora Calvo (Pabellón 8, stand D11) el rastro de los artistas de Castilla y León estará disperso. En la Galería Nuble de Santander (Pabellón 10, stand C08) encontramos a un habitual de la feria: el segoviano Alberto Reguera presenta una instalación pictórica que ahonda en su línea de investigación sobre la interacción de la pintura y el espacio. Compuesta por varias pinturas objeto, trabajadas por todas sus caras, está dispuesta sobre un soporte transparente para dar idea de pintura en suspensión y efecto tridimensional. Su título ‘Campos de visión’ alude a las diferentes visiones que el espectador tendrá de la pieza según el ángulo que elija para su contemplación.
Gestos y procesos
También en esta galería encontraremos la obra de Eduardo Hurtado (Valladolid, 1986).  ‘Here are diamonds (Haitz eta Ur) es el título de una instalación en la que ha venido trabajando en los dos últimos años tanto en Bilbao, donde tiene su taller, como en Islandia y Portugal. Hurtado reflexiona sobre los procesos educativos, los espacios de instrucción y la asimilación de los gestos corporales.
El aura de las cosas
A otro habitual de Arco, Ángel Marcos (Medina del Campo, 1955), hay que buscarlo en la galería vienesa Hilger Modern Contemporary donde presenta tres cajas de luz y dos fotografías realizadas en el Cañón del Colorado y en el Valle de la Muerte, durante su reciente estancia en Estados Unidos. Marcos ha seguido las enseñanzas de Walter Benjamin en torno al aura de las cosas y ‘Aura’ se llama este trabajo en el que el artista medinense ha procurado «seguir con calma el perfil de una cordillera en el horizonte o una rama que arroja su sombra sobre el que reposa» para capturar su aura tal como preconizaba el filósofo alemán. Y aunque en ellas no aparezca la figura humana, consiguen transmitir esa sensación de poder de la Naturaleza que era el leit motiv de tantos paisajes románticos.
La abulense afincada en Londres Saelia Aparicio (1982) hará doblete esta semana en la capital de España, ya que además de en Arco, su obra estará presente en Just Madrid. A Arco la lleva la galería murciana Art Nueve (Pabellón 8, stand A08) con la que trabaja desde 2009 donde presentará cinco dibujos realizados en tinta y acuarela sobre papel. En ellos aparece de nuevo el personaje de Johnny, presente en trabajos anteriores de esta artista, y que solo es un pretexto para reflexionar sobre «la veracidad del contenido de la memoria». ‘No puedo acordarme de tu cara’, ‘Johnny triste, Johnny, contento’, son algunos de los títulos de sus dibujos con los cuales se pregunta sobre la construcción de los recuerdos distorsionando un rostro al tiempo anónimo y cercano a su propia biografía.
Aparicio ha realizado ya varias exposiciones individuales combinando la escultura y el dibujo, los lenguajes en los que desarrolla su creatividad. Dos proyectos la llevarán este año a Valladolid. En la galería Javier Silva colgará una exposición individual y también tendrá una intervención en el Patio Herreriano.
En la galería José Robles (Pabellón 8 stand B07) encontraremos la obra del segoviano Javier Fresneda. Este artista, que vive entre México y Madrid, define su trabajo como «una respuesta comunicativa a mi entorno, un modo de proponer y compartir actitudes». Sus obras comienzan a menudo como un dibujo y terminan como una instalación que interviene en el espacio urbano con materiales de oficina, naturales o industriales, relacionados entre sí.
En Arco presenta la instalación ‘Future Studies’, compuesta por una serie de C-prints y una escultura en bronce y la escultura ‘Halcyon’.
Pero no todo son artistas emergentes. La Galería Oriol de Barcelona (Pabellón 8, stand F04) presenta una selección de óleos de Esteban Vicente (Segovia 1903, Nueva York, 2001). Una oportunidad para ver obra de uno de los grandes, algo que siempre se puede hacer en su museo segoviano.

 

En las imagánes obra de Ángel Marcos y Diego del Pozo

Veneno sólo para adictos

LA REVISTA VENENO, VINCULADA AL LLAMADO ‘GRUPO DE VALLADOLID’, HA CUMPLIDO 30 AÑOS ¡Y SIGUE!. EN ‘LA SOMBRA DEL CIPRÉS’ CELEBRAMOS EL CUMPLEAÑOS Y SOBRE TODO LA SUPERVIVENCIA

Hay algo táctil, emocionante y hasta misterioso en la acción de desdoblar un folio cuando sabemos que dentro espera un poema. Es en sí una acción poética. De pequeños pero significativos detalles como éste está hecha la revista ‘Veneno’. Treinta años, varias ‘sedes’, 177 números… son sus credenciales. “Una historia de supervivencia” dice Francisco Aliseda, su alma mater, el que ha mantenido viva la llama, a pesar de las vicisitudes y de los cambios de residencia, para que algo tan frágil (lo es siempre una revista de poesía, ésta, además, lo es por su concepción material) se mantenga. Se mantiene también porque desde siempre ha sido una empresa colectiva.

A Francisco Aliseda, Egidio Huerga y Secundino Naves pertenecen las manos que empezaron a doblar ‘venenos’, una lejana tarde de verano de 1983 en Palencia, aunque hasta el traslado de Aliseda primero a Bilbao y luego a Andalucía siempre se imprimió en Valladolid, en Reprografía Mata, por más señas. Doblar un folio en cuatro partes esa era la contracultural acción que encendía los motores por los cuales llegaba a puntos bien dispares de la geografía en una época en que imprimir tenía como apellido el sistema ‘off set’ y el correo, sobre y sello incluido, era la vía de comunicación por la que se hacía llegar el veneno a los adictos.

