img
Los motivos del lobo
img
Esperanza Ortega | 21-03-2017 | 23:06| 1

He de reconocerlo, a no ser en las películas, jamás he visto un lobo, ni me han asustado sus aullidos en la noche. Como fui una niña de ciudad, tampoco temía demasiado al lobo de los cuentos, que solo atacaba en los bosques lejanos. Pero sí sentí miedo del lobo que perseguía a Birno en “Días de desván”, de Luis Mateo Díez. Birno se había perdido en la noche, en medio del monte nevado, y un lobo le seguía de cerca: “El rastro de la alimaña era cada vez más cercano, tanto que hubo un momento en que, al volverse, percibió su hocico, del mismo modo que, unos pasos después, vio brillar sus ojos”. Sin embargo, ni el aliento del lobo ni su mirada letal me apartaron a mí de la página escrita. Los ganaderos desearían eliminar del mapa al protagonista de este relato, el  lobo ibérico, el mismo que protegen los ecologistas. Yo no sé qué pensar. El lobo trata de alimentarse cuando está hambriento, como todo hijo de vecino, pero ya Félix Rodríguez de la Fuente nos advertía a los niños de los años sesenta que este lobo nuestro es un dechado de virtudes domésticas: se empareja de por vida y es un padre ejemplar. Sí, algunas lecciones tendríamos que aprender los hombres de los lobos, que al menos no se devoran entre ellos. Por ejemplo, ¿cuántos hombres habrán muerto a manos de otros hombres  durante la media hora que llevo escribiendo esta columna? ¿Siete?, ¿Cincuenta y cinco?, ¿Cuatro mil? No tengo ni la menor idea. Quizá la conciencia de que la especie humana no es inocente en absoluto –si lo fuera, no hubiera sobrevivido- le llevó a San Francisco de Asís a tratar al lobo como a un hermano. ¡Qué escena tan triste y tan hermosa! Cuando lo pienso, me da tanta lástima ese lobo rendido que me entran ganas de llorar. ¿Y qué fue de él?. Según dice Rubén Darío en “Los motivos del lobo”, vivió pacíficamente con los frailes, hasta que se fue San Francisco de peregrinación y la gente del pueblo le hizo de nuevo la vida imposible. A su vuelta, San Francisco lo encontró hecho un salvaje. Se acercó hasta su cueva en la montaña y le gritó: “¡Oh lobo perverso!, ¿por qué has vuelto al mal?” y el lobo se excusó diciendo: “todas las criaturas eran mis hermanos:/ los hermanos hombres, los hermanos bueyes,/ hermanas estrellas y hermanaos gusanos”,/ pero me apalearon “y recomencé a luchar aquí,/ a me defender y a me alimentar./ Como el oso hace, como el jabalí,/ que para vivir tienen que matar./ Déjame en el monte, déjame en el risco,/ déjame existir en mi libertad…” El Santo volvió al convento y el lobo sigue allí, libre y perseguido, y seguirá hasta que el hombre, con armas mucho más eficientes que sus fieros colmillos, acabe con su especie. No, no me atrevo a afirmar que en esta lucha perenne haya que estar de parte del lobo, pero concluyo con el último párrafo del relato de Mateo Díez, quien sí que oyó de niño su aullido amenazante en la montaña leonesa. Cuando Birno cayó sin fuerzas en la nieve, el lobo se acercó y “husmeó con sigilo y recelo aquel cuerpo varado que ya no tenía respiración y retomó el rastro de su acecho, la huella que la nieve velaba en el camino de la persecución, como si quisiera regresar sobre sus pasos al interior de la selva petrificada”. Así se salvó Birno de ser devorado, gracias a la decisión de la más feroz de las alimañas. No sé. Lo único que se me ocurre es que hay algo más profundo que el amor o el odio, algo a un tiempo feroz y compasivo que hemos perdido al hacernos seres humanos.

