El Norte de Castilla
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Un himno que me enfada
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Esperanza Ortega | 20-02-2018 | 21:58| 0

Así los llamaba Juan López de Úbeda, “enfados”. López de Úbeda fue un poeta del Siglo XVI que hizo de su carácter cascarrabias una obra de arte. Del comportamiento de algunos en misa, decía: “enfádame los golpes que están dando/ una cuenta con otra mil personas/ por darnos a entender que están rezando” o “enfádame de los que van a misa,/ por levantarse tarde, a mediodía/ y esa la quieren luego muy deprisa” o “enfádanme unos hombres que enguantados/ llegan a comulgar con tanto brío/ como si fuesen todos sus criados”, y así cientos de tercetos tan encadenados como enfadados. A mí me pasa también que me enfado cada día por una cosa o por otra. Y el problema es que, a pesar de vivir en un país libre y democrático, temo expresar mi enfado, por no coincidir con la opinión de mis convecinos, que no sé cómo percibirían mi desemejanza. Pero voy a probar. Por ejemplo, no me gusta que estén en la cárcel Junqueras y los demás políticos catalanes, no me gusta tampoco el bilingüismo del que presumen tanto los colegios, y que hace que a los niños se les enseñe en inglés la Historia de España. Y no me gustan los que cantan a los poetas, como Quevedo, Machado o San Juan de la Cruz, ahogando la música silente que solo percibe el lector de sus versos. Por cierto, ¿saben que Miguel Hernández arrestaba a los que cantaban en el frente los romances de “Vientos del pueblo”? Por algo sería) No me gustó tampoco “La librería”, de Isabel Coixet, que ha ganado todos los Goya, pero a mí me pareció que había convertido en aburrida y almibarada la novela crudísima de Penélope Fitzgerald. No me gusta viajar, que es el deporte nacional, ni me gusta el deporte ni me gustan los libros de autoayuda ni la meditación trascendental ni mi cuerpo ni mi alma. Ni siquiera me gustan los sermones del papa Francisco, porque no acaba de terminar las frases cuando llega el momento de oponerse de verdad a los poderosos. Y esto es grave, porque me gustan seres considerados despreciables por la mayoría silenciosa, como el CHE, por ejemplo, cuyo retrato preside mi mesa, al lado de otro de Juan Ramón Jiménez. Y para colmo me gustan las gominolas de los puestos más que la comida biológica ¿Cómo vivir con esta falta de coincidencia social, con este enfado íntimo y secreto? Más o menos una se acostumbra. Sin embargo ayer mismo me encontré con una fuente nueva de desasosiego. Oí el himno nacional cantado por Marta Sánchez y no me gustó nada, lo que se dice nada, nada, nada. Ya dije en otra columna que el himno español para mí no es otro que el maravilloso “Asturias, patria querida”, que cantan todos los borrachos españoles (y también las abstemias) allí donde estén, con una emoción y una nostalgia beatífica. Pero es que ese himno que cantaba la Barbi española de cabello de nylon amarillo con vestido encarnado me pareció tan triste… que tiñó de derrota roja y gualda mi día completo ¡Y resulta que a todos les gusta! Desde Rajoy hasta su alevín ciudadano ¡Qué horror! Marta Sánchez con esa pinta de Fata Morgana, el hada cambiante de la leyenda del rey Arturo, de nuevo vencedora, lanzando sus hechizos a los caballeros inocentes que la obedecían sin pestañear. Ya sé que es imperdonable que me enfade tanto, pero qué le vamos a hacer. Como diría Miguel Hernández: “Hoy estoy sin saber yo no sé cómo / hoy estoy para penas solamente/ hoy no tengo amistad/ hoy solo tengo ansias/ de arrancarme de cuajo el corazón/ y ponerlo debajo de un zapato”. Y estos versos no me enfadan, me gustan de verdad ¡Por fin!

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¡Un poco de por favor para la portavoza!
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Esperanza Ortega | 12-02-2018 | 23:04| 0