Porque siempre, salvo la penúltima etapa en la que estuvo vinculada al Centro de Poesía Visual de Peñarroya, la revista se hizo a mano, una por una, y todas distintas. Ahora se diría ‘tuneadas’. Ningún propietario de un número atrasado (se guardan como un tesoro, me consta y sus propietarios forman un club o una secta literaria casi secreta) tiene el mismo número. Son las mismas palabras, son las mismas ilustraciones, tienen la misma la maqueta pero en todas hay algo que las personaliza. 200 veces ‘personalizadas’. Podía ser un billete de metro, una hoja de álamo, una pequeña flor, un paquete arrugado de tabaco Jean, un trocito de madera, uno de esos modelos recortables que usaban las niñas para vestir a sus muñecas de papel. El pintor y grabador Marco Temprano tuvo la paciencia de pintar 200 pequeñas piedras y convertirlas en unas sorprendentes mariquitas, para uno de eso milagros primerizos.

Pegadas a cada número hay pequeñas historias, como se pegaban esos leves elementos diferenciadores. Porque cada autor una vez asumido el qué y el cómo (“como era algo un poco enloquecido costaba entenderlo, o quizá no, quizá era sencillo de entender”) se volcaba. Es lo que tienen las aventuras diferentes, si llegan a enganchar es para siempre. Ullán lo entendió rápido. Pero también Francisco Pino. El poeta del Pinar de Antequera estaba ya en el número 10 de la revista. “Era sorprendente su generosidad Ahí estaba alguien como él de una trayectoria tan poderosa volcado con nosotros”, recuerda su promotor que desde la localidad onubense donde vive asiste emocionado, una vez más, al comprobar el interés que despierta una aventura que “nació como respuesta a la falta de medios de producción litararia alternativa que había entonces no solo en Valladolid sino en toda España”.

Así, se cuela en la conversación una España diferente, de principios de los ochenta, con todo por hacer. Distinta pero con una sensación de precariedad que puede compararse de alguna manera con el tiempo actual, precisamente este tiempo en que ‘Veneno’ vuelve a ser lo que fue siempre: ese hoja tamaño Dina4 (el folio sobrevivió unos pocos números) doblada en cuatro partes. Miguel Casado y su poema coloreado a mano, número a número otra vez, son los protagonistas del regreso.

Una España diferente sí. Y un Valladolid de una efervescencia cultural pero sobre todo plástica y literaria magnífica. “Se lo oí decir por primera vez a Bernardo Atxaga. Fue el primero que habló del ‘Grupo de Valladolid’ y sí claro, visto desde aquí claro que existió”. Y es que por la revista pasaron y se quedaron Carlos Ortega, Miguel Suárez, Olvido García Valdés, Esperanza Ortega, Adolfo García Ortega, Ramón García Domínguez, Gustavo Martín Garzo… Y luego los que se sumaban desde orillas más lejanas como Severo Sarduy y hasta Ted Hughes traducido por Jordi Doce. Y quienes desde iniciativas como ésta hicieron un camino en la poesía visual, como Julián Alonso.

Manuel Sierra fue un elemento clave sobre todo en su primera etapa. No solo como dibujante sino como ‘constructor’ de portadas y maquetas. Como lo ha sido siempre Aliseda o como lo fueron ocasionalmente otros artistas como Ángeles Morgade, Javier Codesal, Alfonso Serra o José Noriega que en el número que le tocó en suerte acompañaba con sus dibujos algunos poemas de Miquel Martí i Pol. Era el año 86 y este número 23 de ‘Veneno’ preludiaba esa obra conjunta que llegaría años después cuando Noriega hubo hecho realidad el sueño de su editorial El Gato Gris.

Porque esta es una faceta de la revista nada despreciable. Un repaso a su historia (un repaso a mano, detenido, desdoblando y volviendo a doblar sus números) demuestra que entre sus pliegues está el germen de obras muy importantes que cuajarían con los años.

¿De dónde ‘Veneno’, el nombre? De algo tan cimple como que sus primeros promotores estaban enganchados a la música del grupo Pata Negra del cual Kiko Veneno era valedor fundamental.

Hay números cercanos a la estética del cómic, otros al pensamiento dadá, otros coquetean con el surrealismo y en general tiene un aire a contracorriente. Quizá porque lo que les une sea la falta de impostura, el calor que transmiten estos papales, se mantienen frescos y vivos. No han amarilleado sus propuestas y cuando Gamoneda o la propia Clara Janés miren atrás, a su paso por la revista, no podrán sino sentirse contentos de haber sido parte de esta pequeña gran aventura.

‘Veneno no venal’, como escribí cuando la revista cumplió su decimoquinto aniversario, pues su gratuidad es otra de las premisas del proyecto. “’No se vende se regala’, como decían los que predicaban mercancía”, afirma Aliseda que ha sido el mago que conseguía de aquí y de allá la mínima financiación que necesita la revista, donde los trabajos no son remunerados pero que genera unos gastos de edición y distribución. Calcula que con 50 euros saldrán los números siguientes cuya tirada alcanzará los 300 ejemplares. Luego, sus más fieles allegados se encargan de la onda expansiva.

