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Categoría: Columnas opinión
Hipócrates biónico

Hace veinte años las Spice Girls saturaban las ondas y la paciencia y desde Escocia llegaba el anuncio de la primera clonación de un mamífero a partir de una célula adulta, y con el anuncio la elevación inmediata de la oveja Dolly a una celebridad animal que hasta entonces solo habían alcanzado, quizá, la perra Laika, la mona Chita y Copito de Nieve, y con la elevación el contagio de una paranoia difusa y distópica: ¿acabaríamos todos como réplicas a tamaño natural del Ken de la Barbie —o como la misma Barbie? ¿Y qué Ken —y qué Barbie— serían los modelos elegidos? ¿Qué pensaría Darwin del asunto? ¿Y Hitler? Al final, la clonación no ha dado más que para unas cuantas películas malas y un manto de silencio científico, por lo menos en cuanto a hipótesis catastrofistas se refiere, que al fin y al cabo lo que preferimos consumir las masas ignorantes es especulación y no ciencia.

Ahora le toca a la cabeza. Tener las proporciones áureas del Ken estaría muy requetebién, pero estaría aun mejor tener la memoria de Borges y la capacidad de cálculo de Kaspárov. Ramón y Cajal dijo que el cerebro es maleable, y no le falta razón, pero malearlo exige tiempo y sobre todo esfuerzo, y quién necesita tal gasto pudiéndose implantar un chip.

El tiempo tecnológico late a un ritmo vertiginoso, y antes de que nos demos cuenta habremos pasado del uso sanador, regenerativo de los implantes biónicos en personas con casi sordera o ceguera a la posibilidad de incrementar nuestras capacidades cognitivas a un nivel suprahumano. ¿Borges? Con un clic nos podríamos descargar la Biblioteca de Alejandría entera en lo que fumamos un cigarrillo (también electrónico, por supuesto). Al menos quien pueda pagarse el chip. Pero el nudo ético permanece, porque la ética es eterna. El derecho en cambio es maleable, como el cerebro de Ramón y Cajal, solo que mucho más lento. Por ello hay que detenerse un momento y comenzar sin demora a darle a Hipócrates forma articulada.

(El Norte de Castilla, 18/5/2017)

@enfaserem

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Macron, centrista

Uno de cada cuatro franceses se abstuvieron el domingo, ratio que no se alcanzaba desde la inmediata resaca postsesentayochista. Las estadísticas insisten en que el llamado centro político es el más abstencionista, pero Macron, apóstol del centro, ha apalizado a Le Pen en un 66/33. ¿Cómo se conjuga esto? ¿Y hay que considerar el cuarto abstencionista como votos macronianos, siquiera in spirito? Más bien al contrario: los votos macronianos son votos abstencionistas. El centro político es el cajón de sastre donde se acumulan los desencantados que sienten el voto como un deber y no como un derecho, una suerte de obligación autoimpuesta en cuya eficacia sin embargo no creen. Votar centro es como lavarse las manos a la manera de Pilatos, una ablución de la conciencia cívica que se agota en sí misma. El centro es la política sin ideología, y con ideas transitorias; es un hueco, una ilusión que, como casi todas las ilusiones, resulta inasible. Pero la política trata ante todo de cosas, de materia, de pilares, que es lo contrario del hueco. ¿Qué predica el centro? Libertad, igualdad, fraternidad. Mejorar las oportunidades de los ciudadanos. Muy bien, pero esto son vaguedades que también suscriben Le Pen o Trump, la diferencia es en el cómo: levantando muros de hormigón o saliéndose de la UE son dos propuestas. Seguramente rechazables, pero concretas. Aparte de posicionarse a favor de Europa, novena de Beethoven incluida, Macron no ha ofrecido nada, y de hecho este ha sido un posicionamiento a la contra, una reacción inevitable al planteamiento suicida de Le Pen. Así, Francia ha votado indefinición, ha votado verlas venir, ha votado paréntesis porque no podía votar otra cosa. ¿Es bueno Macron, es malo, es regular? Nadie lo sabe. Lo único que se sabe es que Le Pen buena no, y que mejor malo por conocer que malo conocido: al menos el que está por conocer concede un tiempo, un respiro, y acaso en ese tiempo aprenda algo y no salga del todo rana.

