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Fecha: marzo, 2014
El vuelo de una fotografía
Jorge Praga 29-03-2014 | 6:04 | 0

 

A raíz de la elección de Guimaraes como Capital Europea de la Cultura en 2012, varios cineastas recibieron el encargo de realizar un largometraje colectivo sobe la ciudad. Entre ellos estaba Víctor Erice, que se trasladó con prontitud a Guimaraes en busca de ideas, de localizaciones. En uno de sus paseos se fijó en unas naves abandonadas, con nombre impregnado de distinción portuguesa: Fábrica de Fiaçao e Tecidos do Rio Vizela. En las estancias vacías el director se encontró con una enorme foto en blanco y negro de los trabajadores en el comedor mirando a la cámara desde sus sillas. No necesitó buscar más, ahí estaba el origen de su película ‘Vidrios rotos’. “Fue esa foto la que me impresionó. La fábrica en su estado de abandono era muy expresiva, casi espectacular. Yo he comparado su ruina a la del Titanic hundido. Pero fue la foto, la foto… Porque en esa foto me impresionaron, como es natural, las personas, su condición, sus miradas a cámara…También otro detalle, esencial: la intuición de que todas ellas estaban ya muertas”.

                                              

Fotografías que viajan desde el pasado a nuestro encuentro, que traen el pasado. Todas lo hacen, o lo hacían, antes del torbellino de las imágenes digitales de consumo y olvido casi simultáneos. Hace unos años Cees Nooteboom relató en ‘Foto’ las sensaciones que le dejaba el encuentro con imágenes de personas de las que nada sabía, halladas en anticuarios y rastros:”Voyeurismo, curiosidad, melancolía”. Quien frecuente esos lugares sabe de la oferta de imágenes desgajadas de su origen, huérfanas de referente nominal. Hace unos años adquirí en un mercadillo de Asturias un fajo de fotografías de estudio: niños de primera comunión, parejas de boda, familias, grupos de amigas. Nada tenían en común salvo el origen del estudio, siempre situado en Melilla o en Ceuta. Una, fechada en 1927, trae en su dedicatoria el nombre rifeño de Larache. Es de un militar con su mujer y sus hijos, y parece un certificado de existencia tras la terrible guerra del Rif que se llevó a muchos de sus compañeros. Por qué esas fotos se agruparon en esos estudios de aroma colonial, y luego cruzaron el Mediterráneo y la península hasta caer en mis manos una mañana de domingo, es un enigma y un azar que puede desbordar la imaginación. Otras vidas en esta. Angélica Tanarro contaba hace unas semanas en uno de sus ‘Días nublados’ la emoción que le provocaba el encuentro azaroso con alguna imagen del pasado, emoción que a veces ha cristalizado en un poema.

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Manuel Vicent, en una crónica de los 25 años de El País, escribió: “Pasado un tiempo, casi todas las novelas se vuelven insoportables y prácticamente todos los artículos de actualidad son ilegibles fuera de contexto. Sucede lo mismo con las canciones de moda, con los ritmos de baile, con los edificios vulgares, con la pintura mediocre. En cambio no hay una fotografía mala que el tiempo no la mejore”. El tiempo, que es distancia siempre insalvable y creciente hasta aniquilar el origen, como lo sintió Víctor Erice. Recurro otra vez al azar, esta vez en geografía bien distinta. En un mercadillo de una ciudad china veo confundida entre baratijas una foto en blanco y negro de proporciones murales, 17×100. Posa en ella un grupo de más de 50 personas, unas sentadas y otras de pie, en disposición cuidada y solemne. Algunas van vestidas al modo occidental. Todas llevan inscritas en su cuerpo, en la hondura de su rostro, la lejanía que acaba con la muerte. Han viajado por un cruce de casualidades hasta mi mesa, y yo me traslado al jardín donde el fotógrafo realizó la hazaña de su captura con un objetivo panorámico que me asombra, más aún cuando indago la fecha de su realización, hacia 1925. Todos han muerto pero cada tarde están ante mí, interrogándome, rasgando el presente.

