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Machismo en estado puro
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Esperanza Ortega | 19-04-2017 | 09:37| 0

En la Antigua Grecia, el amor homosexual masculino se consideraba una relación superior, siempre que tuviera el rasgo de la pederastia, es decir, que los amantes fueran un adulto y un adolescente. De esa manera, el mayor introducía al joven efebo en el amor y lo protegía como adulto que era. Esta relación se daba sobre todo entre maestro y discípulo, como podemos comprobar si leemos detenidamente los Diálogos de Platón. Porque el amor no se consideraba únicamente como relación erótica entre los cuerpos, sino sobre todo como amistad de las almas, y por consiguiente debía ser una relación exclusivamente masculina, ya que la mujer no era considerada como portadora de una alma. También en la vida militar, las parejas de amantes eran fundamentales en la organización del ejército, de esto tenemos un buen ejemplo en el amor de Aquiles hacia Patroclo, descrito por Homero en la Ilíada. Entonces, ¿qué papel tenían las mujeres en el amor? En el amor superior, ninguno. Su única misión era la de estar en el gineceo, cuidando de su prole, fruto del acto en que su marido depositó en ellas el alma del futuro hijo: los hijos recibían el alma del padre, que, siendo hombre, podía ofrecérsela. Las mujeres eran únicamente cuerpo, útero, vacío que el hombre llenaba de espíritu. A mí me recuerda este machismo griego al que actualmente propone la legalización de los vientres de alquiler. La mujer vende su cuerpo como lo ha hecho tantas veces y de tan diferentes maneras a lo largo de la Historia, porque es la única riqueza que se le reconoce en sí misma, igual que el proletario de la era industrial vendía la fuerza de sus brazos al patrón que lo mantenía. El hombre no puede procrear, al menos hasta ahora, pero históricamente está acostumbrado a tener lo que desea, ya sea por la fuerza, ya sea comprándolo, esto último en la sociedad capitalista. Así que hay un mercado que le surte de material y le garantiza en lo posible el producto: él pone el alma y la mujer pone el vientre. En otras ocasiones, como en el caso de un afamado futbolista, es un hombre solo el que desea que su hijo sea exclusivamente suyo, así que compra un vientre, que nunca le va a reclamar nada.  Dicho así da un poco de asco, pero es la pura realidad, por mucho que lo adorne la publicidad de las revistas del corazón. En EE.UU cuesta 120.000 euros una “gestación subrogada”, eufemismo que se utiliza últimamente para referirse al negocio inmobiliario del cuerpo femenino. En países más pobres, sin embargo, las mujeres se venden por mucho menos, como es lógico. Así es la economía de mercado. El tiempo pasa, cambian las relaciones sociales, pero permanece inalterable la consideración de la mujer como materia que apetece la forma masculina, que es como la definió Aristóteles. En el caso del vientre de alquiler ni siquiera hay apetencia en la madre prestada, aunque bien pensado, es la apetencia pecuniaria la que justifica algo tan fuerte como un embarazo y un parto de un niño que no será nunca suyo. La mujer sin rostro que firma el contrato es una esclava de alquiler que acepta que se haga en ella según la palabra del contratante. Ella nada dice, ella no tiene discurso, ella guarda silencio como decía San Pablo que debían hacerlo las mujeres en la Iglesia, pues son seres imperfectos, que han de conformarse con obedecer los designios de quien fue creado a imagen y semejanza del Padre.

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Max Aub
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Esperanza Ortega | 14-04-2017 | 07:23| 0

