“La noche no quiere venir/ para que tú no vengas / ni yo pueda ir”. Así comienza uno de los últimos poemas de García Lorca. En los días pasados, se ha publicado el nombre de su destinatario, Juan Ramírez. Pero poco añade a la comprensión de la obra de Lorca este descubrimiento. Sí confirma que sus asesinos mataron a un poeta trágicamente enamorado, consciente de que hasta la noche y el día colaboraban en el asedio a sus deseos más íntimos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, ya leíamos a Lorca. En los libros de texto se comentaba que había muerto durante la Guerra Civil. No había que preguntar las razones de su muerte, por no poner en un aprieto al profesor de Literatura. En privado, las personas de derechas decían que le habían fusilado porque era un “sarasa”, los de izquierdas reivindicaban que su asesinato se debía a razones políticas. ¡Como si no fuera una razón política la rebeldía que supone la homosexualidad! “Pero yo iré/ aunque un sol de alacranes me coma la sien (…) Pero yo iré/ entregando a los sapos mi mordido clavel…”, seguía clamando Lorca en su poema, consciente del peligro al que le abocaba su persistencia en el amor prohibido. En su última carta, que data del 18 de Julio de 1936, le dice a su amante que no renuncie a la vida, que no consienta desandar ni un palmo del camino que han recorrido juntos. Ya se sabe que los enamorados se sienten invulnerables, por eso en el poema, sin idealismo ninguno, afirma su confianza en el poder del deseo: “Pero tú vendrás/ con la lengua quemada por la lluvia de sal (…) Pero tú vendrás/ por las turbias cloacas de la oscuridad…” Aún hoy, cuando las leyes admiten en España la plenitud de derechos de los homosexuales, muchos intentan que regresen a las cloacas donde les espera su lluvia de odio y de desprecio. Todavía hoy, el derecho a que cada uno elija vivir como bien quiera depende del dictamen del Tribunal Constitucional, al que el partido del gobierno se ha dirigido para que derogue la ley que admite el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Y la iglesia católica, que ha ocultado hipócritamente la pederastia de tantos sacerdotes, sigue condenando a quienes deciden proclamar la verdad de su amor. En su última carta, Lorca aconseja a su amante que se enfrente a su situación, que no trate de huir, con una valentía que sobrecoge: “no dejes que el río te lleve. Juan: es preciso que vuelvas a reír. A mí me han pasado también cosas gordas, por no decir terribles”. Desde que Ricardo Corazón de León reconoció ante la corte que durante las Cruzadas había cometido pecados contra natura con sus compañeros de armas, nadie había sido más diáfano en su determinación amorosa. Queipo de Llano contestó a la pregunta sobre la suerte que debía correr el poeta con estas palabras: “que le den café”. ¿Por qué?, hoy siguen preguntando los alumnos: porque era republicano y homosexual y valiente y poeta, y porque no renunciaba a reír y llorar. Eso es lo que hay que contestarles, lo entienden enseguida. Confío en que llegue el día en que a los alumnos les sea muy difícil comprender las sinrazones del general Queipo de Llano. Ese día, los profesores, cuando les pregunten por qué murió Lorca, contestarán con los últimos versos de este poema, que habrá adquirido un sentido pleno y fatal, el que proclama que murió por conquistar la libertad de todos ellos, de todos nosotros: “Ni la noche ni el día quieren venir/ para que por ti muera/ y tú mueras por mí”.
