img
Autor: Kaim
Pretérito Imperfecto de Agustín
img
Jorge Praga | 08-12-2012 | 5:14| 0

No habrá persona más opuesta y enemiga de glosas y resúmenes oficiales que Agustín García Calvo. Raro es el escrito donde no patea las mayúsculas de la Historia, del Futuro urdido por el Capital y el Estado, de la Realidad falsaria. Así que estas líneas tendrán que tentarse entre esa condena probable y previa e ir en busca de evocar sin disecar, recordar sin disolver en honores codificados y externos.

Parece que cuando nuestro hombre era el niño del que nunca se quiso despegar, contando unos 4 años, le llevaron a un colegio de párvulos de unas monjas, tal vez con la idea de socavar su tendencia al aislamiento. No fue una idea feliz, pues el niño rechazó inmediatamente la escuela, pero obligado a asistir optó por escabullirse de la fila a la entrada, esconderse en el patio, y luego ir a pasar la mañana a un jardincillo cercano, medio escondido entre arbustos y bancos, sin perder la atención al final de la jornada para volver a la puerta del colegio y simular su salida entre el tropel de los demás niños.

Es el propio Agustín quien lo cuenta en uno de sus libros más hermosos y personales, ‘Registro de Recuerdos’, pero lo hace para engancharse a algo más profundo y misterioso que la piel de la insumisión parvularia. Por lo que suspira el escritor es por ese tiempo largo de la mañana, solo en el jardín con su carterita escolar y su mandilón, quieto para no ser descubierto, absorto en un mundo que el recuerdo no devuelve pero sí alberga: “Estas horas son para ti, mayor, un vacío, un recinto mágico en el que no podemos penetrar, que no podremos nunca hacer volver a conciencia y memoria de tiempo computable, pero que, sin embargo, o por ello mismo, es la memoria viva, donde aquel niño sigue tan vivo como desconocido”.

Es esta formulación extrema de lo insondable lo que alienta su búsqueda de momentos pasados, pero pasados solamente si se someten al orden de los números del tiempo, pues su propósito, resuelto en las líneas del libro, es dejarse llevar azarosamente por los relámpagos y rendijas que se encienden y abren en su cabeza, y enhebrar reviviscencias que se apoderan de su mano y nuestros ojos: los olores de las casas, el tacto de la masilla, el sabor de las hojitas verdes de los chupamieles, los baños en el padre Duero, las caricias, las derrotas del deseo, el oído de una conversación errante…, sin explicaciones ni engarces, sin hilo causal de una biografía.

Para esa lucha desmañada y tal vez perdida Agustín toma como cómplice el tiempo Imperfecto de los verbos, un “Presente de Pasado” que lima categorías y que además abre la multiplicidad. Recuerda el escritor cómo el Imperfecto “era” servía para la asunción de identidades cambiantes que el juego infantil necesita: “Yo era el papá que vigilaba… yo era la señora de la pastelería…” El propio Agustín se pregunta: “¿Cuál quieres ser tú ahora de los muchos que has sido y se llaman con tu nombre?”. Por mi rendija alumbro estos:

Eras la voz imponente y la chaqueta de lana cruzada por rayas de colores que toda una mañana secuestró la atención sobre unos dibujos de manos y monedas que trazaste en el encerado del abarrotado Anfiteatro de Medicina. Eras el gesto cordial y el gusto atento en la barra cercana al Poniente en la que compartíamos unas croquetas. Acababas de ser el canto que tronaba en el Instituto Núñez de Arce, rodeado de bachilleres extasiados, con los viejos catedráticos huyendo a las filas de atrás y tratando de afilar las preguntas académicas que te hicieran frente y sombra. Eras los abalorios colgados de tu cuello que jugaban entre tus manos mientras contabas tu búsqueda de paños raros, de camisas únicas, de esas patillas. Eras la contradicción, la imposibilidad, la esperanza, eras la potencia del lenguaje, su fábrica y su desvarío, su liberación y su pérdida. Eras muchos más de los que convocan estas líneas, que quieren seguir tu guía de añoranza: “echar de menos, hallar a menos, no hallar, en una ausencia bien presente”.

 

 

Ver Post >
La ballena blanca de los matemáticos
img
Jorge Praga | 03-12-2012 | 8:09| 0

Un 4 de mayo de hace pocos años Marcus du Sautoy, catedrático de matemáticas de la Universidad de Oxford, vio entrar a su despacho a uno de su tesinandos. No venía en la habitual misión de exhibir progresos o salvar escollos, sino a mostrarle algo más de fondo, sus dudas profesionales. No alcanzaba a comprender dónde le llevaría tanto esfuerzo solitario, ni quién iba a prestar atención a sus logros finales. Hace unos meses otro de sus colaboradores destacados había sucumbido a una tentadora oferta de la City londinense, a pesar de que como dice Sautoy “ya había intentado escalar esta montaña conmigo”. Entre los dos dejaron colgada en el aire del despacho la maldita pregunta: ¿Para qué sirve todo esto?

