¡Aúpa Atleti!

 

Según la semiótica, el significado no está en los hechos mismos, sino en la manera en que la mente humana aprehende estos hechos. Quizá a usted le parezca confusa la frase, pero la entenderá cuando lea esta columna. Vladímir Propp analizó las leyendas populares, estableciendo una serie de personajes prototipo: el héroe protagonista, el antagonista felón, el objeto de búsqueda y la salvación final. El héroe de leyenda suele partir en desventaja, mientras el antagonista felón adolece de la soberbia ventajista. Que el poderoso venza es lo habitual, entonces no hay leyenda ni heroísmo ninguno. Pero si gana el desposeído es porque la fuerza de lo sagrado se pone de su parte, y estamos ante la victoria del bien sobre el mal. Ya tenemos relato memorable. Los niños lo saben sin necesidad de que se lo expliquemos, porque está escrito en el cerne de nuestra corteza cerebral, con la tinta de la sangre del corazón humano. Así ha sido desde el principio de los tiempos, no viviremos con emoción ninguna historia que no reproduzca este esquema simbólico. Pero necesitamos también un antagonista que posea los atributos de la felonía. Ahora piense en el partido de fútbol del Real contra el Atlético, del Atlético contra el Real. El Real poderoso en demasía, con jugadores que cobran millonadas y un entrenador soberbio y faltón. ¿No es Mouriño el antagonista perfecto para que su derrota sea la victoria de todos? Bien es verdad que Cristiano Ronaldo es un goleador nato, pero su soberbia dota a sus acciones de un deje egoísta, y el héroe ha de representar el espíritu de la comunidad. Los goles de Ronaldo son sus goles, no dan satisfacción a los anhelos de un público al que solo utiliza como comparsa. Enfrente, el Atlético: entrenador y jugadores discretos, generosos y apasionados. Y un público entregado, fiel hasta en los momentos más difíciles. El heroísmo en estado puro. Esto explica el que el viernes pasado, excepto los realistas más recalcitrantes, todos estuviéramos con el Atleti, incluso los que no entendemos ni jota de fútbol, incluso los que sospechamos que su directiva será tan infecta como la de cualquier club de su categoría. Que hubiera ganado el Real no hubiera supuesto hazaña ninguna, mas la victoria del Atlético supuso que el relato tuviera un final feliz. Así son las cosas, como nos explican los estructuralistas: “el significado no está en los hechos mismos, sino en la manera en que la mente humana aprehende estos hechos”. Los dos contrincantes eran madrileños y tarareaban el himno al unísono, pero los atléticos murmuraban entre dientes: “Sí se puede”, que es el nuevo slogan de los que resisten contra viento y marea. ¡Claro que sí se puede!. He oído que la editorial Panini vende hoy más que nunca los cómics clásicos de superhéroes, y es que en España más que nunca necesitamos apoyarnos en conductas heroicas. Enfrente tenemos a Wert y a Mato, a Botella y a González, que escandalizarían al mismo Juan sin Tierra si Robín Hood campeara aún por los bosques. He oído también que en el INEM arrinconan a los parados sin ayuda ninguna, impidiendo que lleguen a ellos las ofertas de trabajo. Oigo ignominias por doquier cada día, a cada hora, hace un minuto, en este mismo instante. Por eso necesito, necesitamos recordar que los héroes pueden hacer realidad la utopía. Y la utopía no se vende, se defiende, igual que Courtois defiende su portería: como un valiente. Así que si usted es más utópico que realista, celebre con Neptuno el triunfo de los héroes. ¡Aúpa Atleti!

Un santo despistado

 