Mientras Correa y Costa confesaban, ¡por fin!, que el PP se financiaba con el dinero negro de empresarios tan aprovechados como afines, y que estas operaciones mafiosas las organizaban las altas instancias del ppartido, ocurría algo mucho más relevante para los españoles: Irene Montero acuñaba por primera vez el término “portavoza”. Sí, y los españoles -y las españolas- de toda condición se rasgaban las vestiduras al unísono ante lo que consideraban colosal vituperio para su venerada lengua madre. Pero he aquí que el mismo locutor que hace unos instantes aseguraba tan contento que “han habido” muchos automovilistas multados este fin de semana, “mismo” que la semana pasada, y que había ganado un concurso de disfraces una pareja de carnaval en la que “ambos dos” iban vestidos de bomberos, pues la misma persona, señoras y caballeros, se escandalizaba acto seguido de que Montero hubiera dicho “portavoza”, tanto, tanto como si hubiera insultado a su propia madre que en paz descanse. A mí lo de portavoza también me suena fatal, todo sea dicho. Y sé que portavoz es una palabra compuesta, como bocacalle o sacapuntas, por lo que el femenino de voz no ha lugar. Pero también es verdad que me sonaban fatal “médica” y “jueza” hasta hace bien poco, y que la primera vez que oí “enfermero” o “azafato” me tuve que volver para que no se dieran cuenta de que me estaba dando la risa. No me extrañaba entonces, sin embargo, que se llamara “modisto” al sastre de postín –aunque no se dijera “periodisto” o “dentisto”-. A un artista del diseño textil no se le iba a llamar “modista”, profesión sin glamur, al fin y al cabo oficio de mujeres. Igual que a los cocineros se les llama chef para diferenciarles de las cocineras, porque se dan mucha menos importancia. ¿Cómo habremos de llamar entonces a Fina Puigdevall, a Carme Ruscadella y a Beatriz Sotelo, cuyo arte culinario ha sido reconocido con estrellas michelín? ¿Cocineras o “chefas”? ¿Y a los hombres que tienen el oficio de comadrona –que hoy los hay- se les llama comadronos o matronos? ¿o simplemente el matrona? ¡Ay! ¡Qué miedo!, que ya les veo venir a los puristas con las antorchas encendidas. Difícil tesitura. Está claro que si una -o uno- no quiere acabar en la hoguera, es mejor que no se meta en estos berenjenales lingüísticos, que puede salir trasquilada. Pero el caso es que no acabo de entender esta santa indignación, tan semejante al sentimiento religioso, que les ha entrado a tanta gente al oír el neologismo de Irene Montero. Todos los días muchos hablantes acuñan nuevas palabras; unas pasan sin pena ni gloria y otras se quedan en el habla popular, que es el que hace evolucionar la lengua que estudian los gramáticos. Y nada podemos hacer los individuos contra los neologismos si es que echan raíces en la tierra del habla. Por ejemplo, a mí me repatean los verbos “implementar” y “empoderar”, pero sé que es inútil despotricar contra su uso, que en poco tiempo se ha generalizado. Y más me repatea todavía que las anécdotas sin importancia, como la de la “portavoza” de Irene Montero, se conviertan en controversias nacionales. ¿Y qué me dicen de las super-heroínas académicas que se ofrecen a salvarnos del ataque léxico en las portadas de algún vetusto periódico? Sin comentarios, porque la cursilería rancia no lo merece. A mí de tanto oírlo ya me suena mejor, y si lo digo en diminutivo casi me deja de disgustar: el portavocito, la portavocita.. ¿y la portivoce? ¡Un poco de por favor!

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La España sumergida
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Esperanza Ortega | 06-02-2018 | 21:57| 0