No hace falta ser un matemático de altura para toparse con el interrogante. Quien se haya adentrado o rozado la amplia variedad de universos teóricos la ha encontrado, y no digamos el que ejerce la enseñanza de filosofía, de lingüística o de latín. Cualquier alumno la tiene en sus labios, aunque en sus estudios haya tenido que memorizar el imperativo categórico con el que Kant apartaba del comportamiento correcto cualquier premio o atractivo ajeno a su cumplimiento. Marcus du Sautoy se acordó en ese día de mayo de Hardy y su obra ‘Apología de un matemático’. G. H. Hardy, colega suyo en la Universidad de Cambridge en la primera mitad del siglo pasado, tenía claro que las matemáticas, como la moral kantiana, deben originarse y celebrarse en sí mismas, sin justificaciones externas, y su colega francés Poincaré lo repetía de manera seductora: “El científico no estudia la naturaleza por la necesidad de hacerlo; la estudia porque obtiene placer, y obtiene placer porque la naturaleza es bella. Si no fuera bella no valdría la pena conocerla, y si no valiera la pena conocer la naturaleza, la vida no sería digna de ser vivida”. Hardy incluso aventuraba un premio excelso y único a quien alcanzase metas nuevas: la inmortalidad, pues los hallazgos matemáticos no pierden jamás su certeza.

Marcus du Sautoy debe de ser un tipo entusiasta, capaz de vencer los nubarrones negros que en cada mayo sobrevolarán el cielo de su despacho. Ha conseguido importantes distinciones profesionales, pero también se ha empeñado en convencer a todos, colaboradores cercanos y lectores lejanos, de las virtudes intrínsecas de las matemáticas: “La soledad es lo más difícil de mi trabajo. Para ser matemático debes estar predispuesto a estar contigo mismo siempre, a solas. Como en una isla desierta. Solo con tu mente para explorarla. Por eso complemento mi parte de matemático con la divulgación. Es la parte social que complementa mi otro yo”.

Su labor de divulgación arrancó en 2003 con un libro inolvidable, ‘La música de los números primos’, publicado en nuestro país por Acantilado con una fluida traducción de Joan Miralles. En bastantes ocasiones se confunde esa labor de acercamiento a una disciplina con la rebaja del discurso inicial a las anécdotas que la rodean, algo así como dejar la obra de Borges en manos de su ceguera sentimental o las composiciones de Bach en las privaciones que pasó. Marcus du Sautoy no quiere expulsar a ningún lector de sus páginas sobre los números primos, pero tampoco renuncia a lanzar la vista lo más lejos posible. Como buen estratega, prueba enganches que vayan ablandando reticencias, desde trucos de memoria para retener códigos extensos hasta mecanismos de encriptación para las tarjetas de crédito que viajan desnudas por Internet. Pero sobre todo se agarra a una fórmula irresistible en la que late su raíz de empirista anglosajón: las matemáticas se fraguan en el accidentado cruce de una biografía y una sociedad. Tras los avances bendecidos con un traje intemporal, en cada habitación del edificio aparentemente deshabitado cruje la lucha de tipos que, como todos, buscan el bienestar y la realización de sus inclinaciones. Y en esa táctica se emplea la pluma de Sautoy con poder magnético. Antes que nada, estamos ante un espléndido narrador.

Estas virtudes brillan de nuevo en su segundo libro, ‘Simetría’, también en Acantilado, en el que se incrementa aún más la rugosidad humana con la incorporación del propio autor a la trama. El comienzo es tajante: “Hoy cumplo 40 años. Hace 40 grados. Me encuentro cubierto de crema solar de factor de protección 40…”. 40, el número que no le dejará ganar la medalla Field que solo se otorga a los menores de esa edad, el del exilio del pueblo judío por el Sinaí donde se está tostando Marcus, el que divide la vida en dos partes simétricas a la manera de Dante. Juegos y reflejos al inicio de un viaje deslumbrante por la simetría que estalla en el capítulo en el que el autor y su hijo recorren infatigablemente La Alhambra en busca de las 17 formas simétricas que los artistas nazaríes dejaron en los muros, 500 años antes de que los matemáticos demostraran que ese es el número máximo de esas transformaciones (el día que leí el capítulo encontré una de sus últimas ideas en los adoquines de la calle Núñez de Arce. La prosa de Sautoy se apodera de la mirada). Y como en la anterior obra, los nombres de carne y hueso van tejiendo la narración: la apasionante disputa de Cardano y Tartaglia, la triste historia del noruego Abel, o la enfebrecida de Galois, que ya había merecido una memorable recreación en ‘Cumpleaños’ de César Aira.