¿Hay alguien que no sabe quién fue Max Aub? Levante la mano con tranquilidad, no es usted el único. Parece que no es el único que desconoce que Max Aub fue uno de los escritores españoles más importantes del Siglo XX, autor de ensayos, poesía, teatro y de las mejores novelas que se han escrito sobre la Guerra Civil, concretamente las agrupadas bajo el nombre de “El laberinto mágico”, verdaderos “episodios nacionales” que poco tienen que envidiar a los de Galdós. Yo los leí desordenados y ni siquiera estoy segura de haberlos leído todos, pues eran libros prohibidos por la Dictadura, que se conseguían difícilmente: Campo del moro, campo de sangre, campo de los almendros… todavía oigo las voces que salen de sus páginas, las discusiones políticas, los diálogos amorosos, el retrato de un mundo en donde la generosidad se debate por sobrevivir al lógico egoísmo de los tiempos difíciles, la esperanza, la decepción, el heroísmo, la mezquindad… En “Campo de sangre”, uno de los personajes discute con un militante comunista y le dice airado: “A veces dais la sensación de ser párvulos”. Algo semejante le hubiera dicho yo a Mateo Feijoo, responsable del cambio de la sala Max Aub por la Sala 11, o a la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Madrid que se lo permitió, seguramente sin saber siquiera quién era Max Aub. Menos mal que Manuela Carmena salió al quite, como la alcaldesa que es. Pero a algunas nos sigue doliendo esa espinita clavada en los más íntimo de nuestros sentimientos, porque desde que leímos a Max Aub a finales de los años sesenta, lo queremos de verdad. Porque Max Aub, que nació en Francia de padres alemanes y vivió desde niño en Valencia, eligió la lengua española como vehículo para expresar su genio literario. Murió, sin embargo, con otra doble nacionalidad, la mexicana y española, pues fue una de las personalidades más relevantes del exilio, de esa España Peregrina de la que habló Bergamín y que es la mejor y más verdaderamente patriota de las dos Españas. Siempre innovador, Max Aub nunca dio tregua a los lectores, ofreciéndonos los frutos más imprevisibles, hasta la edición de “La gallina ciega”, diario de su visita a la España de Franco, en donde no disimula su amargura ante la indiferencia con que son ¿recordados? los que como él, tuvieron que abandonar España por haberla defendido. Fue entonces cuando escribió: “Hay tres tipos de hombre: 1) Los que cuentan su historia, 2) los que no la cuentan, 3) los que no la tienen”. Pues bien, muchos nos oponemos a que cunda la conciencia autista de los que defienden que los españoles no tenemos historia. La tenemos, una historia triste pero muy hermosa, que habremos de contar a nuestros descendientes. Y en ese relato no puede faltar el nombre de Max Aub. Por eso supuso para mí una gran satisfacción haber tenido la oportunidad de incluir en la Exposición de poesía experimental española del MUSAC de León, de la que he sido comisaria junto a otros tres poetas, una muestra de la obra de Max Aub, que también fue vanguardista, cuando lo quiso ser, y no dejó de experimentar con la literatura y con la vida. Por esa y por otras muchas razones que no tengo espacio para referir, no solo una sala del teatro del Matadero lleva su nombre, sino también un asteroide descubierto por Rafael Ferrando, el “asteroide (72827) Maxaub”. ¡Ale!, a leer a Max Aub, jóvenes modernos, que falta os hace –y ya os vais haciendo mayores-.

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Réquiem por el cine español
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Esperanza Ortega | 05-04-2017 | 08:38| 0

