img
Categoría: Columnas opinión
¡Atención!

Un reciente estudio ha determinado que el periodo de atención que el hombre presta de media a un estímulo visual es de ocho segundos. Hace diez años, cuando el primer iPhone vio la luz pública —y gracias al cual tantos creyeron ver La Luz—, este periodo era de doce; puede parecer una merma no muy sustancial, pero en el ámbito de la atención, en función de los parámetros que este estudio y otros previos manejan, un segundo es mucho más que el paso de tic a tac. Con el añadido de que la merma ha situado al hombre por debajo del pez. Sí, de ese pez naranja, modesto y vulgar con el que los niños se encaprichan al cumplir los cinco o seis años y que termina resignado en un rincón de la cocina. La memoria de los peces es fugaz como el chasquido de dos dedos; sin embargo, si al pez se le planta un papel con letras al otro lado del cristal es más probable que mantenga los ojos fijos en él durante más tiempo que un hombre. Acaso se deba a que el pez no se entera ni entiende nada, pero tal supondría que el hombre no quiere entender ni enterarse. No se sabe pues qué es más preocupante, si no prestamos atención porque hemos reducido nuestra capacidad de prestarla a base de pasar el índice por la pantalla del móvil o de hacer clic-clic-clic en el ratón, en una suerte de somatización genética, o porque ya nada nos la llama.

No es algo trivial que desde hace unos años la narrativa audiovisual haya tendido a reducir el tiempo de exposición del plano: el intercambio internauta, con las redes como motor y ejemplo máximo, modificaron la mirada —y los oídos— del espectador, despertando una necesidad insaciable de sinapsis como  flashes, y la industria audiovisual no hizo sino adoptar el modelo, contribuyendo a su vez a ahondar —agravar— el fenómeno. ¿Y qué viene después? Junto a la atención va unida la reflexión, y al disminuir también esta aumenta la aceptación sin crítica. Lo que viene después —ya está aquí— es la indefensión ante el poder.

(El Norte de Castilla, 23/3/2017)

@enfaserem

Ver Post >
Elige todo

El operador dominante de telefonía fija, móvil y tele por suscripción en España ha adoptado como anzuelo publicitario el eslogan que intitula esta columna, más un mandato que una sugerencia: <<Elige todo>>. Nada menos. El fútbol y la liga Endesa y la NBA y el tenis y el golf, y no hemos salido del abanico deportivo; añádase el abanico de series, el de cine, el de programas de cocina y de cotilleo y de viajes y de noticias y de vocación infantil. Parece un eco del monólogo de apertura de Trainspotting: elige una tele grande que te cagas, elige lavadoras, equipos de música, elige una hipoteca y un piso piloto, elige… Y ante la negativa a elegir todo eso —<<la vida>>— porque con la heroína basta y no hay razones, cabría darle la vuelta a la réplica y decir: <<¿Quién necesita heroína teniendo Movistar?>>.

Incluso aunque uno logre acotar su interés a un solo abanico, la oferta resulta tan abrumadora que paraliza. Disponemos de todo y por tanto lo queremos todo —la propia oferta genera el deseo—, y al quererlo todo, y todo ya, no nos decidimos por nada. Como en el soneto Vida —otra vez la vida— de José Hierro, <<… después de todo / supe que todo no era más que nada>>. Doscientos canales de emisión continua no suponen una conquista de la  autonomía sino una hoguera de ansiedad. El espectador no se sacude la sensación de que en otro canal, en ese mismo momento, están pasando un programa imprescindible, y en efecto, no solo uno: diez, doce, y los pone a grabar todos, y su lista de deseos crece y crece, y ya supera las tres páginas, y entonces decide ver algo de lo más antiguo pero… ¿Por qué grabó eso? Al final, entre el par de vueltas a la rueda de canales y las grabaciones no le queda tiempo para ver algo completo, así que deja que el pulgar decida por él y se pose donde le venga en gana y ahí se queda, sea la enésima revisión del Holocausto o el último caso de periodismo <<de investigación>>, que si no es la nada se le parece mucho.

