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No más excusas
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Esperanza Ortega | 21-02-2017 | 21:46| 1

“No más excusas, acojamos a los refugiados”. Ése fue el eslogan repetido en la gigantesca manifestación que recorrió las calles de Barcelona hace tres días. Barcelona dejó de ser  únicamente la capital de Cataluña y una de las grandes capitales españolas para convertirse en una ciudad universalmente solidaria. Me impresionó ver a las multitudes en la calle con ese grito unánime y justo. Y desde entonces echo en falta un gesto similar en todas las ciudades españolas. Y echo en falta sobre todo el esfuerzo de los políticos españoles que se dicen de izquierdas, -me refiero principalmente a los de PODEMOS y a los de Izquierda Unida- en la denuncia del vergonzoso comportamiento del gobierno español para con los refugiados que piden asilo. No, no  se trata únicamente de que acudan a este tipo de eventos, sino de que hagan algo más, que  los convoquen y los organicen, que cumplan con el deber de ser “ciudadanos ejemplares”, comprometidos con el dolor del mundo. Porque ya se ha acabado el tiempo de la espera. El ciudadano medio –dicen- es un ser egoísta y mediocre, cobarde por naturaleza y solo preocupado por escuchar la voz de su bolsillo. Así pues, los políticos tienen que asumir su lenguaje con el único fin de ser votados y ganar las elecciones. ¿Y si fuera esto verdad?, ¿o quizás es mentira? Mientras transcurría la manifestación de Barcelona, en la otra punta de España un grupo de refugiados  se preparaba para el salto de la valla de Ceuta. Algunos lo consiguieron a pesar de las concertinas y, aunque su actuación contraviene las leyes españolas, muchos, muchísimos españoles nos alegramos de que hubieran conseguido su objetivo y les deseamos un buen fututo en Europa. ¿Cómo explicaríamos este suceso a los niños en una clase de Educación Cívica? Yo les diría que hay situaciones históricas en las que cumplir la ley significa cometer una grave injusticia. Y para que lo entendieran mejor les aconsejaría la lectura de “Un saco de canicas”, la autobiografía de Joseph Joffo, donde cuenta cómo atravesó la Francia ocupada por los nazis a los 10 años en busca de la libertad, burlando los controles y las leyes que le hubieran enviado a un campo de concentración por su origen judío. Hoy miles de niños deambulan en busca de cobijo y solo encuentran una muralla de crueldad. A los que no son tan niños les recomendaría la lectura de “Historia de una vida” de Aharon Appelfeld. Demasiado cruda para las mentes infantiles, el lector adulto puede soportar la historia de este niño judío rumano huido del campo de exterminio gracias a la maravilla de su escritura. Ambos, los dramas de  Joffo y de Appenfeld, fueron posibles porque una mayoría silenciosa miraba para otro lado y por unos políticos que no querían hacerse impopulares. A esa mayoría que no sabe ni contesta es a la que gritaban los manifestantes de Barcelona: no más excusas. Decía Appenfeld en una entrevista: “Durante la guerra no hablaban las palabras, sino los rostros y las manos. Observando los rostros aprendías hasta que punto la persona que se encuentra a tu lado quiere ayudarte o hacerte daño. Solo después de la guerra reaparecieron las palabras”. Así que, mientras nos queden palabras, mientras el silencio de los pobres muertos no sea la única cadencia posible, habrá que seguir escribiendo cada semana la misma columna.

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La mujer y la ciencia
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Esperanza Ortega | 14-02-2017 | 19:14| 0