Editar contra (o a pesar de) la crisis

¿Dónde están los lectores?  ¿Qué quieren leer? Son sin duda las preguntas del millón, las que se hacen cada vez que elaboran sus programas y ajustan sus presupuestos los pequeños (y los grandes, por supuesto) editores. Más allá de las leyendas urbanas acerca de la crisis permanente del libro y por tanto su probada resistencia, las cifras cantan y muestran las contradicciones de un sector que aparentemente necesita una reconversión cuyo rumbo, sin embargo, no parece claro. Como en otros sectores de la cultura se trabaja con pasos inciertos y con el método de ‘prueba y error’. Dificultades aparte, las llamadas editoriales independientes  –es decir, aquellas que se sustentan por la vocación de sus directores, sus pequeños presupuestos y sus plantillas mínimas– de Castilla y León (una representación ha sido consultada por La sombra del ciprés) se muestran dispuestas a resistir, a buscar la manera de seguir ofreciendo buena literatura contra las tempestades de la crisis económica y los gustos que en el mercado imponen los grandes grupos, aunque sea reduciendo títulos y tiradas.
Las cuentas de las paradojas del sector tienen que ver con el número creciente de títulos publicados año a año según los datos de la agencia del ISBN. Desde 2007 a 2011 en que se alcanzó el récord de los  116.851, la edición de nuevos títulos creció el 41%. En el último año, ya con la crisis plenamente instalada, la cifra ha bajado pero aun así se han publicado 88.349 nuevos títulos en todos los formatos durante 2012. De ellos, 1.791 se editaron en Castilla y León, lo que coloca a la comunidad en el séptimo lugar de España. Eso sí, siguen bajando las tiradas, que en el 2011 se situaron en los 3.441 ejemplares de media. Si atendemos a la creación de nuevos sellos, las dificultades no parecen asustar pues en el último año se han dado de alta en la citada agencia 535 nuevas editoriales.
Lo que sí baja es el nivel de riesgo no solo de los editores, sino también de las instituciones encargadas de ayudas al sector y de los propios lectores. Así lo cree José Ángel Zapatero, para quien las crisis «es cierto que pueden significar oportunidad y una cierta limpieza en un negocio con inflación de títulos, pero también es cierto que se puede llevar por delante propuestas interesantes como la nuestra». Menoscuarto, la editorial que dirige desde Palencia, se hizo un hueco nacional especializándose en narrativa breve y autores españoles jóvenes aunque con una sólida trayectoria, sin embargo la actual situación puede hacer variar en parte su rumbo. «Como cada vez se vende menos, las grandes editoriales vuelven a editar una y otra vez los mismos títulos y a los mismos autores, y los lectores no arriesgan, no parecen interesados en conocer nuevos nombres. Tampoco las ayudas a la edición se interesan por las nuevas propuestas aunque vengan avaladas ya por una calidad contrastada y, para remate, los críticos tampoco apuesta por la gente joven, probablemente agobiados por el aluvión de novedades en torno a gente muy conocida».
Zapatero pone el dedo en otra llaga: las traducciones. «Somos el país que más traduce. Todo lo que se publica en el mundo se bueno o malo se traduce y eso causa un efecto curioso en el lector, al que el simple hecho de que alguien se haya molestado en traducir un libro al español parece darle garantía de calidad». Sin embargo, y aunque las circunstancia le obliguen a iniciar un camino de recuperación de textos extranjeros interesantes ya descatalogados o incluso inéditos (en esta línea tiene previsto publicar este año ‘Un hombre acabado’, de Giovanni Papini en su otro sello, Cálamo) no piensa renunciar ni a la calidad, «por supuesto», ni a su apuesta inicial. Así lo demuestran las novedades que anuncia la editorial para el 2013 y que en el apartado de cuentos aportará las últimas entregas de un autor ya casi de culto entre los seguidores del cuento como Ángel Olgoso con ‘Las frutas de la luna’, o ‘29 cadáveres’, de Pepe Cervera. También sacará a la luz las novelas ‘Murasaki’ de Julio Baquero y ‘No sé quién eres’, de Miguel Torre, ganador del último premio Tristana. Y entre los proyectos estrella, ‘El devorador de hombres’, la recuperación en un volumen de todas las novelas cortas  de Horacio Quiroga, un clásico de la narrativa breve del que Menoscuarto publico en su día los cuentos completos.
Con el pasado
Con las ideas muy claras y una línea ajena no ya a cualquier moda sino a cualquier camino trillado se mantienen Fabio Rodríguez de la Flor y su editorial Delirio, uno de esos nombres que son por sí mismos una declaración de intenciones. Esta aún joven editorial radicada en Salamanca comenzó el año recordando la figura de un salmantino imprescindible en el último tercio del siglo XX. En ‘La vida dañada de Aníbal Núñez’, su autor, Fernando R. de la Flor, se sirve de la poética vital del autor de ‘Alzado de la ruina’ para hacer el retrato de una época.
Delirio planea engrosar sus colecciones de ensayo –con un diccionario de términos ‘inventados’ y un estudio de sobre las Soledades de Góngora– y poesía, y fomentar la hasta ahora menos cultivada de la narrativa. En esta última tiene en cartera el libro de cuentos ‘Como el ciervo huiste’ de Yago Fernández. Pero una de las apuestas más importantes de este comienzo de año será ‘Loca parva. Obras’ en la que reunirá la obra completa de Felipe Núñez, tanto la ensayística ( ‘Para escapar de la voz media’) como toda su poesía que en su día editara Calambur, así como poemas inéditos, las colaboraciones periodísticas y los textos para catálogos de arte.
Delirio, como afirma su director, «no tiene tanto un compromiso con el futuro como con el pasado. Sentimos que los libros que vamos editando ‘cierran ciclos’, terminan por redondear los círculos, dan por zanjados algunos temas. Nos podríamos haber llamado Editorial La Última Palabra, pero entonces tendríamos que reeditar a Nietzsche y algún que otro manual de autoayuda», afirma con sentido del humor.