杜月笙的五房漂亮太太       

Cuánto tiempo se tardaría en componer a ese grupo de notables en un jardín de Shanghái. En las primeras fases de la fotografía se exigía a los retratados una quietud total de minutos, que pronto fueron segundos. Mientras tanto, algo se robaba a los retratados, un trozo de su alma, el ribete de la identidad. El alma es un pájaro, el pajarito cuya salida anuncia el fotógrafo y que al volar se separará de la escena. En ‘Amanecer’, la película que dirigió F.W. Murnau en 1927, una pareja que se ha reconciliado acude a un estudio como si fueran unos recién casados. El fotógrafo no sabe cómo conciliar la solemnidad de la ocasión con la ternura que despiden, hasta que oculto tras la enorme cámara logra robarles un beso furtivo, verdadero e inesperado, querido y rechazado. Un robo de su amor que tal vez un día viaje lejos de ellos, desgajado y siempre rotundo.

                                           

La espera, el tiempo del anhelo. La presentimos en la composición de la imagen, en las elecciones técnicas, en la mirada que selecciona y encuadra. En la fotografía analógica, exclusiva durante 150 años, era también obligada una segunda espera, más dilatada, entre la luz que hería el negativo y el posterior revelado y copia en papel. Transcurrían días, a veces semanas, hasta conseguir la materialización de la imagen. En ‘Amanecer’ la pareja enamorada juguetea en el estudio mientras el fotógrafo está encerrado en el cuarto oscuro del revelado, y creen romper una estatua a la que le faltan la cabeza y parte de los brazos. Para no pagar una nueva y completa Venus de Milo se marchan precipitadamente en cuanto reciben la copia, que abren en la calle con la brisa agitando la hoja que vela el beso inesperado, tan tierno como la emulsión que lo dibuja.

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En los años 60 y 70 se popularizó la cámara Polaroid, que entregaba la foto a los pocos segundos de realizarla. Tuvo un buen éxito, a pesar de que no permitía copias al destruirse el negativo. Y la calidad final era baja, ceñida a un recuadro obligatorio e inalterable. Pero, en fin, aproximaba hasta casi solaparlo el pasado de la captura con el presente de la contemplación. Lo que se ganaba en rapidez invertía la trascendencia, potenciaba lo efímero, pues la imagen final se resistía a la singularidad de la técnica elaborada que sustentaba a otras. Pero la rapidez se impuso a estas consideraciones pejigueras.

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“De una vez. Mi ración entera, aprisa/ para ya consumirla y disfrutarla./ Ahora”. Así fijaba José María Fonollosa en un poema de su libro ‘Ciudad del hombre: New York’ el tiempo de la realización de su deseo: ahora. No cabe espera ni dilatación: ahora, un ahora multiplicado en los infinitos presentes que se van sucediendo.

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La alianza de la fotografía digital con Internet engulle cualquier porción de tiempo. Un mismo artefacto sirve para realizar la fotografía, contemplarla inmediatamente y lanzarla a un viaje de destino incierto por la Red, con una existencia muy corta. Una mariposa cuyo vuelo no pasa de unas horas. Solo lo actual interesa, y solo en ello se hace parada. Hace unas semanas el selfie de Ellen de Generes en la ceremonia de los Oscar batió todos los récords de circulación por Twitter. Superó incluso al que se hizo la primera ministra danesa con Obama y Cameron. El selfie contiene un mensaje tradicional de identidad, “este soy yo”, pero prendido con un “ahora” inesquivable. El ensayista cubano Ernesto Hernández Busto anotaba en un artículo reciente la ruptura que supone esta prisa: “todo el arte y la cultura moderna de Occidente llevan consigo la propuesta de un lapso, un tiempo o un espacio en blanco para la producción del significado trascendente”.

La tecnología mercantil impone sus ritmos, y es imposible resistirse a ellos desde nuestra posición de consumidores indefensos. Se difunde ahora el disparo continuo con microcámaras practicado por los lifeloggers. El irlandés Cathal Gurrim es uno de ellos, tal vez el más avezado. Lleva desde 2006 fotografiando todo lo que le rodea, unas 2.600 imágenes por día que acumula ordenadamente como un mapa kafkiano a la misma escala de la realidad que representa. Otros nombres repican: Google glass, autographer, máquinas de producción incesante de imágenes que muerden e invaden el presente sin tiempo para la reflexión, sin carga para un futuro conectado a un pasado que despliegue la existencia, su melancolía, su arraigo terrenal.