“Una vez  una monja muy santa y cándida me mandó que no estudiase. Yo la obedecí durante tres meses en cuanto a no leer libros, pero no en lo de no estudiar, porque esto a mí no me es posible, pues, aunque no leía libros, estudiaba observando todas las cosas creadas por Dios, sirviéndome ellas de letras y de libros todo el Universo”. Esto le contestó Sor Juana Inés de la Cruz, la poeta mexicana del Siglo XVII, a un obispo preocupado por su afán de saber, insano, a su parecer, para una mujer de su tiempo. Y es que el caso de Sor Juana, como el de todas las mujeres que han destacado por su sabiduría a lo largo de la Historia, desde Leonor de Aquitania hasta madame Curie, inquietaba especialmente a quienes intuían que, debajo de sus cofias y sus tocas, las descendientes de Eva escondían un cerebro potente. Traigo hoy a colación la carta que Sor Juana Inés escribió a Sor Filotea –seudónimo que utilizaba el obispo – porque el sábado pasado se celebró el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y el mero hecho de que haya que celebrar este día nos indica que niñas y mujeres siguen chocando con los Filoteos cuando intentan utilizar su inteligencia. Primero se orientaron hacia las Humanidades, y en los últimos tiempos a los campos de la Educación, la Medicina y los estudios jurídicos. Es en la investigación científica donde más están tardando en penetrar ¿Por qué se sigue  eligiendo siempre, en el caso de que haya igualdad en los méritos, al hombre y no a la mujer para los trabajos relacionados con la investigación científica?, ¿por qué será? Por la misma razón que a Madame Curie se le impidió entrar en la Academia Francesa de las Ciencias en 1911, el mismo año en que obtuvo su segundo Premio Nobel. Efectivamente, hay casos que nos ponen los pelos de punta, como el que refiere  Petra Barnés en su libro “Frutos del exilio”, publicado por la Universidad Metropolitana de México en 2010: “En unas oposiciones a catedrático de universidad celebradas en España en 1940, el tribunal prefirió dejar una plaza desierta antes que permitir que fuera ocupada por una mujer”. Hay en la raíz del problema una gran injusticia, es verdad, pero pocos piensan que es mucho más lo que ha perdido y  sigue perdiendo el  mundo de la investigación al despreciar el talento de las mujeres. Sor Juana Inés de la Cruz reflexionaba también sobre esto en su carta a Sor Filotea: “Pues ¿qué os pudiera contar de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; veo que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria… Yo suelo decir viendo estas cosillas: si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.  Ángeles Ruiz Robles, la maestra que inventó el libro electrónico en los años cincuenta, es un ejemplo de cuánto talento femenino ha sido desperdiciado: su enciclopedia, que hoy es una pieza de museo,  nunca fue fabricada. Sí, las mujeres sirven para mucho más que para ser el descanso al guerrero, aunque la Señorita Francis proclamara en sus programas radiofónicos que esta era la misión más alta a la que podían aspirar. Por cierto, ¿saben cómo se llamaba realmente Elena Francis? Se llamaba Juan Soto Viñolo, y era otro impostor, como el obispo enmascarado en sor Filotea. Para que luego digan que las mujeres tradicionales, tontorronas e indocumentadas,  eran más femeninas.

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¿Muerte segura?
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Esperanza Ortega | 07-02-2017 | 21:12| 1

“Muerte segura”, aunque  hoy nos parece una frase siniestra, en nuestra infancia no era más que un juego: la m de la palma de la mano  anunciaba la muerte y la s de  la planta del pie, la imposibilidad de soslayarla. Llevábamos estas marcas desde el nacimiento, como un sello de fábrica. No lo debíamos olvidar, pero jugábamos a marcar con el bolígrafo Bic esas dos rutas  tan horribles como indudables. Quizá porque lo teníamos asumido desde la edad más tierna, no nos asustaba tanto la idea de que íbamos a morir algún día. La muerte, además, no era un adiós definitivo, sino un hasta luego  que dotaba de  intermitencia a la vida posible. ¿Han pensado alguna vez que durante siglos y siglos el ser humano ha dado por seguro que existía un Dios creador y una futura vida eterna? Y en nuestra generación como en algunas anteriores, incluso en el caso de los agnósticos militantes, no se dejaba de creer hasta  llegar a la edad adulta, y siempre quedaba el recuerdo de lo creído, como un primer amor que nos hubiera decepcionado pero al que guardáramos una mezcla de  respeto y cariño. En cambio, la mayoría de los jóvenes actuales no han creído nunca en un más allá. Aquella  primera creencia , además de vacunarnos contra las fantasías falaces de los brujos modernos, no nos liberaba únicamente de la angustia de la muerte, sino  también del vértigo ante la magnitud del Universo. Entonces el Universo era como un inmenso garaje gris, que sin embargo estaba regido por una ley benéfica, con  un sentido misterioso  pero inteligente. Ahora, sin embargo, el misterio se va desvelando y la angustia crece amenazante , como una flor carnívora. Pienso esto mientras leo la descripción de Marte que hace la N.A.S.A: un planeta helado y oscuro, que no excluye la posibilidad de  vida. Me imagino sus montañas de hielo impasibles y silenciosas, como me imagino a la tierra futura, desértica y ardiente, cuando los hombres hayamos terminado de destrozarla . Estos días se han encontrado los restos de un continente desaparecido hace más de 200 millones de años en las aguas que bañan las islas Mauricio., o mejor dicho, los restos del continente que hubo antes de que las tierras se separaran dando origen al océano Índico. ¿Cuántas especies desaparecerían tras aquella catástrofe? Cada especie que desaparece es un secreto que nunca se llegará a  desvelar. Los  antiguos quisieron ver una lógica en el desastre y hablaron de castigos divinos, como el diluvio Universal o el hundimiento de la Antártida ¡Qué hermosas, por cierto, las palabras de Platón en su Diálogo con Critias., en donde describe lo que a él le contaron de aquel continente mítico. Al leer a Platón una piensa que ha valido la pena que el ser humano haya existido, aunque sea  tan contingente como el resto de las especies que pueblan la Tierra. Y qué paradoja, aunque ya nadie nos recuerde ni a Platón ni a sus lectores cuando la Tierra se deshaga en el espacio, qué nostalgia sentimos ahora por este sucio planeta herido, tan nuestro, tan amado por generaciones y generaciones por los siglos de los siglos. ¡Qué melancolía ¡Y qué raro es que haya seres humanos ajenos al sentimiento de pertenencia  a este grano de arena perdido en el espacio infinito ¡ Quizá es que esos seres nunca han visto  en los ojos que los miran el fulgor  de una estrella ¡

