Wert dice que los estudiantes que no lleguen al 6’5 deberían abandonar la carrera. Solo en el caso de que sean pobres, claro está. Si tienen una cuenta corriente de excelencia, les será permitido repetir. Y si ni siquiera repitiendo llegan a sacar un 5, les quedará la posibilidad de matricularse en una Universidad privada. Yo le recordaría al señor Wert que él estudió en una Universidad nada excelente, y la prueba es que un tipo de sus luces puede presumir de haber obtenido buenas calificaciones. Aquella Universidad no era excelente porque nuestros grandes maestros habían sido expulsados por la Dictadura franquista. ¿Dónde enseñaron Américo Castro o Sánchez Albornoz, por ejemplo? En el exilio. Y en la enseñanza no universitaria ocurrió algo semejante, pues fueron represaliados multitud de excelentes maestros y excelentes profesores de Bachillerato. Más tarde, razones económicas también contribuyeron a la fuga de cerebros. Pero durante los años de la Democracia, la investigación había resurgido, a la vez que la puerta de la cultura se iba abriendo a las clases populares. A la vista está: todos los días oímos que nuestros jóvenes investigadores son requeridos en universidades extranjeras, ahora que se ha producido el segundo exilio científico español, el más importante desde la Guerra Civil. La igualdad de oportunidades ya no era, hasta que llegó Wert, una utopía inalcanzable, gracias al sistema de becas que el ministro insiste en minar desde sus cimientos. Y los cimientos son los niños de todas las clases sociales que acuden juntos a la escuela. ¿Cómo van a tener las mismas oportunidades los que llevan la comida en el táper que los que comen en mesa con mantel? Wert, que es experto en estadística, sabe que a los alumnos pobres no les será fácil llegar a excelentísimos señores. Estos niños, aunque no únicamente ellos, forman la cantera de las escuelas públicas de nuestro país. Sin embargo, hay un elemento imprevisible que rompe la estadística: la excepción. Y la excepción es lo único que vale de verdad un potosí. Me refiero, por ejemplo, a Anatolio Alonso, el muchacho de la Pública que tuvo el valor de enfundarse la camiseta verde cuando supo que la suya era la nota más alta de la Selectividad. Anatolio estudia por amor al conocimiento y por civismo, dos conceptos que no entran en la dura mollera de Wert. Los estudiantes como él no representan la marca España, sino la “España de la rabia y de la idea” que preconizaba Antonio Machado, y que fue expulsada en su día y está siendo expulsada hoy. Señor Ministro, encaje el gol de libro que Anatolio le ha metido a su equipo. En la campaña publicitaria que está preparando para defender su ley durante las vacaciones -cuando ya no corra peligro de ahogarse en la marea verde- no podrá echar mano de los mejores alumnos de Bachillerato, como no pudo utilizar a los Premios Extraordinarios de fin de carrera, que ni siquiera se dignaron darle la mano. Y digo más: entre esos niños que hoy toman de postre yogures caducados, incluso entre ellos, puede haber un Anatolio que, muy a pesar de su ley, llegue a ser Ministro de Educación. Termino con unas palabras de Mandela, un hombre excelente al que en mi última columna del curso quiero rendir homenaje: “La grandeza de la educación igualitaria es que la hija de un campesino pueda convertirse en médico, que el hijo de un minero pueda convertirse en jefe de la mina, que un niño de los trabajadores agrícolas pueda llegar a ser el presidente de una gran nación”. Señor ministro, escuche a Mandela, le aseguro que tiene mucho que aprender de él.