Muy bien, se baja el IVA para todos los productos culturales: teatro, música, circo…, menos para el cine. ¿Por qué será? Adivina adivinanza. Contestan que no se puede prescindir del IVA del cine porque el séptimo arte aporta 300 millones cada año a las arcas públicas. Así es la vida, mientras se cierran salas y clausuran pantallas, el Estado sigue dando un buen mordisco a cada entrada que pagamos los espectadores. Y la pregunta continúa en el aire:  ¿Tendrá algo que ver esta discriminación exclusiva del cine con el famoso NO A LA GUERRA que protagonizaron actores y directores en la ceremonia de los Goya de 2003? Parece inconcebible tamaño rencor por parte del gobierno, pero el sinsentido de que el IVA del cine sea el más alto de Europa nos obliga a pensarlo. Aunque también dijeron NO A LA GUERRA los escritores, y eso no ha influido en el IVA de los libros. Pero un escritor no es un personaje popular, es decir, que lo que piense o diga un novelista o un poeta no tiene la más mínima repercusión pública. Un ejemplo, Laura Restrepo, la escritora colombiana, publicó en 1993 “Leopardo al sol”, novela-reportaje sobre las mafias de la droga en su país. No pasó nada. Pero se intentó hacer una serie televisiva con el mismo argumento, y entonces sí que recibió la visita que le hizo renunciar al proyecto. El enviado de los mafiosos le explicó: “puede escribir lo que quiera porque nosotros no leemos, ni nuestras mujeres ni nuestros hijos; pero sí que vemos la televisión”. ¿Se dan cuenta? La concesión de los Premios Goya la vio toda España, Aznar incluido. Y si entonces se plantearon hundir la industria del cine, hoy podemos decir que lo han conseguido, porque desde que se subió el IVA del 8% al 21% se han cerrado salas a tutiplén. La prueba la tienen en Valladolid, donde el edificio de uno de sus cines emblemáticos, el Roxy, se ha destinado a un Casino. Buen trueque, para estar orgullosos. Aunque acaso el mantener el gravamen del cine haya sido un simple olvido. Ah, ¿pero el cine sigue existiendo en España? Puede que ni Rajoy ni Méndez de Vigo, su ministro de Cultura, lo sepan a ciencia cierta. Según sus propias declaraciones, el primero no ve ninguna película y el segundo solo ve las que echan en “Cine de barrio”. En esto –me refiero a su escasa afición al cine- se diferencia Rajoy de Franco. A Franco le encantaba el cine: tenía una sala para él solito en el Palacio del Pardo, y hasta fue guionista de la inefable “Raza”, de infausta memoria. Ese rasgo es el único que le confería cierta humanidad, junto con su afición a la pesca del besugo. Rajoy, en cambio, que comparte tantas cosas con el Caudillo – inexpresión gestual, origen gallego y seguidores incondicionales, por algo es Presidente de un partido fundado por Fraga, ministro de la Dictadura- no es capaz sin embargo de soportar media hora sentado en la butaca. Iba a tener razón su niño cuando le dijo que necesitaba mejorar. El caso es que por unas razones o por otras, ir al cine se está convirtiendo en España en algo propio de la gente de izquierdas, de los antisistema o de los populistas, como dicen ahora. No lo prohíben porque no se lleva, pero lo ponen cada vez más caro para que se hunda por su propio peso. ¿Hasta cuando? Hasta que termine esta película. Y el momento del FIN lo decidirán los españoles con su voto. Aunque puede que para entonces ya no cambie la cartelera porque no exista el cine.

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Decir adiós
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Esperanza Ortega | 28-03-2017 | 21:21| 0