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La maldición de Trump
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Esperanza Ortega | 31-01-2017 | 21:02| 0

La maldición de Trump

Mientras veo protestar a las multitudes de norteamericanos en contra de las medidas que ha tomado Trump nada más llegar al gobierno, cuando me entero de que más de un millón de británicos se niega a que Trump sea su invitado y como tal dé la mano a la Reina de Inglaterra, mientras me sorprende que incluso los empresarios de grandes multinacionales con sede en los E.E.U.U. de América rechacen la expulsión de los musulmanes de su país, mientras las plazas se llenan de las mujeres indignadas con un grito unánime en contra de su presidente recién elegido, y cuando me entero de que fiscales y diplomáticos estadounidenses se oponen de manera frontal a la construcción de un muro vergonzante en la frontera con México, me digo a mí misma que no todo está perdido, que quizá a Trump le recordemos como aquel presidente norteamericano que no llegó al límite de su mandato y que tuvo la virtud de unir en su contra a todos los seres humanos mínimamente honestos que existen en el mundo, ya fueran asiáticos, africanos, americanos o europeos. ¿Una vacuna eficaz contra el fascismo?. Sin embargo, su huella quedará indeleble como el malo del cómic, abocado a perder, con una mujer de plástico abocada a traicionarle. Porque Trump no da la talla como antagonista de una buena obra de teatro ni de guión de cine serio. Shakespeare inventó a Yago, uno de los malos más enigmáticos que hayan existido. Nunca sabremos por qué Yago obra con tanta maldad para con Otelo y Desdémona, sus razones son demasiado profundas para que puedan ser explicadas en las escasas dos horas que dura la obra. La conciencia de Yago es un pozo sin fondo. Trump, sin embargo, es pueril en el peor sentido de la palabra, tan egoísta como el tío Jilito y tan torpón como el gato que nunca acaba de devorar a los ágiles ratoncitos. Y sin embargo… me acuerdo de Hannah Arendt y su informe sobre la banalidad del mal y tiemblo pensando en esa buena gente que ha votado a Trump, los que obedecerán con gusto sus decretos, inocentes adocenados que creen de verdad que todos los árabes son tipos peligrosos que podrían hacer daño a sus hijos. Me acuerdo de los que votan a Trump y esconden la mano, de los acomplejados que desean ponerse del lado de los poderosos… Aunque quizá Trump no sea tan poderoso como cree, y acabe muy pronto en el trastero, entre los cachivaches de la Historia. Entonces lo celebraremos, como si el virus del mal se hubiera erradicado por fin, sin pensar en las concertinas que cada día rajan la carne de los valientes que intentan traspasar el muro de egoísmo que los europeos construimos para impedir la entrada de los africanos pobres. Y me acuerdo de la renuencia del gobierno de España a admitir refugiados, aunque se haya comprometido a hacerlo, demostrando que los españoles no tenemos ni dignidad  ni palabra,  y me duele ese niño congoleño de seis años que apareció ahogado en la playa de Barbate, Se llamaba Samuel. Es eso todo lo que sabemos, eso y que apareció abandonado entre las olas como si se tratara de una bota vieja. Un niño de cuya desgracia ni siquiera se dio parte durante dos días, que fue arrojado al agujero del olvido donde duermen los negros hijos de emigrantes muertos de hambre. Si un día Trump viniera a España, ¿acabaría ganando las elecciones? ¿Y si ha llegado ese día y ya está en el poder y ni siquiera lo sabemos? La maldición de Trump.