¡Por fin llegó la lluvia y la nieve! Esperemos que sea en grado suficiente para que se remedie el desastre producido por la severa sequía que padecimos en los últimos tiempos. Aunque la sequía nos descubrió algunos de los tesoros escondidos debajo del agua que guarda nuestra historia reciente. Me refiero a la multitud de pueblos anegados que emergieron al bajar el nivel de los pantanos. Las primeras en aparecer son las torres de las iglesias, las mismas que un día convocaban con sus campanas al pueblo hoy desperdigado, desaparecida su comunidad de sueños y de afectos. Cuando veo las ruinas de estos campanarios me acuerdo de “Historias de Alcarama”, libro en donde Abel Hernández revive su infancia en Sarnago (Soria), anegado no tanto por el agua como por la pobreza y el olvido. Uno de sus mejores capítulos se titula precisamente “Las campanas”. Mientras lo leemos, sentimos cómo su tañido nos convoca a una romería imposible. La buena literatura puede hacer resucitar a los muertos y resurgir los pueblos de las aguas, al menos durante el tiempo que dura la lectura. Y no solo ocurre con los libros de memorias, también lo logra en algunos casos la literatura de ficción. Al hablar de los pueblos sumergidos es inevitable que me venga a la memoria el recuerdo de Valverde de Lucerna, el pueblo imaginado por Unamuno, en donde transcurre la historia de “San Manuel Bueno y mártir”. “Campanario sumergido/ de Valverde de Lucerna/ toque de agonía eterna/ bajo el caudal del olvido”, decía Unamuno en uno de sus poemas. La idea de escribir esta novela se la dio una leyenda que oyó contar en un viaje al Lago de Sanabria. Este relato hizo que apareciera en su imaginación el lago por cuyas orillas paseaba cavilando, como un nuevo Hamlet, el párroco del pueblo de Valverde de Lucerna. ¿Qué hubiera escrito Unamuno de haber visto la torre de la Catedral de los Peces, que flota entre las aguas del pantano del Ebro? Es como llaman a la Iglesia de Villanueva, pueblo anegado en 1952, al igual que otros siete ayuntamientos contiguos. España es tierra de pantanos, a Franco le fascinaban estas obras civiles. A una dictadura le es más fácil que a un régimen democrático “convencer” por las buenas o por las malas a los vecinos para que abandonen el mundo en que nacieron y vivieron ellos y sus antepasados. En algunos casos se construyó un pueblo gemelo en las cercanías al pantano, como pasó con el de Belesar (Lugo), pero en la mayoría fueron el dinero y las amenazas de destrucción masiva los que expulsaron a sus habitantes de las casas. Eso es lo que sucedió en el embalse de la Almendra (Zamora) que anegó al pueblo de Argusino . Hoy todavía se acercan los descendientes de sus antiguos habitantes a dispersar las cenizas de sus padres sobre las aguas del embalse, para que su espíritu descanse con el de sus abuelos y tatarabuelos, que duermen bajo el cementerio sumergido. La historia de España está llena de muertos sin sepultura y pueblos fantasmas. Cada día surge una torre que nos recuerda lo que fuimos y espera que un escritor cuente la historia completa de esta patria ahogada entre el odio y la melancolía. Pero vuelve a nevar, y la memoria vuelve a borrarse, esperando que otra sequía avive nuevamente la hoguera del recuerdo.

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Mujeres con los ojos abiertos
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Esperanza Ortega | 30-01-2018 | 21:50| 0

El día veinticinco murió en Nicaragua la poeta Claribel Alegría. Al enterarme, releí el discurso que pronunció en España el año pasado, cuando recibió el Premio Reina Sofía, ya con más de 90 años. Se dedicó a denunciar el machismo de las letras hispánicas, por ejemplo en la concesión del Premio Cervantes, que solo ha recaído en cuatro escritoras, aunque se ha concedido en cuarenta ocasiones. Estos días, que tanto se habla del acoso que han sufrido muchas mujeres en el mundo del espectáculo, me vuelvo a acordar yo de Claribel y de sus versos inolvidables. Y me acuerdo también de Virginia Woolf, que nació otro 25 de Enero, de 1882. A “La habitación propia” que Woolf exigía para cualquier escritora dedicaba Alegría un comentario en aquel mismo discurso. Pero las mujeres han hecho muchas cosas además de escribir. La semana pasada murió a los 96 años Naomi Parker Fralley, la mujer que nos mira con el puño en alto mientras dice con los labios apretados: We Can. Do It!, es decir, ¡Nosotras podemos!, en el poster de Howard Miller que se convirtió en emblema del movimiento feminista. Seguro que lo han visto alguna vez: “Rosi, la remachadora”, que es el nombre artístico de Noemi Parker, lleva en la cabeza un pañuelo rojo con lunares blancos y una camisa del color azul de los monos de trabajo. Yo la tengo en un imán, en la puerta del frigorífico, y cuando miro su rostro decidido y sus brazos orgullosamente musculosos, pienso en el puñetazo que se habría llevado cualquiera que hubiera intentado sobrepasarse con ella. Y pienso también en las denuncias del acoso sufrido por tantas actrices, que han terminado por propiciar manifestaciones contrarias en otras veteranas del oficio, como Brigitte Bardot o Catherine Deneuve. Yo creo que habría que diferenciar el acoso del cortejo contumaz. ¿Qué diríamos de García Márquez, que conoció a su mujer cuando ella tenía nueve años, la propuso en matrimonio cuando acababa de cumplir catorce y no dejó de cortejarla hasta que se casó con ella a los 26 años? Fuera de bromas, creo que la frontera entre el acoso y el cortejo es bien sencilla: acosa el que tiene poder sobre la mujer deseada, ya sea poder físico o poder económico: el que obtiene lo que desea por medio de la violencia o el que amenaza a la mujer con perjudicar su presente o futuro si no cede a sus requerimientos. Es ante ese abuso ante el que muchas mujeres se sienten indefensas. Y hay otro machismo igual de atroz. Me refiero al que sufren las mujeres que cobran menos que sus compañeros de trabajo. Esa discriminación que a Rajoy –según declaró esta semana- no le parece importante es la madre de todas las batallas feministas. ¿Han oído que en Cantabria se celebró hace unos días un campeonato de surf cuyo premio para la categoría masculina era de 2000 euros y en la femenina solo 500? Por algo el perfil de la precariedad en España es el de una mujer enferma, mayor de 50 años. Esa mujer ha trabajado sin seguros sociales gran parte de su vida, pero cuando lo necesita, la sociedad no le devuelve nada, absolutamente nada. Las escritoras, al menos, tenemos una voz para defendernos. Claribel Alegría cuidó esa voz suya como su única arma contra el miedo, siempre con el corazón en la mano y con los ojos bien abiertos. En coherencia con esa actitud valiente el año pasado escribía estos versos premonitorios: “Quiero entrar a la muerte/ con los ojos abiertos/sin máscaras/ sin miedo/ sabiendo y no sabiendo/ enfrentarme serena/ a otras voces/ a otros aires/ a otros cauces/ olvidar mis recuerdos/ desprenderme/ nacer de nuevo/ intacta”