Matemáticas, pero también matemáticos. Unos tipos especiales a los que la pasión no les deja sitio para la pregunta por la utilidad de lo que hacen. Cuando Marcus du Sautoy estaba en los comienzos de su carrera, se empeñó en conectar con un grupo de Cambridge famoso por sus trabajos recopilatorios sobre todas las formas de simetría. El primer encuentro parece narrado por Jack London o Emilio Salgari cuando se ocupan de las fratrías de cazadores de tigres o exploradores del Ártico. “El hombre que vi parecía un vagabundo, con un pelo enmarañado que le brotaba por toda la cabeza, pantalones deshilachados por los dobladillos y una camisa llena de agujeros. Estaba rodeado de bolsas de plástico que parecían contener todas sus posesiones mundanas”. Pronto llega el jefe del grupo, que “me sonrió con un intimidante brillo de locura en sus ojos. Estábamos en lo más crudo del invierno, pero este hombre estaba sentado tan campante con sandalias y una camiseta con el desarrollo decimal de π, que recorría a lo largo y ancho todo su voluminoso cuerpo”. La rareza del genio, del artista, sea músico, pintor, poeta o científico. No acaba ahí la impresión primera del autor, pues inmediatamente le enseñan la captura de la que están más orgullosos, una ballena blanca a la que llaman el Monstruo que vive en un espacio de 196.883 dimensiones (el nuestro nunca pasa de 3), y que presenta más simetrías que átomos tiene el Sol. Al primer rugido del animal Marcus ya había decidido que viviría para siempre en esa fratría de matemáticos iluminados.

Los mi5terios de los númer6s

 Acantilado acaba de publicar una nueva obra de Marcus du Sautoy con ese título invadido por cifras, en otra cuidada traducción de Eugenio Jesús Gómez de Ayala, que ya se había ocupado de ‘Simetría’. Resulta que Sautoy se ha ido convirtiendo en algo parecido a una estrella mediática. Sus libros se han vendido y traducido con abundancia. Ha protagonizado series didácticas como ‘La historia de las matemáticas’, con la BBC. En 2006 fue elegido para impartir las Lecciones de Navidad en la Royal Institution, una tradición navideña que dura desde 1825 y que al ser emitida por la BBC congregó una audiencia millonaria. Y tras ello llega la decepción de su nuevo libro, que no es más que una sucesión de anécdotas más o menos hiladas en torno a cinco de los problemas del Milenio, famosos sobre todo por la recompensa de un millón de dólares que el empresario Landon Clay ha ofrecido a quien los solucione. Alguno de los apartados ya aparecía en las obras anteriores, pero sobre todo lo que más se echa en falta es una estructura general cosida con pasiones humanas. Sin ese armazón la obra pasa de ser adictiva a simplemente aditiva. Esperemos que el Monstruo aplique a Marcus un par de dentelladas simétricas que le haga abandonar su letargo.

(publicado en ‘La sombra del ciprés’ el 1-12-2012)

 

Ver Post >
La ciudad del ángel caído
img
Jorge Praga | 03-11-2012 | 3:53| 0

En la escena inicial de ‘Psicosis’ la cámara de Alfred Hitchcock vaga sin orientación por el cielo plomizo de Phoenix. Nada llama su atención hasta que una persiana semicerrada invita a husmear en esa privacidad franqueable. Pronto su ojo, que es también el nuestro, se adentra en la confusa oscuridad para descubrir poco a poco a una pareja tendida en la cama, hablando sobre las dificultades de su amor. Ya hay enganche, la narración arranca y la cámara se ciñe a la minuciosa observación de ese conflicto en carne viva.

El comienzo de ‘El cielo sobre Berlín’ es en cierta manera semejante, con la invisible cámara transmutada en una pareja de ángeles solamente visibles para el espectador, atentos desde sus alturas al fragor de la ciudad. Pronto se dejan caer en un vuelo sin gravedad entre los edificios, y van recogiendo aquí y allá fragmentos de vidas enriquecidos por los pensamientos de los protagonistas, tal es la capacidad de penetración de estos observadores celestiales. Pero los ángeles no están interesados en engancharse a ningún enigma ni conflicto, las pasiones humanas les son completamente ajenas y solo se acercan a los hombres en cumplimiento de su deber de cuidadores, arrimando un hombro donde llorar o un brazo que conforte. Ellos no buscan ninguna narración ni poseen el tiempo lineal que la enmarque, son puros y extraños, y la única complicidad que reciben es la de los otros seres inocentes, los niños, de los que anotan el tesoro de su canción infantil que va trayendo las grandes preguntas de la vida: “¿Por qué yo soy yo y no tú? ¿Por qué estoy aquí y no allí? ¿Cuándo empezó el tiempo y dónde se acaba el espacio?”.