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Adiós, Obama, adiós
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Esperanza Ortega | 24-01-2017 | 20:43| 0

“Me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,/ a través de las lágrimas grises donde flotan sus automóviles cubiertos de dientes/ a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos…” Estos versos de “Poeta en Nueva York”, de Lorca, los recordaba yo el día de la primera toma de posesión de Obama como Presidente los EE.UU de América. Había llegado al poder uno de esos hombres negros, con aspecto de príncipes destronados por una mano maléfica, que el poeta granadino admiraba mientras les veía vaciar las escupideras de los hombres blancos. Obama poseía la elegancia natural de su raza keniana, mezclada con la cultura de Harvard, una elegancia y una cultura que no habían acallado, el rumor de su estirpe valerosa y oprimida. En “Los sueños de mi padre”, el primer libro publicado por Obama cuando era todavía un Don Nadie, se oye este rumor lejano, pero aún inteligible, que enuncia sin rencor la memoria de las pérdidas y la promesa de un regreso imposible. ¡Pero qué hermosa era la canción que entonamos mientras Aretha Franklin nos hacía regresar a nuestra propia juventud inocente! Solo por eso deberíamos darle las gracias a Obama. No voy a enumerar ahora todo lo que mejoró o lo que podría haber sido peor en su país y en el mundo si Obama no hubiera ganado las elecciones, solo quería señalar la razón de mi simpatía por el personaje y la pena que me embargó al ver salir al primer hombre negro que había entrado en la Casa Blanca. Adiós, Obama, hasta siempre. Porque con él salió su espléndida mujer, Michelle, inteligente, simpática y poseedora de una belleza original, de hembra auténtica, que ningún fabricante de muñecas podría imitar aunque pusiera en ello todo su empeño, y sus dos hijas, Malia y Sasha, a las que el único reproche que pudieron hacer sus detractores fue el haber visto a la mayor dar una calada a un porro en un concierto. ¡Ay, los puritanos blancos! ¡Ay, los religiosos que nunca condenaron la esclavitud! ”Entonces, negros, entonces podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas, poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas y danzar al fin…”, continuaba Lorca en mi recuerdo. Y con Obama salieron también sus dos maravillosos perros de aguas, Sunny y Bo, que le acompañaban en sus entrevistas y discusiones con sus asesores, así como en sus paseos por el jardín de la Casa Blanca. Adiós, Obama. Con Obama se fue un hombre que tenía una abuela centenaria en Kenia, donde las mujeres están hechas de tierra y de sangre y saben sonreír con la placidez altiva de los caracoles. “Porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse”, Lorca dijo.  Adiós Obama, con él salió de la Casa Blanca un hombre que leía y que podía coincidir con nosotros en la elección de sus novelas. Éstas fueron las que eligió entre las que más le habían gustado en su vida: “Por quién doblan las campanas” de Hemingway, “El poder y la gloria”, de Grahan Green y “El cuaderno dorado”, de Doris Lessing.¿Qué hubiera dicho el nuevo inquilino de la Casa Blanca en un trance semejante? Mejor ni pensarlo. Aunque tampoco es su culpa que sea un completo ignorante: “El leñador no sabe cuando expiran los clamorosos árboles que corta”, decía Lorca en el mismo libro. El hombre del fle1uillo amarillo posee otras cualidades: la astucia del buscador de oro fracasado, que roba al afortunado mientras duerme, y la zafiedad del sucio cuatrero a sueldo de cuatro monedas. Adiós, Obama, adiós.

