El Norte de Castilla
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Autor: Kaim
Sé que no puedo escapar
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Jorge Praga | 04-03-2016 | 8:35| 0

“El melodrama es un estilo cinematográfico que observa las fuerzas sociales que se enfrentan a la vida de la gente, un género en el que vemos a personas relativamente normales sufrir bajo la fuerza de las costumbres sociales a las que no se pueden sobreponer, enfrentar, y que tampoco pueden cambiar”. Son palabras de Ed Lachman, el director de fotografía de ‘Carol’, tarea por la que ojalá se le conceda el Oscar y la gloria toda. La noche de los premios se verá con su protagonista Cate Blanchett, también aspirante al Oscar como mejor actriz. Y con Eddie Redmayne, propuesto para el premio por otro melodrama, ‘La chica danesa’. ¿Una disputa entre ambos por una estatuilla única? Si dependiera del papel interpretado, pudiera ser: en la pantalla dan vida a mujeres, a mujeres en proyecto y en marcha, aspirantes a rescatar su identidad frente a esas sociedades convencionales que no las admiten. Mujeres relativamente normales, como pedía Lachman, al menos desde el filtro actual: una lesbiana y una transexual, marcadas por un matrimonio también relativamente normal, una unión heterosexual. Auténticas bombas de racimo en el tiempo de su ficción, en los Estados Unidos de los cincuenta, o Dinamarca a principios del siglo XX. Tampoco los Oscar, clásicos y normativos, dejarán competir entre sí a Cate Blanchett y a Eddie Redmayne. Cada uno a su escalafón, a su nicho de género y de sexo.

Esa relativa normalidad que Lachman predica para los personajes del melodrama clásico permitía la grieta de un amante, de una paternidad postergada o cualquier otra inclemencia sentimental. Son las tramas que relucen en las películas de Douglas Sirk o David Lean, por citar dos nombres canónicos. Pero el siglo XXI camina sobre terrenos muy transitados, cualquier obra se edifica sobre la conciencia de las anteriores. Cuando Tom Hooper con ‘La chica danesa’ y Todd Haynes con ‘Carol’ se lanzan sobre esas historias de sentimientos y pasiones con mal acomodo social, saben que están pisando el barro con que se fraguaron aquellas obras maestras. Todd Haynes arranca en su obra con un flash back a la manera de ‘Breve encuentro’, y la cierra con la vuelta al principio, a semejanza del film de David Lean. Con conciencia del artificio, a la manera de: manierismo. En el libro sobre Douglas Sirk que escribió Jesús González  Requena hace bastantes años, ‘La metáfora del espejo’, se decía del manierismo: “Canoniza las formas clásicas sin creer en las verdades que las animaban. La única identidad que permite es la del discípulo –imitador- perverso: el que pone en escena las Reglas para traicionarlas sigilosa, casi imperceptiblemente”.

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El manierista, el traidor. Los conflictos sentimentales que poblaban las obras clásicas del melodrama se expanden en personajes quebrados, en cruces y situaciones inéditas. Todd Haynes ya exploró con libertad el territorio de las lágrimas en ‘Lejos del cielo’ y en la miniserie ‘Mildred Pierce’. Los personajes definidos y claros estallaron definitivamente en su ‘I’m not there’ cuando embutió a Bob Dylan en el cuerpo de seis actores distintos, desde un adolescente negro imitador de Woody Guthrie hasta Cate Blanchett como soporte físico de sus años mercuriales. Un hexaedro irregular frente a la línea unívoca de la personalidad. Einar Wegener en ‘La chica danesa’ no sabe quién es ni dónde puede aplicar y aplacar su necesidad de amar y ser amada/o, exhibe su sexo para luego esconderlo, perturba hasta confundir las estatuillas de los Oscar. Y la pareja de Carol y Therese, llegada del mundo turbulento de Patricia Highsmith, va y viene desde sus relaciones hetero a las fugas arriesgadas a moteles con detectives privados fotografiando sus besos y grabando sus gemidos. Van y vienen, aceptan y se rebelan en un torbellino que las envuelve. “But deep inside my heart/ I know I can’t escape” (”Pero en el fondo de mi corazón/ sé que no puedo escapar”), cantaba Bob Dylan en su polibiografía.