Ajenos a las prisas que impone el mercado («tanta novedad y tanto presente, y tanto ahora y tanto ya, nos dan un poco de náuseas») siente que el e-book no les compete de momento. «El libro electrónico es una de esas carreras. De repente todo el mundo sale corriendo y parece que lo que tienes que hacer es correr con ellos, sin saber, por lo menos tú, dónde vas, qué dorsal llevas o siquiera por qué vas en triciclo mientras los demás lo hacen en Porches Cayenne. Nosotros somos conscientes de que mucha de la ‘impronta’ de nuestra editorial reside en el diseño, en el formato, en su atractivo y eso es lo que hacemos».
Pocas nueces
Un veterano de la edición, Fernando Arnaiz, de la burgalesa Dossoles coincide en afirmar que en torno al libro electrónico hay de momento «mucho ruido y pocas nueces. Nosotros hemos decidido no hacer ediciones digitales pues  consideramos que no existe seguridad alguna en este tipo de edición. Se copian con mucha facilidad y por otro lado el número de terminales de  e-book  vendidas en España es muy pequeña. Preferimos apostar por mejorar la calidad de la edición impresa», asegura.
Coincide con Zapatero en que el esfuerzo que hacen las editoriales pequeñas por dar a conocer nuevos autores que difícilmente tendrían cabida en las editoriales estrictamente comerciales «no ha sido suficientemente valorado por los lectores, por los escritores ni por los organismos oficiales con responsabilidad en la cultura».  Este sello que mira con especial atención a autores y temas burgaleses dará a conocer este año la obra de Ignacio Manrique ( ‘No fue otro estúpido viaje a  Koprivnica’) Daniel Ortega (’Berlín 1945. Diario de un infierno’), entre otros.
La editorial segoviana La Uña Rota es uno de eso milagros colectivos que suman buen gusto y permanencia. Con un catálogo de esos grandes pero minoritarios genios de los que pocas veces nos acordamos se permiten de vez en cuando sacar del armario alguna joyita. La última, ‘La nada y las tinieblas’ de Fridegiso de Tours.
Al año siguiente de haberse apuntado el tanto de publicar la primera biografía en castellano de Samuel Beckett, ya tienen su vista puesta en Robert Walser ( ‘Diario de 1926’), Anatole Broyard ( ‘Ebrio de enfermedad’) y en el mismísimo Conrad con una serie de textos inéditos en castellano cuyo título por el momento prefiere  silenciar Carlos Rod, uno de sus responsables.
Su visión del panorama no  es alentador, como la del resto de sus colegas, pero quizá lo expresen con más nitidez. Por ejemplo cuando hablan de la situación del mercado en relación con los grandes grupos: «Las editoriales que más venden, y que forman parte de grandes grupos de comunicación (con distribuidora propia), se preocupan, en detrimento de la calidad del libro, por copar (y saturar) las mesas de novedades al coste que sea: además de publicar y reimprimir su fondo a mansalva, al margen de la demanda, juegan con los porcentajes, sirven a librerías que no pagan los depósitos y alquilan escaparates y espacios importantes en las librerías y grandes superficies. Mientras, las distribuidoras de editoriales pequeñas se las ven y se las desean para colocar sus novedades y hacerlos visibles de cara al cliente-lector».
Creen que las editoriales pequeñas son las que deberían liderar un cambio de modelo que prime «la búsqueda de un canal que llegue y nos comunique con el lector interesado en los libros que publicamos. Porque no cabe duda de que el lector está ahí. Y donde hay un lector hay una comunidad de lectores. Y para ellos trabajamos».
El vallisoletano César Sanz, director de Difácil, es otro de los que apostó por descubrir nuevos valores y otro que ha comprobado «no sin desconcierto, la verdad» y cierta ironía que lo que más valoran la crítica, los libreros y el público en general son las editoriales «que han redescubierto el siglo XIX o hacen una nueva edición de los clásicos de toda la vida, en buena parte de los casos con hermosos ‘santos’, eso sí, que hay que darle valor al libro (porque parece que por sí mismo ya no lo tiene) o tratan de demostrar que los autores finlandeses son interesantes por ser finlandeses».
Un rockero en catálogo
Su catálogo incorporará en fechas próximas a un rockero: Igor Paskual, quien fuera líder de Babylon Chat y actual guitarrista de Loquillo. Y Loquillo será el prologuista de esta obra miscelánea en torno al mundo de la música y más. En Poesía, una de las claves editoriales de Difácil, publicará el último libro de Leopoldo María Panero y el cierre de la ‘Trilogía de Nueva York’ de Fernando del Val. Antes de acabar el semestre también habrá visto la luz la última novela de Ángel Vallecillo, ‘Ban, bang, Wilco Wallace’. La apertura de una serie de estudios sobre los archivos de Juan Ramón Jiménez completa los proyectos para la primera parte del año.
Para Rafael Vega, director de Multiversa, «el volumen de libros editados es fruto de una burbuja que aún continúa estallando en el mundo editorial». A su juicio la crisis económica se suma a la crisis de negocio y confía en las redes sociales y el comercio electrónico, como vías para establecer un contacto directo con el lector. De su horno saldrán este año títulos de Alfredo Sanjuán Ferrer, David Rodríguez Gómez, Mª Rosa Navarro y Juan Manuel de la Huerga.
Mención aparte merecen dos editoriales que por su forma de editar mantienen una relación directa con los lectores a través de suscripciones. Son El Gato Gris y Tansonville, ambas especialmente centradas en la poesía y hacer de los libros objetos de arte. José Noriega, director de la primera, anuncia para este año el cierre de su célebre colección ‘Manuscritos de poesía’ con la que ha llegado a museos de España y de Europa. Y no porque  haya tirado la toalla, sino porque quiere emprender nuevos caminos aún más ambiciosos.
Eduardo Fraile, director de Tansonville, mira la situación desde la distancia de quien financia el libro siguiente con las ventas del anterior y contando «con la paciencia de los fieles suscriptores». Entre sus planes figura reeditar una pequeña joya ‘La caja de plata’ de Luis Alberto de Cuenca, un libro importante y significativo de la época de los ochenta en España.