Siempre nos quedará París
Dicen que no se deben sacar las palabras de contexto, para que no se altere su significado. Pero cuando una frase es un hallazgo, con su nuevo sentido, sigue conservando el aura del momento en que se pronunció por vez primera. La frase de Rick en “Casablanca” posee en cualquier contexto un aura resplandeciente de energía melancólica. A mí se me vino a la cabeza en la madrugada del domingo pasado, el día de la Madre, mientras hojeaba una edición troquelada de “El Principito” y veía en la televisión a la multitud que festejaba la victoria de la Izquierda francesa. ¡Qué resplandor!, a esas alturas de la noche, parecía haberse despertado un volcán extinguido. Me acordé de mi madre, que era tan aficionada a todo lo francés. Para ella París, más que una ciudad, era el planeta encantado que siempre soñó con conocer. No fue a París hasta que tuvo más de sesenta años, consciente de que el tiempo de ver la tierra prometida ya había pasado, pero el viaje lo hizo para ratificar que el planeta soñado existía. No, no se crean que mi madre era republicana, le gustaron tanto los jardines de Versalles como la Plaza de la Bastilla. Para compartir su sueño, en los años cincuenta suscribió a sus hijas a Tintín y las llevó a un colegió de monjas francesas. Ya saben lo que pasa cuando intentamos que los hijos hagan realidad nuestros deseos. A mí al menos, ni Tintín ni las monjas me gustaron jamás, como tampoco me gustó Napoleón ni el mariscal Pétein. Pero me gustó Babar y Baudelaire, Brassens, Rohmer, las crêpes, Truffaut, Camus, Perec y Saint-Exupèry. Y aunque no hablo francés, en los libros del método Perrier aprendí la letra de la Marsellesa, que no solo es el himno de la France, sino el himno de la fraternidad de todos los seres humanos. Oui, monsieur, el himno de todos para todos, también para los españoles que veíamos el domingo con envidia cómo vibraba de gozo la dulce Francia. ¿Y mañana? Sin duda la serpiente de la desilusión comenzará a arrastrarse en el momento en que a Hollande dejen de sonreírle las estrellas. Sin embargo, el domingo estábamos con él al principio de un camino, y un camino siempre conduce a la casa del hombre. Estamos vivos, luego todo es posible, y es bueno haber tenido un amigo aunque sepamos que vamos a morir. Esto es lo que cantaba la multitud de la Bastilla, mientras el aeroplano de Saint-Exupèry sobrevolaba por encima de la Torre Eiffel. En su planeta, los avaros contadores de cifras fruncían el entrecejo consternados: ¿la prima de esperanza por encima de la prima de riesgo?. Dirán ustedes que cómo podía yo ver tanto desde tan lejos, y con tanto detalle. El secreto reside en que buscaba lo esencial con los ojos ausentes de mi madre, y lo esencial es invisible, no se ve con los ojos, se ve con el corazón. El domingo pasado, el corazón del mundo volvió a latir al unísono en la Bastilla. Es verdad que al día siguiente vino el de las tijeras a cortar de raíz las flores que habíamos plantado: ¿Cuánto les debemos hoy?, ¿10.000 millones o tal vez 100.000?, ¿cuánto les deberemos mañana? Lo que ustedes digan. Pero apártense a un lado, que no nos dejan ver. Mañana ya negociaremos la donación en pago de nuestras vidas todas. Hoy aún es de noche, y no hemos terminado de cantar la Marsellesa. ¿Es o no es un espejismo? En el peor de los casos, contestaremos con orgullo, envueltos en un aura de indignada melancolía: Oui, ma mére, SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS.
Recital Tagore
Martes, 8 de mayo, 19h.
Casa de la India. C/Puente Colgante 13. Valladolid.
Acto de Clausura de “Universo Tagore”, en conmemoración por el 150 aniversario del nacimiento de Rabindranath Tagore.
Recital poético musical a cargo de José Paz, Carlos Aganzo, Angélica Tanarro, Esperanza Ortega y José María Muñoz Quirós, acompañados por Ido Segal (música) y Mónica de la Fuente (danza).