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El manierista, el traidor. Insiste Jesús González Requena: “Frente al transparente y equilibrado universo de los clásicos, otro donde la estilización y la sofisticación conducen al artificio”. La pérdida de la inocencia, los zapatos manchados de barro, llevan a las imágenes de estas obras actuales a la desmesura, a un desequilibrio que rompe la naturalidad. La sofisticación y el artificio son sus armas, y sus peligros. En esa trampa sucumbe ‘La chica danesa’, saturada de cromos de atardeceres brumosos, de estaciones de tren con vagones relucientes, de hospitales impolutos y enfermeras de revista. No bastan como alternativa redentora los ojos ladinos de Redmayne ni su amplio espectro de muecas. La película se queda en el envoltorio, un papel albal de brillos aburridos e inanes.

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Afortunadamente ‘Carol’ sí que encuentra un trayecto de hondura bajo la densidad de su forma. Es decisivo el trabajo de Ed Lachman en una fotografía de tonos bajos, trabajada en cinta de celuloide de 16 mm, con un granulado visible. Y la contención de sus dos protagonistas. La atracción magnética que se enciende en su primer encuentro está en las rendijas de unas tristes compras navideñas, una mirada que busca, un silencio alargado, las manos que olvidan unos guantes. Y allí donde las lágrimas podían anegar la pantalla y la música tapar los oídos, en el reencuentro final, basta con el acercamiento tenaz de Therese a una Carol que sin abandonar su elegante círculo de amigos estira el cuello y le devuelve desde el brillo de su rostro satisfacción, deseo, amor. Un final que no lo es, que no cura ni cierra a la manera, a la “maniera” de los clásicos.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 28 de febrero de 2016)

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Dos aspirantes y tres que lo quieren ser
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Jorge Praga | 21-02-2016 | 4:22| 0

Es el premio más deseado, el que culmina la noche y roba las cabeceras de informativos y periódicos. Mejor película. Algunos test orientan: los premios Feroz de los informadores cinematográficos. También la taquilla, la fidelidad del público. Con estos filtros los cinco aspirantes se estiran y quedan en dos.

Los premios Feroz se entregan unas semanas antes que los Goya. ‘La novia’, de Paula Ortiz, se llevó muchos de ellos, y en cierta manera era esperado: por la calidad y sabor del García Lorca que desde ‘Bodas de sangre’ presta palabras y personajes; y por la atrevida realización de la joven Paula Ortiz, que no duda en buscar los parajes más remotos para enmarcar el drama: desiertos blancos, casas expresionistas de la Capadocia, quintas aisladas en secarrales deslumbrantes de luz. Un exceso aumentado por la cámara lenta salpicando aquí y allá, una música densa y continua, una interpretación entregada y desgarrada. El problema es el ensamblaje de fuerzas tan poderosas, y especialmente el acomodo que la literatura lorquiana va a encontrar entre ellas. Basta con leer la frase del cartel publicitario: “Y te sigo por el aire como una brizna de hierba”. ¿En qué marco se puede decir, y hacer oír?

‘La novia’ ha llegado viva a estos días previos a los Goya. Buena señal. Pero con más fuerza, y desde hace más tiempo, se exhibe la favorita de la taquilla: ‘Truman’. La probada faceta de guionista de su director, Cesc Gay,  ha urdido una historia con variaciones de sentimientos: amistad, pena, enojo, pérdida, más pena…Una baza que requiere rostros que lo viertan y modulen, que aguanten el primer plano y saquen la voz de los adentros. Ricardo Darín presta sus arrugas al enfermo terminal que quiere morir de pie, un Darín que tiene como principal enemigo el cliché de sí mismo, hijo del éxito. Al otro lado el complemento tierno de Javier Cámara, una alubia afable. Y en el medio mucho silencio cálido con ojos acuosos, como si todo ya estuviera dicho. Para evitar que salten las alarmas de obra previsible que se liquida en el tráiler queda el recurso del mejor compañero del hombre, ese Truman perruno que aumenta los silencios y tiñe la muerte con risa tierna. Gusta, qué duda cabe.