 (publicado en La sombra del ciprés, el sábado 29 de marzo de 2014)

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La prueba del libro
Jorge Praga 14-03-2014 | 8:27 | 0

Uno no sabe si bendecir o maldecir los números, factores determinantes de aniversarios revitalizadores o diques insalvables de recuerdos sin cifras acordadas. La preferencia sostenida por los múltiplos de 5 y de 10 nos hace dar vueltas ahora a los 100 años dela Gran Guerra, con un abundante caudal de publicaciones. Cruzada la cifra con el 50 aniversario de la muerte del periodista catalán Agustí Calvet deja la novedad de la reedición de ‘De París a Monastir’, que solo se había impreso en 1917. Y el caso es que un libro como este se defiende perfectamente en solitario, sin el paracaídas de los múltiplos numéricos.

Agustí Calvet, parapetado tras el seudónimo de Gaziel, fue un periodista imprescindible enla Cataluña anterior a la guerra civil, siempre en las páginas de La Vanguardia que dirigió y engrandeció entre 1920 y 1936. Todo lo quebró la guerra civil, que le trajo el exilio y luego un mal acomodo en Madrid, vetado para la profesión y semioculto en un puesto editorial. En sus últimos años de vida volvió a San Feliu de Guíxols donde labró una prosa escéptica que todavía debe salir del ámbito catalán. Hace unos años Xavier Pericay recopiló en ‘Cuatro historias dela República’ sus artículos, acompañado por los de Julio Camba, Josep Pla y Manuel Chaves Nogales, un friso generacional que seguramente es la cota más alta del periodismo español del siglo XX.

‘De París a Monastir’ recoge las crónicas de un viaje entre octubre y noviembre de 1915. La guerra llevaba más de un año ensangrentado Europa, una guerra que al escritor le había sorprendido en París como becario de estudios filosóficos, y a la que dirigió urgentemente su pluma para componer sus primeros artículos, recogidos luego en ‘Diario de un estudiante en París’. El éxito pospuso para siempre su inicial vocación filosófica, y un año después deja a Gaziel en un vapor rumbo al Mediterráneo en busca de las tensiones balcánicas que encendieron el conflicto. Acaba de superar con su primer diario lo que él llamó más tarde “la prueba del libro”: reunir los artículos sueltos del periódico en un volumen que, leído con continuidad, revela un carácter orgánico que engrasa cada una de sus partes.

Para entrar en el conflicto Gaziel prepara una introducción sobre los países a los que se dirige, y aprovecha la estancia en Atenas para entrevistar al ex presidente Venizelos, o conseguir del secretario del presidente del Consejo esta declaración de intenciones: “Nuestra máxima aspiración es llegar a Constantinopla y convertirla en capital del helenismo moderno”, o lo que es lo mismo, procurar una matanza entre turcos, griegos y quien se apunte para lograr que el rey Constantino, de origen danés, se corone en la antigua capital del imperio bizantino. Por fortuna, las fuerzas no se adecuaban a los proyectos. A medida que el libro avanza la mirada de Gaziel va abandonando la soberbia de las alturas en pos de la gente común, donde la contienda deja su rastro más terrible de penurias, dolor y muerte, rompiendo el cliché profesional del periodista que se alimenta de las informaciones oficiales: “No es lo mismo recorrer las líneas de fuego bajo la tutela soberana de un Estado Mayor, que internarse sin ninguna garantía, por cuenta propia y a la buena de Dios, en los desfiladeros de Macedonia”.

El viaje de Gaziel por Grecia nos permite también disfrutar de su educación filosófica y clásica en la geografía que atraviesa. Cómo no acordarse de Ulises cuando su barco roza la isla de Ítaca, ya sin los marineros que “encanecían las aguas con el esfuerzo de sus remos”. O de Agamenón al pasar frente a Egio, donde reunió a los caudillos griegos antes de partir a la guerra de Troya. Yendo hacia Salónica deja atrás los montes de Osa y Pelión, “grises, rudos, como en los tiempos en que los Titanes los arrancaron de cuajo y pusieron uno sobre otro, para escalar el Olimpo”. Pero cuando pisa el suelo griego apenas si encuentra nada del mundo que llevaba en los libros: “Esto no son ruinas, sino ruinas de ruinas”. Y es que la pureza de los tiempos clásicos ha sido sustituida por un mundo abigarrado, producto de muchas capas de la historia y de movimientos de pueblos diversos. Su destino griego, Salónica, es tan plural como sus nombres, Thessaloniki, Selánik, Solun, y en ella conviven turcos, griegos, soldados ingleses y franceses, gitanos, madames, y una antigua población de judíos sefardíes, con los que Gaziel mantiene un inolvidable diálogo en el intacto lenguaje de su expulsión.