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La gran familia
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Esperanza Ortega | 23-01-2018 | 21:37| 0

Henri Michaux escribió un libro titulado “En otros lugares”, en el que se interna por lugares imaginarios, habitados por pueblos de costumbres tan extrañas como sus propios nombres: los emanglones, los omobules, los ecorabietas etc. Entre ellos encontramos a los hasc que “se las arreglan para formar cada año algunos niños mártires a quienes infligen malos tratos y evidentes injusticias. De esta manera han formado grandes artistas y poetas pero también han formado asesinos, anarquistas (siempre hay excepciones) y, sobre todo, reformadores y extremistas inauditos”. Recordé el método educativo de los hasc cuando leí en el periódico la vida torturada de los 13 hijos de la familia Turpin. Lo que más me impresionó de esta historia es que fueran sus padres los autores de este rapto perpetuo, cuyo motivo nadie alcanza a explicarse. ¿Sadismo?, ¿locura? Y me llamó la atención un detalle: no les dejaban a los niños otro entretenimiento que cuadernos en blanco para que escribieran sus diarios. Me acordé enseguida de la maravillosa libreta que me daban a mí cuando hacía ejercicios espirituales en un internado religioso, libreta en la que escribí mis primeros poemas, en aquellos largos días en los que todo estaba prohibido: hablar, cantar, jugar o reír. Y me acordé también, claro está, de los niños mártires salidos de la imaginación de Michaux. Pero enseguida me quité de la cabeza la idea de que los dos descerebrados Turpin quisieran hacer de sus hijos grandes escritores y pasé a analizar qué les habría impulsado a realizar tales atrocidades. Me fijé en la apariencia de familia feliz que conseguían en las fotos que colgaban en Facebook: las hijas uniformadas con recatados vestidos escoceses y los hijos con trajes impolutos, alrededor de sus dos progenitores, orgullosos sin duda de su numerosa prole. Irradiaban ternura. Me recordaban a los protagonistas de “La gran familia”, aquella película inolvidable que veíamos en la época en que Franco repartía sus premios de natalidad entre las familias numerosas. Aunque, mirando la fotografía con más atención, pienso en la familia Trapp. La afición de los Turpin por Disney y su acendrada religiosidad confirman esta última idea. Sí, parece que en cualquier momento se van a poner a cantar “Do, estrato de varón, re, selvático animal…”, aunque sabemos que en la vida de estos pobres niños no parece que hubiera ninguna sonrisa, sino lágrimas y dolor constante. Luego nos imaginamos lo duro que sería para sus padres ver cómo sus hijos llegaban a la adolescencia y ya no cabían en los vestidos escoceses o simplemente no querían ponérselos ni salir en la foto. ¿Así es como sucedió?, ¿decidieron que fueran niños perennes? Empezarían por prohibirles comer lo suficiente, luego enfadarse, luego reírse de ellos, y luego… respirar, bajo amenaza de terribles castigos. Pero a la familia perfecta le fue imposible evitar que una de sus hijas se saliera del marco de la foto y escapara por la ventana hacia la libertad. Menos mal que lo hizo. Y ojalá se olviden pronto de los Turpin los medios de comunicación para que puedan conseguir ser libres de verdad. Aunque yo me quede sin saber una cosa: ¿qué escribían en aquellos diarios?, ¿habría entre ellos alguno que, como Segismundo encadenado, se preguntara qué delito habría cometido para recibir ese trato?, ¿habría alguno que, mirando los renglones del cuaderno, decidiera salirse de su prisión de papel por medio de la escritura?, ¿qué secreto esconden los diarios de la gran familia?