Ver Post >
Lecciones primaverales
img
Esperanza Ortega | 21-03-2017 | 18:02| 0

El viernes salí con Tula a dar una vuelta por la orilla del río. Era la hora del Ángelus, el mediodía, cuando el dios Ra de los egipcios se muestra en toda su plenitud y sus rayos caen perpendicularmente desde cielo a la tierra. Un momento mágico, sin duda, sobre todo en un día como aquél, avanzadilla de la inmediata primavera. Así que apagué el ordenador, llamé a Tula para que me acompañara y ella me secundó gustosa, moviendo el rabo más de lo usual. Habían florecido los almendros repentinamente y el camino hacia el parque de las Moreras parecía un vergel –o lo que llamamos un vergel los de Tierra de Campos-. Allí estábamos disfrutando las dos cuando distinguimos a lo lejos a Gaspar, un amigo de Tula con el que no habíamos coincidido en todo el invierno. Venía acompañado de su jovencísima ama y de una amiga de su misma edad, doce o trece años. Pero veo con fastidio que ambas damas se hacen las longuis, como si quisieran esquivarnos, mientras se ríen entre ellas. Y enseguida entiendo la razón de su comportamiento huidizo: han hecho novillos, como después me confirman un poco, solo un poco avergonzadas. Trato de convencerlas de que ya me he jubilado y en absoluto ejerzo por los parques –jamás lo he hecho- de profe controladora. Es que teníamos un examen de mates… Yo les cuento, porque de algo hay que hablar, que no son las primeras del mundo que han hecho novillos. Sí, me dice una de ellas, a mi padre se le escapó una vez que él también se piraba algunas clases. Seguro, pero yo me refería a una época muy anterior. ¿Sabéis de donde viene la expresión “hacer novillos”?? Y sigo hablando sin que me contesten porque percibo la atención en sus miradas. En palabras de Lope de Vega: “apenas el celoso mozo se sintió libre cuando, como novillo recién domado a quien la primera vez quitó el labrador el yugo se vuelve al campo, comenzó, dando saltos, a seguir la espesura del monte”. Así que ellas son dos novillas liberadas por unas horas del yugo escolar. Se ríen. Ya sabía yo que les iba a hacer gracia, por eso me aprendí estas frases de La Arcadia. El absentismo escolar –continúo- viene, sin embargo, de mucho más lejos. Ya faltaban a clase los estudiantes de Mesopotamia, en el 2500 antes de Cristo. ¿Pero entonces había Institutos? Algo parecido. Había escuelas de escribas en las que se estudiaba botánica, zoología, geografía, matemáticas, gramática y creación literaria, todo ello en tablillas de barro, con escritura cuneiforme. Y la organización de los centros era muy parecida a la actual, al Director le llamaban “el Padre de la escuela”, al Tutor “el Hermano mayor” y –esto es lo mejor- al Jefe de estudios “el Encargado del látigo”. Aunque, tranquilas, a ellas las dejaría retozar a su antojo, porque a la escuela de escribas solo asistían los chicos. ¡Pues qué mal! Exclaman a la vez. ¿Qué mal que no os castigaran con el látigo? No, qué mal que las escuelas no fueran mixtas. Aquí es donde yo quería llegar y ya he llegado. Por eso las distraigo con unos versos de Rafael Alberti en los que recuerda cuánto se aburría en el colegio de los jesuitas, mientras oía el murmullo del mar a lo lejos: “Las horas prisioneras en un duro pupitre/ lo amarran como un pobre remero castigado/ que entre las paralelas rejas de los renglones/mira su barca y llora por asirse del aire.” Tula ya me tira de la correa: ¡Ya está bien! Sí, por hoy ya han aprendido bastante. Para otro día dejo “El escolar”, de Blake. Es que esto de haber sido profesora imprime carisma. 

