img
Autor: Kaim
Pasión
img
Jorge Praga | 29-10-2016 | 8:44| 0

Para rodar ‘Alisa en el País de las Guerras’ una de sus dos directoras, Alisa Kovalenko, tuvo que ir continuamente desde Polonia, donde se producía y montaba el film, a Ucrania, su país natal roto por la guerra civil. “Quien vea el documental sabrá que fui hecha prisionera. Incluso después de esta experiencia tuve que decidir si regresaba o no al frente. Allí, en compañía de otras personas, pasé frío, escasez de alimentos, falta de sueño, problemas de salud”.

No es un caso aislado, aunque sí extremo, de sacrificio y esfuerzo personal para lograr la realización de una obra. Muchas de las películas que estos días están en la pantalla del festival llevan tras de sí procesos larguísimos de elaboración, que solo la tenacidad de sus responsables logra culminar. Michael Koch cuenta que para su ‘Marija’ se pasó meses adentrándose en los barrios de emigrantes de Dortmund para poder filmar en ellos y conseguir la participación de sus vecinos. Halkawt Mustafa ubicó el final de ‘El Clásico’ en Bagdad, y en el primer día de rodaje cayó una bomba en las cercanías que mató a 24 personas. Aun así había que esforzarse para mantener el humor que conviene a la comedia. Y qué decir del fabuloso empeño de Richard Linklater durante doce años para mantener su ‘Boyhood’, acuciado por el riesgo de que el protagonista, que comienza con seis años el rodaje, no se vea apartado por alguna circunstancia imprevisible del personaje que le ha adjudicado hasta que llegue a la universidad. En fin, el horno abrasivo de ‘Las puertas del cielo’ que fundió para siempre a Michael Cimino y a su productora, la United Artists, estrenada en su día con una hora menos de metraje, y ahora por fin exhibida en su totalidad sin que el director lo llegue a disfrutar.

Debajo de estos y tantos otros proyectos se esconde la pasión artística, una terca llama interior que nutre de energía un proceso repleto de obstáculos. Suele decir Javier Angulo que para la Seminci busca cine de autor. Detrás de él tiene que estar esa pasión, condición necesaria aunque no suficiente, como dicen los matemáticos en su jerga de teoremas.

(de Caro Diario)

Ver Post >
Cine de denuncia, cine de sonrisa
img
Jorge Praga | 28-10-2016 | 8:14| 0

Una mujer camina por las calles de una ciudad alemana con paso decidido. La cámara la sigue a sus espaldas, mientras nos llega el sonido de unas aceras demasiado ruidosas para ese país; estamos en sus barrios de emigrantes, de gente del sur o del este que prefiere la calle a sus cuartos lóbregos y solitarios. En este plano repetido Marija camina con decisión y fe hacia el futuro que desea y sueña, montar un pequeño negocio de peluquería. Pero los obstáculos son enormes para una emigrante ucraniana explotada en la limpieza de hoteles, endurecida en mil y una pesadumbres. Si ve una cartera abierta en una habitación o unos pendientes no tendrá ningún escrúpulo en conseguir el botín. Su lucha es egoísta, individual, especialmente delicada por su condición de mujer con una cierta belleza, a pesar de la fiereza de su gesto y del silencio con el que se protege.

La mujer que retrata Michael Koch en ‘Marija’ no es representativa de un camino ejemplar o de una guía para emigrantes. El esfuerzo del director va en otras direcciones. Por ejemplo, en la de mostrar las feroces condiciones de vida en esos barrios: alquileres abusivos por cuartuchos infames, mafias que controlan y explotan, insolidaridad y desconfianza hacia todo, sanidad complicada para los ilegales. Y dinero en cada conversación, en cada trato. Solo el dinero puede aminorar los problemas, dignificar la existencia, disolver la amargura. ‘Marija’ también sugiere lo que significa ser mujer en esa selva, un cuerpo que recibe continuas peticiones y presiones para ser cambiado por dinero, por casa, por trabajo, incluso por afecto.

Película firme y ajustada, necesaria en la Europa actual. Narrada con saltos y elipsis que exigen un espectador atento. Con un reparto plurinacional, de muchas lenguas y etnias que el director seleccionó en los arrabales de Dortmund. Más que necesaria, indispensable película.

Una mujer camina por las calles de una ciudad alemana…, la película se cierra simétricamente, con la cámara colocada ahora delante de la actriz. Y el rostro de la excelente Margarita Breitkreiz nos entrega un balance final antes de la salva de aplausos.