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Correspondencia
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Esperanza Ortega | 16-01-2018 | 21:27| 0

La semana pasada fue la semana de las cartas. El miércoles leí una carta en este mismo periódico que había enviado un preso hace 80 años y que hasta ahora no había llegado a su destino. En su perfecta caligrafía, Tomás Gallego, ferroviario de la CNT, escribía desde su celda de aislamiento. “Queridos esposa e hijos: me alegraré que al recibo de la presente estéis bien, yo bien en el día de la fecha” Y la fecha era el 27 de octubre de 1936. En la carta pedía su reloj, aún no sabía qué hora marcarían sus manillas cuando poco tiempo después fuera fusilado. Al leerla, pensé que las cartas más emocionantes son las que no llegan nunca a su destino. Y me acordé de una carta que vi en el Museo Bíblico y Oriental de León. Más de 2.500 años lleva cerrada aquella carta. Procede de Mesopotamia, que es donde apareció la semilla del primer servicio postal del mundo. La escritura de los sumerios era cuneiforme, pictogramas grabados en arcilla blanda, que, una vez endurecida, era imborrable. Y al ser el sobre de barro, para abrirla había que romperla. Así que se conserva en una vitrina, cerrada para siempre. ¿Qué será?, ¿una carta de amor?, ¿la carta de un viajero? Lo más probable es que se trate de una carta comercial, pero en cualquier caso, el barro guarda aún el misterio. Recuerdo entonces las cartas de “Doña Rosita la soltera”, la protagonista de la obra de Lorca. El novio de Doña Rosita se fue a la Argentina para hacer fortuna y le siguió escribiendo cartas de amor aún después de haberse casado en Tucumán. Doña Rosita envejeció leyendo aquellas cartas mientras esperaba su regreso imposible. Por cierto, ¿saben que “Doña Rosita la soltera” fue la última obra representada en la vida de Lorca?. Pensándolo bien, la gente de mi generación hemos crecido esperando y escribiendo cartas: la carta de los reyes, las cartas del novio, las cartas de las amigas… Y los domingos las epístolas de Pablo de Tarso, que escuchábamos en misa, como quien se entromete en una casa ajena. Pablo se las había escrito a los gálatas, a los corintios, a los filipenses…. Bien, pues la semana pasada fue la semana de las cartas porque vi una película hermosísima que se titula “Correspondencias” y cuyo guión son las cartas que se dirigieron mutuamente dos poetas portugueses: Sophía de Melo y Jorge de Sena. De Sena las escribía desde el exilio americano en donde vivió y murió. Y De Melo las recibía en su exilio interior, adonde conducía el camino de los versos de ambos. Las cartas eran el único mensaje que lograba salir del laberinto en el que se encontraban encerrados los dos poetas, igual que el minotauro cretense. Por eso De Sena escribe: “El Minotauro me comprenderá, tomará café conmigo, en tanto/ que el sol serenamente desciende sobre el mar y las sombras…” ¡Cómo se iban a imaginar ellos que las palabras íntimas de sus cartas iban a ser proyectadas en un cine de España! Por eso hay que escribir bien las cartas, porque nunca se sabe quién habrá de leerlas. Todo el que escribe cartas tiene algo de náufrago que espera ser salvado por el que lee la nota encerrada en la botella. A ese lector hay que seducirle para que no nos abandone. Y nos preguntamos: ¿llegará a su destino?, ¿cuándo? ¿ya la habrá leído? Hay un misterio en una carta que nunca se desvela del todo. He aquí su delicia. “Correspondecias” nos anima a escribir a quienes siempre están detrás, esperando: ustedes, por ejemplo. Queridos lectores…

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No hay mal que cien años dure
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Esperanza Ortega | 09-01-2018 | 20:43| 0

