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Categoría: Universidad
“Unido a tu nombre hasta el fin”

Miguel Delibes y Gonzalo Sobejano escribieron la historia de su amistad en las doscientas cartas que se enviaron entre 1969 y 2009. Ahora ven la luz en un libro publicado por la Fundación del autor vallisoletano y la Uva

 

De alguna manera llevaron vidas paralelas. Se comprendían bien. Y se admiraban mutuamente. Y ese entendimiento, esa empatía, está presente en su correspondencia. Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010),  y Gonzalo Sobejano (Murcia, 1928) se escribieron cerca de doscientas cartas entre 1969 y el año 2009. Esas cartas ven ahora la luz en una publicación gestada a medias entre la Fundación que lleva el nombre del escritor vallisoletano y la Universidad de Valladolid. El libro tuvo su puesta de largo el pasado jueves en el Instituto Cervantes de Nueva York, durante un acto que sirvió para homenajear al filólogo, hispanista y uno de los más fervientes investigadores que ha tenido la narrativa española actual. Seguro que por su mente pasaron ese día multitud de recuerdos unidos a quien, al otro lado del Atlántico, (Delibes prácticamente no se movió de su ciudad y Sobejano desarrolló la mayor parte de su carrera en Estados Unidos, donde entre otros destinos ha sido catedrático de Literatura española en la universidad neoyorkina de Columbia) fue siempre un interlocutor atento, un compañero que supo estar a su lado en los momentos difíciles, a pesar de la distancia.
A Delibes y Sobejano les unió algo más que la literatura (abordada desde la creación en un caso y desde la crítica en otro), y los distintos avatares de la vida (una enfermedad delicada, premios y reconocimientos, el nombramiento de hijos predilectos de su respectivas ciudades, pero sobre todo la desaparición prematura y repentina de sus esposas), les unía un carácter similar, una manera muy en sintonía de ver el mundo, una misma actitud moral.
Lo subraya Nora Glickman en la introducción del libro, cuya edición ha estado a cargo de Amparo Medina Bocos: «Ni uno ni otro son hombres de ‘acción’, en el sentido habitual de este término. Sin embargo, dejando de lado el hecho de que Miguel Delibes fuera eficaz cazador y experto en el arte cinegético, y que Sobejano, no lo sea, en el plano literario o filosófico ambos muestran parecida inclinación al ‘neorrealismo’ y al ‘existencialismo’ de la posguerra europea; ambos fueron o quisieron ser