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El tiempo y la verdad
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Esperanza Ortega | 17-01-2017 | 20:07| 0

Ya lo dijo Bergson, que el tiempo era una noción subjetiva: cuando somos niños se desliza despacio, como un reptil, pero cuando dejamos de ser jóvenes, el tiempo se echa a correr hasta dejar atrás al mismo Aquiles. Otro tanto sucede con la evolución histórica: ¿cuántos millones de años tardamos en descubrir la rueda? Hoy, sin embargo, los descubrimientos se suceden a tal velocidad que no tenemos ni tiempo de asimilarlos. Sí, vivimos más tiempo, pero nuestra vida discurre por un río cada vez más caudaloso. De ahí nuestra angustia, nuestro miedo a caer arrastrados por la fuerza de una cascada. Sí, el tiempo transcurre hoy mucho más deprisa que cuando nuestros antepasados lo medían por un reloj de sol. Y apuesto a que cada minuto de esta noche se le ha hecho más largo al refugiado que soporta la helada que al ministro del ramo que remolonea en su cama calentita, resistiéndose a admitir en España al número de refugiados que había prometido. Pero, ¿de qué promesa me habla? Eso lo firmé hace ya mucho tiempo, el año pasado. El ansia del tiempo por devorar la vida hace que nos olvidemos pronto de la palabra dada, de ahí que se incumplan las promesas y prescriban los delitos. Por eso Rajoy les contestó hace unos días a los familiares de los muertos en el Yak 42 que el accidente había sucedido hace muchísimo tiempo y ya estaba “sustanciado” judicialmente. Rajoy ya ni se acuerda, pero a las madres de los soldados se les ha ido el tiempo en un suspiro: un suspiro de dolor y de rabia, que cada día hace presente su desdicha. La diferencia, sin embargo, entre el tiempo abstracto, que marca el tic tac del reloj, y el tiempo de los seres humanos, que marcan los latidos del corazón, no es únicamente que uno sea objetivo y el otro sea subjetivo; la diferencia reside en que el tiempo de los seres humanos no es reversible: a los relojes se les puede dar marcha atrás, pero a nuestro corazón no. Ante esta evidencia, la memoria es la única defensa contra el agujero negro del olvido. Luchar contra la desmemoria es luchar contra Kronos, el dios griego del tiempo, que sigue devorando las vidas humanas igual que un día devoró a sus hijos. La Poesía también se empeña en darle la vuelta al manto del tiempo, que todo lo tapa, dejando al descubierto sus costuras. No se trata de volver sobre las propias huellas, sino de alcanzar el tiempo regido por Kairós, el hijo amable de Kronos, al que Delauze definía como “un momento-lugar único e irrepetible que no es presente pero que siempre está por llegar y siempre ya ha pasado”: el tiempo del Paraíso perdido y el tiempo del Edén inalcanzable, es decir, la utopía. Si podemos imaginarla es porque Kairós sobrevuela cada segundo de la Humanidad, intentando rescatarla del abismo de injusticia al que es arrojada. Y no hay mayor injusticia que la que sufren los pobres de la tierra. Hay que pasar página -dicen aquellos que no quieren que recordemos lo sucedido-. Aunque parezca paradójico, tener memoria significa ser viejo, así que la aspiración del ciudadano europeo es mantenerse en el estado de alzheimer colectivo. ¡Yo no me acuerdo de nada!-dice ufano el idiota-, no recuerdo -contesta al juez el caradura-. ¿Regresaremos al tiempo de la verdad, al tiempo de Kairós, en el que todo merecía ser recordado?, ¿alcanzaremos el tiempo de los momentos inolvidables, cuando nos sentíamos ligeros y libres? Los refugiados que mueren de frío nos contestan que no, que nuestra indiferencia no merece ni un minuto, ni segundo de luz y paraíso.

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El sí de las niñas
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Esperanza Ortega | 10-01-2017 | 22:59| 0