“Nunca se dice adiós cuando se ama”, un memorable soneto de Francisco Pino comienza con este endecasílabo. Y lo he recordado al enterarme de que este año se cumple el setenta y cinco aniversario del estreno de Casablanca, aquella película en la que todos lloramos, reímos, cantamos y salimos del cine dispuestos a enamorarnos cuanto antes. ¿Quién no recuerda la escena en que Sam toca al piano “El tiempo pasará”, para atenuar el violentísimo choque de miradas de Ilsa Y Rick en el momento de su reencuentro? Hasta los muertos se desperezaron al verlos con la sensación de que allí y aquí estaba pasando algo. ¿Y quién ha olvidado la escena en que, mientras los militares nazis cantan uno de sus himnos, Laszlo comienza a entonar La Marsellesa en el café Rick y su dueño hace una seña a la orquesta para que le acompañe con su música? En ese momento solo fueron los vivos los que saltaron de la butaca para cantar con ellos “Allons enfans de la patrie…” Pero hay una escena silenciosa y terrible a la que nadie se refiere cuando habla de Casablanca, una escena sin la que el argumento no tendría sentido, pero que los espectadores preferiríamos no haber visto, aunque haya quedado grabada en la memoria de todos con la fuerza inevitable de un remordimiento: me refiero a la escena en la que Rick espera en vano a Ilsa en la estación de París. Ese tren que se va -¡Ay!, sin ella- todavía nos duele. “¡Oh Amor, Amor!, sana dejas la ropa, lastimas el corazón. Dulce nombre te dieron; amargos hechos haces. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas…”, así reprochaba al amor el padre de Melibea, la dulce protagonista de la Celestina, su poder devastador de seducción, su impulso implacable y destructivo. Al contrario que Calisto y Melibea, ni Rick ni Ilisa mueren, los dos están vivos muchos años después y vuelven a quemarse con la misma llama, que no cauteriza, sin embargo, su mutua herida invisible y sangrante. ¿Hubiera sido menos dolorosa la herida de ambos si ella le hubiera escrito a Rick una nota con una explicación o una disculpa en el momento de abandonarle? Yo creo que no. El silencio y la ausencia dejan al menos algo intacto sobre la mesa de la espera, un quizá, una sinrazón enigmática, imposible de ser ahogada del todo por el despecho. “Nunca se dice adiós cuando se ama”, esto no lo sospechan los groseros amantes que abandonan a sus parejas por medio de un whatsApp inesperado. ¡Qué horror!, eso si que tiene que enloquecer a cualquier enamorado o enamorada que lo sea de verdad. ¡Qué villanía! ¿Cuál no hubieran sido las locuras de Orlando furioso si su amada le hubiera dejado de forma tan vulgar y rotunda? Pues esto ocurre muy habitualmente, la ruptura de menos de 50 caracteres, imaginen, imaginen… Un acto semejante sí que impide cualquier reencuentro posterior, porque hace que el abandonado penetre en el recinto en cuya entrada cuelga el cartel que dice: “Aquellos que aquí entréis/ dejad toda esperanza”, las mismas palabras que figuraban como frontispicio a la entrada del Infierno de Dante. Un infierno de WhatsApp mezquinos no puede albergar ni siquiera la sensación engañosa de que, mientras el corazón palpite, cualquier cosa es posible. Ellos, los condenados del teléfono móvil, no podrán decir años después, con una mezcla de orgullo y melancolía: siempre nos quedará París.

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Los motivos del lobo
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Esperanza Ortega | 21-03-2017 | 23:06| 1

He de reconocerlo, a no ser en las películas, jamás he visto un lobo, ni me han asustado sus aullidos en la noche. Como fui una niña de ciudad, tampoco temía demasiado al lobo de los cuentos, que solo atacaba en los bosques lejanos. Pero sí sentí miedo del lobo que perseguía a Birno en “Días de desván”, de Luis Mateo Díez. Birno se había perdido en la noche, en medio del monte nevado, y un lobo le seguía de cerca: “El rastro de la alimaña era cada vez más cercano, tanto que hubo un momento en que, al volverse, percibió su hocico, del mismo modo que, unos pasos después, vio brillar sus ojos”. Sin embargo, ni el aliento del lobo ni su mirada letal me apartaron a mí de la página escrita. Los ganaderos desearían eliminar del mapa al protagonista de este relato, el  lobo ibérico, el mismo que protegen los ecologistas. Yo no sé qué pensar. El lobo trata de alimentarse cuando está hambriento, como todo hijo de vecino, pero ya Félix Rodríguez de la Fuente nos advertía a los niños de los años sesenta que este lobo nuestro es un dechado de virtudes domésticas: se empareja de por vida y es un padre ejemplar. Sí, algunas lecciones tendríamos que aprender los hombres de los lobos, que al menos no se devoran entre ellos. Por ejemplo, ¿cuántos hombres habrán muerto a manos de otros hombres  durante la media hora que llevo escribiendo esta columna? ¿Siete?, ¿Cincuenta y cinco?, ¿Cuatro mil? No tengo ni la menor idea. Quizá la conciencia de que la especie humana no es inocente en absoluto –si lo fuera, no hubiera sobrevivido- le llevó a San Francisco de Asís a tratar al lobo como a un hermano. ¡Qué escena tan triste y tan hermosa! Cuando lo pienso, me da tanta lástima ese lobo rendido que me entran ganas de llorar. ¿Y qué fue de él?. Según dice Rubén Darío en “Los motivos del lobo”, vivió pacíficamente con los frailes, hasta que se fue San Francisco de peregrinación y la gente del pueblo le hizo de nuevo la vida imposible. A su vuelta, San Francisco lo encontró hecho un salvaje. Se acercó hasta su cueva en la montaña y le gritó: “¡Oh lobo perverso!, ¿por qué has vuelto al mal?” y el lobo se excusó diciendo: “todas las criaturas eran mis hermanos:/ los hermanos hombres, los hermanos bueyes,/ hermanas estrellas y hermanaos gusanos”,/ pero me apalearon “y recomencé a luchar aquí,/ a me defender y a me alimentar./ Como el oso hace, como el jabalí,/ que para vivir tienen que matar./ Déjame en el monte, déjame en el risco,/ déjame existir en mi libertad…” El Santo volvió al convento y el lobo sigue allí, libre y perseguido, y seguirá hasta que el hombre, con armas mucho más eficientes que sus fieros colmillos, acabe con su especie. No, no me atrevo a afirmar que en esta lucha perenne haya que estar de parte del lobo, pero concluyo con el último párrafo del relato de Mateo Díez, quien sí que oyó de niño su aullido amenazante en la montaña leonesa. Cuando Birno cayó sin fuerzas en la nieve, el lobo se acercó y “husmeó con sigilo y recelo aquel cuerpo varado que ya no tenía respiración y retomó el rastro de su acecho, la huella que la nieve velaba en el camino de la persecución, como si quisiera regresar sobre sus pasos al interior de la selva petrificada”. Así se salvó Birno de ser devorado, gracias a la decisión de la más feroz de las alimañas. No sé. Lo único que se me ocurre es que hay algo más profundo que el amor o el odio, algo a un tiempo feroz y compasivo que hemos perdido al hacernos seres humanos.