siempre conciencias atentas al destino histórico-social de su pueblo y de Occidente».
El epistolario se inicia en diciembre de 1960. Miguel Delibes y Ángeles de Castro, su mujer, acababan de regresar de un viaje a Colonia, donde Sobejano se encontraba en los inicios de su carrera como profesor universitario. En Colonia se conocieron y allí Sobejano hizo las presentaciones entre el autor de ‘El hereje’ y el editor alemán J- P.- Bachem que poco después publicaría una antología de novelistas españoles al cuidado del profesor español y algunas de las traducciones de sus obras al alemán. La carta que Delibes escribe a su reciente amigo y a su mujer Helga no deja lugar a dudas de lo bien que se han caído mutuamente. «Sobre el fondo confuso de ciudades y paisajes, resaltan nítidamente los grandes amigos como vosotros a cuya cordialidad debemos el buen resultado de nuestro viaje».
Y solo un año más tarde, como explica Glickman, ese sentimiento se ve afianzado: «La amistad es una de las pocas cosas que merecen la pena en esta vida y creo que la nuestra, a pesar de las pocas horas que pasamos juntos, está sólidamente cimentada», escribe el autor vallisoletano.
Efectivamente, Sobejano y Delibes no se encontraron muchas veces a lo largo de su amistad, pero las cartas desmienten los miles de kilómetros que los separaban físicamente. Eso sí, como corresponde a un caballero castellano y a un serio profesor universitario, la correspondencia rara vez entra en intimidades. Hay en ella noticias acerca de los libros en construcción de uno y otro, referencias a las dificultades editoriales, a los procesos creativos de ambos, hay también opiniones y pensamientos sobre la vida y la política, pero también un freno natural, nada impostado, en cuestiones más íntimas. Lo que no resta emoción a algunas de las cartas, en particular la que Sobejano le escribe a Delibes en 1988, cuando el hispanista acababa de enviudar de su esposa Helga. Delibes, que ya había pasado por tan traumática situación y que tanto coste tuvo para su vida personal y su escritura, fue un importante apoyo moral ral para Sobejano en tan difíciles momentos y así se lo reconoce:
«No te has olvidado de mí, me has buscado, has venido, hemos dialogado, y en ese diálogo he confirmado yo lo que ya conocía pero me era necesario escucharte y decirte: nuestros caracteres o destinos, tan coincidentes en lo más triste y –yo creo también– en lo más hondo y más verdadero. Y digo «nuestros» refiriéndome a ellas dos, y a ti y a mí».
La carta está fechada en Madrid, donde ambos se habían encontrado. La mujer de Sobejano había fallecido en Nueva York, en el mes de septiembre tras una operación de cáncer de esófago que había sido exitosa, pero que se complicó con una embolia pulmonar que acabo con su vida a los 63 años.
Delibes trata de consolar a su amigo por carta recomendándole que trabaje, que trate de no pensar. En octubre Sobejano le escribe: «Fue para mí muy consoladora tu carta del 21 de septiembre. Sí, parece que los que más necesitamos no de las mujeres, sino de una mujer nos condenamos al castigo de perderla antes que muchos de esos (¡tantos!) que disfrutan de otros consuelos o apoyos».
Complicidad
Mucho antes de esta experiencia, Sobejano ya sabía que la complicidad entre ambos iba más allá de la que sería esperable entre autor y crítico, entre creador y estudioso que trabajan en proyectos comunes. Glickman relata cómo en uno de sus viajes el hispanista se encuentra estancado en un aeropuerto porque su vuelo ha sido aplazado. «Sobejano –escribe la autora de la introducción– anticipa el horror que le causaría pasar la noche solo en un hotel. Desiste del viaje y de la conferencia, y se vuelve a su casa». En una carta le confiesa Sobejano a Delibes, «Pensaba: Miguel hubiera hecho lo mismo y me sentía reconfortado por ti».
Sobejano hizo ediciones críticas de obras como ‘La mortaja’, estudio exhaustivamente otras como ‘Parábola de un náufrago’ (en las cartas se refleja el temor de que ante la simbología de la novela con la situación política en España, la censura actuara con el secuestro del libro) pero fue ‘Cinco horas con Mario’ la obra que más contribuyó a cimentar su relación y la que fue fuente de numerosas cartas relacionadas con los proyectos comunes en torno a la novela y más tarde obra teatral.
La lectura que de ambas versiones hace Sobejano le hace sentirse a Delibes profundamente comprendido:
«Has hecho, me parece, un análisis minucioso, completo, de la novela y un asombroso estudio de su adaptación al teatro. No comprendo cómo puedes llegar a esas precisiones en lo tocante a lo que se ha modificado, se ha añadido y se ha suprimido (…) Por otra parte, tu lúcido estudio me facilita razones para explicarme el éxito del drama».
Sobejano fue el autor del prólogo de la versión teatral del libro. La gratitud de Delibes por el análisis de su amigo se une a la admiración de éste por la obra, a la que dedica encendidos elogios. Años más tarde, Sobejano firmó un «fascinante» –en palabras de Glickman– estudio comparativo entre ‘Cinco horas con Mario’ y la novela de Ángel Vázquez ‘La vida perra de Juanita Narboni’, publicada en 1976. «De haber llegado a enterarse (Delibes)–aventura la crítica argentina– se hubiera sentido enormemente complacido».
Las dos últimas cartas que recoge el libro (salvo las de un pequeño apéndice final) son de  2009 y son especialmente emotivas porque tienen ese aura de despedida.  En enero de ese año Delibes le escribe a su amigo –que previamente le había informado de un tratamiento ‘quimioterápico’–: «Querido Gonzalo. No me gusta lo que me cuentas pero vives. Yo voy perdiendo la cabeza y lo que conlleva. No me quejo. Queda poco tiempo  pero lo aprovecho para abrazarte».
La de Gonzalo Sobejano es una nota manuscrita fechada en diciembre de 2009, y organizada a la manera de un poema:
«Mi admirado y/ querido Miguel:/ Somos huérfanos/ –me dijiste–;/ pero somos hermanos / –te dije–./ Y tú lo sabías. / Era tu fe única, y / lo es para mí, gracias/ a todo lo que has escrito./ Te abraza/   Gonzalo.
Miguel Delibes sobreviviría tres meses a esta carta.
Pero antes habían desfilado por la correspondencia otros momentos intensos de la vida de ambos. Por parte de Delibes, el ingreso en la RAE, el premio Nacional de Narrativa por ‘El hereje’, su voluntad de dejar con esta novela su quehacer literario, los ánimos de Sobejano para que no descarte seguir escribiendo.
Pero él había tomado ya una decisión. En diciembre de 1999 le escribe a su amigo: «Con ‘El hereje’ podemos dar por cerrado medio siglo (1948) de actividad literaria (1999). Creo que en la medida de mis fuerzas he cumplido. Te escribirá Teixidor. Quiero seguir unido a tu nombre hasta el fin».
El libro viene a completar los estudios críticos y las ediciones en torno a la obra de Delibes. Arroja luz sobre su correspondencia, de la que hasta ahora se conocía la que mantuvo con su editor Josep Vergés, y es una deliciosa lectura tanto para estudiosos como para los muchos seguidores de su obra. El único ‘pero’ que se podría poner es el de que la introducción sabe a poco.
Y un deseo cabe expresar: el de que, tratándose de una edición universitaria, encuentre los cauces adecuados para su distribución, pues ya se sabe que este tipo de ediciones no siempre llegan con facilidad al público.