Ver Post >
PUBLICAR
img
Esperanza Ortega | 10-03-2017 | 17:12| 0

Publicar en Facebook

Ver Post >
¿Feminista? ¡Sí, por supuesto!
img
Esperanza Ortega | 21-03-2017 | 18:09| 1

Siempre que se celebra el Día de la Mujer trabajadora me acuerdo de las exiliadas republicanas españolas que fueron también las primeras feministas de nuestro país. La posición irrelevante de las mujeres de su tiempo las hizo invisibles incluso para su entorno político. Sólo se habla de ellas cuando mueren, entonces los periódicos cuentan sus hazañas y subrayan sus cualidades intelectuales, acompañadas siempre estas necrológicas con alusiones a sus compañeros o maridos –cuando hablan de ellos no se refieren a ellas, es curioso-. ¿Quedará el nombre de alguna de estas mujeres en la memoria pública? El que sí que parece que va a quedar es el nombre de Alejandra Soler, pues ella contó con algo a su favor que no está al alcance de la mayoría: su saludable y extraordinaria longevidad. Murió la semana pasada, a los 103 años. Había regresado a Valencia en los años 70 y participado activamente en la vida política desde entonces. Sus últimas amistades eran los jóvenes del 15M, con los que compartía indignación y entusiasmo. Desde que salió de España en el 39, dejando su trabajo de maestra, y tras escaparse de un Campo de Concentración de la Francia de Vichy, el general francés que colaboró con los nazis, Alejandra Soler vivió en Rusia dando clases de español, pero de lo único que presumía era de haber salvado del cerco de Stalingrado a treinta niños españoles que le habían dejado a su cargo. Estos treinta ancianos –no ha muerto ninguno hasta ahora- no la habían olvidado y le seguían escribiendo para felicitarle su cumpleaños. Inteligente como una ardilla, era crítica con el comunismo soviético y siempre deseó regresar a España para continuar aquí la lucha por la justicia y la libertad. Dicen que su cualidad más relevante fue la de conectar especialmente con los jóvenes. Y es que una mujer como ella no se podría haber entendido bien con las mujeres de su edad en la España franquista. Una de los grandes obstáculos del feminismo es que hayan sido precisamente las mujeres mayores las encargadas de conservar y trasmitir las ideas machistas más retrógradas. Lo mismo ocurre en todas las culturas. Hace muy poco estuve leyendo a Aisha al-Taymuriyya, una poeta egipcia de finales del siglo XIX que cantaba en un poema el orgullo de llevar el velo: “No lamento mi reclusión, ni el nudo de mi pañuelo/ la ropa que visto o el orgullo de vivir tutelada. / Estar en el harén no me impide gozar/ ni me impide ir tapada de la cabeza a los pies” Esto decía Aisha al- Taymuriyya en uno de sus poemas más celebrados. Pero decía también en otro poema, refiriéndose a los hombres que discutían de literatura y de política: “¡Cómo ardía mi corazón de ganas de participar en sus amenas tertulias!/ Me impedía cumplir aquel anhelo el velo propio del harén/ y el cerrojo del gineceo me vedaba el acceso al brillo de aquellos astros”. Al leer estos versos, me he acordado de mi madre, que nació el mismo año que Alejandra Soler, y que más de una vez me confesó la envidia que le daban los chicos que iban a estudiar al Instituto Jorge Manrique de Palencia, donde ella solo pudo entrar como público mudo, a escuchar los exámenes orales, que entonces eran públicos. ¡Cuántas mujeres hubieran deseado disfrutar del brillo de los astros prohibidos, aunque no tuvieran la valentía de Alejandra Soler para expresarlo abiertamente! Pensándolo me reafirmo en la idea de que el movimiento feminista es el movimiento liberador más justo y digno de toda la historia de Occidente.

Ver Post >
Letizia y Melania, las dos cenicientas
img
Esperanza Ortega | 28-02-2017 | 20:59| 0