Los anarquistas dicen que el poder corrompe, y sin duda llevan razón, entendiendo el dicho de manera metafórica, porque corruptos o no, el poder parece alargar la vida de aquellos que lo poseen. Excepto cuando fueron asesinados, como Lincoln y Kennedy, la mayoría de los presidentes de los EEUU vivieron muchos años, y en Europa ha habido casos célebres de longevidad política, como Churchill y De Gaulle, sin olvidarnos del presidente italiano Giorgio Napolitano, que dimitió en 2015, al cumplir noventa años. Sin embargo, donde el ejercicio del poder parece un seguro de vida es en los regímenes dictatoriales ¿Cuántos dictadores han muerto de cáncer o han sufrido un infarto en edad temprana? Pocos, muy pocos, si es que hay alguno. Chávez, por ejemplo, estaba en el poder porque había ganado las elecciones, mal que les pese a sus detractores. Y si Hitler no se hubiera suicidado y Mussolini no hubiera caído en poder de las masas, quién sabe si hubieran seguido dando guerra hasta finales del Siglo XX. En otro orden de cosas, papas y ayatolas parecen cobijarse también bajo el mismo paraguas que les protege de las tormentas de la muerte. Quién sabe si era verdad que a Franco le protegía la Providencia mientras iba bajo palio, como él mismo aseguraba en su periódico discurso de Navidad. O quizá sea que a los dictadores les acompaña un diablo de la guarda, mucho más eficiente que el ángel distraído con el que contamos aquellos que no mandamos nada. Pero fue África el continente que perdió el año pasado al dictador más viejo del mundo, a la edad de 93 años. Me refiero a Robert Mugabe, presidente de Zimbabwe hasta diciembre de 2017. Un año antes había declarado que seguiría en su cargo por no decepcionar a sus seguidores, como les ocurre a cuantos tiranos ha habido, hay y habrá sobre el planeta Tierra. Con motivo de la celebración de su último cumpleaños, Mugabe dio una fiesta para la que se mataron más de cien terneros mientras su pueblo, hambriento, olía el guiso y le deseaba una buena muerte. Pero todo acaba algún día, y tanto dictadores como demócratas terminan por disolverse en el mar de la Historia, donde se mezclan los poderosos con los que no han osado matar ni una mosca: “allí los ríos caudales/ allí los otros medianos/ y más chicos/ que allegados son iguales…” ¡Cuánta razón llevaba Jorge Manrique! No deja ser un consuelo, aunque flaquísimo, saber que a Kim Jong-un, el líder entradito en carnes de Corea del Norte, le llegará también su San Antón, como a todos los marranos que ocupan el poder. Así pasó con su padre, Kim Jong-il, primero de la dinastía de los amados líderes. Viejecito achacoso, no le temblaba la mano a la hora de ordenar la decapitación de sus compatriotas–cuentan que decapitó a un colaborador fiel porque percibió que había osado usar su cenicero- ¡Hasta el mismo Trump tendría que reconocer que a él le falta mucho para alcanzar la eterna juventud de su rival coreano por medio de la crueldad y del absurdo! Quizá por eso se tiñe el flequillo de amarillo limón, para seguir siendo amado por el pueblo norteamericano por los siglos de los siglos. El poder corrompe, sin duda alguna, pero lo hace muy lentamente, y mientras… los comunes tenemos dos armas para sustraernos a sus envites: el arte y la risa. Sí, mis amados lectores, que 2018 venga para todos cargado de estas dos mercancías con las que paliar las desdichas que nos esperan a los que nada podemos, y que sigamos vivos para explicar a nuestros descendientes que no hay mal que cien años dure.

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Refugiadas en 2018
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Esperanza Ortega | 03-01-2018 | 12:14| 0