Todos los años, al llegar el 13 de Mayo, fiesta de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid, me digo que un día voy a escribir una columna sobre el santo. Y hoy es ese día. Nació muy cerca de donde yo vivo y además era franciscano, la orden más respetable entre las católicas. Mi interés por el personaje procede de la lectura de “Vida de San Pedro Regalado. Sueño”, de Francisco Pino, una de sus obras mejores. No es en absoluto una hagiografía al uso, como podría imaginarse el lector que no conociera a Pino. No, es uno de esos libros religiosos que disfrutan casi en exclusividad los no creyentes, como “El Cantar de los cantares”, “Las florecitas de San Francisco” o el “Libro de mi vida” de Teresa de Ávila. Estos libros son los auténticamente religiosos y universales, lejos de la beatería y del dogmatismo. En “Vida de San Pedro Regalado. Sueño”, Pino nos presenta a un santo labrador y místico, apegado a la tierra que pisa, pero con la mirada puesta en la altura, una especie de paréntesis entre el cielo y la tierra. El milagro que prefiere referirnos el poeta es el de la travesía por el río Aza, que realizó Pedro sobre su capa, acompañado de su mula, sin darse cuenta de lo que hacía, acelerado como estaba porque iba a llegar tarde a rezar a la Iglesia. “Mientras el Aza pasaban / ¿qué la mula pensaría?”, se pregunta el poeta. Porque el mayor misterio reside en esa mula que acompaña a su amo sin poder explicarse lo que sucede, “toda ciencia trascendiendo”, como diría Juan de Yepes, más conocido por San Juan de la Cruz. Sin embargo, tomando como excusa otro de sus milagros, alguien que no merece la pena recordar tuvo la estúpida ocurrencia de nombrar a San Pedro Regalado patrón de los toreros en el año 1953. Sí, señor, así como lo oyen. Lo nombran patrón de los toreros porque amansó a un toro que se había escapado de la plaza y amenazaba con cargarse al personal que lo perseguía. Y Pedro, confiado en su afinidad con la bestia, en esa correspondencia poética que existe entre todos los seres inocentes, logró que se tendiera a su lado, para dejar luego que se fuera libre a pastar por los campos. Lejos estaba Regalado de clavarle una estocada a traición, tras haberle engañado con el capote. No solo lejos, sino en las antípodas de los matadores de toros y de sus aficionados. Pero las autoridades, cenutrias y garrulas fueran civiles o religiosas, no repararon en ese detalle. ¡Y menos mal que no le declararon patrono de las fiestas del Toro de Vega! Esto me recuerda a aquellos palurdos de Huelva que, para celebrar el que le hubieran dado el Premio Nobel al autor de “Platero y yo”, decidieron matar un burro y comérselo en honor de su compatriota, más o menos por los mismos años en que a Pedro Regalado se le adjudicaba el patronazgo taurino, en pleno franquismo. He oído que los internautas vallisoletanos, con más tino que sus predecesores, quieren nombrarle su patrón por la cualidad de bilocación que poseía, y que le permitía estar en dos conventos a la vez, ¡Y ese sí es prodigio memorable! Aunque nadie le honrara más que San Francisco Pino, que compartía con él la cualidad de ser feliz y despistado, absorto en la contemplación del cielo azul de Castilla, atento siempre al milagro oscuro y resplandeciente de sus benditas noches estrelladas.

Parábola del barquero

 

“Al pasar la barca/ me dijo el barquero:/ las niñas bonitas/ no pagan dinero…” Esto decía la canción infantil, con ella aprendimos que no debíamos fiarnos de los desconocidos que nos ofrecían ventajas por nuestra cara bonita. Era algo que iba quedando impreso en nuestro subconsciente mientras saltábamos a la pata coja. En el colegio aprendíamos a hacer cuentas y a leer y a escribir, pero no nos procuraban enseñanzas como esta, que pertenecían a la sabiduría popular. También aprendimos “por libre” que no había que fiarse de los bancos porque estaban allí para robarnos el poco dinero que teníamos. Eso lo sabía todo el mundo, por tonto que fuera, igual que sabíamos que había que comer con cuidado el pescado para no atragantarnos con las espinas y que había que leer un contrato antes de firmarlo. Luego cambió la vida. Los niños ya no cantaban en los parques, y sus padres acudían a los bancos a firmar documentos que no entendían, porque se fiaban de esa gente tan bien vestida que les daba dinero a espuertas sin pedir nada a cambio. Sólo los más desconfiados siguieron sin fiarse del barquero que les ofrecía subir en su nave sin pagar el pasaje, a cambio de que le echaran una firmita. Todo fue bien mientras la mar estuvo en calma, pero hete aquí que comenzó la borrasca y el barquero se puso nervioso. Vino la tempestad y la embarcación amenazó con hundirse. Había que arrojar lastre y lógicamente comenzaron por los que viajaban en cubierta. Unos pocos, luego más, hasta acabar con todos. Era preciso para que la nave no se fuera a pique. Al barquero no le gustaba tirar por la borda a tanta gente, pero tenía que cumplir con su obligación, había que proteger a los que dormían en los camarotes con sus pesados baúles llenos de monedas. Entonces empezaron los problemas: la chusma llegó a irrumpir en el espacio que les estaba vedado con gritos insultantes. Su clamor amenazaba con perturbar la placidez de la siesta de los viajeros de primera. ¡Y en esos camarotes también había niños! Ante tal escándalo, la tripulación tuvo que actuar contra los que se negaban a aceptar la imprescindible necesidad de ser sacrificados. Como era inútil tratar de explicarles la matemática inevitable que obligaba a rebajar paulatinamente el peso de la nave, porque carecían de las mínimas nociones de náutica, se buscó una solución para aminorar el dramatismo de la situación. Y quedó prohibido por decreto llamar a las cosas por su nombre. Al mar se le llamó “inmensidad de húmedo elemento”, y al ahogado “individuo aquejado de la interrupción de vías respiratorias”. Pero aún así seguían escuchándose los gritos cuando los violentos se agarraban a la barandilla con intención de desestabilizar la embarcación, tras ser arrojados al húmedo elemento y antes de perecer con las vías respiratorias interrumpidas. El timonel clamaba contra las averías heredadas de los barqueros anteriores, mientras la chusma buscaba la llave de la caja donde había guardado sus pobres enseres y algunos ahorros con los que hubiera podido procurarse chalecos salvavidas. Al grito unánime de “¿dónde están las llaves?”, la tripulación respondía tarareando con sorna otra canción olvidada: “en el fondo del mar/ matarile rile rile/ en el fondo del mar/ matarile rilerón”. Y lo peor de todo es que ni siquiera el timonel sabía cuál era su destino…