¿Qué quieres a ser de mayor? No es la pregunta que se suele hacer a los niños mientras están viendo la Cabalgata de los Reyes Magos, pero es la que hizo a una niña la locutora que retransmitía la Cabalgata de Madrid. Lo más raro, sin embargo, vino después, cuando la niña se quedó pensativa por unos instantes, y la locutora, impaciente, le sugirió: “Algo rosa, ¿verdad?, ¿a que quieres ser algo rosa?”. La niña contestó con un monosílabo: Sí. Y siguió mirando al infinito, que es hacia donde miran todos los niños y niñas la noche del 5 de Enero. Me lo contaba una amiga que había visto la cabalgata por televisión. Mi amiga me decía indignada: ¿Ser algo rosa en la vida? ¿Qué es eso? Aunque sus preguntas eran más bien retóricas, pues muy bien sabemos las dos lo que es ser algo rosa. Ser algo rosa es ser diseñadora de moda o camarera o azafata o enfermera o esteticién o princesa o ama de casa o señorita de alterne –esto último si se tiene la planta de la Barbie y las ganas de ponerse su ropa interior-.¡Y nosotras que creíamos que la dicotomía del azul y el rosa estaba superada, al menos entre las nuevas generaciones! Mi amiga, que es profesora de Filosofía, me recordaba el concepto de “modernidad líquida” de Bauman al hilo de la conversación. Bauman afirma que ya no hay valores sólidos, verdades inalterables, compromisos ciertos, igual que no hay mercados seguros. Hoy día todo, la  verdad, la justicia, el amor, la riqueza…, se derrama entre los dedos sin posibilidad de asirlo, y todo está impregnado de esa humedad que reblandece lo que creíamos seguro. Pero hay algo que sigue inalterable, -continúa mi amiga-, por ejemplo la idea de que las niñas han de contentarse con ser algo rosa, hasta que sus sueños mismos se tiñen de ese color cursi y dulzón. Mientras, los tres reyes desfilaban llevando en sus carrozas los sueños color de rosa de las futuras señoritas. ¡Qué pena -me dice- que no haya ninguna Reina Maga!. Aunque bien sabe ella que una Reina Maga sería considerada una impostora. No hay sitio para una mujer en el relato, siglos de sumisión han levantado un edificio que no se derriba fácilmente. Y para prueba un botón: el alcalde de Alcorcón expresaba la opinión mayoritaria cuando dijo que las feministas eran unas mujeres frustradas, amargadas y rabiosas. ¿Rabiosas nosotras? No, más bien tristes, con esa tristeza melancólica que nos embargó tres días después, al conocer la noticia de la muerte de Bauman. Para hacerle un homenaje, releí su obra, y encontré este párrafo: “Hoy hay una enorme cantidad de gente que quiere el cambio, que tiene ideas de cómo hacer el mundo mejor no sólo para ellos sino también para los demás, más hospitalario. Pero en la sociedad contemporánea, en la que somos más libres que nunca antes, a la vez somos también más impotentes que en ningún otro momento de la historia. Todos sentimos la desagradable experiencia de ser incapaces de cambiar nada. Somos un conjunto de individuos con buenas intenciones, pero que entre sus intenciones y diseños y la realidad hay mucha distancia. Todos sufrimos ahora más que en cualquier otro momento la falta absoluta de agentes, de instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente” Y yo pienso que vez de quejarnos tanto del papel subsidiario que nos ha asignado la historia, la mujeres deberíamos inventar otros relatos, otros mitos que sustentaran otros sueños. En el mundo líquido, todo se disuelve, todo se olvida, solo los sueños permanecen inalterables.

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La esperanza
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Esperanza Ortega | 03-01-2017 | 21:06| 0