La ‘cosa’

Me lo contó un amigo el otro día: en un bar de Sevilla han puesto un cartel que dice: «Prohibido hablar de la cosa». Son geniales los sevillanos. Pero, tras la risa, me sentí aludida. De un tiempo a esta parte cuando empiezo esta columna no sé si dejarme llevar por la ‘cosa’ o mirar para otro lado. Pienso que la gente está harta y necesita que se le hable acerca de otros temas, pero la sombra de la ‘cosa’ es muy alargada y aunque quieras zafarte acaba alcanzándote. No hay un momento de respiro.
Estábamos celebrando el otro día el vigésimo aniversario de la edición de Segovia de El Norte de Castilla y en medio de la alegría logró colarse ella sin que nadie la invitara. Ignacio Sanz, compañero de estas páginas y de tantas otras lides literarias, me comentó que La Tertulia de los Martes echaba el cierre. Y el cierre se consumó el martes pasado. Para los que no viven cerca del Acueducto y nunca hayan disfrutado alguna de sus sesiones diré que era una cita literaria con treinta años de vigencia. Treinta años en los que ha visto desfilar por su sede lo mejor de la creación literaria de nuestro país. Y no solo eso. Directores de cine, artistas, pensadores… Cultura viva y en directo, con posibilidad de respuesta, con posibilidad de debate. Como en el Hay Festival, pero en tres estaciones y sin pagar entrada. La actividad contaba con el patrocinio de Caja Segovia, así que no hay mucho más que explicar sobre las razones de su cierre. Es la ‘cosa’ en todas sus vertientes y versiones extendiendo sus garras por doquier.
Un libro recogía no hace mucho parte de esa historia porque asociada a esta actividad, la Tertulia de los Martes era también el nombre de una colección literaria (¡qué lujo! mirado desde la situación actual). Uno de los libros del ‘sello’ deja constancia de esta pequeña historia cuyos protagonistas forman un elenco de nombres muy grandes: Francisco Ayala, Eugenio Granell, Carmen Martín Gaite, García Hortelano, Juan Benet, Francisco Pino… pasaron por allí muchos años antes de darnos el adiós definitivo. Ayala y Granell eran ya  ancianos cuando se asomaron a la tribuna tertuliana pero nos enseñaron que la edad suele ser un asunto engañoso en el DNI. La misma lección que impartió José Luis Sampedro. Algunas presencias quedarán para siempre señaladas en lápiz rojo por aquello de lo poco que se prodigan. Estoy pensando en Víctor Erice. En otras ocasiones el lápiz rojo lo puso el público abarrotando el recinto (pienso en los días de José Luis Aranguren, o en Miguel Delibes, con gente sentada en los pasillos y de pie en todos los rincones).
Joaquín Díaz abrió el fuego hace ya tanto… y por esos guiños del destino lo cerró el martes Amancio Prada. No. No es una columna melancólica, por más que me contaron que había nudos en las gargantas de presentadores y asistentes. Las etapas acaban, los ciclos se cierran. No sería peligroso si  la Tertulia le sustituyera una actividad de su nivel. Pero no. En la era de la ‘cosa’ le sustituirá el vacío. Uno más, una calva más en la cabellera de las programaciones culturales a lo largo y ancho del país. He puesto un ejemplo que me resulta cercano para demostrar lo difícil que es evadirse de la ‘cosa’. Es que no hay manera.

No lo he soñado

Para todo hay una primera vez y yo asistí hace unos días a una de esas ‘primeras veces’. Le oí decir a un empresario que la cultura es rentable. Así, literalmente. «La cultura es rentable», dijo ante un auditorio que, por estar mayoritariamente convencido de antemano, quizá no se dio cuenta cabal de lo inusual de esta afirmación en boca de un empresario. Y más en la situación actual.
Mientras todos los presupuestos de la cultura se van empequeñeciendo a ojos vista, cuando no desapareciendo literalmente, y los, en otros días, patrocinadores y mecenas hacen mutis por el foro o ponen cara de póker más o menos justificadamente, que de todo hay, de repente un empresario dice «la cultura es rentable» y no es portada en todos los medios del país. Buena prueba de que la sensibilidad hacia la cultura es asunto sobre el que hay que llamar la atención continuamente.
Lo diré ya. El empresario al que me refiero es Carlos Rodríguez, presidente del grupo Inzamac. Y puede aportar pruebas de que sus palabras no eran un mero adorno en un discurso. Estamos acostumbrados a oír en todo tipo de encuentros culturales a los representantes públicos parlotear sobre la importancia de la cultura –los políticos en campaña son especialistas en todo tipo de eslóganes que no pueden mantener en cuanto se trata de investigar qué hay detrás del eslogan– lo malo es que de los dichos del discurso a los hechos de la realidad suele mediar una distancia kilométrica. Pero hay quien antes de decir «la cultura es rentable» ha demostrado con hechos que cree en lo que dice. Y sin esperar a la presunta Ley de Mecenazgo.
El Grupo Inzamac, a través del foro para la Calidad Empresarial, viene patrocinando los libros que componen la colección ‘Soñando futuros’. (Título nada casual). Provincia a provincia, los libros han reunido a una parte muy significativa de la vida cultural de Castilla y León y son una especie de acta notarial de sus manifestaciones más importantes en este campo. Escritores, artistas, pensadores, historiadores… están convocados en sus páginas. Si alguien ajeno a la comunidad quiere tener una visión de qué significan cada una de sus provincias desde el punto de vista de la cultura no tendrá más que acercarse a cada uno de estos volúmenes para un acercamiento y para encontrar múltiples hilos desde los que seguir en el viaje de profundizar en las raíces de su patrimonio y encontrar las vías de su futuro.
Pensaba mientras asistía a la presentación del octavo volumen de la serie, el dedicado a Segovia, que un proyecto así es aún más importante en una comunidad cuyos habitantes tienen una conciencia autonómica digamos débil. Así lo creo. Si hay un elemento que puede aglutinar, que puede hacer crecer esa conciencia es la cultura. Una historia y una cultura común y, dentro de ella, unas particularidades que la enriquecen (¿les suena?) son las mejores señas de identidad, siempre que esas señas no sean al mismo tiempo una excusa para la parálisis, algo que, por desgracia, también vemos con frecuencia en estas tierras.
Vivimos tiempos difíciles. Ya lo sabemos. Lo recordamos cada día. Pero hay empresarios que miran al futuro y apenas acaparan titulares. Lo escribo aquí para que conste.