Contra toda esperanza.

 

Una madre encarga una tarta en la que figure el nombre de su hijo, que cumple ocho años al día siguiente.  La mañana misma de su cumpleaños, el niño es atropellado y cae en un coma del que no volverá a despertar. Es el argumento de un cuento de Raymon Carver. Cuando lo leí, me admiró el talento de Carver para hacer verosimil  una historia tan inconcebible como atroz. ¡Precisamente el día de su cumpleaños! Sin embargo, cuando supe que un niño había muerto en la Cabalgata de Reyes, pensé que me encontraba ante un suceso tan inverosimil como el del cuento, y mucho más atroz, al ser real. Y lo sigo pensando, no porque este suceso demuestre que Dios no estuvo donde debía estar –únicamente en su ausencia puede morir un niño de ocho años-, sino porque revela que su lugar lo ha ocupado un ser malévolo: el que sea atropellado por una carroza parece obra de un designio, no puede deberse al azar. Pero en el cuento de Carver, la tortura continúa: mientras la madre espera angustiada a que el niño vuelva en sí, alguien llama al teléfono insistentemente  para reprocharle que haya olvidado el cumpleaños de su hijo. Una vez muerto, descubre que aquellas llamadas inoportunas eran las del pastelero, que llevaba esperando tres días a que fuera a recoger la tarta. Cada noche de Reyes -pensé- su madre escuchará los comentarios sobre la felicidad de los niños con la misma angustia que la madre del cuento escuchaba la voz del pastelero, todo lo que digamos o escribamos sobre la ilusión infantil caerá como un dardo sobre su herida abierta. Hace unos días me enteré de que la madre había muerto también, un desenlace lógico a una historia sin salida. ¿Cómo terminaba el cuento de Carver? Volví a leerlo, no lo recordaba: la misma noche de la muerte del niño, los padres van a la pastelería determinados a descargar su ira contra quien les torturaba con las llamadas telefónicas. El pastelero, consternado, se disculpa y les pide que se sienten y hablen con él, y juntos van descubriendo la falta de sentido de sus vidas. La charla se prolonga hasta el amanecer, y el pastelero saca los bollos del horno. Una especie de acompañamiento solidario en la desdicha les empuja a comer, aunque solo sea para ponerle a la muerte las cosas más difíciles. Para eso vale saber hacer bollos, para ofrecérselos a unos padres desesperados que deben vivir, contra toda esperanza. “Contra toda esperanza” es el título de las memorias de Nadiezhda Mandelstam, la esposa del poeta ruso que murió de frío en el gulag de Siberia, y cuyos poemas ella conservó siempre en la memoria. Eso es lo que tiene la literatura, que a diferencia de las religiones no ofrece soluciones al enigma de la muerte, pero ofrece el consuelo de la conversación sobre el sinsentido de la existencia: escritor y lector sentados a la misma mesa. Como el pastelero ofrecía sus bollos, Carver nos ofrece su relato, a todos, porque todos somos condenados que necesitan compañía. Para olvidar nuestra condena, inventamos historias como la de los Reyes Magos, con las que disfrutamos tanto como los niños. Para eso mismo inventan los escritores sus argumentos, por terribles que sean. ¿Imaginan cómo escribiría un niño huérfano su carta a los Reyes, aún sabiendo que no iba a recibir regalo alguno? Seguro que con la misma ilusión y cuidado con que Carver escribía su cuento y el pastelero preparaba sus bollos. Por eso escribo yo esta columna, y por el mismo motivo se labran con cuidado los epitafios sobre las piedras de las tumbas, contra toda esperanza.