Platino y brillantes con charnelas vegetales de diamantes. De materias tan nobles se compone la Tiara de Lis, emblema heráldico de los Borbones, que lució la reina Letizia la semana pasada. Estaba regia, al menos en la fotografía de la portada del Hola. Dicen que doña Letizia se decidió a estrenar esta corona para deslumbrar a Luciana Awada, la primera dama argentina.  De hecho, la reina Sofía no usó la joya que le regaló Alfonso XIII a Victoria Eugenia hasta que tuvo una vecina de mesa de su categoría: la mismísima Isabel II de Inglaterra.  Créanme, en mi última visita a la peluquería he estudiado a fondo el tema, y se pude decir que soy una experta en tiaras reales. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que coronas semejantes las venden por 12 euros en Don Disfraz. Serán de pacotilla, pero dan el pego. Y hay otros dos aspectos que no me encajan: el primero es la diferencia de tamaño entre la cabecita y el cuerpo menudo de la reina española y el coronón de su tatarabuela política. Con la tiara encima, Letizia parece una barbie a la que le han colocado la corona de una nancy. Y todavía me parece menos apropiado para una reina de verdad el gesto de avidez satisfecha, ¡por fin!, que se refleja en su rostro maquillado. ¿A quién me recuerda esa mirada?, ¿a la de un busca-tesoros furtivo justo en el momento en el que abre el cofre y lo encuentra repleto de collares y  brazaletes?. Sí, ese resplandor codicioso, un poco desconfiado –parece que levanta los ojos hacia arriba para vigilar el dineral que lleva sobre la cabeza- es más propio de una hermanastra de Cenicienta que de la Cenicienta misma. A las reinas de verdad les corresponde una mirada lánguida y  ensimismada, propia de quien ya ha olvidado que un día el hada madrina le cambió la cofia por corona.  Sigo pasando las páginas del Hola y me hallo ante otra nueva Cenicienta: Melania Trump, con la que la reina Letizia, salvando las distancias –les separa nada menos que el Océano Atlántico- mantiene dos notorias semejanzas. Letizia y Melania son castañas claras, con reflejos rubios, y las dos lucen una bella estampa, además de salir en las fotos de las revistas del corazón por haberse casado con sendos mandamases. Hay, sin embargo, entre ambas una gran diferencia: si a doña Letizia se la ve radiante en su papel de reina, a la pobre Melania se la ve triste, muy triste, tristísima en su papel de primera dama. Y eso le honra a Melania: ¡con cuánta dignidad soporta la proximidad del cerdo con flequillo con el que se ha casado!. Lo pienso y me cae hasta bien ¡Lo que habrá tenido que luchar hasta llegar a encerrarse en su jaula de oro!. Recuerdo  los versos de Rubén Darío y me parecen más apropiados para Melania que para Letizia: “Pobrecita princesa de los ojos azules/ está presa en sus oros, está presa en sus tules/ en la jaula de mármol del palacio real”. Sí, a Rubén Darío también le hubiera conmovido  la tediosa resignación con la que Melania soporta la vida casablanqueada. Cualquiera que la contemple con detenimiento se dará cuenta de que está soñando con que den las doce y, ¡por fin!, se convierta de nuevo en una pobre emigrante rumana. Entonces saldrá corriendo a la calle  con la esperanza de encontrar un ser humano que la mire y la toque con respeto…. Si las observan con atención, seguro que coinciden conmigo en que, llegado el caso, sería el pie de Melania y no el de Letizia el que se deslizaría suavemente dentro del zapatito de cristal.

