Contra todo pronóstico, o quizás mejor dicho, contra la tónica de los últimos años, la edición de los Oscar de Hollywood correspondiente a la cosecha de 2011 ha traí do al primer plano de la actualidad al viejo cine de los pioneros: aquel en el que la imaginación, la creatividad y la magia primaban sobre cualquier otro precepto técnico o artístico. Es verdad que Hitchcock dijo aquello de que el cine son «cuatrocientas butacas que llenar», o que Fellini, más ácido todavía, definió el séptimo arte como «una mezcla de partido de fútbol y de burdel»… pero también tenemos la fórmula más clásica de todas, la que sin duda mejor define al arte más genuino del siglo XX: «El cine es una cinta de sueños»; los derechos de autor son de Orson Welles.
Al recordar ahora en los inicios del siglo XXI, con ‘The artist’ y ‘La invención de Hugo’, a algunos de los maestros del cine mudo, como los hermanos Lumière o Georges Méliès, conviene recordar también a Segundo de Chomón (Teruel, 1871-París, 1929), un verdadero genio español que descubrió el cinematógrafo directamente en las exhibiciones parisinas de los primeros, y que durante un tiempo fue considerado como el principal rival del segundo, cuando la mítica productora Pathé Frères le contrató para hacer la competencia al que estaba considerado como el mago del cine en el primer decenio del siglo pasado. De hecho, Segundo de Chomón había colaborado anteriormente con Méliès en 1899, a través de su esposa, la vedete Julienne Mathieu, quien trabajaba en los talleres del maestro coloreando a mano los fotogramas de sus películas. Chomón, que después desarrollaría su propia industria cinematográfica en España, inventaría para Méliès las plantillas de celuloide, llevaría a la perfección la técnica del llamado ‘paso de manivela’, y sería considerado durante varios decenios como un verdadero genio de los efectos especiales. Las películas rodadas por él mismo, como ‘Choque de trenes’ (1902), ‘Gulliver en el país de los gigantes’ (1903), ‘La casa encantada’ (1906-1907) o ‘El hotel eléctrico’ (1908) forman parte de la mejor historia del cine español, a la vez que sus trabajos como maestro de trucaje para películas francesas e italianas como ‘Cabiria’ (1914), de Giovanni Pastrone, le colocan como uno de los creativos más prestigiosos y mejor pagados de su tiempo; la célebre secuencia de la erupción del Etna hizo correr ríos de tinta entre los cronistas de la época por el enorme realismo que consiguó imprimir a las imágenes…
Antes de la llegada de la I Guerra Mundial y, con ella, de la primera gran crisis del cine europeo, Chomón fue el primero en crear una auténtica industria cinematográfica española; lo hizo en Barcelona, donde fundó su propia productora al lado del empresario de variedades Joan Fuster Garí, y de ella salieron varias decenas de películas cómicas, musicales o dramáticas.
Al lado de la imagen de la Luna de Meliès, considerada como uno de los grandes iconos del cinematógrafo, no podemos olvidar esa otra imagen de Chomón, la que utilizó para rodar ‘Una excursión a la Luna’ (1908), en la que la boca del blanco satélite se come a la nave procedente de la Tierra, y eructa después unos densos vapores incendiarios. Es verdad que Chomón siguió hasta el fin de sus días con sus sueños (el último, la gran superproducción del clásico ‘Napoleon’, de Abel Gance), mientras que Méliès terminó despachando juguetes y chucherías en la parisina Gare de Montparnasse. Pero también es cierto que, en los libros de historia del cine, al aragonés nunca se le dedicó el mismo espacio que al francés.
Desde los deslumbrantes inicios de los pioneros hasta el cine de nuestros días ha habido de todo: cine fantástico, cine-verdad, cine literario, cine negro, cine independiente, cine de aventuras, nuevas olas, realismos y neorrealismos varios. Pero por fortuna esa vinculación de la imagen en movimiento con el sueño y la poesía, con la capacidad del hombre para hacer realidad otros mundos y otras realidades nacidos de su inabarcable imaginación, nunca se ha terminado de perder; y hoy continúa seduciendo a miles, a millones de personas de todo el planeta. Al lado de lema de Welles siempre deberíamos tener el frontispicio de otro de los grandes soñadores del cine de todos los tiempos, Walt Disney: «Si puedes soñarlo puedes lograrlo». Algo muy parecido debió de pensar, aunque no lo dejara escrito, el gran Segundo de Chomón.