Las otras tres aspirantes llegan al sobre ganador con menos fuerza. ‘Un día perfecto’ saca a Fernando León de Aranoa del país de sus obras anteriores, y se traslada a las guerras balcánicas de los noventa, aunque su geografía de rodaje sean las serranías granadinas. Hay un lado testimonial que la enaltece, y la hace reconocible en la memoria nuestra: esa guerra feroz y civil, siempre incivil, que no deja más que dolor y rencor en las familias. Pero las atenciones de León de Aranoa se encaminan sobre todo hacia los voluntarios extranjeros que maniobran entre las precarias fronteras de los bandos enfrentados, un terreno que ya exploró en algún documental. Los tipos que fabrica son de una pieza, lo que es una facilidad y un riesgo: uno no espera encontrarse a una voluntaria con las piernas de Olga Kurylenko, ni Benicio del Toro parece el más creíble de los voluntarios. La envoltura de una cámara muy ágil y la música de Lou Reed mejoran los resultados. La otra película de reparto y carácter internacional es ‘Nadie quiere la noche’, presentada en la sesión de clausura de la pasada Seminci. Isabel Coixet sigue en esta obra su particular camino de búsqueda que la hace variar y cambiar de una tipología a otra, lo que puede quitar personalidad a su cine. Se embarca en un doble viaje: el que emprende el personaje de Juliette Binoche en busca de su marido, lanzado a la conquista del Polo Norte a principios del siglo XX, y que la lleva a atravesar con gran riesgo paisajes de notable belleza. Del otro lado, el viaje interior de autoconocimiento cuando debe permanecer resguardada en la larga noche polar, la que nadie quiere. El desequilibrio entre ambas partes y el hundimiento de la segunda en las tinieblas lastran la culminación de la obra.

Por fin, ‘A cambio de nada’ es la recreación sincera de la peripecia juvenil de formación de su director, Daniel Guzmán. Los arrabales madrileños, los pequeños hurtos, la familia mal avenida que expulsa al chaval del clan familiar son los escenarios de esta obra notable y ajustada, en la que no falta la música de la época –Julio Iglesias, Demis Roussos-, dulce y lechosa como el tranquilizador desenlace, que no convence tras un camino de amargura. Un final fiel a la experiencia del propio director, pero el cine no es la realidad.

(publicado en El Note de Castilla el sábado 6 de febrero)

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El lejano Oeste según Quentin Tarantino
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Jorge Praga | 01-02-2016 | 6:32| 0

Quién sabe si el matrimonio de Heinrich von Thyssen con Tita Cervera no vino facilitado por la cercanía de ambos al western. Él, embebido desde pequeño en las novelas de Karl May y en el coleccionismo de piezas sobre el género cuando manejó la fortuna familiar. Ella, próxima a los rodajes vaqueros de dos de sus parejas: Lex Barker en Hollywood, Espartaco Santoni en algún spaghetti western. Así que no es de extrañar que la exposición estrella de estos meses en el museo Thyssen-Bornemisza haya sido ‘La ilusión del Lejano Oeste’, con la baronesa llevando un vestido sioux en la inauguración. En la sala se pueden contemplar materiales sobre los que se fundó el western: pinturas de principios del XIX sobre una naturaleza poderosa y virginal. Dibujos etnográficos de rituales y vestimentas. Fotografías de Gerónimo o Toro Sentado, cercanas al cliché más que al testimonio (Toro Sentado ya era un empleado del circo de Búfalo Bill). Un universo de ilusión, claramente despegado de la historia que habla de desplazamientos y exterminios. El western nacía como cantar de gesta y vínculo comunitario de una confederación de Estados que por su potencia económica dominaba el cine desde sus comienzos.