Zenobia, Tagore y Juan Ramón Jiménez, una relación triangular
(Artículo publicado en “La sombra del ciprés”, suplemento literario de El Norte de Castilla. Sábado 5 de Mayo de 2012)
En 1916, Juan Ramón Jiménez parte rumbo a los EE.UU en un trasatlántico. Ese viaje va a ser una de las experiencias más importantes de su vida. La idea de que los acontecimientos de su biografía tenían una escasa incidencia en su obra es falsa, hasta el lector menos avisado percibe que la poesía de J. R, Jiménez cambia de rumbo en el momento en que, tras aquel viaje, publica “Diario de un poeta recién casado”. Enamorarse de Zenobia Camprubí sin duda transforma su visión del mundo, que en adelante va a estar menos ensimismada, más atenta a la transcendencia de una realidad cuyo conocimiento antes había sido descartado a favor ensoñación. Él mismo señaló también lo decisivo que fue en ese momento la lectura de los poetas de tradición anglosajona que Zenobia conocía desde hacía ya mucho tiempo, pero nadie ha insistido en otra figura fundamental, tan importante para su evolución poética como para su relación amorosa. Me refiero a Tagore, el poeta bengalí. Sabemos que, en el curso de su noviazgo y en los primeros años de matrimonio, la pareja Zenobia –Juan Ramón se dedicaba a traducir a Tagore y hacía de esta labor un acto íntimo y amoroso. Como Francesca y Paolo en el Infierno de Dante, ellos se enamoraron mientras leían un libro, en este caso un libro de Tagore. En 1919, Zenobia le había escrito: “Constantemente ha sido usted nuestro compañero espiritual desde el momento en que comenzamos a conocerle hace cinco años. Ha sido una compañía maravillosa y parece que usted se ha compenetrado en todas las cosas nuestras” Quiero subrayar la primera persona del plural que utiliza Zenobia: “nuestro compañero, las cosas nuestras” Y “compenetrar” significa “penetrar con alguien, al unísono”. Esto es lo que ocurre cuando Zenobia y Juan Ramón traducen a Tagore, que se compenetran entre ellos dos, cuando penetran juntos en su obra. Y al mismo tiempo que se esfuerzan en buscar las palabras en castellano que equivalen a los términos de Tagore en inglés, le hacen penetrar a él con ellos en el territorio lírico español, no como un extranjero, sino como un auténtico poeta andaluz. ¿Acaso traducían del inglés? Sí, a los partidarios de las traducciones fieles, las versiones de Tagore de Zenobia y J. R. Jiménez han de parecerles una herejía, pues Zenobia traducía del inglés los poemas que el mismo Tagore había trasladado a esta lengua desde el bengalí, y de manera nada literal. Además, Juan Ramón aportaba su impronta en el ritmo y la expresión poética, de tal manera que el Tagore que hemos conocido los españoles es un Tagore vertido en los frascos que todavía conservaban el perfume de la poesía de J. R. Jiménez. Y ocurre también lo contrario: leyendo la prosa poética que Juan Ramón escribía en aquel tiempo, notamos una identificación que nos llevaría a hablar de un Juan Ramón oriental, imbuido por la idea de la comunidad entre el hombre y la naturaleza, con un espíritu indú. Elisa Martín Ortega lo ha señalado con acierto en el prólogo a “El ala compasiva”, un libro que mantiene una relación estrechísima con “Luna nueva” de Tagore. En ambas obras aparece la misma visión trascendente de la niñez, e incluso un ritmo en la prosa que quizá el poeta de Moguer no hubiera hallado sin su labor de traductor. No quiero decir con esto que la tarea de Juan Ramón fuera meramente imitativa, sino que él descubrió las posibilidades de su propia sensibilidad al hilo del esfuerzo que hacía para verter al español a Tagore. “ ¿Te vemos sin que tú nos veas, absorto en tus sueños, o nos habías tú visto ya por el borde blanco de una nube negra, una noche de estío, sin que nosotros lo supiéramos?”, le pregunta J. R. Jiménez a Tagore en el colofón de “Luna nueva”. Ortega y Gasset parece contestar a esa pregunta cuando le explica a Zenobia en una carta cómo la lectura de un gran poeta le revela al lector algo de sí mismo que antes ignoraba, y produce la sensación de que expresa algo ya vivido por él. No es extraño que esta carta figure al comienzo de la Antología de Tagore que preparan juntos Zenobia y Juan Ramón. Aunque cuando la influencia de Tagore va a ser más patente en Juan Ramón Jiménez es en sus últimos libros, en la etapa que él llamaba intelectiva o inmanente, cuando el poeta se identifica con lo absoluto, lo eterno y, en definitiva, con la poesía misma. La poesía llega a ser entonces para J. R. Jiménez un dios “deseado y deseante”, ajeno al paradigma del dios judeocristiano. Se ha hablado mucho de la influencia de la filosofía krausista en la conformación de este dios que depende del poeta para existir, pero no se ha hablado lo suficiente de la tradición oriental, y en concreto de la poesía de Tagore, para explicar este encuentro íntimo del poeta con la Poesía. Me refiero al dios que en el poema titulado “La transparencia, Dios, la transparencia” Juan Ramón define como “la luminaria del clariver” y al que describe enredado con él “en lucha de amor”, el dios “de lo hermoso conseguido, conciencia mía de lo hermoso”. Tan semejante al dios que Tagore llama “Señor del silencio, señor de las canciones” y al que se dirige con estas palabras: “Señor de todos los cielos, si yo no existiera, ¿qué sería de tu amor?” El dios de Tagore es el dios de la sed, del deseo, un dios que, como el de Juan Ramón Jiménez, necesita ser mirado y escuchado para que su potencia creadora se exprese. Dice Tagore en el poema titulado “La cosecha”: “Cuando tú vivías solo, no te conocías. Ninguna llamada, ningún mensaje llevaba el viento de una a otra orilla. Vine yo, y te despertaste, y los cielos florecieron con su luz” Les propongo un juego: dirijan estas palabras de Tagore a Juan Ramón Jiménez y verán que tienen sentido. Y viceversa. Entonces, ¿se despertaron ambos poetas al unísono, mientras los cielos florecían?, ¿hasta tal punto llegó la compenetración de ambas escrituras? La contestación a estas preguntas la encontramos en otra frase de la carta antes aludida de Ortega y Gasset. Con su perspicacia característica no exenta de ironía, Ortega le asegura a Zenobia: “Todo gran poeta, señora, nos plagia”.