La guerra, siempre presente, se va acercando en la parte final del libro, y hace que Gaziel emprenda su vuelo más personal y arriesgado, despojándose de todos los velos culturales e históricos para enfrentarse cara a cara con lo que ha movido su viaje: el dolor y la destrucción de las personas, más allá de componendas estratégicas y de placebos nacionalistas. Eso es lo que encuentra cuando se acerca trabajosamente a la frontera de Grecia con Serbia, en busca de Monastir como último enclave antes del frente, que se revela como un auténtico corazón de las tinieblas. Allí el escritor solo aguanta unas pocas horas, tras haber cruzado entre multitudes que huían a pie por los montes nevados, acosados por el hambre, la congelación y los lobos. Gente humilde y analfabeta que nada sabe de “lo de Sarajevo”, ni tiene a Austria por enemigo, ni alimenta sueños paneslavistas. La guerra desnudada se muestra como lo que siempre fue, el trazo más miserable y repugnante de la historia humana. Las páginas postreras que Gaziel escribe con emocionado dolor deberían ser de obligada lectura escolar para que rindieran, además de beneficios literarios, frutos éticos y ciudadanos. Pero el escritor es consciente, a pesar de su juventud, de que la sordera acompañará a este y otros lamentos parecidos, a la espera de los 50 o 100 años que difuminen su espanto: “De todas las escenas rudas, deprimentes o calamitosas que he visto y sufrido, no quedará nada, absolutamente nada, a través de los años. Todo el detalle de la actualidad naufragará en el tiempo”.

(publicado en La Sombra del Ciprés el sábado 8 de marzo de 2014)

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La vida contigua
Jorge Praga 04-03-2014 | 3:18 | 0

Es Arcadio Pardo un poeta al que gusta indagar en raíces, oír resonancias de tiempos y lugares lejanos o incluso remotos que luego conjuga en sus versos. Uno de sus libros, ‘Efectos de la contigüidad de las cosas’, se cierra con la fecha de 1505, en que nacían en Brujas sus posibles ancestros Bárbara y Catalina Pardo. “Seres todavía contiguos” los proclama, y tras ellos inicia el poema: “Siempre se es contiguo de algo: / del aire, de la lluvia, de algún roce / perpetrado, del frío, de los campos”. Escojo este término de contigüidad para acceder o sustituir de manera más precisa al de memoria, que parece requerir un rastro de experiencia que en muchos casos es problemático o dudoso. Muchas veces nos sentimos concernidos por relatos que traen épocas pasadas que no vivimos; si acaso recogimos su eco en la voz de nuestros mayores, pero ya es experiencia de segunda mano, tan de ficción o realidad deformada como las obras que recorremos.

En el trayecto por la vida antigua busco el paralelo en el cine y llego a una trilogía cinematográfica que por alguna casualidad se trenzó en años sucesivos: en 1976 Bernardo Bertolucci estrenó ‘Novecento’. Al año siguiente los hermanos Taviani recogieron la Palma de Oro de Cannes con ‘Padre padrone’. Y el mismo premio se otorgó en 1978 a Ermanno Olmi por ‘El árbol de los zuecos’. En las tres resplandece la vida antigua de los trabajos agrícolas, aunque con signo muy distinto. La obra de Bertolucci busca el discurso político de la emancipación de los campesinos, y llega hasta las inmediaciones del compromiso histórico agitado por el Partido Comunista en los setenta. El tema de ‘Padre padrone’ tiene un carácter más íntimo, pegado a los orígenes del lingüista Gavino Ledda, que tuvo que huir de la disciplina paterna para hacerse a sí mismo. Al cabo la historia es universal, reconocible en ese arranque con el padre que va a buscar a su hijo a la escuela para obligarle a abandonar unos estudios que nada producen y menguan la mano de obra familiar.