(El Norte de Castilla, 17/3/2017)

@enfaserem

Ver Post >
Justicia comunitaria

Ni la intercesión canónica llamando a la serenidad del pueblo y a la acción gubernamental —con la ayuda de Dios— ha obtenido otro resultado, ante los linchamientos y demás atrocidades sufridas en Bolivia al calor de la llamada justicia comunitaria, que la perpetuación de la justicia. El último caso ha sido la muerte adolescente de un chico de 16 años, por el juanadearconiano y efectivo método de pegarle fuego, sospechoso de violar y asesinar a una de siete, en pleno remolino de la celebración del Carnaval. Otro carnavalesco método empleado por los justicieros es el de atar a un árbol al supuesto culpable y rociarlo con hambrientas hormigas venenosas, sin dejar de lado el no por ordinario menos fiable balazo en la nuca. ¿Y qué hace el Ministerio de Justicia? El Ministerio de Justicia investiga. Investiga y condena. Investiga <<profundamente>> y condena <<sin paliativos>>. Y los linchamientos populares continúan. Porque la propia Constitución ampara, si no los métodos sí el concepto, y qué otro sentido puede tener el concepto de justicia comunitaria que el de que la comunidad haga justicia, o sea la que le parezca, y esto lo saben tanto el ministro como el obispo, se pongan como se pongan.

Qué barbaridad. Desde luego la falta de educación es una lacra social que urge erradicar cuanto antes. Alguien debería instruir a estos labriegos indígenas en las bondades —y no solo bondades: necesidades— de una democracia bien construida, la importancia que tiene el disponer de instituciones fuertes, articuladas. Por ejemplo el Tribunal del Jurado, con el que el pueblo puede hacer justicia como corresponde, ya sea el caso de homicidio o de malversación de caudales públicos, y si uno no termina de comprender los matices del todo no ha de preocuparse, con prestar atención y un poco de sentido común la opinión se forma sola, cristalina, y puede emitir su veredicto con toda la seguridad de haber honrado a la democracia. Educación, eso hace falta.

(El Norte de Castilla, 9/3/2017)

@enfaserem

Ver Post >
‘Moonlight’

El error al anunciar el Oscar a mejor película tiene el carácter de esos lapsus freudianos que revelan una verdad mayor que lo voluntariamente expresado. En este caso, del inconsciente colectivo de la Academia, y aun de la sociedad en su conjunto.

En cuanto que cine, anteponer Moonlight a La La Land —y a otra docena de títulos— es como anteponer el retrato escolar que un niño pinta de su mamá con un bidé de Antonio López. El niño ha podido meter mucho cariño, pero ha metido poca pintura. Moonlight es una sucesión infatigable de elecciones rutinarias (plano medio, medio-corto o primer plano para subrayar de menos a más la  <<emoción>> de lo que dice el personaje) junto a  ocasionales efectismos, como el plano-abejorro de la primera escena o el secuencia sobre la nuca del protagonista adolescente. Narrativamente, ¿qué sentido tiene recurrir a las elipsis si lo que en ellas acontece se explicita acto seguido en el diálogo? Y la conversación central en la cafetería entre el abusón y el objeto de deseo del protagonista es un pegote tan forzado como inverosímil, solo para justificar lo que viene después (pegotes hay varios).

Pero es en la intención —que la forma esbozada apuntala— donde más avergüenza. ¿Alguien puede creer que ningún hombre —periodo en la cárcel incluido— haya vuelto a tocar al protagonista en quince años desde que de adolescente le hicieran el trabajillo manual en la playa? Como si la necesidad de afecto estuviera reñida con la expresión sexual. Claro que los gais son más sensibles, y el gay negro se siente especialmente oprimido, pues en su impío mundo no se le permite mostrar debilidad.

De una obra artística se puede desprender una enseñanza moral, por supuesto; lo malo es que la enseñanza condicione la realización de la obra. Moonlight es un síntoma atronador de la tendencia abrumadora de evaluar el arte por sus intenciones aleccionadoras y no por sus valores estéticos —que por cierto son morales también—.