La rabiosa actualidad de Dickens
Para los aficionados a Dickens, las agencias de turismo han preparado un recorrido por los rincones en los que transcurrió su vida, entre ellos la fábrica de betún en donde trabajaba a los doce años durante diez horas diarias por seis chelines a la semana. Pero se me ocurre que ahora, desgraciadamente, el lector español no tiene que viajar tan lejos para encontrar ambientes semejantes a los que se describen en sus novelas. A Nancy, la amiga de Oliver Twist, podría hallarla hoy en cualquier local en los que se practica la prostitución de menores; al señor Scrooge, el avaro protagonista de “Canción de Navidad”, le hubiera encantado la Reforma Laboral aprobada recientemente; los juicios contra Garzón podrían haber figurado en “La casa desolada” o en cualquiera de las novelas en las que Dickens ironiza sobre la hipocresía de la Justicia, y el cinismo de las autoridades que exigen sacrificios mientras se niegan a que sus emolumentos sean recortados hubiera ocasionado la misma indignación a Dickens que los diputados ingleses a los que denunció cuando era cronista político. Familias en la calle, desahuciadas por deudas, emigrantes enfermos que no serán atendidos en los hospitales…, en fin, situaciones que creíamos que ya no se iban a dar nunca las encontramos al cabo de la calle en la España de hoy. En Valladolid, además, podemos sumergirnos muchas mañanas en una niebla casi tan densa como la que protegía la huida de los niños rateros de sus novelas, cuando eran perseguidos por los gendarmes, con la ventaja añadida de que su ayuntamiento ha aprobado una ordenanza propia de las novelas de Dickens: la de multar con 1500 euros a los pobres que piden por la calle. Londres y Valladolid, ¿la misma historia en dos ciudades?. Por eso me parece redundante que en la Feria del Libro se haya organizado la actividad “lúdica” llamada “La banda de Fagín”, en la que los niños son invitados a disfrazarse de rateros, emulando a los personajes de “Oliver Twist”, en una ciudad tan dickensiana de por sí. Aunque la mayor coincidencia entre nuestro tiempo y el de Dickens es la ideología utilitarista de Malthus, que ambos comparten, y a la que el autor de David Copperfield no dudó en calificar como economía inhumana. Sí, la rabia contra la injusticia no surgió en nosotros de la lectura del Manifiesto Comunista, anidó en nuestras almas mucho antes, en los largos inviernos de la infancia, mientras las lágrimas se deslizaban por nuestras mejillas hasta llegar a humedecer las páginas de un libro de Dickens. El poder de conmoción de la lectura consiste precisamente en eso, en hacernos gozar incluso de lo que nos atormenta. Imaginen a alguien que penetra en un recinto incendiado, fascinado por el resplandor del fuego, aguantando el ardor de las llamas. Ése es el lector de Dickens, se le conoce por el resto de ceniza que guarda siempre en su corazón. Parecerá paradójico, pero es lo mismo que les sucede a los enamorados. Todos sabemos que el amor incluye el sufrimiento, pero nadie desea morir sin haberlo probado, ¡y cuántos reinciden!. Si aún no ha disfrutado de ese placer, lo tiene muy fácil: baje a la librería y compre un libro de Dickens –esta semana le harán un descuento-. Luego suba a su casa y disfrute de nuestro amigo común. La lectura es uno de las escasas situaciones apacibles que están al alcance de cualquiera también en los tiempos difíciles, incluso cuando parece imposible concebir grandes esperanzas.