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Lecciones primaverales
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Esperanza Ortega | 21-03-2017 | 18:02| 0

El viernes salí con Tula a dar una vuelta por la orilla del río. Era la hora del Ángelus, el mediodía, cuando el dios Ra de los egipcios se muestra en toda su plenitud y sus rayos caen perpendicularmente desde cielo a la tierra. Un momento mágico, sin duda, sobre todo en un día como aquél, avanzadilla de la inmediata primavera. Así que apagué el ordenador, llamé a Tula para que me acompañara y ella me secundó gustosa, moviendo el rabo más de lo usual. Habían florecido los almendros repentinamente y el camino hacia el parque de las Moreras parecía un vergel –o lo que llamamos un vergel los de Tierra de Campos-. Allí estábamos disfrutando las dos cuando distinguimos a lo lejos a Gaspar, un amigo de Tula con el que no habíamos coincidido en todo el invierno. Venía acompañado de su jovencísima ama y de una amiga de su misma edad, doce o trece años. Pero veo con fastidio que ambas damas se hacen las longuis, como si quisieran esquivarnos, mientras se ríen entre ellas. Y enseguida entiendo la razón de su comportamiento huidizo: han hecho novillos, como después me confirman un poco, solo un poco avergonzadas. Trato de convencerlas de que ya me he jubilado y en absoluto ejerzo por los parques –jamás lo he hecho- de profe controladora. Es que teníamos un examen de mates… Yo les cuento, porque de algo hay que hablar, que no son las primeras del mundo que han hecho novillos. Sí, me dice una de ellas, a mi padre se le escapó una vez que él también se piraba algunas clases. Seguro, pero yo me refería a una época muy anterior. ¿Sabéis de donde viene la expresión “hacer novillos”?? Y sigo hablando sin que me contesten porque percibo la atención en sus miradas. En palabras de Lope de Vega: “apenas el celoso mozo se sintió libre cuando, como novillo recién domado a quien la primera vez quitó el labrador el yugo se vuelve al campo, comenzó, dando saltos, a seguir la espesura del monte”. Así que ellas son dos novillas liberadas por unas horas del yugo escolar. Se ríen. Ya sabía yo que les iba a hacer gracia, por eso me aprendí estas frases de La Arcadia. El absentismo escolar –continúo- viene, sin embargo, de mucho más lejos. Ya faltaban a clase los estudiantes de Mesopotamia, en el 2500 antes de Cristo. ¿Pero entonces había Institutos? Algo parecido. Había escuelas de escribas en las que se estudiaba botánica, zoología, geografía, matemáticas, gramática y creación literaria, todo ello en tablillas de barro, con escritura cuneiforme. Y la organización de los centros era muy parecida a la actual, al Director le llamaban “el Padre de la escuela”, al Tutor “el Hermano mayor” y –esto es lo mejor- al Jefe de estudios “el Encargado del látigo”. Aunque, tranquilas, a ellas las dejaría retozar a su antojo, porque a la escuela de escribas solo asistían los chicos. ¡Pues qué mal! Exclaman a la vez. ¿Qué mal que no os castigaran con el látigo? No, qué mal que las escuelas no fueran mixtas. Aquí es donde yo quería llegar y ya he llegado. Por eso las distraigo con unos versos de Rafael Alberti en los que recuerda cuánto se aburría en el colegio de los jesuitas, mientras oía el murmullo del mar a lo lejos: “Las horas prisioneras en un duro pupitre/ lo amarran como un pobre remero castigado/ que entre las paralelas rejas de los renglones/mira su barca y llora por asirse del aire.” Tula ya me tira de la correa: ¡Ya está bien! Sí, por hoy ya han aprendido bastante. Para otro día dejo “El escolar”, de Blake. Es que esto de haber sido profesora imprime carisma. 

