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Libros de poesía para leer en verano
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Carlos Aganzo | 12-07-2013 | 11:09

Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro», nos decía Emily Dickinson. Y es verdad. Con la llegada del verano viene también el tiempo de viajar lejos; tan lejos como nos permita nuestro presupuesto… o nuestras ganas de leer. A la sombra de un ciprés, bajo la clásica parra o al arrimo de una sombrilla, de frente al mar, el verano nos brinda la ocasión de embarcarnos, con más tiempo y más luz, en la lectura de esos libros que se han ido acumulando en nuestra mesa y que ahora piden ser leídos de otra manera, lejos del agobio y la diligencia de los días comunes.

Todos los libros tienen su oportunidad en el verano. Pero los de poemas, quizás por su proverbial capacidad de hacer vibrar el corazón de los lectores, la merecen un poco más. No hay que abordar un poemario como se aborda una novela, con el afán de leerlo de principio a fin, sino más bien acercándonos a él con cuidado, con delicadeza, con la esperanza de encontrar algún verso que nos toque, que nos pida más, y que nos acabe haciendo sentir que necesitamos no solo conocer el contenido completo del libro, sino también el sentido oculto, íntimo y secreto de esa pequeña obra de arte en sí misma que debe ser cada poema.

Así es exactamente como ocurre, por ejemplo, con el último libro de Joan Margarit (Sanahuja, Lérida, 1938), ‘Se pierde la señal’, publicado en edición bilingüe catalán-castellano por Visor, un prodigio de profundidad y sugerencia que nos trae lo mejor de la creación de un autor consagrado que, pasados los ochenta, sigue dando muestras de una impresionante vitalidad poética. En tono de retirada y, sin embargo, profundamente aferrado a la vida, el mismo poeta que afirma que «para ser feliz no hace falta esperanza», confiesa también descarnadamente: «No recuerdo haber deseado nunca / la soledad con tanta urgencia, / Son señales. El animal / las reconoce y hace caso de ellas. / Cuesta mucho encontrar un zorro muerto. / O un jabalí muerto. Antes, se esconden». Un acercamiento cadencioso, profundamente consciente, al final de la existencia, viendo pasar las nubes «como trenes silenciosos», y afirmando, «a pesar de Heráclito», que el cielo es lo único que es igual en la vejez y en la infancia. «Cuando piensas que ya todo se acaba, que se pierde la señal, aún te queda la poesía y también la música», escribe Margarit, que incluye en este libro de hallazgos, firmado en el verano de 2012, algún poema como este: «Estamos hechos de finales falsos: / hasta hemos inventado la muerte y la hemos puesto / donde lo que sucede sólo es / que se acaba la vida. / Un día nos amamos. / Ahora el centro del amor / es calmar la violencia / del deseo perdido».

Una cierta necesidad de saldar cuentas se advierte también en la última entrega poética de Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1940). Quizás no las propias cuentas, sino las que han tenido pendientes, a lo largo de un siglo, dos figuras tan diferentes y al mismo tiempo tan complementarias como las de Luis Rosales y Federico García Lorca. Tomando prestado el título de un libro que nunca llegó a escribir el primero de los dos, ‘Nueva York después de muerto’ es un poemario multiforme dividido en tres capítulos, con las figuras de los granadinos recortadas contra el telón de fondo de la ciudad de Nueva York, inquietante referencia para varias generaciones de poetas españoles. Una «traición relativa» a la memoria de Rosales que asume la herencia un impulso poético que, en las manos de Antonio Hernández, se convierte en uno de sus libros más audaces, más poliédricos en su forma y, al mismo tiempo, más redondos en su contenido. Con pie de imprenta en 2013 (Calambur), pero concluido «durante los interludios vacacionales del año 2010», centenario del nacimiento de Rosales, ‘Nueva York después de muerto’ es, en realidad, una deslumbrante reflexión lírica sobre la gran poesía que ha acompañado al escritor a lo largo de su vida y que late aquí en la voz única del poeta gaditano, por muchas que sean las voces que se reconocen y se reverencian en su huella intelectual.

De Cataluña a Andalucía es necesario pasar un momento por el País Vasco para acercarnos a la última publicación de Blanca Sarasua (Bilbao, 1939), otro ejemplo magnífico de frescura y libertad poética, que en este caso se acompaña no de dos imprescindibles de la poesía española como son Lorca y Rosales, sino de un tercero que, en siendo un buen poeta, ha pasado sin embargo a la historia de la literatura universal merced al brillo de su prosa: don Miguel de Cervantes Saavedra. ‘Baciyelmo’ (Biblioteca Nueva) es, formalmente, un poemario de citas y de glosas, acercatadamente situado entre lo coloquial y lo culto, que sin embargo se revela como un profundo ejercicio de humanidad en el que se reflexiona, al hilo del clásico cervantino, sobre algunas de las grandes contradicciones de la vida. Informes de amor, locuras peligrosas, conciertos ecológicos y gigantes que existen «y amenazan / cuando la vida aprieta / limitan con el miedo pesando como fardos / y agotan las reservas de esperanza»… Y bacías que son definitivamente otra cosa: «Es solo que nos cuesta ver el yelmo / cuando todo se atranca en nuestras vidas».