Ver Post >
No más excusas
img
Esperanza Ortega | 21-02-2017 | 21:46| 1

“No más excusas, acojamos a los refugiados”. Ése fue el eslogan repetido en la gigantesca manifestación que recorrió las calles de Barcelona hace tres días. Barcelona dejó de ser  únicamente la capital de Cataluña y una de las grandes capitales españolas para convertirse en una ciudad universalmente solidaria. Me impresionó ver a las multitudes en la calle con ese grito unánime y justo. Y desde entonces echo en falta un gesto similar en todas las ciudades españolas. Y echo en falta sobre todo el esfuerzo de los políticos españoles que se dicen de izquierdas, -me refiero principalmente a los de PODEMOS y a los de Izquierda Unida- en la denuncia del vergonzoso comportamiento del gobierno español para con los refugiados que piden asilo. No, no  se trata únicamente de que acudan a este tipo de eventos, sino de que hagan algo más, que  los convoquen y los organicen, que cumplan con el deber de ser “ciudadanos ejemplares”, comprometidos con el dolor del mundo. Porque ya se ha acabado el tiempo de la espera. El ciudadano medio –dicen- es un ser egoísta y mediocre, cobarde por naturaleza y solo preocupado por escuchar la voz de su bolsillo. Así pues, los políticos tienen que asumir su lenguaje con el único fin de ser votados y ganar las elecciones. ¿Y si fuera esto verdad?, ¿o quizás es mentira? Mientras transcurría la manifestación de Barcelona, en la otra punta de España un grupo de refugiados  se preparaba para el salto de la valla de Ceuta. Algunos lo consiguieron a pesar de las concertinas y, aunque su actuación contraviene las leyes españolas, muchos, muchísimos españoles nos alegramos de que hubieran conseguido su objetivo y les deseamos un buen fututo en Europa. ¿Cómo explicaríamos este suceso a los niños en una clase de Educación Cívica? Yo les diría que hay situaciones históricas en las que cumplir la ley significa cometer una grave injusticia. Y para que lo entendieran mejor les aconsejaría la lectura de “Un saco de canicas”, la autobiografía de Joseph Joffo, donde cuenta cómo atravesó la Francia ocupada por los nazis a los 10 años en busca de la libertad, burlando los controles y las leyes que le hubieran enviado a un campo de concentración por su origen judío. Hoy miles de niños deambulan en busca de cobijo y solo encuentran una muralla de crueldad. A los que no son tan niños les recomendaría la lectura de “Historia de una vida” de Aharon Appelfeld. Demasiado cruda para las mentes infantiles, el lector adulto puede soportar la historia de este niño judío rumano huido del campo de exterminio gracias a la maravilla de su escritura. Ambos, los dramas de  Joffo y de Appenfeld, fueron posibles porque una mayoría silenciosa miraba para otro lado y por unos políticos que no querían hacerse impopulares. A esa mayoría que no sabe ni contesta es a la que gritaban los manifestantes de Barcelona: no más excusas. Decía Appenfeld en una entrevista: “Durante la guerra no hablaban las palabras, sino los rostros y las manos. Observando los rostros aprendías hasta que punto la persona que se encuentra a tu lado quiere ayudarte o hacerte daño. Solo después de la guerra reaparecieron las palabras”. Así que, mientras nos queden palabras, mientras el silencio de los pobres muertos no sea la única cadencia posible, habrá que seguir escribiendo cada semana la misma columna.

Ver Post >
La mujer y la ciencia
img
Esperanza Ortega | 14-02-2017 | 19:14| 0

“Una vez  una monja muy santa y cándida me mandó que no estudiase. Yo la obedecí durante tres meses en cuanto a no leer libros, pero no en lo de no estudiar, porque esto a mí no me es posible, pues, aunque no leía libros, estudiaba observando todas las cosas creadas por Dios, sirviéndome ellas de letras y de libros todo el Universo”. Esto le contestó Sor Juana Inés de la Cruz, la poeta mexicana del Siglo XVII, a un obispo preocupado por su afán de saber, insano, a su parecer, para una mujer de su tiempo. Y es que el caso de Sor Juana, como el de todas las mujeres que han destacado por su sabiduría a lo largo de la Historia, desde Leonor de Aquitania hasta madame Curie, inquietaba especialmente a quienes intuían que, debajo de sus cofias y sus tocas, las descendientes de Eva escondían un cerebro potente. Traigo hoy a colación la carta que Sor Juana Inés escribió a Sor Filotea –seudónimo que utilizaba el obispo – porque el sábado pasado se celebró el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y el mero hecho de que haya que celebrar este día nos indica que niñas y mujeres siguen chocando con los Filoteos cuando intentan utilizar su inteligencia. Primero se orientaron hacia las Humanidades, y en los últimos tiempos a los campos de la Educación, la Medicina y los estudios jurídicos. Es en la investigación científica donde más están tardando en penetrar ¿Por qué se sigue  eligiendo siempre, en el caso de que haya igualdad en los méritos, al hombre y no a la mujer para los trabajos relacionados con la investigación científica?, ¿por qué será? Por la misma razón que a Madame Curie se le impidió entrar en la Academia Francesa de las Ciencias en 1911, el mismo año en que obtuvo su segundo Premio Nobel. Efectivamente, hay casos que nos ponen los pelos de punta, como el que refiere  Petra Barnés en su libro “Frutos del exilio”, publicado por la Universidad Metropolitana de México en 2010: “En unas oposiciones a catedrático de universidad celebradas en España en 1940, el tribunal prefirió dejar una plaza desierta antes que permitir que fuera ocupada por una mujer”. Hay en la raíz del problema una gran injusticia, es verdad, pero pocos piensan que es mucho más lo que ha perdido y  sigue perdiendo el  mundo de la investigación al despreciar el talento de las mujeres. Sor Juana Inés de la Cruz reflexionaba también sobre esto en su carta a Sor Filotea: “Pues ¿qué os pudiera contar de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; veo que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria… Yo suelo decir viendo estas cosillas: si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.  Ángeles Ruiz Robles, la maestra que inventó el libro electrónico en los años cincuenta, es un ejemplo de cuánto talento femenino ha sido desperdiciado: su enciclopedia, que hoy es una pieza de museo,  nunca fue fabricada. Sí, las mujeres sirven para mucho más que para ser el descanso al guerrero, aunque la Señorita Francis proclamara en sus programas radiofónicos que esta era la misión más alta a la que podían aspirar. Por cierto, ¿saben cómo se llamaba realmente Elena Francis? Se llamaba Juan Soto Viñolo, y era otro impostor, como el obispo enmascarado en sor Filotea. Para que luego digan que las mujeres tradicionales, tontorronas e indocumentadas,  eran más femeninas.