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Esperanza Ortega | 10-03-2017 | 17:12| 0

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¿Feminista? ¡Sí, por supuesto!
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Esperanza Ortega | 21-03-2017 | 18:09| 1

Siempre que se celebra el Día de la Mujer trabajadora me acuerdo de las exiliadas republicanas españolas que fueron también las primeras feministas de nuestro país. La posición irrelevante de las mujeres de su tiempo las hizo invisibles incluso para su entorno político. Sólo se habla de ellas cuando mueren, entonces los periódicos cuentan sus hazañas y subrayan sus cualidades intelectuales, acompañadas siempre estas necrológicas con alusiones a sus compañeros o maridos –cuando hablan de ellos no se refieren a ellas, es curioso-. ¿Quedará el nombre de alguna de estas mujeres en la memoria pública? El que sí que parece que va a quedar es el nombre de Alejandra Soler, pues ella contó con algo a su favor que no está al alcance de la mayoría: su saludable y extraordinaria longevidad. Murió la semana pasada, a los 103 años. Había regresado a Valencia en los años 70 y participado activamente en la vida política desde entonces. Sus últimas amistades eran los jóvenes del 15M, con los que compartía indignación y entusiasmo. Desde que salió de España en el 39, dejando su trabajo de maestra, y tras escaparse de un Campo de Concentración de la Francia de Vichy, el general francés que colaboró con los nazis, Alejandra Soler vivió en Rusia dando clases de español, pero de lo único que presumía era de haber salvado del cerco de Stalingrado a treinta niños españoles que le habían dejado a su cargo. Estos treinta ancianos –no ha muerto ninguno hasta ahora- no la habían olvidado y le seguían escribiendo para felicitarle su cumpleaños. Inteligente como una ardilla, era crítica con el comunismo soviético y siempre deseó regresar a España para continuar aquí la lucha por la justicia y la libertad. Dicen que su cualidad más relevante fue la de conectar especialmente con los jóvenes. Y es que una mujer como ella no se podría haber entendido bien con las mujeres de su edad en la España franquista. Una de los grandes obstáculos del feminismo es que hayan sido precisamente las mujeres mayores las encargadas de conservar y trasmitir las ideas machistas más retrógradas. Lo mismo ocurre en todas las culturas. Hace muy poco estuve leyendo a Aisha al-Taymuriyya, una poeta egipcia de finales del siglo XIX que cantaba en un poema el orgullo de llevar el velo: “No lamento mi reclusión, ni el nudo de mi pañuelo/ la ropa que visto o el orgullo de vivir tutelada. / Estar en el harén no me impide gozar/ ni me impide ir tapada de la cabeza a los pies” Esto decía Aisha al- Taymuriyya en uno de sus poemas más celebrados. Pero decía también en otro poema, refiriéndose a los hombres que discutían de literatura y de política: “¡Cómo ardía mi corazón de ganas de participar en sus amenas tertulias!/ Me impedía cumplir aquel anhelo el velo propio del harén/ y el cerrojo del gineceo me vedaba el acceso al brillo de aquellos astros”. Al leer estos versos, me he acordado de mi madre, que nació el mismo año que Alejandra Soler, y que más de una vez me confesó la envidia que le daban los chicos que iban a estudiar al Instituto Jorge Manrique de Palencia, donde ella solo pudo entrar como público mudo, a escuchar los exámenes orales, que entonces eran públicos. ¡Cuántas mujeres hubieran deseado disfrutar del brillo de los astros prohibidos, aunque no tuvieran la valentía de Alejandra Soler para expresarlo abiertamente! Pensándolo me reafirmo en la idea de que el movimiento feminista es el movimiento liberador más justo y digno de toda la historia de Occidente.