Conferencia “La memoria en la literatura”
Viernes 27, 8 tarde
Conferencia de Esperanza Ortega: “La memoria en la literatura”
Salón de Actos del BBVA – Valladolid C/ Duque de la Victoria nº 12
El tic-tac del patriarca
Medir el tiempo, ¡qué manía! Me refiero a medirlo con la exacta rotundidad de los modernos relojes. Muy distinto era el gesto del campesino que con un palito calculaba las horas de sol, o de la abuela que rezaba un credo para saber si el huevo pasado por agua estaba en su punto. La medida del tiempo se convirtió en una necesidad con el nacimiento del sistema capitalista. Fue entonces cuando el tiempo de trabajo se comenzó a intercambiar por un salario, y el burgués tenía que saber cuántas horas debía; fue cuando a la vida se la puso precio. Y desde ese momento, el tiempo corre a favor del usurero: cuanto más tiempo, más interés. “Reloj, no marques las horas….”, dice la canción. Esto bien lo entiende el hipotecado. Por algo los mejores relojes de pulsera son los relojes suizos. En Suiza se inventaron las tres armas del capitalismo: el reloj, el dinero y las cuentas opacas. Pero los que regalan a un niño un reloj en la Primera Comunión no saben que le inician en la propiedad del tiempo y que le arrebatan a la irresponsablidad gratuita y sagrada de la infancia. “Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire”, decía Cortázar, y con cuánta razón. ¿Para qué nos sirve el reloj?: a la mayoría para no llegar tarde al trabajo, a los militares de ahora, para calcular en qué momento exacto hay que disparar el misil. Los relojes no tienen alma, el tic-tac del reloj nos engaña cuando imita el latido del corazón. ¡Ay de aquel que mira de soslayo el reloj mientras abraza a su pareja! No saber en qué hora se vive es la mayor muestra de libertad, del sano desorden que solo se disfruta durante las vacaciones, cuando la imperturbable rigidez de las agujas es sustituida por la saludable flexibilidad de la luz. Por eso nos parece tan antinatural que el reloj continúe su cuenta de noche, sin respetar la tregua del sueño que nos ofrece la oscuridad . El tictac del reloj no nos deja dormir. Y el despertador nos devuelve desde la eternidad a la vida presente, hipotecada. Cuando nos despierta, volvemos a ser cucos atrapados por los haberes y los deberes. Gorki, el gran escritor antisistema, también reflexionó sobre el poder de los relojes: “La aguja camina, y, sin retorno, la vida reduce segundo a segundo del tiempo otorgado a cada uno de nosotros, un segundo que jamás volverá. (…) Cómo vivir, cómo saberse indispensable, no perder toda fe y todo deseo, cómo hacer para que ningún segundo pase sin que haya conmovido el corazón.” Y sin embargo, muchos hacen de los relojes la enseña de su bienestar, y convierten en joya el artilugio que mide el tiempo que les acerca a la muerte. Ahí tienen al mismísimo patriarca de la Iglesia Ortodoxa de la Santa Rusia, con el problema de su reloj de 30.000 dólares. Dijo que era un regalo (¿quizá de Putin, su benefactor?) y que nunca lo usaba, pero los internautas se lo han descubierto en una fotografía en que está leyendo la Biblia. Ya no se ve el reloj, que enseguida borraron de la foto, sino la sombra que proyecta sobre su escritorio. El milagroso potochoc no había previsto la sombra culpable que delata que el reino del patriarca sí es de este mundo. No solo por la horterada escandalosa del dineral que vale, sino porque delata que no es capaz de sustraerse a las mezquinas leyes del presente, incluso mientras lee la palabra de Dios. Sí, la sombra del oro camuflado revela su impostura, el tic tac invisible corrobora que el patriarca y su Iglesia tienen las horas contadas.
Sobre Catalina Montes
“Lágrimas”, de Catalina Montes.
(Texto leído en la Presentación del libro, el 20 de Abril de 2012, en la Fundación Segundo y Santiago Montes de Valladolid)
Es muy difícil para un poeta llegar a la altura de su obra, por eso conocer a los autores suele decepcionar las expectativas del lector. En el caso de Catalina Montes sucede lo contrario. Los que la conocisteis sabéis que es casi imposible que un texto esté a la altura de la poesía que su vida derramó entre vosotros. Sin embargo, este libro, “Lágrimas” –así se titula- lejos de decepcionaros, os va a asombrar.