La película se detiene sobre el borde de una promesa: en algún momento arrancará a contar algo, el ojo se enredará con los desgarros de los humanos. Pero la interposición de la mirada cenital y distante de los ángeles impide el aterrizaje, sin que sirva de nada la plural tradición de mitologías que dan cuenta de conflictos entre cielo y tierra, de dioses y hombres. A cambio de esta parálisis un protagonista indirecto va poco a poco perfilando su presencia, obligando a la película a salir de su discurso de ayuda celestial o de captura estática de las grandes preguntas de la filosofía, un protagonista que no es otro que el marco que recorren sin cesar los ángeles: la ciudad. Y no cualquier ciudad, sino Berlín, Berlín en 1987, todavía sajada por el muro que el urbanismo no logra absorber, y densificada en la mirada memoriosa de los protagonistas, capaz de vestir una calle con el traje terrible de 1945, o de descubrir en otra los cimientos geológicos de millones de años atrás.

Cuando se repasan las entrevistas con Wim Wenders en los años de producción de la obra, Berlín se mezcla una y otra vez en las respuestas. Frente a otras ciudades alemanas bien restauradas como Munich –“la ciudad más terminada del mundo”-, o su Dusseldorf natal, en la que todo está en su sitio, Berlín ofrece una oquedad que le atrae especialmente: “Las superficies vacías son como heridas y la ciudad me gusta por sus heridas. Transmiten más historia que cualquier libro o documento”. Pero no es solo historia, pasado. Hay también vida, viveza, es decir, futuro. Y frente al tiempo no direccional en que viven los ángeles, otro de empuje tenaz y puntiagudo pugna por aflorar, impregnando la mirada de uno de ellos de deseo –esta palabra quiebra el cielo- y tiñendo el blanco y negro de color.

Es entonces cuando la promesa de la narración tiene su cumplimiento. Hitchcock solamente nos dejaba suspendidos unos minutos, pero Wenders se toma su tiempo, más de tres cuartas partes del metraje. Por fin el ángel cae frente al muro, se golpea, sangra, conoce el color rojo. Ya no volverá a ser el que mira sin ser mirado, según la vieja prescripción que también defendía al espectador del cine clásico. Ahora, en un tiempo hacia delante, se revuelve en el mundo y sus accidentes, es empujado por las calles, saborea un café, busca dinero, y por fin encuentra a la trapecista que con sus vuelos carnales le impelió a abandonar las alas aburridas de la observación. En un marco muy propio de Wenders, un concierto de rock con Nick Cave, el ángel caído se enfrenta a la mirada encendida de la mujer y al ofrecimiento poético –la poesía de Peter Handke- de sus palabras: “Anoche soñé con un desconocido, con mi hombre. Sólo con él puedo estar sola. Abrirme a él, toda abierta, toda para él, acogiéndole entero como un todo dentro de mí. Rodearle con el laberinto de la dicha común. Sé que eres tú”. No hay vuelta atrás.

La ciudad también se ve alcanzada por esta oleada de color y pasión. El muro con el que continuamente chocan las calles y sus habitantes, y que sólo podía ser atravesado por los ángeles incorpóreos (y por los espías de John le Carré), tiene que ser arrollado por la nueva energía. Si el ángel baja al suelo para llenar el vacío de la protagonista, el cielo también se desplomará sobre Berlín para transformar la ciudad. Es una premonición tal vez abonada por lo que el futuro deparó, pero subrayada al menos por ese final homérico que se cierra con un “Continuará” que nos permite enlazar veinticinco años después con la urbe central dela Europa actual. El cielo es poderoso, aunque siempre inescrutable.

(publicado en ‘La sombra del ciprés’ el 3 de noviembre de 2012)

 

Ver Post >
¡Nos vemos en los cines!
img
Jorge Praga | 28-10-2012 | 8:55| 0

Joaquín Vidal, el maestro de la crítica taurina al que no dejo de añorar, solía acabar su tanda de críticas sobre la feria de San Isidro asustado ante el gran vacío que se avecinaba: qué voy a hacer en las tardes venideras, dónde llevo mi almohadilla que me protegía de los fríos del cemento. Qué grande fuiste, Joaquín. Ahora nos toca a nosotros el abismo del final dela Seminci. Llega el recuento de premios y espectadores, pero la mirada hacia adelante nos trae la grisura del lunes, del martes, los días de difuntos. Madre de déu.