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Letizia y Melania, las dos cenicientas
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Esperanza Ortega | 28-02-2017 | 20:59| 0

Platino y brillantes con charnelas vegetales de diamantes. De materias tan nobles se compone la Tiara de Lis, emblema heráldico de los Borbones, que lució la reina Letizia la semana pasada. Estaba regia, al menos en la fotografía de la portada del Hola. Dicen que doña Letizia se decidió a estrenar esta corona para deslumbrar a Luciana Awada, la primera dama argentina.  De hecho, la reina Sofía no usó la joya que le regaló Alfonso XIII a Victoria Eugenia hasta que tuvo una vecina de mesa de su categoría: la mismísima Isabel II de Inglaterra.  Créanme, en mi última visita a la peluquería he estudiado a fondo el tema, y se pude decir que soy una experta en tiaras reales. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que coronas semejantes las venden por 12 euros en Don Disfraz. Serán de pacotilla, pero dan el pego. Y hay otros dos aspectos que no me encajan: el primero es la diferencia de tamaño entre la cabecita y el cuerpo menudo de la reina española y el coronón de su tatarabuela política. Con la tiara encima, Letizia parece una barbie a la que le han colocado la corona de una nancy. Y todavía me parece menos apropiado para una reina de verdad el gesto de avidez satisfecha, ¡por fin!, que se refleja en su rostro maquillado. ¿A quién me recuerda esa mirada?, ¿a la de un busca-tesoros furtivo justo en el momento en el que abre el cofre y lo encuentra repleto de collares y  brazaletes?. Sí, ese resplandor codicioso, un poco desconfiado –parece que levanta los ojos hacia arriba para vigilar el dineral que lleva sobre la cabeza- es más propio de una hermanastra de Cenicienta que de la Cenicienta misma. A las reinas de verdad les corresponde una mirada lánguida y  ensimismada, propia de quien ya ha olvidado que un día el hada madrina le cambió la cofia por corona.  Sigo pasando las páginas del Hola y me hallo ante otra nueva Cenicienta: Melania Trump, con la que la reina Letizia, salvando las distancias –les separa nada menos que el Océano Atlántico- mantiene dos notorias semejanzas. Letizia y Melania son castañas claras, con reflejos rubios, y las dos lucen una bella estampa, además de salir en las fotos de las revistas del corazón por haberse casado con sendos mandamases. Hay, sin embargo, entre ambas una gran diferencia: si a doña Letizia se la ve radiante en su papel de reina, a la pobre Melania se la ve triste, muy triste, tristísima en su papel de primera dama. Y eso le honra a Melania: ¡con cuánta dignidad soporta la proximidad del cerdo con flequillo con el que se ha casado!. Lo pienso y me cae hasta bien ¡Lo que habrá tenido que luchar hasta llegar a encerrarse en su jaula de oro!. Recuerdo  los versos de Rubén Darío y me parecen más apropiados para Melania que para Letizia: “Pobrecita princesa de los ojos azules/ está presa en sus oros, está presa en sus tules/ en la jaula de mármol del palacio real”. Sí, a Rubén Darío también le hubiera conmovido  la tediosa resignación con la que Melania soporta la vida casablanqueada. Cualquiera que la contemple con detenimiento se dará cuenta de que está soñando con que den las doce y, ¡por fin!, se convierta de nuevo en una pobre emigrante rumana. Entonces saldrá corriendo a la calle  con la esperanza de encontrar un ser humano que la mire y la toque con respeto…. Si las observan con atención, seguro que coinciden conmigo en que, llegado el caso, sería el pie de Melania y no el de Letizia el que se deslizaría suavemente dentro del zapatito de cristal.