Ver Post >
¿Muerte segura?
img
Esperanza Ortega | 07-02-2017 | 21:12| 1

“Muerte segura”, aunque  hoy nos parece una frase siniestra, en nuestra infancia no era más que un juego: la m de la palma de la mano  anunciaba la muerte y la s de  la planta del pie, la imposibilidad de soslayarla. Llevábamos estas marcas desde el nacimiento, como un sello de fábrica. No lo debíamos olvidar, pero jugábamos a marcar con el bolígrafo Bic esas dos rutas  tan horribles como indudables. Quizá porque lo teníamos asumido desde la edad más tierna, no nos asustaba tanto la idea de que íbamos a morir algún día. La muerte, además, no era un adiós definitivo, sino un hasta luego  que dotaba de  intermitencia a la vida posible. ¿Han pensado alguna vez que durante siglos y siglos el ser humano ha dado por seguro que existía un Dios creador y una futura vida eterna? Y en nuestra generación como en algunas anteriores, incluso en el caso de los agnósticos militantes, no se dejaba de creer hasta  llegar a la edad adulta, y siempre quedaba el recuerdo de lo creído, como un primer amor que nos hubiera decepcionado pero al que guardáramos una mezcla de  respeto y cariño. En cambio, la mayoría de los jóvenes actuales no han creído nunca en un más allá. Aquella  primera creencia , además de vacunarnos contra las fantasías falaces de los brujos modernos, no nos liberaba únicamente de la angustia de la muerte, sino  también del vértigo ante la magnitud del Universo. Entonces el Universo era como un inmenso garaje gris, que sin embargo estaba regido por una ley benéfica, con  un sentido misterioso  pero inteligente. Ahora, sin embargo, el misterio se va desvelando y la angustia crece amenazante , como una flor carnívora. Pienso esto mientras leo la descripción de Marte que hace la N.A.S.A: un planeta helado y oscuro, que no excluye la posibilidad de  vida. Me imagino sus montañas de hielo impasibles y silenciosas, como me imagino a la tierra futura, desértica y ardiente, cuando los hombres hayamos terminado de destrozarla . Estos días se han encontrado los restos de un continente desaparecido hace más de 200 millones de años en las aguas que bañan las islas Mauricio., o mejor dicho, los restos del continente que hubo antes de que las tierras se separaran dando origen al océano Índico. ¿Cuántas especies desaparecerían tras aquella catástrofe? Cada especie que desaparece es un secreto que nunca se llegará a  desvelar. Los  antiguos quisieron ver una lógica en el desastre y hablaron de castigos divinos, como el diluvio Universal o el hundimiento de la Antártida ¡Qué hermosas, por cierto, las palabras de Platón en su Diálogo con Critias., en donde describe lo que a él le contaron de aquel continente mítico. Al leer a Platón una piensa que ha valido la pena que el ser humano haya existido, aunque sea  tan contingente como el resto de las especies que pueblan la Tierra. Y qué paradoja, aunque ya nadie nos recuerde ni a Platón ni a sus lectores cuando la Tierra se deshaga en el espacio, qué nostalgia sentimos ahora por este sucio planeta herido, tan nuestro, tan amado por generaciones y generaciones por los siglos de los siglos. ¡Qué melancolía ¡Y qué raro es que haya seres humanos ajenos al sentimiento de pertenencia  a este grano de arena perdido en el espacio infinito ¡ Quizá es que esos seres nunca han visto  en los ojos que los miran el fulgor  de una estrella ¡