Salir corriendo

 

Siempre me ha gustado ver correr a la gente. Y de todos los deportes olímpicos el que me fascina es la carrera. Fue una revelación que tuve al ver correr a Carl Lewis con esa elegancia aristocrática que heredó de sus antepasados africanos. Correr es el primer deporte que practicó el homo sapiens, la prueba es que también es el primero que practican algunos niños, los que corren antes de aprender a andar, como si tuvieran prisa por conocer el mundo. Y la carrera es un sucedáneo del vuelo, suprema aspiración del ser humano. ¡Ah, si la vida no fuera un camino, como la definía Manrique, sino un firmamento sin caminos!, ¡qué cerca nos sentiríamos de la eternidad!. Tan cerca como estuvo de ella  “Caballo Blanco”, el corredor menos solitario de todos los que han pateado la faz de la tierra. Se llamaba Micah True y nació de Colorado. El nombre de “Caballo Blanco” se lo pusieron los indios Tarahuana, que fueron los que también le pusieron las alas en los pies –corría descalzo, como ellos, porque las alas no caben en los deportivos-. Y a este Aquiles americano no hubo quien le parara desde entonces, para él la carrera fue una forma de vida. Nunca alcanzó una meta suficiente, porque su afán era el horizonte mismo, siempre más allá. “¡Libre para correr!”, este era su lema. Y a Caballo Blanco le llegó su hora mientras hacía un alto en el camino, en la Frontera de Mexico y Arizona. Le encontraron tendido con los pies dentro del agua, a la orilla de un río, sonriente, como si hubiera alcanzado el descanso definitivo en el lugar más apropiado, quizá porque sabía que las vidas todas al fin desembocan en un mismo mar. “Caballo Blanco” organizaba anualmente la Ultramaratón de Barrancas del Cobre, que consistía en recorrer 80 Km sin descanso, cada uno a su ritmo, entre desfiladeros y poblados indígenas. Él mismo dijo sobre este maratón atípico: “mientras algunos están en guerra en el mundo, nosotros nos reunimos en lo más profundo del cañón para compartir con los nativos, comer, reír, bailar, correr y traer la paz”. ¿Qué hubiera dicho Caballo Blanco al enterarse de que alguien había tenido la idea de sembrar la muerte en Boston, mientras se desarrollaba un maratón? Seguramente hubiera guardado silencio, consternado e incrédulo. Porque tanto para Caballo Blanco como para los indios Tarahuana la carrera era una forma simbólica de escapar de la muerte, que solo atrapa a los que se cansan de correr. Y también les hubiera parecido una canallada, porque el corredor es el más indefenso de los hombres. Sí, me refiero a la carrera a pelo, no a la carrera de coches, de motos o caballos. Estas son al deporte lo que la artillería a la lucha cuerpo a cuerpo: la muerte de la épica, la ausencia de heroísmo. Así lo veo yo. La bomba de Boston convirtió la tierra, en la que los corredores apoyaban los pies con vocación de vuelo, en hoyo donde enterrar despojos. Ante hechos tan espantosos solo podemos hacer mutis, tras atender a los heridos y enterrar a los muertos. Dan ganas de echarse a correr, como Caballo Blanco, en busca de los indios tarahuana. A esta meta ha llegado la historia humana en su carrera por el dominio de la naturaleza, hasta convertirse en depredador de su propia especie, en una suerte de canibalismo anoréxico, que ni siquiera aprecia el cuerpo de sus víctimas, porque no las conoce ni las ha deseado. ¡Qué quieren que les diga! Para salir corriendo.  