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No más excusas
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Esperanza Ortega | 21-02-2017 | 21:46| 1

“No más excusas, acojamos a los refugiados”. Ése fue el eslogan repetido en la gigantesca manifestación que recorrió las calles de Barcelona hace tres días. Barcelona dejó de ser  únicamente la capital de Cataluña y una de las grandes capitales españolas para convertirse en una ciudad universalmente solidaria. Me impresionó ver a las multitudes en la calle con ese grito unánime y justo. Y desde entonces echo en falta un gesto similar en todas las ciudades españolas. Y echo en falta sobre todo el esfuerzo de los políticos españoles que se dicen de izquierdas, -me refiero principalmente a los de PODEMOS y a los de Izquierda Unida- en la denuncia del vergonzoso comportamiento del gobierno español para con los refugiados que piden asilo. No, no  se trata únicamente de que acudan a este tipo de eventos, sino de que hagan algo más, que  los convoquen y los organicen, que cumplan con el deber de ser “ciudadanos ejemplares”, comprometidos con el dolor del mundo. Porque ya se ha acabado el tiempo de la espera. El ciudadano medio –dicen- es un ser egoísta y mediocre, cobarde por naturaleza y solo preocupado por escuchar la voz de su bolsillo. Así pues, los políticos tienen que asumir su lenguaje con el único fin de ser votados y ganar las elecciones. ¿Y si fuera esto verdad?, ¿o quizás es mentira? Mientras transcurría la manifestación de Barcelona, en la otra punta de España un grupo de refugiados  se preparaba para el salto de la valla de Ceuta. Algunos lo consiguieron a pesar de las concertinas y, aunque su actuación contraviene las leyes españolas, muchos, muchísimos españoles nos alegramos de que hubieran conseguido su objetivo y les deseamos un buen fututo en Europa. ¿Cómo explicaríamos este suceso a los niños en una clase de Educación Cívica? Yo les diría que hay situaciones históricas en las que cumplir la ley significa cometer una grave injusticia. Y para que lo entendieran mejor les aconsejaría la lectura de “Un saco de canicas”, la autobiografía de Joseph Joffo, donde cuenta cómo atravesó la Francia ocupada por los nazis a los 10 años en busca de la libertad, burlando los controles y las leyes que le hubieran enviado a un campo de concentración por su origen judío. Hoy miles de niños deambulan en busca de cobijo y solo encuentran una muralla de crueldad. A los que no son tan niños les recomendaría la lectura de “Historia de una vida” de Aharon Appelfeld. Demasiado cruda para las mentes infantiles, el lector adulto puede soportar la historia de este niño judío rumano huido del campo de exterminio gracias a la maravilla de su escritura. Ambos, los dramas de  Joffo y de Appenfeld, fueron posibles porque una mayoría silenciosa miraba para otro lado y por unos políticos que no querían hacerse impopulares. A esa mayoría que no sabe ni contesta es a la que gritaban los manifestantes de Barcelona: no más excusas. Decía Appenfeld en una entrevista: “Durante la guerra no hablaban las palabras, sino los rostros y las manos. Observando los rostros aprendías hasta que punto la persona que se encuentra a tu lado quiere ayudarte o hacerte daño. Solo después de la guerra reaparecieron las palabras”. Así que, mientras nos queden palabras, mientras el silencio de los pobres muertos no sea la única cadencia posible, habrá que seguir escribiendo cada semana la misma columna.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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No más excusas
carlosdegredos_6463 09-02-2017 | 10:23 en:
¿Muerte segura?
EsperanzaOrtega 03-01-2017 | 23:57 en:
Adiós, muchachos