 

(Publicado en la columna de opinión ‘Días Nublados’ de la edición impresa de El Norte de Castilla)

Vanguardia e ideario político

(A própósito de la exposición ‘Los progresistas de Colonia’ en el Museo de la Pasión de Valladolid)

 

No todo sucedió en París. Si hay un periodo fundamental en la historia de las Artes en Occidente por los cambios, a menudo revolucionarios, que tuvieron lugar en todas las artes ese fue sin duda el periodo entre las dos Guerras Mundiales.
Y París se convirtió en  el foco al que todos querían acudir. La Orilla Izquierda del Sena se convirtió en lugar de peregrinación, no solo desde Europa sino desde Estados Unidos, de artistas y escritores (en este caso sería adecuad añadir la coletilla y ‘escritoras’ por la importancia de las ‘mujeres modernistas’ en la literatura.
Pero no todo sucedió en París. Y eso es lo que pone de manifiesto la exposición que desde ayer ocupa las salas del Museo de Pasión en Valladolid, organizada por la Fundación Municipal de Cultura. ‘Los progresistas de Colonia. August Sander y su círculo de amigos’ pone el foco en un microcosmos artístico y social cuya influencia irradió más allá de su lugar de origen temporal y espacial: la ciudad de Colonia durante la República de Weimar. La exposición llega en un momento oportuno. Las circunstancias históricas (algunos de sus componentes murieron durante la ocupación nazi, otros tuvieron que dejar Alemania y murieron en el exilio) contribuyeron a que el grupo permaneciera en el olvido. Pero ahora ‘Los Progresistas de Colonia’ empiezan a suscitar un mayor interés tanto desde el punto de vista de la historia como, incluso, en el mercado del arte. La muestra que podrá verse en Valladolid hasta el 20 de enero del año próximo nunca ha salido de Alemania y, como tal, solo se ha expuesto en la ciudad de Colonia.
Colección Sander
El nombre asociado al título general de la muestra, August Sander, ya da una pista acerca de su contenido. El fotógrafo August Sander protagonizó una extraordinaria exposición el mes de marzo pasado en la también vallisoletana Sala de Las Francesas. Se mostró en aquella ocasión una selección del trabajo que hizo célebre a este artista, ‘Personajes del siglo XX’, un catálogo sociológico de personajes de la vida alemana de su tiempo, acompañados en muchos casos por sus ‘atributos’ de trabajo, que pretendía ser un muestrario de las distintas clases sociales que convivían en su época.
Sander mantuvo estrecha relación con los progresistas de Colonia, como lo demuestra el hecho de que esta exposición sea posible gracias a la colección  que de las obras de estos artistas atesora el nieto del genial fotógrafo,  Gerd Sander.
Pero vayamos a los comienzos. Los Progresistas de Colonia fue un grupo de artistas unidos por sus ideas en torno al arte y la política. Ese era su deseo: ser considerados como artistas políticos con un ideario en el que, entre otros objetivos, figuraba el de una sociedad sin clases. El grupo existió como tal entre 1920 y 1933 y sus fundadores fueron Heirinch Hoerle  (1895-1936) y Franz Wilhem Seiwert (1894-1933), a los que pronto se unió uno de los miembros más destacados del grupo,  Gerd Arntz (1900-1988), que abrazó la vía didáctica del arte, a través de la cual pretendía dotar a la clase obrera de un lenguaje visual universal de símbolos y pictogramas que la ayudara a comprender ideas complejas sobre economía, sociedad y política. La plasmación artística de este objetivo fue el proyecto Isotipo en el que Arnt colaboró con el marxista vienés Otto Neurath. El isotipo como concepto está en la base icónica de las señales de tráfico o en pictogramas gubernamentales que hoy podemos reconocer en todas partes.
En la obra de Adler, como en la de otros miembros del grupo, se pueden rastrear influencias de Picasso, de Léger y de Klee, con el que mantuvo amistad. En 1933 dos de sus cuadros fueron exhibidos en el Centro de Arte de Mannheim por los nazis como muestra de ‘arte degenerado’. Y como otros miembros del grupo se vio obligado a exiliarse de Alemania.
En general, los artistas del movimiento Progresistas de Colonia – al que también pertenecieron Gottfried  Brockmann, Heinrich  M. Davringhausen, Otto Freundlich, Hannes M. Flach, Martha Hegemann, Angelika Hoerle, Hans Schmitz, Ernst Ludwig Ronig, Jankel Adler y Franz Jansen, entre otros –  creían en la necesidad de volver a plasmar en sus obras temas como la revolución, los acontecimientos sociales y políticos, o el hombre y su posición social.
En su forma de entender el arte, la obra gráfica del grupo fue fundamental y en ella se aprecia aún más sus relaciones con el constructivismo, aunque sus abstracciones geométricas no llegaran a la radicalidad de sus colegas rusos. En las obras de la exposición es fácilmente rastreable la influencia de artistas como el mencionado Fernand Léger, László Moholy-Nagy o El Lissitzky. También es notoria la influencia del movimiento más célebre dentro de la vanguardia alemana, el de La Nueva Objetividad.
‘De la A a la Z’
Los Progresistas de Colonia contaron con una publicación para difundir su arte y sus ideas: la revista ‘a bis z’ (’de la A a la Z’)  fundada en 1929  por Seiwert, Hoerle y Walter Stern. Para entonces las vanguardias artísticas no pasaban su mejor momento no sólo en Alemania, sino también en la Rusia comunista. Fue su principal órgano de comunicación y entre sus colaboradores, además de los miembros del grupo, se encuentran figuras destacadas del arte alemán como Raoul Hausmann. En ella, algunos de cuyos ejemplares puede verse en la exposición, se publicaron muchas de las fotografías de August Sander.
El régimen de Hitler, que prohibió la reproducción de sus obras, supuso la desbandada del grupo. La muerte, el exilio y la clandestinidad fueron los destinos más habituales entre ellos. Sobre su obra se extendió un silencio que se rompió en 1975 cuando Wulf Herzogenrath mostró en el Kunstverein de Colonia la exposición ‘Desde Max Dada al Cinturón Verde’. Esta exposición contribuye a su reconocimiento.