El lugar ameno

 

“Locus amoenus”, así lo llamaban Teócrito y Virgilio, al paraje agradable que nos ofrece la naturaleza. El lugar ameno era un trocito de Paraíso, rescatado de este valle de lágrimas: tranquilidad y hierba fresca, árboles que den sombra y el canto no aprendido de los pájaros. En un jardín tan agradable como este, contaron sus relatos los narradores del Decamerón, pues el locus amoenus invita tanto a la meditación como a la charla. En otro lugar ameno, a la orilla del Tajo, los pastores de Garcilaso se hacían confidencias, mientras las ovejas escuchaban sus cuitas: “Corrientes aguas puras, cristalinas,/ árboles que os estáis mirando en ellas, /verde prado de fresca sombra lleno, /aves que aquí sembráis vuestras querellas…” ¿Puede existir un locus amoenus en una ciudad hostil como Valladolid? Ya sé que están esperando que conteste que no, pero –mira por dónde- esta vez se equivocan. Sí que lo hay. Y está en pleno centro, no a la orilla del Tajo, sino en la rivera del Pisuerga. No se disfruta allí de la compañía de las ovejas, como en la poesía bucólica, sino de la de los perros que corretean tan felices como los que habitaban el Edén. No, no lo he soñado. Y no me refiero tampoco a la parcela privada de una urbanización carísima, de esas en donde se refugian los políticos que temen los escraches. Les estoy hablando del parque canino que usted mismo se encontrará si baja a las Moreras, a la altura de la Plaza de Tenerías, al lado de la caseta y presidido por la secuoya centenaria. Es verdad que no hay banco donde contar cuentos ni fuente de aguas cristalinas, pero hay algo de hierba y unos cuantos olmos y castaños de Indias, y sobre todo libertad para que los perros, obligados a ir atados con sus correas infames, correteen alegres; y tranquilidad para que sus amos los contemplen sin el temor a las cuantiosas multas con las que, en el resto de la ciudad, les amenazan lo municipales. El locus amoenus corresponde al periodo renacentista, cuando la cultura teocéntrica cristiana, que consideraba la vida como un breve camino de sufrimientos, es sustituida por la cultura humanista, que entiende el mundo como un paraje agradable, con recodos amenos, hechos a la medida de los seres humanos. Da que pensar que sea el parque canino el rincón más humano de la ciudad de hoy, que sea el lugar acotado a los animales el único donde el hombre no se comporta como la bestia contra el hombre, mientras los brutos disfrutan en su inocente merodeo. Allí se dedican a labores tan inofensivas como olisquear hierbajos, correr detrás de un palo o de una pelota o jugar con una botella de plástico vacía. Y detenerse, de trecho en trecho, a mirar hacia el más allá, moviendo el rabo, mientras se escucha el canto de un pájaro cercano, o a revolcarse en el suelo, lamiendo orejas y pezuñas. No son grandes cosas, pero son las suficientes para que haya un oasis en el desierto urbano. Se lo recomiendo, es gratis, como lo es el aire y como debería ser la tierra entera. Hoy es esta reserva que nos han acotado, rodeada de vallas de madera, la que nos permite respirar tranquilos. Esperemos que el hombre tarde en convertirla en un muladar de cristales rotos, trifurcas, prohibiciones, envases y porquería por doquier. Ese día buscaremos otro locus amoenus donde comentar lo sucedido, mientras los perros nos contemplan perplejos, sin entender por qué sufrimos tanto los humanos, en días primaverales como estos, cuando el sol sale para todos y a todos nos bendice con su amena caricia.  