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La exposición evoca muchas de las películas del periodo clásico en el que se fijó su canon. Un periodo que llega hasta los años sesenta del pasado siglo, con ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ como acta de memoria y defunción. ¿Defunción? Más bien cierre de una etapa canónica, que en la película de Ford quedaba encapsulada en su interior como una narración autónoma. El periodista que la recoge para un reportaje la califica en una sentencia célebre de leyenda preferible a la historia. Esta lejanía intemporal de sus hechos, cercana a la mitología, es lo que ha ampliado su libertad y permitido su constante renovación. Lo demuestran la espera impaciente de ‘El renacido’, de Alejandro González Iñárritu, o estrenos recientes como ‘Slow West’, primera obra de John Maclean, rodada en Escocia y Nueva Zelanda, nada menos. O ‘Deuda de honor’, segunda película y segundo western dirigido por el actor Tommy Lee Jones. En todas se cuenta con la pérdida de la inocencia épica que la exposición promueve. Los personajes y situaciones de antaño son de nuevo visitados con una mirada que sabe de la cantidad de huellas previas que el terreno guarda, huellas que hay que respetar y al tiempo enmendar con una dialéctica nada conciliadora entre tradición y extrañeza. A ‘Slow West’ el crítico Carlos Losilla lo calificó de “un western sobre el concepto de western”. Obras con conciencia de sí mismas, de su pasado, de sus juegos y transgresiones.

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De reciclaje y reutilización sabe bastante Quentin Tarantino, ineludible protagonista del western contemporáneo. Ya se presentía la querencia en sus escenas de acción y en otras tan explícitas como la de arranque de ‘Malditos bastardos’, hasta su inmersión definitiva con ‘Django desencadenado’. La piel de spaghetti western con que recubrió este film, un nuevo homenaje a su etapa de espectador sin filtros culturales, facilitó el rechazo previo a sus numerosos detractores. Pero más allá de esa epidermis provocadora, tan cara a Tarantino, la película mostraba una ambiciosa reescritura de la historia del western, casi vaciada de referentes honorables de actores y personajes negros. El centro de la acción lo ocupa un esclavo que rompe sus cadenas, busca traje y montura y dirige sus disparos hacia el racismo que le había torturado, disparos que no siempre son con pólvora: la ridiculización de los miembros del Ku Klux Klan, cegatos y ahogados bajo sus capuchas, estaba pendiente desde ‘El nacimiento de una nación’, en 1915. El plano final culmina esta corrección de la historia, con su héroe negro paseando orgulloso el triunfo y disolviendo su individualidad en una aventura ejemplar.

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Pero Tarantino siempre sorprende. Siempre. Llevaba varias películas con tramas que apuntaban a grandes causas: la lucha de la mujer y el feminismo (‘Death Proof’ sobre todo, pero también ‘Jackie Brown’ y ‘Kill Bill’), el nazismo y su derrota cinéfila (‘Malditos bastardos’), y esta reivindicación de los negros en el Oeste. Lejos quedaban aquellos rufianes de poca monta engullendo un desayuno entre comentarios sobre Madonna en el arranque de ‘Reservoir Dogs’. Tampoco tenían gran cosa en la cabeza los matones de ‘Pulp Fiction’, preocupados por el tamaño de las hamburguesas, la impunidad de los gamberros que rayan los coches o las manchas de sangre en la tapicería. Y en ‘Los odiosos ocho’ vuelve sobre otro grupo de descarriados. De nuevo busca la cimentación en el pasado: el viaje en diligencia como sustento narrativo. La música de Ennio Morricone, lejano ambientador de las películas de Sergio Leone. Y el riesgo apasionado de utilizar celuloide en el formato Ultra Panavisión 70, para el que tuvo que armar lentes especiales y bobinas que albergasen los largos diálogos rodados en 70 mm. Una decisión de amor al cine, a su materialidad, de la que dan buena cuenta los majestuosos exteriores y el entramado de matices del interior de la posada.