Ver Post >
La maldición de Trump
img
Esperanza Ortega | 31-01-2017 | 21:02| 0

La maldición de Trump

Mientras veo protestar a las multitudes de norteamericanos en contra de las medidas que ha tomado Trump nada más llegar al gobierno, cuando me entero de que más de un millón de británicos se niega a que Trump sea su invitado y como tal dé la mano a la Reina de Inglaterra, mientras me sorprende que incluso los empresarios de grandes multinacionales con sede en los E.E.U.U. de América rechacen la expulsión de los musulmanes de su país, mientras las plazas se llenan de las mujeres indignadas con un grito unánime en contra de su presidente recién elegido, y cuando me entero de que fiscales y diplomáticos estadounidenses se oponen de manera frontal a la construcción de un muro vergonzante en la frontera con México, me digo a mí misma que no todo está perdido, que quizá a Trump le recordemos como aquel presidente norteamericano que no llegó al límite de su mandato y que tuvo la virtud de unir en su contra a todos los seres humanos mínimamente honestos que existen en el mundo, ya fueran asiáticos, africanos, americanos o europeos. ¿Una vacuna eficaz contra el fascismo?. Sin embargo, su huella quedará indeleble como el malo del cómic, abocado a perder, con una mujer de plástico abocada a traicionarle. Porque Trump no da la talla como antagonista de una buena obra de teatro ni de guión de cine serio. Shakespeare inventó a Yago, uno de los malos más enigmáticos que hayan existido. Nunca sabremos por qué Yago obra con tanta maldad para con Otelo y Desdémona, sus razones son demasiado profundas para que puedan ser explicadas en las escasas dos horas que dura la obra. La conciencia de Yago es un pozo sin fondo. Trump, sin embargo, es pueril en el peor sentido de la palabra, tan egoísta como el tío Jilito y tan torpón como el gato que nunca acaba de devorar a los ágiles ratoncitos. Y sin embargo… me acuerdo de Hannah Arendt y su informe sobre la banalidad del mal y tiemblo pensando en esa buena gente que ha votado a Trump, los que obedecerán con gusto sus decretos, inocentes adocenados que creen de verdad que todos los árabes son tipos peligrosos que podrían hacer daño a sus hijos. Me acuerdo de los que votan a Trump y esconden la mano, de los acomplejados que desean ponerse del lado de los poderosos… Aunque quizá Trump no sea tan poderoso como cree, y acabe muy pronto en el trastero, entre los cachivaches de la Historia. Entonces lo celebraremos, como si el virus del mal se hubiera erradicado por fin, sin pensar en las concertinas que cada día rajan la carne de los valientes que intentan traspasar el muro de egoísmo que los europeos construimos para impedir la entrada de los africanos pobres. Y me acuerdo de la renuencia del gobierno de España a admitir refugiados, aunque se haya comprometido a hacerlo, demostrando que los españoles no tenemos ni dignidad  ni palabra,  y me duele ese niño congoleño de seis años que apareció ahogado en la playa de Barbate, Se llamaba Samuel. Es eso todo lo que sabemos, eso y que apareció abandonado entre las olas como si se tratara de una bota vieja. Un niño de cuya desgracia ni siquiera se dio parte durante dos días, que fue arrojado al agujero del olvido donde duermen los negros hijos de emigrantes muertos de hambre. Si un día Trump viniera a España, ¿acabaría ganando las elecciones? ¿Y si ha llegado ese día y ya está en el poder y ni siquiera lo sabemos? La maldición de Trump.