¿Y por qué no seguir yendo al cine? ¿Por qué no romper el círculo estrecho y artificial de esta semana? Si la analizamos con la a veces inútil razón, la estructura del festival es un puro disparate. Cientos de películas agrupadas en unos días que no permiten su visión más que en un porcentaje ridículo. Proyecciones en versión original que el público siempre rechaza. Directores desconocidos, filmografías de países recónditos, invitados a los que no da tiempo a admirar, horarios endiablados…, y sin embargo, funciona. Muchos espectadores acumulan en esta semana más proyecciones que en todo el resto del año, las conversaciones vuelan de acera a acera sobre la húngara de la noche anterior, las taquillas ya no te devuelven la cara aburrida y solitaria de la taquillera. Mi hija universitaria me cuenta de amigos que jamás pisan un cine pero que estos días han entrado en la moda del festival y abrasan Twiter con juicios y recomendaciones (y no habrá sido ajeno a ello el acierto de llevar a Alberto Iglesias y a Enrique Urbizu al corazón de la Universidad, al entrañable Aula Mergelina, con especial agradecimiento a la Cátedrade Cinematografía encabezada por su director Javier Castán).

Gustavo Martín Garzo publicaba en el número de arranque de Seminci un artículo, ‘Un plato de sopa’, sobre ese triste desierto que rodea el oasis espectral de esta semana. El cine languidece, concluía, a pesar de la potencia infinita de la red digital que nada abona, pues los jóvenes carecen de cualquier conexión con las grandes obras y los directores seminales. ¿Cómo atraer a los jóvenes, que son todo el futuro, a este arte tan necesario como un plato de sopa? ¿Con qué cebo, disparatado o no, se conseguiría la ósmosis dela Seminci hacia las demás semanas?

En fin, demasiadas nubes por delante de este final de días apretados y distintos. Nos vemos en los bares, dijeron los Celtas Cortos. Nos vemos en los cines. Vigilaré desde este blog.

Ver Post >
Picoteo
img
Jorge Praga | 27-10-2012 | 8:48| 0

Un primero, un segundo y un postre. Es lo que siempre exige para comer un amigo muy clásico con el que estos días revueltos no puedo quedar en las deshoras del festival. No aceptaría esa caña para hacer colchón, un vino, los pinchos, otro bar, la tapa en cazuela caliente, otro vino, y al final no saber lo que has comido, tampoco, ay, lo que has bebido, aunque el alivio de la cartera cante lo que has pagado.

Picoteo. Los hay que se reservan para las películas a concurso y no salen del Calderón, pero el resto andamos de aquí para allá con horarios forzados. El picoteo no es solo de barras y pantallas, también de caras, de encuentros casi rituales. No creo ser muy original si refiero el caso de un viejo conocido con el que solo renuevo la amistad en estos días de cinefilia distinta.

Picoteo. Cómo no voy a probar esas películas de Bollywood. El azar me lleva hasta ‘That Girl in Yellow Boots’, y me atrapa desde el principio el atractivo de la protagonista, Kalki Koechlin. Luego me entero de que es la mujer del director, Anurag Kashyap, un tipo que manda en esa parcela del cine indio de cuyas especias nunca probadas solo me va quedando el nombre.

Y para especias y picantes los del cine mexicano, cuyo sabor afortunadamente no está reservado al festival. Ya había probado a Juan Carlos Rulfo, a González Iñárritu, a Guillermo del Toro, a Arturo Ripstein. No a Carlos Reygadas, cuya ‘Luz silenciosa’ apenas si se estrenó. Paladeo ese cruce extraño de Dreyer con Chihuahua perfumado por Jaime Rosales algo atragantado, pocas frases y en holandés. Con lo que se disfruta oyendo el mexicano, o el méxicoamericano, como cantaba un corrido de ‘El infierno’. Se disfruta incluso cuando no se entiende. ¿Me falla la memoria, o he visto hace unos años ‘La perdición de los hombres’ con subtítulos en español? Pero qué gracia tienen estos hijos de la gran chingada, estos pinches cabrones riéndose de los narcotraficantes, riéndose de la violencia  para no llorar tras ella.

Ay, picoteo de los documentales, de bocados sueltos, del cine español que se escapó… El domingo cierra el bar y cuando se vuelva a abrir no quedará nada de la oferta antigua.

 

Ver Post >