Si decimos que 2016 fue el año de la corrupción, no mentimos exactamente, ni siquiera decimos una postverdad –palabro maravilloso del que hablaremos en otra columna-, pero tampoco explicamos la verdad completa, pues la corrupción es un enfermedad crónica que lleva años protagonizando los informativos de nuestro país. No, la corrupción no distingue en absoluto a 2016, que recibió una herencia envenenada. Al año viejo que murió hace tan poco lo que le caracteriza es la indiferencia de los españoles ante la corrupción y sus consecuencias económicas y morales. Las sucesivas elecciones, en las que los más corruptos subían como la espuma ante la estupefacción propia y ajena, avalan este comentario. Incluso sus protagonistas, sin vergüenza ninguna, se sienten amnistiados por el favor de los votos: si tantos nos prefieren es que no seremos tan malos, o acaso no es tan malo robar al erario público. Así hallamos también casos curiosos, como el de la familia Puyol, que disfruta de sus navidades, mientras se denuncia a los que proponen un referéndum sobre la autodeterminación catalana. Yo votaría que no, evidentemente, si estuviera empadronada en Cataluña, pero no sería tan severa con los que defienden la consulta, mientras campan por sus respetos los grandes delincuentes institucionales. ¿Qué diremos de Bárcenas y Rato? Hace tiempo que ni siquiera protagonizan los chistes, nos aburren. Y aquí está la clave del problema: la política no solo no apasiona, sino que aburre al personal. Que sigan gobernando los de siempre, total, tanto da. El espectáculo de los partidos de oposición avala esta sensación de spleen, de hastío ante la cosa pública. Eso, que ganen los que al menos parecen querer ganar, no los que se devoran antes de llegar al poder. Parece un argumento simplón, pero sirve de anestesia para los que desean seguir vegetando. Incluso los comentaristas de la página de Opinión bostezan antes de ponerse a escribir una columna. Y mientras, los que no pueden pasar desapercibidos, porque supondría su muerte política, arrojan sus bombas sobre las ciudades inocentes o disparan sus metralletas en las fiestas populares.  Así al menos realizan algo digno de ser comentado. ¿Solución? Ninguna. Nadie se plantea cómo impedir la guerra o la miseria, solamente los más comprometidos trabajan en pro del alojamiento de los refugiados. ¿La raíz del problema? La raíz no está en la política, sino en la naturaleza humana. Ante esta respuesta, podríamos decir que la especie del “homo sapiens” tiene lo que se merece, y mirar a otro alado y tararear una canción romántica: ”amarnos de dos en dos para odiarnos de mil en mil”, decía Ángel González. Y sobre todo pasarlo bien, porque la vida es breve. Comienza un nuevo año, por lo menos podemos decir que hemos llegado. Alcemos nuestras copas y disimulemos el bostezo incipiente. Solo quien tiene los pies helados y el estómago vacío mira a su alrededor con algo de deseo. Tal vez… en 2017… Por ejemplo los 1000 jóvenes africanos que intentaron saltar la muralla de concertinas en la frontera con Marruecos, mientras los españoles de bien comíamos las uvas. Uno lo consiguió, y fue trasladado al hospital inmediatamente, para curarle sus profundas heridas. No sabemos su nombre, pero le deseamos un año más feliz que 2016 a ese valiente, a él y a su compañera también ensangrentada, que viajaba con él en la ambulancia sin ser reconocida: la esperanza.

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Adiós, muchachos
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Esperanza Ortega | 27-12-2016 | 22:30| 2

Ya se acerca otro año y es inevitable volver la vista atrás. El viejo año se ha llevado por delante a una multitud de seres desconocidos, pero también a grandes celebridades del cine, de los deportes, de la política… Por grandes que hayan sido, desde Reagan hasta Cruyff. cada uno en su oficio, no han ocupado más que unas dos páginas en los periódicos y unos minutos en los informativos. Yo me pongo a pensar y decido que entre todo ese grupo de famosos a los que en vida no llegué a ver nunca de cerca, las que más me han conmovido son las muertes de Fidel Castro y de Muhammad Ali.  Y a decir verdad, en ambos casos, tras una semana, me había olvidado de ellos. Pero sé que no voy a olvidar fácilmente a Harper Lee ni a Marcos Ana, por decir los nombres de dos personas que no parece que en principio tengan nada en común. Sin embargo lo tienen, algo muy importante: los dos son escritores. Y pienso que el padre de la niña protagonista de “Matar a un ruiseñor” la gran novela autobiográfica de de Harper Lee, hubiera sufrido de lo suyo si hubiera tenido que fracasar defendiendo a Marcos Ana ante el Tribunal de Orden Público. Los dos han sido  autores de una sola obra. “Decidme cómo es un árbol” era el título de la única obra autobiográfica de Marcos Ana, y Harper Lee le podría haber descrito con más propiedad que nadie, no sólo cómo era un árbol, sino cómo era un bosque entero. El mismo día en que moría Harper Lee, moría también Humberto Eco, un 19 de Febrero de este año que acaba. Huberto Eco fue despedido como el sabio que era, aunque yo creo que él hubiera preferido haber escrito una sola novela que estuviera a la altura de “Matar a un ruiseñor” -digo esto sin desmerecer en absoluto mi gratitud por todo lo que aprendí leyendo “El nombre de la rosa”-. También han muerto otros dos premios Nobel de Literatura: Darío Fo e Imre Kertész. Yo soy mucho más aficionada a llorar que a reír con las obras de arte, y nunca olvidaré “Sin destino”, la obra también autobiográfica de Kertész. Leyendo “Sin destino” ni se ríe ni se llora, porque es una obra que expresa algo indecible, la sin humanidad, la sin compasión, la sin inteligencia y la sin razón. Y sin embargo, ¡cuánto disfruté sintiendo la amargura más honda  mientras leía “Sin destino”! . Es el milagro de la Literatura, que solo conocen los lectores. Algo que nada tiene que ver con el placer oscuro del masoquista, y que está relacionado más bien con la capacidad de transformación del alquimista: se trata de transformar cualquier cosa, hasta la más abyecta, en oro. Y estos autores lo consiguen. ¿Eran magos? Un poco, pero no lo suficiente para ahuyentar a la muerte. “¡Ay, muerte, muerta seas, muerta y malandante!”, decía el Arcipreste de Hita hace siete siglos. Al hablar de todos ellos no utilizo el pretérito indefinido: vivieron, murieron, fueron…, sino el pretérito perfecto: han vivido, han muerto, han sido. Y lo hago porque el año en que su muerte ha sido noticia, todavía no ha acabado. ¿El día uno de Enero, con el año reciente, diré: murieron el año pasado? Eso haré en la mayoría de los casos, menos en los de los escritores que acabo de citar. Incluso el Arcipreste de Hita se ve joven y airoso cuando se mira en el espejo de su “Libro de buen amor”. Ellos viven o han vivido hasta hace muy poco. Serán siempre contemporáneos nuestros, los muchachos y muchachas que nos acompañaban en nuestra vida.