La felicidad de ir tirando

La seriedad implacable del análisis germano se disuelve como un azucarillo en agua hirviendo cuando cambiamos de película y nos adentramos con ‘Inshallah Estafadit’ (‘Bienes benditos’) en las calles de una ciudad de Jordania. Allí no parece anidar el mal ni el dolor. Cierto es que la sociedad que refleja está totalmente atravesada por la corrupción y los pequeños delitos. El que no pincha la luz del tendido trafica con material robado o deja los asuntos a medio hacer a pesar del anticipo cobrado. Si se tiene mala suerte o poca habilidad acabará con sus huesos en la cárcel, donde no media ninguna extrañeza ni diferencia con el exterior: la pillería está ahora en los guardianes, en los abogados, en la jerarquía de presos. Y como en la calle, dentro de los muros hay complicidad, guiños, risas, buen rollo, alguna pelea, sol gratis y tabaco, mucho tabaco (recomendable cambiarse de ropa al salir de la proyección).

Una comedia sin moralejas ni cuchillos afilados. El que la pilla es para él, y la gente se contenta con poco, como el hombre tranquilo que la protagoniza, una cara distendida y sabia que acepta lo que le viene y acaba sacando un buen rédito de afectos. La cámara de Mahmoud Al Massad está atenta a esos rostros bendecidos por el sol, todos masculinos, y encuentra ocasiones para enamorarnos con la luz de las calles jornadas. Una película que te deja el cuerpo agradable, como un vino en buena compañía en los atardeceres templados de estos días seminceros.

(de Punto deEncuentro)

Ver Post >
Cervantes y Oliveira
img
Jorge Praga | 28-10-2016 | 8:11| 0

Miguel de Cervantes se trasladó a Valladolid con la cincuentena bien apurada; una edad que, para la época, dejaba pocos restos de vida. Aquí despegó su obra, corta y de escasa fama hasta que se instaló cerca de un ramal del Esgueva. Manoel de Oliveira llegó a la Seminci en 1980 para presentar ‘Amor de perdición’. Había sobrepasado los setenta y parecía cerrar su filmografía de media docena de largometrajes. Y sin embargo, para ambos ese paso por Valladolid dio lugar a la etapa más fructífera de su vida. Cervantes publicó en la década siguiente las dos partes del Quijote, además de las Novelas ejemplares y el Persiles. Oliveira se metió en una vida nueva de producción casi anual, hasta completar una treintena de largometrajes y fallecer a los 106 años.

Hoy vuelven los dos a Valladolid. Oliveira con su última película, el cortometraje ‘O Velho do Restelo’, Cervantes cediéndole al protagonista de su novela universal. Es el primer libro del que guarda conciencia el cineasta portugués, contemplado en la casa de sus tías de Oporto: “Es allí donde hojeé por primera vez un gran libro, Don Quijote, ilustrado por Gustave Doré. Yo no leía todavía, pero mi tía Aurora me contaba las aventuras, y yo estaba muy atraído por los grabados”. La portada de este gastado ejemplar abre la película de Oliveira, un cortometraje en el que el cineasta portugués, sintiendo la muerte cerca, se reúne con sus allegados. Sin moverse de su casa convoca a Luis de Camoens, el poeta portugués que hizo un sitio en ‘Los Lusíadas’ para cantar la vanagloria del mando y del triunfo. A Camilo Castelo Branco, de quien adaptó varias novelas. Al melancólico poeta Teixeira de Pascoaes. Y a Don Quijote, moviéndose con su armadura por el jardín de la casa de Manoel de Oliveira. Los cuatro conversan sobre la historia paralela de los fracasos de España y Portugal, sentados en un banco del jardín, con las imágenes de fondo de otras películas del cineasta. Antes de cerrar su obra y su vida, dedica el último plano al libro cervantino.

Y hoy retornan los dos a Valladolid, la ciudad que fue quicio de su obra a destiempo.

(de Caro Diario)

Ver Post >
Himnos y heridas de guerra
img
Jorge Praga | 27-10-2016 | 7:45| 0

El peruano Joel Calero, director de ‘La última tarde’, preguntaba, y se preguntaba, en el coloquio que siguió a la proyección: “¿Son una pareja que fueron guerrilleros, o unos guerrilleros que fueron pareja?”. En la articulación de esos dos núcleos, guerrilla y amor, reside la estructura de esta estimable obra. Una articulación que obliga a los dos protagonistas a retroceder casi veinte años, cuando compartían vida sentimental y militancia en el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, y no en Sendero Luminoso, como induce a pensar alguna mención que los espectadores no peruanos deslindan con dificultad. En el presente de la narración se encuentran los dos en un juzgado para disolver su vínculo matrimonial, una gestión de pocos minutos, pero una complicación burocrática les obliga a esperar durante horas; y ese es el tiempo y el espacio de la película, un cara a cara –magníficos Katerina D’Onofrio y Lucho Cáceres- que al principio se llena con información banal del transcurrir de las vidas, pero que poco a poco se tensa sobre puntos calientes y preguntas pendientes.