El mismo sabor clásico pero rabiosamente joven y contemporáneo, a pesar de la larga experiencia poética de su autor; el mismo incidir en preguntas que no tienen necesaria respuesta se disfruta, con delectación, en los poemas que componen ‘Bajo otro tiempo’ (Visor), la obra con la que Juan Van-Halen (Torrelodones, Madrid, 1944), ha ganado el último Premio Ciudad de Melilla. La inspiración, la vida propia de cada poema, sin desdoro hacia la rotundidad del conjunto, es quizás la característica más sorprendente de este libro, marcado por una permanente presencia de la condición moral del hombre, pero también por ese extraordinario oído musical que ponderó en su día Ángel González. Una inmersión inspirada en el verso libre, fruto de un trabajo de apartamiento voluntario de la estrofa que el escritor maneja con mayor maestría: el soneto, es decir, «el gótico de la poesía». Un continuo ir y venir de la intimidad a los estímulos del mundo que nos deja poemas extraordinarios, como lo es el dedicado precisamente a la figura de Ángel González, escrito en Nuevo México, «donde Billy el Niño desenfundó el revólver y Ángel González la palabra», y que nos ofrece el retrato maestro de «un hombre cabal / que a las cosas las nombra por su alma». Sobre andanzas y visiones, naufragios y mudanzas, nombres y geografías, la vieja obsesión con el paso del tiempo del más manriqueño de los poetas españoles actuales: «No habré de naufragar en un mar de sorpresas, / ni mudarme de casa, de ciudad o de sueños / para que el tiempo venza».

Una obsesión, por cierto, compartida con un poeta mucho más joven que Van-Halen, el sevillano Enrique Barrero Rodríguez (1969), aunque aparentemente se trate de recorrer el camino inverso. Poesía, la de su último libro, ‘Cien de diez’ (Ángaro), que habla de los asuntos de nuestro tiempo, de la minuciosa crónica literaria de los días cotidianos, convertidos en material poético gracias a la mirada traspasadora del escritor; pero también de fidelidad a la forma, en este caso a la décima clásica. Una selección de cien de las mil décimas que el autor ha ido publicando, ininterrumpidamente, en su blog ‘De cimas y subsuelos’ entre marzo de 2010 y noviembre de 2012. Mucha hondura y una rara variedad poética sobre la base sólida del viejo metro.

Sin salir de Andalucía, pero esta vez parando en Granada, merece la pena fijar la atención en un libro extraordinario del que sin duda es un autor extraordinario. El dominico Antonio Praena (Purullena, 1973), quien ya sorprendió a propios y extraños con su libro ‘Poemas para mi hermana’, finalista del Adonáis en 2006, vuelve ahora con un nuevo poemario, ‘Yo he querido ser grúa muchas veces’ (Visor), flamante ganador del XXVI Premio Tiflos y, sin duda, una de las obras más estimulantes publicadas en la primera mitad del año. Un libro vibrante, instalado en las controversias y los estallidos emocionales del siglo XXI, sobre los cuales el poeta –y, con él, el lector– busca y encuentra una verdad que trasciende el espacio y el tiempo.

Praena forma parte de una nueva generación de poetas menores de cuarenta años que deja bien a las claras la pujanza y el interés de la joven poesía española en este arranque de la nueva centuria donde, en este mismo año, es posible encontrar otros testimonios llenos de fuerza e interés poético, como el del palentino Jacob Iglesias de Guzmán (Carrión de los Condes, 1980), ganador con su segundo libro, ‘Horas de lobo’, del Premio de Poesía Origarri; el del vallisoletano Alberto Sevillano Montaña (1980), acreedor del último Premio Fundación Cultural Miguel Hernández, con ‘Entre luces y sombras’ (Devenir), o el del extremeño José Manuel Díez (Zafra, 1978), que con ‘Baile de máscaras’, ganador del XXVIII Premio de Poesía Hiperión, nos regala una auténtica lección de musicalidad, cultura, lucidez y profundidad de campo sin perder ni un solo momento el pulso poético, obligándonos a entrar y a entregarnos de pleno a los territorios de la emoción… O el del abulense Miguel Velayos (1978), cuyo ‘Politica sesions’ (Vitrubio), ‘escenificado’ ya en diferentes ciudades, tiene la fuerza de la mejor poesía de nuestro tiempo, sin perder en ningún momento la conexión con la poesía española de todos los tiempos.

En el borde de esta generación se sitúa Pablo García Casado (‘Fuera de campo’, Visor), que nos da la oportunidad por primera vez de degustar su poesía reunida, y algo más lejos de ella dos poetas importantes que se encuentran en plena madurez creativa, como son Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954), autor de ‘Retrato de un hilo’ (Hiperión), y Manuel Juliá (Puertollano, Ciudad Real, 1954), que deja testimonio, en ‘El sueño de la muerte’ (Hiperión), de una sólida carrera poética que corre en paralelo a su ardua actividad como prosista.
Deliberadamente he dejado para el final, en esta deleitosa repesca de estío, un libro como ‘Topología de una página en blanco’ (Amargord Ediciones), del asturiano Alejandro Céspedes, un poeta que no se cansa de indagar, una y otra vez, en los caminos más difíciles y menos transitados de la poesía, rompiendo y recomponiendo su verso un libro detrás de otro, pero siempre con esa búsqueda de la revelación que, en su fondo más íntimo, constituye una de las esencias mayores de la poesía. «Nos seguimos creyendo necesarios para que cuanto / existe reclame nuestros ojos / pero el problema de la revelación seguirá intacto», nos dice este poeta de altos vuelos en su última entrega literaria. Una buena receta para leer mucha y buena poesía contemporánea en este verano que acabamos de estrenar.

Sobre el autor Carlos Aganzo
Carlos Aganzo, escritor y periodista, es director de El Norte de Castilla.