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No a las guerras
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Esperanza Ortega | 20-12-2016 | 21:39| 0

Los acontecimientos bélicos son la mejor manera de aprender Geografía. A mí, en el bachillerato elemental, no me enseñaron nada más que las capitales de Europa y América, pero gracias a las guerras no ha habido página del Atlas que no haya consultado. Últimamente son los países árabes los que no tienen secretos para cualquiera que se interese por lo que pasa en el mundo. Incluso ciudades míticas, que parecían existir solo en la Literatura, como Palmira, han reclamado el lugar que las corresponde en el mapa al ser destruidas. Bana Alabed, la niña de Alepo que se ha hecho famosa por los twists en donde cuenta los sucesos que sufre cada día, nos ha familiarizado incluso con la geografía urbana de la ciudad, hoy irreconocible. ¿Pero cuándo no ha habido alguna guerra? Yo creo que nunca. Se acaba una y comienza la siguiente, y así progresa la Humanidad, gracias a las investigaciones de los fabricantes de armamento. ¡Qué ironía! Hay días fatídicos que merecerían escribirse con sangre en las enciclopedias. En el siglo XX hubo dos: el 28 de Julio de 1914 y el 1 de Septiembre de 1939. En cada una de estas dos fechas comenzó una guerra mundial. Aunque sus causas sean muy complejas, quizá no hubieran llegado a producirse de no ser por dos acontecimientos que sucedieron esos días. El 28 de Julio el Imperio Astro–Húngaro declaró la guerra a Serbia, tomando como excusa un suceso que se había producido un mes antes: el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo a mano de un terrorista serbio en Sarajevo. Y el 1 de septiembre  de 1939, los alemanes bombardearon Wileun, la ciudad polaca, destruyéndola casi por completo. Hitler ni siquiera inventó ninguna excusa, Alemania era más fuerte que Polonia, y podía hacerlo. Los ejércitos de los países aliados se presentaron siempre como defensores de los inocentes frente a la opresión, pero si hubieran tenido la mínima compasión por la población civil, los americanos no hubieran arrojado la bomba atómica sobre Hiroshima. Y es que las armas se fabrican para usarlas. Ya lo advirtió Flaubert: “No le demos al mundo armas contra nosotros, porque las utilizará”. Trump, ese descerebrado al que han elegido Presidente de los EE.UU, ha prometido aumentar considerablemente el gasto en defensa. Así que solo nos queda preguntarnos qué día empezará la nueva guerra, pues se ve que con las que hay ahora no tiene bastante. Antes de ayer mismo, hubiera sido una fecha con dos excusas bien fundadas: en un un mismo día, en Berlín un terrorista islámico atropelló a 12 personas y otro terrorista disparó sus ocho balas contra el embajador de Rusia en Turquía en una sala de Arte. Bana Alabaed resume en un twist el estado de ánimo de la población condenada que soporta el lento exterminio. Lo hace sobriamente, y por eso sus palabras son todavía más significativas: “Estamos muy cansados”. Yo diría que la Humanidad entera está muerta de cansancio. ¿Esto no tendrá fin? Y recordamos el aforismo de Platón, tan certero como todos los suyos: “los muertos son los únicos que ven el final de la guerra”.  Los griegos, esos sí que sabían.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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