¿Cuántos inmigrantes habrán saltado las concertinas que dividenMarruecos y España mientras tomaban las doce uvas los guardias de la frontera? Seguramente ninguno. Esas cosas solo ocurren una vez. Es lo que pensé a las doce y cinco del año 2018, tras beber unos sorbos de cava. ¿No les impresionó la noticia del refugiado argelino que se suicidó el día 29 de Diciembre en la cárcel de Archidona? No, no estaba acusado de ningún delito. Le habían internado allí en noviembre, con otros cincuenta sin papeles, en espera de que un juez resolviera qué se hacía con él. Y se cansó de esperar. Hizo unos nudos en la sábana y en vez de saltar a la calle escapó más lejos y para siempre. Rajoy no debía de haberse enterado. Lo digo por el discurso optimista de fin de año que nos dedicó a los españoles. Ningún problema difícil de resolver, gracias a su buen hacer nuestro país es la envidia de las potencias extranjeras. Tiene gracia. (Cuando murió Franco no lo celebré como habría celebrado que hubiera muerto en la cárcel o en el exilio, pero me alegré por aquellos que podrían volver a España, todos los que llevaban esperando la noticia para regresar a casa desde hace cuarenta años. Debe de ser muy triste que tu desgracia suponga la felicidad de los otros). Los refugiados que esperan entrar en España también se alegrarían de que a Rajoy le fueran peor las cosas, para ellos su fracaso supondría una bendición ¡Qué vergüenza! Un país como el nuestro, que ha dado al mundo tantos desterrados… Quizá esté tan sensible porque he leído estas vacaciones los recuerdos y confesiones de tres escritoras expulsadas de casa: Irène Némirovski, Etty Hillesum y Marisa Madieri. Ninguna de las tres cuentan su larga marcha con demasiado dramatismo, quizá porque la desgracia las atrapó cuando eran aún muy jóvenes, lo suficiente para no renunciar a la esperanza en las circunstancias más adversas. Iréne Némirovski describe en “La suite francesa” la huida de París de riadas de gente. Iban como podían, en coche, en bici o incluso a pie, mientras entraban en la ciudad las tropas alemanas. Conseguir agua o combustible era tan importante como hacerse con algún alimento para resistir. Marisa Madieri en “Verde agua” cuenta la expulsión de su familia de Fiume, la ciudad italiana, cuando pasó a formar parte de Croacia, en 1947. Dice de su situación posterior en Trieste: “Los refugiados continuaron siendo mirados con sospecha, considerados incómodos y extraños (…) y no faltaron tampoco muchos desgarradores adioses de familias que partían hacia Australia como emigrantes, en un segundo y más radical exilio”. Etty Hillesum explica en su diario por qué se siente libre, incluso feliz, en medio de las persecuciones, antes de ser internada en un campo de concentración nazi: “Conozco la represión, la indiferencia, el odio impotente y el inmenso sadismo. Y aún así, en un momento de descuido y abandono, me encuentro de repente en el pecho desnudo de la vida. Sus brazos me rodean muy suavemente, me protegen…” Quizá la condición de mujeres, como tales siempre situadas en los márgenes de la realidad, las hizo más dúctiles a la hora de amoldarse al dolor. Solo regresó Marisa Madieri. Etty e Irène no volvieron jamás, como el inmigrante anónimo de la cárcel de Archidona. Entre los refugiados que ni las concertinas ni las tempestades logren detener en 2018 quizá se encuentre otra mujer con esperanza y con una cuaderno y una pluma, que pueda volver a contar la odisea de los pueblos del mundo ¡Ojalá!

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Canción de Navidad
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Esperanza Ortega | 27-12-2017 | 10:04| 0

La noche de Navidad tuve unas pesadillas horrorosas. Tres para ser más exactos, tres pesadillas en las que se me aparecieron tres fantasmas. El primero de ellos me recordó las navidades pasadas, en un paraje nevado, en donde sin embargo brillaba el sol y se respiraba un aire purísimo; parecía que el cielo hubiera descendido hacia la tierra y lo inundara todo de una transparencia prístina. ¿Se acuerdan de aquella claridad sin polución y de aquella blancura de la nieve cuajada, porosa, en la que los pasos dejaban una huella limpia e indeleble? ¡Ah, aquellas navidades pasadas que no volverán! Me desperté y casi me echo a llorar de nostalgia. Pero volví a dormirme. Y soñé con un paisaje amenazado por terremotos y ventiscas, inundaciones y sequías, ríos a punto de secarse y playas llenas de basura. Ya no nevaba y el sol lucía tenue, como una vela a punto de extinguirse. Me desperté desazonada y recordé que la causa de mi visión era el calentamiento progresivo de la tierra, que unos pocos dirigentes políticos del mundo intentan frenar en el presente y muchísimos científicos advierten que puede dar al traste con la futura existencia del ser humano sobre la tierra. Pero me volví a a dormir de nuevo. ¿Qué podía hacer yo, una ciudadana común y corriente, para solucionar el problema? Nada, nadie me ha dado vela en el entierro del mundo, por eso mismo me convenía seguir durmiendo. Y comenzó mi tercera pesadilla, la más terrible que hubiera podido imaginar. Vi el mismo paisaje lleno de basura, árido y seco, sin una planta miserable, con los troncos de los árboles tronchados por un vendaval de aire sucio y caliente, bajo un cielo negruzco, que no atravesaba pájaro alguno. En el silencio sepulcral oí los pasos de una mujer encorvada que tosía continuamente mientras buscaba entre la basura algo que llevarse a la boca. ¿Quién era esa mujer solitaria? Me acerqué un poco más y reconocí en su mirada algo familiar: era yo misma, en un mundo futuro. Al despertar, en el preciso momento en que la mujer levantaba los ojos del suelo y me miraba sin reconocerme, sentí no haber tenido más tiempo para preguntarle qué había sido de mi familia, de mis amigos, de todos los hombres del mundo. Pero quizá no era yo misma, me dije aliviada, quizá era una descendiente mía que se me parecía como una gota de agua. ¿Agua? En mi última pesadilla no había agua. Era el futuro, del que serían responsables tanto los dirigentes políticos de hoy como los ciudadanos que votaban a esos dirigentes dominados por intereses económicos: un círculo infernal. Y pensé que lo peor de todo era que no había posibilidad de dar marcha atrás como en el cuento de Dickens, porque la complejidad y el poder de la avaricia llegaba mucho más lejos que en el Siglo XIX, cuando el señor Srooge, el protagonista del cuento de Dickens, decidía volverse generoso y regenerar su vida en las navidades futuras. Me quedé pensativa por unos instantes, hasta que decidí encender la radio y la música de un villancico publicitario me ayudó a olvidar las imágenes del sueño. Antes de que desaparecieran del todo, me había preguntado qué sentiría Trump ante estos tres parajes soñados, pero una voz misteriosa me había dicho que Trump no sueña, no sueña, no sueña. Eso era lo más angustioso, oír aquella voz, saber que en cualquier momento puede volver a hablarte la verdad y vas a tener que enfrentarte a ella. Saber que tú sí sueñas todavía.