La emperatriz de las violetas

¿Tendrá algún significado que hayan muerto a un tiempo Sara Montiel y Magaret Thatcher?. Así ha sido, aunque halla entre ambas la misma distancia que entre el agua y el vino. No voy a ocultar la profunda antipatía que profeso a la Dama de Hierro, y el respeto y cariño que tengo por la la Dama de Carne y Sueño, primera siempre, que fue y será Sara Montiel por los siglos de los siglos. Al entierro de la mandona inglesa, “la roba-leches” –así la llamaban porque su primera medida política fue suprimir la leche que daban a los niños en las escuelas públicas- acudirán todas las autoridades europeas; a aplaudir el féretro de la madonna española, el pueblo de Madrid, nada menos. Me refiero a los madrileños, no a las autoridades, pues la manchega Cospedal, la ex-presidenta Aguirre y la alcaldesa Botella, por muchas peinetas que se pongan, harían mejores migas con la ex-gobernanta  británica que con la miliciana del cuplé y la emperatriz de las violetas, porque ambos títulos se merece Sarita Montiel. Mientras la veo  mirar en “Locura de amor”, con sus ojos de Venus, mientras la oigo cantar en “El último cuplé”, con sus labios de Afrodita, me pregunto si tendrá razón Góngora cuando advertía a una joven bellísima que un día la muerte arruinaría para siempre su hermosura, convirtiéndola en recuerdo de la nada misma. ¿Recuerdan su rimada advertencia?: “goza, cuello, cabello, labio y frente/ antes que lo que fue en tu edad dorada/ oro, lilio, clavel, cristal luciente/ no solo en plata o vïola troncada/ se vuelva, mas tú y ello juntamente/ en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”. Tenga o no tenga razón el poeta cordobés, Sara Montiel disfrutó cuanto pudo en este valle de lágrimas, mientras aprendía a leer en los brazos de León Felipe y practicaba el inglés en los de Gary Cooper. Porque esa mujer, que no era nada inmaculada –todas las manchas adornaron su vida desde su nacimiento en Campo de Criptana-  estaba igual de hermosa y de feliz -¡Beatus illa…!- con los hábitos que le puso Mario Camus que con las plumas del cabaret, fumando el pipa. Cuentan que Antonia, la hermana de Elpidia, vivió como besaba, con pasión, como si fuera esta noche la última vez. Y eso se habrá llevado al más allá, junto a algunos secretos de lo más jugosos, que harían enrojecer al mismo Góngora. ¿Entrará con ellos al Paraíso? Quizás, quizás, quizás. Yo diría que sí, que San Pedro ya luce una violeta en el ojal, ¿cómo no se iba a rendir ante la  violetera virtuosa, de ojos alegres y de faz risueña, la que mejor podría entonar los versos del Magnificat: “El Señor hizo en mí maravillas/¡Gloria al Señor!”. Pero no, bien pensado, esta simbiosis milagrosa entre Aldonza Lorenzo y Dulcinea del Toboso –las dos convivían en la nena del cuerpo glorificado- no se convertirá nunca en inmundicia sin memoria y sentido. Yo diría mejor que fue Quevedo quien escribió el soneto que la corresponde. Me refiero a “Amor más allá de la muerte”, ese que termina afirmando el poder la pasión ardiente sobre la nada frígida: “Alma que a todo un dios prisión ha sido,/ venas que humor a tanto fuego han dado/ médulas que han gloriosamente ardido,/ su cuerpo dejará, no su cuidado,/serán ceniza, mas tendrán sentido,/ polvo serán, mas polvo enamorado”. Y Sara, deshojando un clavel en su boca divina, se ríe y le contesta el viejo verde de los anteojos: quizás, quizás, quizás…

Las malas compañías

Lo decían las madres, que tuviéramos cuidado con las malas compañías. Puede que a Marcial Dorado le pasara precisamente eso, de otra manera no estaría en la cárcel, de seguro. Aunque también es verdad que si hubiera seguido los consejos maternales  no hubiera tenido yate y nadie hubiera querido estar en su compañía en los días de gloria, haciendo honor a su nombre de Dorado. Aunque en ese caso tampoco el intachable Díez Feijoo, con la medallita de la cruz colgando, hubiera subido a su barco a extenderle la crema por la espalda. Aunque también es verdad que, llamándose Nautilus el yate, es muy posible que Feijoo creyera que su amigo del alma era el Capitán Nemo y que ambos viajaban hacia la isla misteriosa. Aunque también es cierto que si Fraga, por ejemplo, no hubiera subido al Azor en compañía del Caudillo tampoco hubiera llegado a ser ministro y, por las mismas, no hubiera ni soñado que con el tiempo protagonizaría la Transición, y menos llegaría a presidente de la Xunta de Galicia, ni en consecuencia se hubieran escuchado las gaitas ni hubiera perfumado el botafumeiro su funeral, cuando murió en olor de santidad democrática y castiza. Aunque también es verdad que no se sube tan alto como para poder resbalarse desde la cubierta si uno no se aúpa en las compañías, buenas o malas, que llevan el timón del poder y el dinero. Aunque si Feijoo hubiera subido al Nautilus e incluso hasta hubiera hecho negocios más dorados que transparentes pero no se hubiera dejado hacer fotografías, entonces no saldría en los periódicos nada más que para presumir de honradez y transparencia, mientras denuncia a otros políticos que, como Anxo Quintana se hicieron fotos con poderosos empresarios y que por eso merecen el oprobio de los que como él solo suben a yates de narcos todavía no condenados en firme. Aunque también es verdad que si Dorado no hubiera dado con sus huesos en la cárcel, nada importaría haberse fotografiado con él y todavía menos haber viajado a Andorra a ver lo picos nevados y comprarse una máquina de fotos, porque aquí lo que cuenta es que haya sentencia judicial y lo demás son dimes y diretes. ¿Lo ven? Al final todos los políticos son iguales y la culpa –en diferido- la tienen las máquinas de fotos. ¿Y quién no se ha hecho una foto en un barco de paseo de una ría gallega? Pues aplíquese el cuento. Yo, sin embargo, sigo erre que erre. Ayer mismo he visto un reportaje en Canal 24, en el que se mostraba como ejemplo de prosperidad económica el lujoso emporio de la isla de Ibiza, frecuentado por la mafia rusa, alrededor del imperio de Abel Matutes y sus descendientes, que han recogido la antorcha de Marbella, la cosmopolita. Aunque también es verdad que muy pronto tendremos en Madrid-Eurovegas la manera de hacernos fotos de refilón con el gansterismo internacional, compañía que cualquier madre en su sano juicio prohibiría terminantemente frecuentar a sus hijos. Aunque también sea cierto que cuando salieran esas fotos habrían pasado 20 años y que los delitos habrían prescrito. Y en todo caso ¿quién iba a demostrarlos si la única prueba sería una foto? Y todo por haberse arrimado al árbol de la buena sombra, en vez de vagar por ahí, como tantos que, por no haber sabido elegir las buenas compañías, ahora cumplen condena convictos y confesos. Yo también estoy hecha un lío, la verdad. Pero vean la foto, que una imagen vale más que mil palabras.