(El Norte de Castilla, 11/5/2017)

@enfaserem

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Saludable imposición

El Gobierno de la Generalitat se ha propuesto hacer de Cataluña la región más saludable de España —bueno, la más saludable sin más—, y acaba de sacarse de la chistera tributaria un nuevo impuesto sobre las bebidas azucaradas envasadas. Cualquier líquido portable y envasado al vacío que se exceda del cero/cero es susceptible, a poco que se descuide, del hachazo. Que terminará pagando quien se lo lleve a los labios. La Generalitat ya ha anunciado su intención de ampliar el abanico de productos imponibles a toda comida que se pase de grasa, de sal, de picante. Hay que desincentivar el consumo de estos productos como sea, y no hay camino más directo que el que va de la ley al bolsillo (la pela es la pela).

Extrapolando, sería más lógico prohibir la fabricación de coches cuyo motor les permita circular por encima de los 120 km/h, ya que esto sí genera un perjuicio —aun hipotético— en el otro. (Algo impensable: uno se gasta su dinero en lo que quiere, y si quiere en un cohete con ruedas de cien mil euros, mientras no rebase el límite allá él.) Meterse en cambio tres cocacolas del tirón solo hace daño al que las ingiere. Y todo el mundo tiene derecho a suicidarse, bien de golpe con un tiro en la sien, bien morosamente cigarrillo a cigarrillo o refresco a refresco, le guste o no a papá Estado. Cuyo argumento de que el impuesto reducirá, al reducir el consumo del producto, el coste sanitario futuro porque ya no tendría que tratar a ese exconsumidor por colesterol o tensión alta presenta una vinculación tan endeble —no hay una relación necesaria de que el consumo lleve al hospital— como extensible —por ese argumento, se podría poner un impuesto a los patinetes, por las vendas para los niños que se presentan en Urgencias con un tobillo torcido; otro a los fabricantes de cloro, por la irritación cutánea de los nadadores, y así hasta el infinito y más allá—.

Lo único saludable con impuestos tan hipócritas es no tener que pagarlos.

(El Norte de Castilla, 4/5/2017)

@enfaserem

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Tuits penales

Freud escribió que uno es dueño de lo que calla pero esclavo de lo que dice, y ahora el Tribunal Supremo ha ratificado al padre del psicoanálisis con una serie de condenas de prisión por enaltecimiento del terrorismo en la red social del pájaro azul. Solo que no lo ha ratificado en absoluto, sino llevado hasta el extremo deformante.

Establecer el límite de la libertad de expresión es acaso el más delicado ejercicio a la hora de aplicar el derecho penal. Y mucho más cuando la evaluación ha de ceñirse a la camisa de fuerza que suponen los 140 caracteres que caben en un tuit. Tomemos el siguiente eructo: <<A Ortega Lara habría que secuestrarle ahora [27 de enero de 2014, con Lara como candidato de VOX]>>. Resulta gramaticalmente cristalino, literalmente unívoco. Claro que el autor siempre puede recurrir a la ironía como defensa: no hay que tomarlo en el sentido literal, falta el contexto. Admitir por rutina tal argumento supondría habilitar la impunidad a que cada cual emitiera el eructo que le viniese en gana, por muy burro que fuese. Así, al tribunal no le queda otra que asirse a los 140 caracteres de cada tuit.

Pero tal no ha de suponer una lectura miope. ¿Cómo creer en conciencia que el autor del eructo quería en verdad ver otra vez a Ortega Lara enterrado en un zulo? Si por algo se caracteriza Twitter es precisamente por la falta de contexto, y por ello los tribunales han de hacer un esfuerzo extra de cintura interpretativa. Que en caso de alumbrar una mínima duda habría de concluir en favor del eructante. Resultado al que por otro lado el propio medio conducirá casi siempre. La tecnología ha desbordado al derecho, y penalmente solo cabe, salvo flagrantes, puntualísimas excepciones, encomendarse a la responsabilidad personal de los tuiteros. Lo único que se le puede condenar al del eructo es su falta de gusto.