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La manada contraataca
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Esperanza Ortega | 19-12-2017 | 21:20| 0

No seré yo la primera en señalar que la lucha contra el machismo ha recibido un buen empujón en este año que termina. Es verdad que se siguen dando comportamientos machistas por doquier, pero también es verdad que dichos comportamientos son rápidamente identificados como tales y rechazados, al menos en apariencia, tanto por damas como por caballeros: por ejemplo, empiezan a sumarse tímidamente algunos hombres a las manifestaciones feministas, sobre todo cuando estas tienen por objeto el rechazo a las agresiones a la mujer. Pero el león herido es más peligroso que el que campa por sus respetos como rey de la jungla. Por eso nada de particular tiene tampoco que sea hoy precisamente cuando se den los crímenes más atroces contra las mujeres en forma de asesinatos y violaciones o las dos cosas a la vez. Y también obedece al mismo motivo que sea este año cuando ha surgido un movimiento de resistencia contra las mujeres feministas, es decir, contra todas las que merecen llevar ese nombre. El machismo camuflado se esconde en las redes como Menosphere, que ha nacido con esa única misión, pero también en forma de comentarios anónimos a los artículos que se comparten o incluso emerge en publicaciones con seudónimo con el beneplácito, claro está, de quienes las dirigen y publicitan. Sí, una manada de machistas heridos en lo más hondo se dispone a contraatacar cuando siente que su poder ancestral está en peligro. Como ejemplo de la torpeza de este movimiento de resistencia machista, valga la publicación en la revista de la Asociación judicial Francisco de Vitoria de un texto repugnante para cualquier ser humano, firmado por un tal “El guardabosques de Valsain” y dedicado a denigrar a Irene Montero como política, transmitiendo el mensaje de que la parlamentaria de Podemos ha llegado a estar donde está no por méritos propios sino por haber sido pareja de Pablo Iglesias: “La diputada Montero/ expareja del Coleta/ ya no está en el candelero/ por una inquieta bragueta..”, termina diciendo el magistrado que se cree escogido por las musas. Antes de seguir hablando del tema, quiero aclarar que dicho texto no es un poema ni malo ni bueno ni regular, como lo definen algunos periódicos. No es un poema, es un texto que recoge un conjunto de vulgaridades en verso salidas de la pluma de un ripioso sin arte pero con una inmensa mala leche. De estos personajes todos y todas hemos padecido alguno. Se dan sobre todo entre los ufanos burócratas que sienten que la Historia de la Literatura ha perdido un talento al ignorar sus cualidades poéticas, generalmente jaleadas por familiares y compañeros de trabajo tan cretinos como ellos, que creen sinceramente estar ante un nuevo Quevedo. Algo semejante debieron pensar los que publicaron tales abyecciones, que metafóricamente podríamos calificar como el sucio esperma de un guarro incontinente. Leyendo el texto del anónimo magistrado rememoramos con nostalgia aquellos piropos bárbaros que nos dedicaban algunos albañiles desde los andamios o los obreros que manejaban las grúas callejeras, salvajes, sí, pero mucho más inocentes que estas felonías casposas que se esconden debajo de las togas. Enhorabuena, señorías, se han delatado ustedes como los mejores adalides del machismo hispano. Ahora comprendemos a qué se deben algunas sentencias incomprensibles para el sentido común que salen de los juzgados y que nosotros, por supuesto, respetamos y respetaremos. ¿Y las mujeres jueces y magistradas?, ¿qué decís vosotras?

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.