Hermosos llantos

Ayer volvió a publicarse “Poeta en Nueva York”, de Federico García Lorca, esta vez en la versión auténtica, la que el mismo poeta le entregó a Bergamín, semanas antes de su asesinato en Granada. Es una buena noticia, aunque para mí su mejor obra siga siendo el “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”. Y esto no es casualidad, la elegía es el género donde el poeta da el do de pecho, porque sabe que sus versos van a conmover incluso a quien ni es lector de poesía ni conoce a la persona a la que van dedicados. Hubiéramos olvidado el nombre del torero si no llega a ser por el llanto emocionado de Lorca, y no sabríamos el de Ramón Sijé si Miguel Hernández no hubiera querido escarbar la tierra con los dientes para sacarle de su tumba. ¿Quién recordaría a don Rodrigo Manrique si su hijo Jorge no hubiera escrito las “Coplas a la muerte se su padre”?. Hoy todos ellos, junto a Carlos Félix, el hijito de Lope, o Giner de los Ríos, el maestro de Machado, nos resultan familiares. Es verdad que en todas las necrológicas se elogia siempre al finado, pero con estos poemas ocurre algo más: aunque a cualquiera se le puede escribir una elegía –Horacio se la escribió a un mosquito y Dámaso Alonso a un moscardón- los lectores presumimos que la vida de aquellos hombres debió de ser muy valiosa, para merecer en su muerte tan valiosas palabras. ¿Para qué sirven las palabras a la hora de la muerte? He aquí el misterio de que las elegías nos sirvan de consuelo, de que sean lo único que evita que nos enfrentemos inermes a lo inevitable. Los militares disparan sus salvas y los poetas sus versos. Yo prefiero estos últimos. Por eso los poetas, habitualmente ninguneados –fíjense que en los medios de comunicación nadie les pide su opinión sobre nada- son requeridos en los funerales, entonces sí que quieren todos escuchar el llanto que se desliza desde sus labios habitualmente silenciosos. ¿Por qué?, por si acaso. Y es en este “por si acaso” en donde la poesía halla su sentido. “No te conoce nadie, no, pero yo te canto, yo canto para luego tu perfil y tu gracia…” decía Lorca refiriéndose a Sánchez Mejías. No es verdad que todos los muertos estén completamente solos como anunciaba Bécquer, ni que vayan tan ligeros de equipaje como aseguraba Machado, algunos llevan consigo las palabras medidas y rimadas. Algo es algo. Vivimos tiempos difíciles. La semana pasada se celebró el Día de la Poesía y el comienzo de la primavera, mientras la lluvia inundaba nuestras plazas, como prólogo a una de las Semanas Santas más húmedas y tristes de nuestra historia. Da la impresión de que el cielo mismo haya querido unirse al llanto por el final de las ilusiones colectivas. ¿Perecerá con ellas esta civilización que, con todos sus horrores, propició maravillosas horas de entusiasmo? No sé, pero  recuerdo los versos que Shelley dedicó al pobre Keats, cuando murió en el exilio, a los 26 años. Shelley le llamó Adonáis en su elegía, y Adonáis podríamos llamarle a nuestro mundo que declina. A él le dedico, por si acaso, estos versos de Shelley: “Murió Adonáis y por su muerte lloro./ Llorad por Adonáis, aunque las lágrimas/ no deshagan la escarcha que les cubre./ Y tú, su hora fatal, la que, entre todas,/ fuiste elegida para nuestro daño,/ despierta a tus oscuras compañeras,/muéstrales tu tristeza y di: conmigo/ murió Adonáis, y en tanto que el futuro/ a olvidar el pasado no se atreva,/ perdurarán su fama y su destino/ como una luz y un eco eternamente” ¿A que consuela?