(En las fotografías, cedidas por la Fundación Miguel Delibes, el escritor vallisoletano junto a su amigo Gonzalo Sobejano. Abajo, postal del Queen Mary con la letra de Delibes)

 

(Artículo publicado en el suplemento La Sombra del Ciprés el sábado 10 de mayo de 2014)

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Un colegio mayor


La vida universitaria, el tiempo que empleamos en estudiar una carrera -aquellos que tenemos la suerte de hacerlo- es ese tiempo irrepetible, que suele dejar huellas profundas y que se pasa como un suspiro. Tiempo de conocimientos reglados, sí, pero, si tenemos los ojos bien abiertos, tiempo de descubrir la vida, de hacer amistades que puede que duren siempre o que siempre se añoren, de darnos cuenta de que las cosas tienen perfiles insospechados. Cuando se vuelve la vista atrás sobre este periodo, por intensamente que se haya vivido, se suele tener la nostalgia de no haber sido más conscientes de su fugacidad. Mi tiempo universitario fue suficientemente intenso porque el país atravesaba un momento de cambio. El vértigo estaba dentro y fuera de las aulas. Pero hice mis estudios en la misma ciudad en la que residía mi familia por lo cual no tuve necesidad de residir en un colegio mayor. Eso me lo perdí.

Pensaba en ello el otro día durante la fiesta del Colegio Mayor Santa Cruz, toda una institución cultural en Valladolid, en la que, gracias a la generosidad de sus responsables, tuve una participación algo especial. Viendo el clima que había entre los colegiales, cómo hablaban de su amistad, de las cosas que aprendían unos de otros, de sus juegos y de los malos momentos compartidos, sentía cierta envidia de eso que yo no tuve oportunidad de vivir fuera de las aulas. Y ese pensamiento lo convirtió en palabras el rector de la Uva, Marcos Sacristán, que presidía el acto y que –cosa inusual en estos discursos- trajo a colación a un poeta como John Donne para hablar de empatía, de la necesaria conciencia de que no somos islas, de que los seres humanos estamos ligados en un destino común.

Fue un acto cargado de emotividad (inevitable pro la reciente y trágica desaparición de un compañero) pero también de esperanza, de sentimientos a flor de piel como corresponde a una juventud que aún no ha sido muy castigada por el escepticismo o las decepciones. Y mereció la pena vivirlo. Agradezco a Salvador Andrés y a Pedro Gutiérrez, que rigen los destinos del colegio, que me hayan invitado a vivirlo pero sobre todo se lo agradezco a esos jóvenes que con su entusiasmo hacen que la tarea de enseñar tenga tanto sentido.


Es lo mejor de mi faceta como profesora. La oportunidad de conocer a esos chicos y chicas que hacen realidad por su forma de ser el tópico de que son los dueños del futuro.

El periodismo te regala el lujo de ponerte en contacto con personas extraordinarias, de mantenerte en la primera línea de los acontecimientos ‘importantes’, pero hay acontecimientos más íntimos, como la fiesta que describo, que también es un lujo vivirlos y compartirlos. Y donde se aprende tanto como en los supuestamente más trascendentes. Si se tienen los sentidos bien abiertos, claro.

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.