@enfaserem

Ver Post >
Trump, censor

La (pen)última de Trump se ha repetido que pone en peligro a la libertad de expresión y la democracia: <<Han de mantener la boca cerrada>>, ha dicho de los periodistas, <<es la gente más deshonesta que existe>>. Este eructo no pone en peligro la democracia más que una invasión de marcianos verdes. Trump puede que no tenga las maneras de un lord inglés ni el verbo sosegado de un consejero matrimonial, pero no carece de inteligencia política en un sentido maquiavélico pueril, meramente rentable. No es que Trump crea de verdad que tiene derecho de mordaza sobre los periodistas; con su condena, lo que consigue es apuntalar su imagen de hombre de acción, de privilegiar los hechos a las palabras, y así confirmarse ante sus fieles y rebañar un puñado del otro lado, pues que el de hombre de acción es un perfil muy valorado, casi se diría congénito, en el imaginario americano, sea el votante del color que sea. Y más hoy.

Hoy en Estados Unidos el término <<intelectual>> ha adquirido en el léxico popular un estatus similar al que en los años de la Guerra Fría tenía el de <<comunista>>: un término al que no hace falta dotar de contenido, acotar sus límites, cuya sola atribución hace que recaiga la sombra de la sospecha sobre el señalado. Que la conexión periodista-intelectual parezca de entrada cuando menos nebulosa no importa: en la supuesta patria de la libertad —insistimos: no solo en el reino de Trumplandia— cualquier eco que pueda evocar cierta densidad teórica, reflexiva, siquiera lejanamente, es visto como esnobismo, como alarde de superioridad. Y al fin y al cabo los periodistas tienen todavía en la palabra, con todo lo castigada y malbaratada que esta está, su herramienta principal, lo que no deja de ser indicio de subversión. Hay pues en el eructo un propósito, pero no una amenaza. Aunque el que haya conseguido plantar la duda debería despertar, en otro plano, las alarmas: ¿tan achacosa está la democracia como para tomarlo en serio?

(El Norte de Castilla, 23/2/2017)

@enfaserem

Ver Post >
Eurovisión

Es casi seguro que desde el del chiki chiki no haya habido otro certamen más polémico. Lo que es seguro sin casi es que no ha habido otro más triste. La polémica que aromó al chiki bis fue una polémica infantil, una polémica donde los exquisitos que no entendieron la broma se encendieron como si el candidato hubiera sido elegido por interpretar un preludio de Bach a base de ventosidades, y solo por ver flamear las voces de esos exquisitos mereció la pena el toma y daca. La polémica de ahora ha llegado hasta el Congreso: el PSOE demanda saber cómo y quién eligió al jurado, y si el elegido será finalmente el elegido, insultos y agresiones mediante. Porque esa es otra. Entre varias lindezas, en el certamen del sábado el ganador saludó con una peineta a la barra brava que lo insultaba tras la elección. Y uno de los jurados —untado o no, resulta irrelevante— recibió, aparte un <<tortazo>>, amenazas de muerte por haber votado al de la peineta.

Que el ganador presente una tonadilla con título en inglés no importa, o importa menos. Que la tonadilla sea un reguetón ratonero con rimas de parvulario y que además no encajan, tampoco. Quien quiera música que la busque en otra parte, no en un concurso penoso que se mantiene por pura inercia, no en un chabacanismo anual cuyo único propósito es elegir al maniquí que, se supone, más puntos rebañará en la competición oficial (luego vemos que no es así, y que el chabacanismo tampoco renta). Los rebuznos hasta podrían tolerarse en parte si al menos fuesen rebuznos de oídos abiertos, tras haber escuchado, por así decir, cada una de las actuaciones; traídos de casa, resultan intolerables.

Al menos Rodolfo Chikilicuatre lo tomó desde el principio de la única manera en que se puede: como broma, y su anarquismo blanco no pretendía engañar a nadie. El que ahora este asunto haya terminado en el Congreso da una idea de la salud democrática que padecemos. A esto hemos abocado con la democracia/Twitter.

(El Norte de Castilla, 16/2/2017)

@enfaserem

Ver Post >
Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.