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En ‘Los odiosos ocho’ Tarantino retorna a sus personajes primitivos, e incluso da un paso más allá. Los protagonistas, en cuanto se escarba en ellos, muestran una multiplicidad de caras. Cada uno es varios. Mienten, dudan, fomentan sospechas. No hay certezas a las que agarrarse, y ni siquiera prospera la idea elemental de salvar el pellejo a costa de los demás. Como en alguna novela de Agatha Christie que los críticos han rescatado, todos mueren, aunque sin misterio ni causa mayor. Diez negritos, cinco cerditos, ocho odiosos. El marco histórico de la guerra civil que parece estar detrás de dos antiguos combatientes pronto se disuelve en la superchería. Y las referencias ocasionales al asesino de Lincoln, John Wilkes Booth, o a la actriz Lillie Langtry, la que embobaba al juez de la horca en la película de John Huston, no van más allá de apoyaturas chistosas. Hasta una carta autógrafa de Lincoln de la que presume el antiguo combatiente yanqui resulta ser falsa, aunque logra ablandar el corazón de quien la lee y pasa por encima de la mentira. Es lo que reúne a este grupo de facinerosos, el poder de la palabra. Pero no una palabra entroncada en las grandes ideas de Justicia, Bien, Bondad o Sacrificio, inconcebibles para estos individuos preocupados por el precio que han puesto a sus cabezas y atentos a disparar primero que el rival. Es la palabra que corre de boca en boca como arroyo fresco, cantarina, procaz, juguetona, centelleante. La que sale de los ojos como ascuas del mayor Marquis Warren (Samuel L. Jacson). La de aguda melodía en la voz sin dobleces de Mannix (Walton Goggins). La que explora y mezcla lenguas en los ronquidos del mexicano Bob (Demian Bichir). La meliflua y británica de Oswaldo Mobray (Tim Roth). En fin, la sibilina del narrador, capaz de detener el curso de los hechos y retroceder para volver a contarlos desde otra perspectiva. Palabra que también es música, viento, estruendo de disparos, silencio de nieve. Cruce de lenguas, esplendor de diálogos. Tarantino ha desnudado a sus personajes, les ha derramado toda la sangre por la mercería de Minnie y ha dejado a la vista, indestructible, lo que edifica y sustancia su arte.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 30 de enero de 2016)

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Llegan noticias de Frank Bascombe
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Jorge Praga | 29-01-2016 | 6:09| 0

Hace unos años la productora HBO compró a Richard Ford los derechos de las tres novelas que había dedicado a su personaje Frank Bascombe. Le pagaron un montón de dinero, según confiesa el autor, y proyectaron una miniserie de seis capítulos que al final no se realizó. El interés de la HBO seguramente se fundaba en la fidelidad de los lectores de Ford, bastante numerosos para una obra de un estrato literario ajeno al best seller. Aun así cuesta trabajo pensar qué habría dado de sí el proyecto. Si respetaba las novelas originales la trama disponible era leve, vaga, casi inexistente. Contar de qué va una peripecia de Frank Bascombe es tarea dificilísima. De ella queda otra cosa, un sabor, un balance de ánimo, un temblor existencial. Demasiado poco para una serie de capítulos. “Si alguien hiciera una película de Bascombe, no iría a vela”, concluye el escritor.

Richard Ford lleva treinta años atado a Frank Bascombe. Desde 1986, en que publicó ‘El periodista deportivo’, lo ha ido renovando cada diez años: ‘El Día de la Independencia’, ‘Acción de Gracias’, y ahora la última, ‘Francamente, Frank’. Treinta años de los que resulta una biografía pegada a otra. Ford crea al personaje con una edad parecida a la suya, poco más de cuarenta años, y le concibe con un frágil equilibrio entre las ilusiones de sus proyectos y los reveses que culminan con la muerte de un hijo. A medida que crecen ambos en las décadas siguientes, la mirada de uno sobre el otro se modula y enriquece en ese trote del tiempo imparable. Y no se trata de un reflejo biográfico, que Ford niega. La conexión entre ellos es existencial, de cordón umbilical subterráneo, como corresponde a dos americanos nacidos en el 44 (Ford) y en el 45 (Bascombe). Este es una especie de emanación de aquél, de segregación alimentada por el tiempo que pasa y desgasta y acerca a la muerte. Una condensación en estratos que florece especialmente en lectores de edad similar, que aunque no hayan pisado en su vida Nueva Jersey ni seguido un partido de los Giants encuentran una complicidad misteriosa con un protagonista cada vez más desprovisto de novedades, las pocas que aporta una profesión rutinaria (agente inmobiliario), un cuerpo amenazado (ay, la dichosa próstata) y unos recuerdos enfriados por la distancia.