Pero donde la contigüidad se torna misteriosa, pues la memoria reconoce conflictos que no atravesó, es en ‘El árbol de los zuecos’. La película de Olmi reconstruye la vida en una granja de Bérgamo, en Italia, cuando acaba el siglo XIX, y a diferencia de las anteriores no busca una evolución, ni la proyección de sus protagonistas hacia un futuro distinto. No, la película se estanca en la vida rural de una hacienda propiedad de una burguesía de aroma feudal, asentada en la experiencia milenaria del campesino de la que ya no queda ningún rastro, ni laboral ni social. Y, sin embargo, es fácil dejarse embargar por las pequeñas narraciones que se van trenzando sin ningún ropaje de nostalgia o de sentimentalismo. Casi todo resulta cercano y propio: la algarabía permanente de los niños, ajenos a horario escolar alguno. La ropa remendada de los hombres en el trabajo. El roce de los charcos y el barro en las pisadas dificultosas. Las estancias desnudas, reducidas a las grandes mesas de la comida familiar o las camas donde el frío rebota. Los cuentos nocturnos en la cocina, entre escalofríos por los muertos que resucitan. Ya ha pasado más de un siglo por esa Italia fenecida, y sin embargo parece fácil encender la llama de su recuerdo en nuestra mente, que se resiste a reconocer que nunca tuvo que ver con la vida campesina.

La especie humana lleva en su singularidad el alejamiento constante de la naturaleza con sus logros técnicos y su organización social. En ese larguísimo camino que nos deja rodeados de asfalto queda demasiado atrás el arado romano y la dependencia exclusiva del clima que soportan esos habitantes de la llanura bergamesca, y no obstante la contigüidad se establece desde las primeras imágenes del filme. No se sirve para ello de señuelos sentimentales o paradisíacos, sino más bien de la dureza contraria, casi insoportable en la escena final de la familia expulsada de la granja. Pero es que hay corrientes que sacuden una herencia inefable, como la de ese abuelo que persigue los primeros tomates de la temporada para lucirse en el mercado con su nieta. O el niño que camina a diario varios kilómetros a la escuela hasta que sus zuecos se parten, lo que acarreará la desgracia a su familia cuando su padre corte furtivamente un árbol para reponer el calzado. Aquí la memoria se expande en el recuerdo común de la ruptura que supone la entrada en la escuela, pero también se remansa en el niño de ‘¡Qué verde era mi valle!’, que vuelve del primer día de colegio con las heridas que le han infligido los veteranos, flagelo que merecerá una inolvidable venganza. Aquí y allá saltan resortes imprevistos. Ninguna boda en la actualidad tiene que ver con la que se vive en la granja de Bérgamo, pero qué fácil es conectar con su tono ritual de sumisión, de respeto, de silencio, acabado en el viaje fluvial que llena el cuerpo de frescor y cielo. Otro cómplice de vida antigua salta a los ojos: las fotografías de Piedad Isla en Cervera de Pisuerga, con los novios que salen de casa con la misma seriedad que los de Olmi.

Tal vez haya una corriente subterránea que nos permite engancharnos a las vidas lejanas. Será la misteriosa contigüidad de Arcadio Pardo la que abre esas resonancias, que ahora me llevan ala Cerdeña de ‘Padre padrone’, a la pequeña ciudad de Nuoro en el centro de la isla, donde nació el jurista Salvatore Satta y en la que se desarrolla la única novela que escribió, ‘El día del juicio’. Acabo con este tesoro rescatado en su final: “Una vez también yo fui niño, y me asalta el recuerdo de cuando seguía el revoloteo de los copos con la nariz aplastada contra la ventana. Todos estaban entonces en la habitación caldeada por la chimenea, y éramos felices porque no nos conocíamos. Para conocerse hay que desarrollar la propia vida hasta el fondo, hasta el momento en que se entra en la fosa. Y también entonces hace falta que exista alguien que te recoja, te resucite, te cuente a ti mismo y a los demás como en un juicio final”.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 1 de marzo de 2014)

 

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