Dionisio Moreno: don Quijote de Martorell

Para vergüenza de todos los grandes despachos de abogados calzonazos, ha sido un sencillo letrado de Martorell, Dionisio Moreno, que trabaja en una habitación de su vivienda con un PC antiguo, el que ha conseguido que se paren los desahucios en España. Siguiendo el “Sí se puede”, Dioni se puso a pensar un día en su despacho. Se puso a pensar porque creía en la justicia y en la capacidad de la razón humana para oponerse a la sinrazón despiadada. Y he aquí que lo consiguió. Sí podemos, demostró Dionisio Moreno en la corte de Bruselas. Sí podemos, les dijo a los parlamentarios y al mismísimo ministro de Justicia –que, por cierto, ayer se entretenía respirando incienso en la entronización del Papa de los pobres-. Dionisio Moreno, que no fue invitado a la ceremonia, ha traducido al leguaje legal lo que todos sabíamos, que en las hipotecas españolas se engañaba vilmente. El asunto viene de antiguo:  en Roma, el propietario tenía derecho a la vida del deudor, de tal manera que éste pasaba a ser su esclavo, en compañía de su familia y descendencia. Algo parecido a lo que sucede hoy con los desahuciados cuya deuda les perseguirá toda su vida. Dado que el cristianismo rechazaba la esclavitud, la Iglesia condenó el préstamo con interés, que era una de sus causas. Los santos padres no tuvieron que inventar nada, la condena a la usura ya estaba escrita: “Vino a mí la palabra de Jehová, diciendo: Y el hombre que fuere justo, e hiciere según el derecho y la justicia, que no prestare dinero a interés ni tomare usura”, esto lo leemos en Ezequiel 18. Siguiendo en la misma línea, Santo Tomás de Aquino decía que el préstamo con intereses era una violación de la ley moral natural y, por la misma causa, el Concilio de Trento decretó que “el préstamo con intereses es un pecado de igual gravedad que el homicidio”. Pero las tesis contrarias de Calvino abrieron la puerta al sistema capitalista, con su corte de ávidos usureros. Muchos conocieron sus consecuencias fatales. Por citar solo un caso, el del poeta Luis de Góngora, que fue desahuciado de su casa madrileña cuando era un anciano. Más grave fue el caso del  padre de Dickens, desahuciado y arrastrado a la cárcel con toda su familia. En España, la Ley de Desahucios parecían provenir de aquellos tiempos deplorables. Algunos españoles consiguieron por iniciativa popular –a la que tarde y finalmente se unieron los partidos políticos de izquierda- enfrentarse a los demonios del desánimo. Y escuchando sus gritos de protesta, muchos acabamos por considerar que tenían razón, que esa ley era terrorista y criminal. La crisis no la justifica. Puede que la economía financiera no sea sostenible sin la ley homicida, pero la vida tampoco es sostenible en esta situación inmoral. ¡Que paguen sus deudas aquellos que timaron a los que hoy intentan hacer sus esclavos! Se me olvidaba. ¿Saben de otro desahuciado famoso?: se trata de Miguel de Cervantes, cuyo padre fue desahuciado en Valladolid, cuando él tenía cinco añitos, y dio con sus huesos en la cárcel por no pagar sus deudas. Ocurrió en la misma ciudad en que, años más tarde, su hijo terminaría de escribir el Quijote. Sin duda Cervantes hubiera felicitado hoy a Dionisio Moreno, que ha demostrado que, en esta nuestra edad de hierro, todavía es posible luchar por la justicia. Sí podemos. Muchos lo consideraban una locura, pero gracias a él sabemos que aún se pueden vencer las leyes injustas utilizando el arma de la razón. ¡Ojalá nunca renuncie el ser humano a hacer realidad esta quimera!

El Norte de Castilla

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