En primer lugar, os cuento cómo llegó a mis manos: Catalina me entregó sus “Lágrimas” algunos años antes de su muerte, después de que muriera su sobrino Eduardo, a quien dedica el libro. Lo hizo muy discretamente, con la promesa de que no lo daría publicidad. De hecho, nunca quiso leer sus poemas en público, y se negó tajantemente a publicarlos. Quería que yo guardara sus poemas, después de manifestarle mi opinión sobre ellos. Así lo hice. En una primera lectura percibí la huella de la cadena de desapariciones de buena parte de su familia: su hermano Segundo, asesinado en El Salvador, Santiago, Elisa, Cristina, Pilar y, por último, Eduardo… No hacía falta que aparecieran sus nombres ni ninguna otra anécdota. La poesía tiene este poder, el de trasmitir la emoción y la verdad de un sentimiento sin abrir el cofre invisible en donde se guarda.
En mi atalaya,
cercada por la muerte,
tengo la luz
de atardecida, el cielo
y el canto que me nace.
Esto dice el primero de sus poemas, su primera lágrima. Está escrita desde la distancia suficiente para observar a su enemiga, la muerte, y poder hablar de ella. Nos imaginamos a la pobre Katy, a la pequeña Katy, asediada por una presencia tan feroz. Pero enseguida nos muestra sus dos escudos: la luz y el canto, el canto que nace de ella misma, como nace del tallo una flor.
Así de claros son todos sus poemas. Poemas breves, de cinco versos cada uno, escritos en un lenguaje tan sencillo como misterioso. Misterioso porque nunca acaba de contarnos nada, claro porque nada oculta, porque no se esconde bajo ningún disfraz. Decía Juan Ramón Jiménez, en un aforismo que la poesía de Catalina Montes corrobora: “Para los oscuros tengo lo claro, para los claros, lo secreto”. Son, pues, poemas sencillos, misteriosos y tristes, muy tristes. La tristeza todo lo preside, y el poema es la lágrima que encarna la tristeza, la palabra que se derrama en el silencio, atenta a la exigencia del dolor, como expresan estos versos:
En pie, acosada
por ladrillos de muerte
-Todos idos-
me grita su reclamo
más alto que el aullido
Cuando le comenté a Katy lo que me parecían sus poemas, recuerdo que asocié sus lágrimas a las perlas. A ella le gustó esta metáfora, aunque fuera tan manida. Me acordaba yo de un cuento en el que una pobre leñadora lloraba desconsoladamente sin percatarse de que las lágrimas, mientras corrían por sus mejillas, se iban convirtiendo en piedras preciosas. Esa es la metamorfosis propia de la poesía, su poder de transformación, que domestica el horror y acaba por hacerlo codiciable. La imagen remite también al sufrimiento de la ostra, que atesora en la oscuridad el dolor que la oprime y convierte el sufrimiento en perla. Cada una de estas lágrimas –le decía entonces a Katy- está engarzada por la música del poema, y juntas conforman una figura que todavía no se ve con nitidez. No eran únicamente quejas, eran algo más que ni siquiera ella veía desde su atalaya, como tampoco la leñadora veía lo que derramaban sus ojos nublados por la angustia. Habría que preguntarse qué sentido conformaba el engarce de tantas lágrimas vertidas. Pero Katy no podía demorarse mucho tiempo en su atalaya. El mundo la reclamaba para que acudiera en su auxilio. Aún cuando las perlas no acabaran de conformar el collar del sentido. A esa pregunta por el significado, Katy contestaba como Antonio Machado: “¿Dices que nada se crea? No te importe, con el barro de la tierra, haz una copa para que beba tu hermano”. Ella había encontrado el sentido de su vida en la urgencia de saciar la sed de los otros, con esa visión cristiana de que las obras valen más que las palabras. Así llenó su vida, así consiguió mantener siempre fresca la flor de su sonrisa. Pero la respuesta a la pregunta sobre el caos, sobre absurdo de la muerte seguía sin producirse. Y Katy seguía buscando a tientas en el orden paradójico, a un tiempo sensual y trascendente, de la poesía:
Mi tacto busca
y busca mi mirada
lo que han acariciado
tus ojos y tus manos
lleno de ti sin ti.
Yo tampoco entendía aún que su obra estaba incompleta, y que esa cualidad asimétrica era consustancial a su significado, que solo iba a hallar su simetría, sólo se iba a completar cuando la muerte la visitara a ella misma. Entonces es cuando todas sus lágrimas engarzadas se cerrarían conformando el sentido completo, más allá de la manifestación del dolor.