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Esta cuarta entrega –servida en una ágil traducción de Benito Gómez Ibáñez cuya dificultad se adivina desde el riesgo del título elegido- cambia la larga estructura de las anteriores por cuatro relatos anudados a la destrucción dejada por el huracán Sandy. El personaje traza en las primeras páginas su estado de poquedad y retiro: “Estoy contento aquí, en Haddam, con sesenta y ocho años, disfrutando del Siguiente Nivel de la vida, el último, previsiblemente: integrante de esa parte de la población que ya ha limpiado su escritorio”. Atrás ha quedado el Período Permanente dibujado en ‘Acción de Gracias’, una meseta de vida levemente inclinada en la que no se esperaba ya ninguna ruptura. Ahora el Siguiente Nivel es mucho más concluyente y expeditivo: ha limpiado su escritorio, o con otras palabras “solo espero la muerte o la vuelta de mi mujer de Mantoloking: lo que venga primero”.

Los relatos, con la anemia narrativa habitual de Ford, se deslizan por el paisaje estadounidense como una fina película que se puede despegar con facilidad. La vida que topan carece de dimensiones, especialmente las verticales que traen enraizamiento. El agente inmobiliario que fue Bascombe disfraza la levedad existencial en un continuo trasvase de casas, que no se puede detener para que no aflore la angustia y el vacío: “Nadie quiere quedarse en ningún sitio”, proclama. Los títulos de los relatos son bastante orientativos: ‘Aquí estoy yo’, tomado del grito de los sioux antes de ser ahorcados y que es a su manera la afirmación del ser-ahí de Heidegger, su Dasein; ‘Todo podría ser peor’, balance tras el paso del huracán; ‘La nueva normalidad’, o la adaptación a la vida de los cuerpos enfermos’; y por fin, ‘Muertes de otros’, sentencia inapelable. Parece un trayecto sombrío y deprimente, y sin embargo la suave ironía y la sabiduría sin objetivos de Bascombe consiguen una vez más que nos deslicemos con afecto y gratitud por esa prosa transparente, personal, única. Solo cabe pedir que la última página sea un hasta luego, mientras la vida se va cargando con el Siguiente Nivel. ¿Cuál será?

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 23 de enero de 2016)

 

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Mucho más que el efecto tarima
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Jorge Praga | 15-01-2016 | 9:08| 0

En ‘Negra espalda del tiempo’ Javier Marías recoge de su protagonista –él mismo, más o menos- los años en que, ejerciendo la docencia en la universidad, atraía la atención de sus alumnas simplemente por ser su profesor. El “efecto tarima”, le llama. También en la última película de José Luis Guerin el protagonista es un profesor prosigue la docencia y sus gratificaciones más allá de las aulas. Pero no es la única convergencia entre ambas obras. Comparten también la pregunta inicial sobe su estatuto de realidad, cuánto de ficción y cuánto de documental, pregunta que se va desinflando cuando cada obra dirige su interés hacia la búsqueda de una verdad interior ajena a estas clasificaciones.

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Porque lo que le preocupa a José Luis Guerin no es la raíz terrenal de los actores, ni tampoco el juego de ambigüedad que puedan desplegar, sino precisamente lo que se revela cuando estas raíces se debilitan y los actores enhebran bajo su dirección personajes y situaciones que no estaban previstos en ningún guion rígido ni en un plan de rodaje cerrado. Al menos desde ‘En construcción’ su cine se conforma como un proyecto dinámico que se va ajustando a su fertilidad interior. Eso era evidente en un rodaje que dependía de factores tan lentos y azarosos como la demolición y edificación en el corazón del Raval. Pero en ‘La academia de las musas’ se instala la misma paciencia, la misma espera. Los personajes son seres vivos con los que el director va escribiendo ante la pantalla, que tan pronto viajan a la Arcadia de Cerdeña -¡qué belleza de sonidos!- como al Averno de Nápoles, con la misma libertad que un escritor ante sus cuartillas.

El resultado es una obra compleja, articulada sobre diálogos en torno a la poesía. Pero la película sabe buscar y encontrar algo más que la calidad de sus debates y la riqueza de sus encuadres, nutridos por sorprendentes reflejos. Hay también otras disputas y lamentos subterráneos sobre el poder, la seducción, la debilidad, la necesidad de afecto o el sabor de la belleza. Y varios registros simultáneos que pueden abarcar el ejercicio de la tarima profesoral o la burla de la carcoma que la corroe. Una película distinta y por tanto exigente, acorde con el riesgo y la personalidad de su autor.

(publicado en El Norte de Castilla el 14 de enero de 2016)

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