Otras (tres) cosas buenas

Como si fuera una señal, la Naturaleza a veces nos da un respiro. Se pone de nuestro lado y nos muestra su mejor cara. Lo pensaba el otro día cuando mis pies, acostumbrados a la dureza del asfalto o las losas de cemento (el cemento es un signo de nuestros tiempos y habría que preguntarse si esta moda no tiene un trasfondo que se nos escapa) pisaban una mullida capa de hojas caídas. Toda la acera del paseo estaba cubierta por ellas y agradecí que aún no se hubieran recogido y me permitieran esa sensación de cuidado. La madre tierra procurándome(nos) un alivio. También estético. Miré al parque cercano y el césped también estaba cubierto hasta su último palmo por ese esplendor dorado y no tuve más remedio que pararme unos minutos y agradecer esa visión. Era la visión de la Naturaleza cumpliendo su ciclo aún a pesar de nuestro maltrato (nada que ver con esa Naturaleza más presuntamente vengativa que se mostraba en ‘La Quinta Estación’ esa maravilla de película programada y premiada en la reciente Seminci que nos dejó ese regusto a buen cine que aún paladeamos).

Como las hojas, todos los otoños un grupo de personas sensibles, entre ellos muchos poetas, nos devuelven la voz de Claudio Rodríguez. Cada año, y ya van cinco, cuando llega el otoño en la Biblioteca Pública de Zamora resuenan sus versos, su palabra iluminada. Mientras ellos tengan aliento no decaerá su presencia, aún más necesaria en un mundo que hace con frecuencia de lo más prosaico su estilo de vida. Y si de presencia hablamos precisamente el tema de las jornadas de este año es la vigencia de su poesía, como ésta resuena en la voz de otros poetas, qué nos dice hoy día su paciente inspiración. Larga vida a estas jornadas y al recuerdo de Claudio.

Seguro que el autor de ‘Alianza y condena’ hubiera celebrado con alegría la concesión del premio Nacional de las Letras a Rodríguez Adrados, el tercer motivo de optimismo que encuentro hoy para dejar en esta casilla donde tantos horrores se comentan. Un guerrero de 90 años. Un batallador a favor de las lenguas clásicas.Muertas, no por el desuso en el habla cotidiana sino por su escandaloso abandono en los sistemas educativos. Nada mejor que el resumen de este luchador cuando recibió la noticia del premio:«Sin el latín y el griego se hunde el edificio educativo». Él sabe que se hunde algo más: el edificio de nuestra cultura que se apoya en la sabiduría de los clásicos. «Todo viene de Grecia», dijo también aunque a muchos hoy esto solo les suene a primas de riesgo y deuda estructural.

Quienes alguna vez hemos entrado en un aula para impartir alguna materia ‘de Letras’ (es decir, con alumnos teóricamente predispuestos hacia las Humanidades) hemos podido comprobar los estragos que el distanciamiento de nuestra base cultural está causando en el alumnado. Rodríguez Adrados no debe quedarse solo en su reivindicación.

 

(Publicada en mi columna semanal del jueves ‘Días Nublados)

Audiard, cierre en alto (Seminci VII)

SOBRE ‘AL NACER EL DÍA’, ‘DE ÓXIDO Y HUESO’ Y ‘THE WORDS

a Sección Oficial de Seminci guardaba una sorpresa final. Una sorpresa excepto para los muy seguidores de Jacques Audiard, director que tiene en su haber títulos notables como la espléndida ‘De latir mi corazón se ha parado’. Así fue como con la proyección ‘De ruille et d’os’ (De óxido y hueso’) dejó en línea ascendente la curva de calidad del Festival.
Chico musculado y con buena pegada pero con poco cerebro conoce a chica guapa, entrenadora de orcas en un parque acuático, que está a punto de sufrir una experiencia traumática: la amputación de ambas piernas. El chico que ha encontrado trabajo como portero de discoteca, es padre de un chaval del que acaba de hacerse cargo inesperadamente pero no tiene para ello ni experiencia ni ganas. La chica que hasta entonces ha llevado una vida laboral y social estable,  no sabe cómo ha de enfrentarse a su nueva situación y a las limitaciones de su ‘nuevo’ cuerpo. De fondo, la crisis económica que afecta a toda Europa.
Audiard tiene la habilidad de fotografiar con igual exactitud lo que pasa fuera y dentro de sus personajes. No es fácil contar sin obviedades, sin excesos, con los planos precisos, el proceso sicológico que sufre el personaje de Stephanie (qué espléndida y versátil Marion Cotillard!) desde que se despierta en el hospital y comprueba horrorizada que uno de sus mayores atractivos es solo un recuerdo hasta que vuelve a encontrar su lugar en el mudo. Un trabajo absolutamente cómplice entre director y actriz que da excelentes momentos a la película. Una película que mantiene el interés hasta el final, aunque sea precisamente al final cuando caiga en una de esas secuencias previsibles que restan en la consideración final del producto. Afortunadamente Audiard tiene oficio suficiente para salvar  el peligro y salir airoso de los escollos que él mismo se pone en el camino. Lo cierto es que ‘De óxido y hueso’ merece quedar entre las tres o cuatro primeras películas de esta Sección Oficial.
Antes, se había proyectado la esperada ‘Al nacer el día’ del no menos esperado Goran Paskaljevic, el flamante propietario de tres Espigas de Oro. La última película del director serbio, autor de las recordadas ‘La otra América’ o ‘Lunas de miel’ firma en esta ocasión una historia sobre las consecuencias del holocausto. Sí, el holocausto otra vez. Una bella historia sobre la necesidad de recuperar la memoria enterrada, en este caso en una pequeña caja de hojalata, que espera ser descubierta en el subsuelo de lo que fue un campo de exterminio nazi en Belgrado. La caja guarda el secreto acerca de los orígenes de Misha Brankov, un profesor de música jubilado que no sabe que en realidad su nombre fue Misha Weiss y que sus padres lo salvaron de una muerte segura dejándolo en custodia a una familia amiga.
Paskaljevic apela a las emociones y esto funciona siempre de cara al espectador. Pero al filme se le notan las costuras de un guion con  trampas para llegar a la metáfora final sobre la solidaridad de otro pueblo marginado, el de los gitanos, único colectivo disponible para homenajear al pueblo judío. Película amable, tierna para ver en familia y salir del cine pensando que no todo está perdido.
Palabras…
El final, una película fuera de concurso que en el primer pase fue pateada por parte del público. ‘The Words’ cuenta con una buena historia, la de un escritor de éxito que en realidad es un fraude, y con un buenísimo actor, Jeremy Irons. Y poco más. La película pierde mucho cuando Irons no aparece  y aún más cuando  aparece Dennis Quaid en uno de los papeles menos creíbles de su carrera.