Al recibir la noticia de su muerte, cuya proximidad ocultó con el mismo secreto que sus versos, recibí también una carta suya en la que, además de añadir los poemas finales, expresaba su deseo de que el libro saliera a la luz. Esta publicación es, pues, el último mensaje de Catalina Montes. Y es un mensaje no en vano cifrado en la lengua del poema, con toda su valentía y toda su soledad. En la última parte del libro, la titulada “A solas tú y yo”, la que añadió en sus días finales, Catalina dialoga directamente con la muerte, mirándola a los ojos. Sabíamos que Katy era valiente, pero nos sigue asombrando que fuera capaz de enfrentarse a la muerte con las palabras solas, desnudas. Nadie que no sea muy valiente se atreve a hablarle a tal adversario. Y nada más que una verdadera poeta lo hace con las palabras precisas, sin renunciar a la música del verso:
Y aquí estamos tú y yo.
¿Qué deseas?, ¿qué esperas?,
¿ayes?, ¿lamentos?,
¿estar aquí conmigo?,
¿o tan solo silencio?
Hay una afirmación de poder en el gesto de la mujer frágil, enferma, que, sin embargo, no se encoge, no desciende, y sigue firme en su atalaya, enérgica, tras el escudo de la poesía. Entonces repite el primer poema del libro, iluminado por la misma luz, pero con la diferencia de que ahora el canto no está naciendo, sino negándose a morir :
En mi atalaya
cercada por la muerte,
tengo la luz
de atardecida, el cielo
Y el canto que no muere.
Quiero aclarar algo muy importante para entender este libro: el poder del canto no solo reside en la mágica exactitud de su lenguaje, sino sobre todo en el misterio de la bondad. La bondad es el arma que hace fuertes a los frágiles, y que consigue enmudecer a la muerte misma. Es verdad que el dolor que Katy ocultaba detrás de la sonrisa con la que cubría su tristeza, está en el origen de cada una de sus lágrimas; pero el encanto de cada poema reside en algo más: en el amor profundo, rayano en lo sublime, que ilumina sus versos con un aura de promesa.
Desde su atalaya, Catalina veía crecer una flor hermosísima que nunca se decidió a cortar, hasta que la muerte lo hizo por ella. Aquí pervive ahora su perfume, entre las páginas de su libro. Dije hace un momento que éste era el último mensaje de Katy Montes. Pero ahora pienso que es algo más, es Katy misma derramada en palabras, ofrecida en la mesa en la que leemos su libro, una mesa que ella nunca hubiera consentido en elevar a la dignidad de altar. Es la misma Katy la que se nos ofrece sonriendo al abrir sus páginas, mientras nos insiste tan generosa como obstinada: “Tomad y comed….”.
Nos lo dice sonriendo porque sabe que con este gesto acaba de esquivar el peor golpe de la muerte: la soledad. Nos lo dice en sus últimos versos, al enunciar la buena compañía que la protege y la arropa:
Cuidados infinitos
de familia y amigos
la bendición de mis ancianos
el amor de mis pobres.
Solo me queda un detalle para terminar: ¿os habéis dado cuenta de que a este último poema le falta un verso? Y le falta también a la enumeración de la compañía protectora otro elemento fundamental: el lector, los lectores. Entre sus ancianos, entre sus pobres, entre la familia y los amigos, asoma este nuevo huésped. Los ojos del lector son los últimos invitados a la cena, pero los más importantes, porque han de realizar la metamorfosis de las lágrimas en perlas mientras leen sus versos. Ellos serán los encargados de recoger las palabras vertidas por la poeta que fue y que será siempre Catalina Montes.
Presentación de “Lagrimas”, de Catalina Montes
Viernes, 20 de abril de 2012 | 20 horas| Fundación Segundo y Santiago Montes
Núñez de Arce, 9 – 47002 Valladolid Teléfono: 983 304 979
Intervendrán los escritores ESPERANZA ORTEGA, que ha estado al cuidado de la edición; y CÉSAR AUGUSTO AYUSO, director de la colección Cálamo Poesía. La actriz RUTH RIVERA leerá los poemas del libro.
Ediciones Cálamo. Cardenal Almaraz, 4 – 1o F | 34005 Palencia | Tel. y fax: 979 701 250 calamo@ecalamo.com