Ver Post >
Adiós, Obama, adiós
img
Esperanza Ortega | 24-01-2017 | 20:43| 0

“Me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,/ a través de las lágrimas grises donde flotan sus automóviles cubiertos de dientes/ a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos…” Estos versos de “Poeta en Nueva York”, de Lorca, los recordaba yo el día de la primera toma de posesión de Obama como Presidente los EE.UU de América. Había llegado al poder uno de esos hombres negros, con aspecto de príncipes destronados por una mano maléfica, que el poeta granadino admiraba mientras les veía vaciar las escupideras de los hombres blancos. Obama poseía la elegancia natural de su raza keniana, mezclada con la cultura de Harvard, una elegancia y una cultura que no habían acallado, el rumor de su estirpe valerosa y oprimida. En “Los sueños de mi padre”, el primer libro publicado por Obama cuando era todavía un Don Nadie, se oye este rumor lejano, pero aún inteligible, que enuncia sin rencor la memoria de las pérdidas y la promesa de un regreso imposible. ¡Pero qué hermosa era la canción que entonamos mientras Aretha Franklin nos hacía regresar a nuestra propia juventud inocente! Solo por eso deberíamos darle las gracias a Obama. No voy a enumerar ahora todo lo que mejoró o lo que podría haber sido peor en su país y en el mundo si Obama no hubiera ganado las elecciones, solo quería señalar la razón de mi simpatía por el personaje y la pena que me embargó al ver salir al primer hombre negro que había entrado en la Casa Blanca. Adiós, Obama, hasta siempre. Porque con él salió su espléndida mujer, Michelle, inteligente, simpática y poseedora de una belleza original, de hembra auténtica, que ningún fabricante de muñecas podría imitar aunque pusiera en ello todo su empeño, y sus dos hijas, Malia y Sasha, a las que el único reproche que pudieron hacer sus detractores fue el haber visto a la mayor dar una calada a un porro en un concierto. ¡Ay, los puritanos blancos! ¡Ay, los religiosos que nunca condenaron la esclavitud! ”Entonces, negros, entonces podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas, poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas y danzar al fin…”, continuaba Lorca en mi recuerdo. Y con Obama salieron también sus dos maravillosos perros de aguas, Sunny y Bo, que le acompañaban en sus entrevistas y discusiones con sus asesores, así como en sus paseos por el jardín de la Casa Blanca. Adiós, Obama. Con Obama se fue un hombre que tenía una abuela centenaria en Kenia, donde las mujeres están hechas de tierra y de sangre y saben sonreír con la placidez altiva de los caracoles. “Porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse”, Lorca dijo.  Adiós Obama, con él salió de la Casa Blanca un hombre que leía y que podía coincidir con nosotros en la elección de sus novelas. Éstas fueron las que eligió entre las que más le habían gustado en su vida: “Por quién doblan las campanas” de Hemingway, “El poder y la gloria”, de Grahan Green y “El cuaderno dorado”, de Doris Lessing.¿Qué hubiera dicho el nuevo inquilino de la Casa Blanca en un trance semejante? Mejor ni pensarlo. Aunque tampoco es su culpa que sea un completo ignorante: “El leñador no sabe cuando expiran los clamorosos árboles que corta”, decía Lorca en el mismo libro. El hombre del fle1uillo amarillo posee otras cualidades: la astucia del buscador de oro fracasado, que roba al afortunado mientras duerme, y la zafiedad del sucio cuatrero a sueldo de cuatro monedas. Adiós, Obama, adiós.

Ver Post >
Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

Últimos Comentarios

malva2 23-03-2017 | 09:37 en:
Los motivos del lobo
malva2 23-02-2017 | 09:43 en:
No más excusas
carlosdegredos_6463 09-02-2017 | 10:23 en:
¿Muerte segura?
EsperanzaOrtega 03-01-2017 | 23:57 en:
Adiós, muchachos