(Fotogramas de ‘De óxido y hueso’ y ‘al nacer el día)

Sueños lejanos, dura realidad (Seminci VI)

SOBRE ‘LA VIDA PRECOZ Y BREVE DE SABINA RIVAS’ Y ‘LOS CABALLOS DE DIOS’

 

La penúltima jornada en la competición de la Sección Oficial nos trajo de nuevo ese cine que pone el foco en los conflictos que ensombrecen el mundo de hoy. A menudo con ánimo de denuncia, como en el caso de ‘La vida precoz y breve de Sabina Rivas’. El mexicano Luis Mandoki adapta a la pantalla la novela ‘La Mara’, de Rafael Ramírez Heredia, sobre un guion de Diana Cardozo.
La película nos lleva a la frontera entre México y Guatemala donde centenares de personas llevan años muriendo ante el silencio general. Son los que intentan siquiera rozar el sueño americano, los más débiles entre los débiles, pues su viaje hacia el Norte se verá obstaculizado no ya por la falta de ‘papeles’, sino por el abuso de las autoridades de inmigración de uno y otro lado de la frontera. De nuevo, policías y cónsules corruptos, redes de narcotráfico y prostitución de menores y un elemento que pone la guinda en este panorama, las ‘maras’, esas organizaciones al margen de toda ley que no sea la que impone por la fuerza el propio grupo, una violencia al servicio unas veces de los agentes de la ley (?) y otras al de las redes del contrabando de drogas y personas, según quién sea el mejor postor.
La historia pone el foco en Sabina Rivas, apenas una jovencita de dieciséis años que sueña con ser cantante pero que de momento tiene la vida detenida: es la estrella de la noche en el prostíbulo de doña Lita. Una de esas noches se encuentra con su antiguo novio, Jovany, que en ese camino hacia la tierra prometida se ha topado con el espinoso cobijo de la mara. El filme narra el forcejeo vital de ambos jóvenes por llegar a ese paraíso, o mejor, por salir del pozo infecto en el que viven, un deseo cuyo cumplimiento cada vez se antoja más lejano.
Una vez más, las buenas intenciones y el afán por denunciar las injusticias se topan con las hechuras del cine, del arte en general. Habría que preguntarse si, cuando apremia tanto el mensaje y la verdad duele, no sería conveniente darle la salida lógica del documental. Cuando la realidad es tan potente y la denuncia tan necesaria, es bueno tomar aliento y distancia antes de intentar encauzarlas en los parámetros de la ficción. La película no fluye, en parte debido a que sus protagonistas están desdibujados y el espectador asiste impotente a la lucha a brazo partido de Sabina por defender su dignidad y a las palizas que policías y maras reparten entre los que no se conforman con la miseria, sin tener demasiados elementos en los que hacer pie.
Camino al terror
Por un momento, parecía que con la segunda película de la mañana iba a ocurrir lo mismo. ‘Los caballos de Dios’ trata el no menos candente asunto del terrorismo islamista. ¿Quiénes son esos ‘soldados’ de Allah que se inmolan por la pureza de la religión? ¿Cómo era su familia? ¿Dónde estuvieron antes de atarse a la cintura unos cuantos kilos de explosivos para saltar en mil pedazos y llevarse por delante la vida de decenas de ‘infieles’ a cambio del cielo prometido? Navil Ayouch trata de responder a estas preguntas siguiendo la vida de unos niños que se criaron en un poblado de chabolas de las afueras de Casablanca y andado el tiempo serían los anónimos detonadores del atentado múltiple del 2003 que entre otros objetivos de la ciudad marroquí se llevó por delante la Casa de España de la ciudad. Entre medias, su país vio morir a un rey, Hassan II, y el mundo vio caer las Torres Gemelas, sin que sus vidas consiguieran mejorar el horizonte de miseria o delincuencia que les estaba destinado.
Tras un dubitativo comienzo, la película se va entonando, cuaja, crece ante los ojos del que mira. Ayouch encuentra el ritmo, sus actores acaban por encontrarse cómodos en sus papeles. No es una película excepcional, incluso al final resulta un poco larga, pero cumple sus objetivos.
Hoy, última jornada de competición con el aliciente del reencuentro con Goran Paskaljevic, que trae su última película, ‘Al nacer el día’, en la que nuevamente nos encontraremos con las consecuencias del nazismo. Y el último filme de Jacques Audiard, ‘De óxido y hueso’

 

(Fotograma de ‘Los caballos de Dios’)

El Norte de Castilla

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