(El Norte de Castilla, 27/4/2017)

@enfaserem

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A pedradas

Ya Einstein advirtió que en la Tercera Guerra Mundial no se combatiría con sofisticados armamentos tecnológicos, sino a pedradas y lanzazos. Ni a Donald Trump ni a Kim Jong-un se les pide que comprendan las implicaciones de las casi infinitas ramificaciones de la Teoría de la Relatividad, pero sí al menos el subtexto obvio de la frase del físico. Escribió Kafka que a partir de cierto punto no hay retorno, y que ese es el punto que hay que alcanzar. Kafka no llegó a presenciar el hongo atómico, y es muy probable que de haberlo hecho se hubiese desdicho de la frase, o sea de su segunda parte. Hiroshima y Nagasaki supusieron el punto de no retorno en la historia de la guerra, el Rubicón a partir del cual el propio concepto de guerra como combate con vencedores y vencidos dejaba de tener sentido. Hiroshima y Nagasaki abrieron una fase de latencia obligada, pero no por latente menos activa; la única certeza era que <<ellos> no habían renunciado al desarrollo de la bomba, y que por tanto tampoco nosotros podíamos. El que ninguno de los bandos pudiera hacer efectivo el desarrollo no era óbice para no llevarlo a cabo de la manera más urgente y profunda, y así la escalada nuclear, impulsada por la paranoia, subió y subió y subió y siguió subiendo… y ahí seguía, como un monstruo dormido que no deja de crecer y al que nadie se atrevía a despertar.

Al menos hasta ahora. Trump ha encontrado un consolador sustitutivo de la atómica con la bomba lanzada sobre Afganistán. Veremos hasta cuándo le dura el consuelo. Como uno de los dementes cowboys de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, parece haber hallado un placer sexual en la exhibición, primero, de la bomba (forma  fálica), y luego en su lanzamiento (la explosión como orgasmo). Al hilo, Kim Jong-un, que no quiere ser menos, ya ha sacado a pasear toda su solariega potencia, avalado por su vice: <<Estamos preparados para una guerra nuclear>>.

En algún lugar, Einstein mira a Kafka. Ninguno dice nada.

(El Norte de Castilla, 20/4/2017)

@enfaserem

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Neolengua

Uno de los más insospechados efectos colaterales que el aterrizaje de Mr. Trump en la Casa Blanca ha tenido ha sido el de disparar las ventas del clásico de George Orwell 1984 como si no hubiera mañana, que quizá no lo haya.

De inmediato se ha procedido a identificar la distopía atemporal —no futurista, ojo— orwelliana con Trumplandia, pero de los varios paralelismos que pueden establecerse no se ha reparado con la suficiente atención, si es que con alguna, en uno de los pilares esenciales de la construcción/destrucción del mundo que tiene lugar en la novela, la depuración del lenguaje del pueblo mediante la ‘neolengua’. Con ella el aparato estatal pretende <<podar el idioma hasta dejarlo en los huesos>>, eliminar el léxico superfluo y quedarse solo con el imprescindible para el intercambio de información.

Solo que el léxico nunca es superfluo, no hay mayor formador del pensamiento que el lenguaje; no solo el lenguaje verbal, también el algebraico o el musical, pero es el verbal el que más nos ensancha la mente, el que nos hace pensar más y mejor, en primer lugar porque es el que antes aprendemos y más utilizamos. Quien controla el lenguaje controla el pensamiento, y por ello el poder trata de controlarlo: en Orwell por la vía fulminante de podarlo, en la política real por la indirecta de prostituirlo. El lenguaje es pues un reducto de libertad frente al poder, y si con el auge comercial de 1984 no se ha reparado en la neolengua, se debe acaso a que ya nos hallamos inmersos en un proceso de poda de muy difícil reversión, sobre todo por su aparente inocuidad y continuo uso. Hemos sustituido la palabra por el emoji, es decir el caleidoscopio de palabras disponibles para expresar un sentir por una carita sonriente o enfadada, pasando del razonamiento con matices al pensamiento binario. Y lo más triste es que no nos hemos dado cuenta, casi agradecidos, como en una lenta borrachera de sofá que al levantarte te desploma en la alfombra.

(El Norte de Castilla, 13/4/2017)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.