El diálogo se rueda en unos fluidos planos-secuencia de paseo por las calles de Lima, planos frontales de varios minutos de duración que exigen a los intérpretes una concentración absoluta y que indirectamente dejan ver unos barrios agradables cerca del mar. Pequeños matices y detalles van conformando sus personalidades, alegre ella, lúgubre y violento él. Y cuando ya está cerca la despedida, una serie de circunstancias fortuitas hace que estalle la tensión que se ha ido acumulando, que se lancen los interrogantes espinosos y se abran las sospechas de traiciones y huidas. La película es lo suficientemente inteligente para no dar respuesta a todos los enigmas, tal vez porque esa respuesta nítida no existe de forma objetiva. Cada cual salvó el pellejo como pudo, retornó a sus orígenes, burgueses ella, populares él, y veinte años después no hay juicio inapelable sobre los hechos. De ahí, y de la insistencia de Joel Calero de reproducir “un buen final” según el sentir de la sociedad peruana sobre esos años, que la película lleve un colofón que no es desenlace sino puerta de esperanza.

Raperos en Lod

Palestinos aficionados al hip-hop. Tráfico de drogas, mafias. Marginación. Brutalidad policial. Destrucción de casas de palestinos exiliados en 1948. Mujeres vigiladas por sus familias, amenazadas de muerte si cantan en público. Influencia creciente del Islam. Conciertos de jóvenes raperos. Convivencia imposible de palestinos y judíos. Hacinamiento, suciedad… ¿Todo eso en una película de duración normal?

El problema de ‘Junction 48’ no es la falta de temas, desde luego. Su director, Udi Aloni, ha rodado partiendo de un guion ajeno, y demuestra pericia en las tumultuosas escenas de los conciertos, en la fotografía de unas calles miserables, en la fluidez de las persecuciones y acciones violentas. Pero no logra vertebrar la narración, ni edificar personajes sólidos. Su protagonista solo tiene coherencia cuando rapea, pues antes y después pasa de ser un juerguista desatado a un enamorado tierno y un hijo solícito. Su madre, militante comunista, se convierte al Islam y ejerce de exorcista. Y así todo, dando tumbos y saltos salvo cuando llega un concierto y la música nos arrastra. La esperanza del director es que su película “abra el corazón de la gente europea hacia los refugiados árabes”. Los aplausos confirmaron la sensibilidad del público hacia ese drama.

(de Punto de Encuentro)

Ver Post >
Muchacha de cabeza rapada
img
Jorge Praga | 27-10-2016 | 7:40| 0

La memoria guarda con sentimiento y desorden ciertos momentos del Festival que me dejaron emoción perdurable: Fernando Fernán-Gómez recordando a su amigo Edgar Neville un domingo lluvioso por la mañana, en una sala de Caja España; Stanley Donen trasladando a sus piernas de bailarín sobre el escenario del Calderón las palabras de agradecimiento por el homenaje recibido; Francisco Rabal relatando con su voz ronca la visita que acaba de hacer a los presos de Villanubla, “esos muchachos que tanto me conmueven”. Ahora mismo añado otra perla de la que no fui testigo directo, y bien que lo siento.

Francisco Regueiro recibe la Espiga de Oro de la Seminci por su trayectoria artística. Tiene 82 años, de los que vivió en Valladolid los 21 primeros: Pisuerga helado, demasiados cuarteles, fútbol en el Europa Delicias, caricaturista de El Norte de Castilla… Subido al escenario del Zorrilla, entre autoridades y actrices y con la Espiga en la mano, lanza de repente un recuerdo que tal vez viaja desde las alturas del teatro, muy remozado desde su juventud pero reconocible en su estructura. Allí acudía, al “gallinero”, como tantos otros chavales a matar las tardes, a gozar de las películas y de la oscuridad, del “contrabando del erotismo”. En unión de un amigo, el hijo de una estanquera “viuda de guerra” a la que habían aliviado la caja para pagarse las diversiones, liga con una muchacha “con el pelo al cero que acababa de salir de la cárcel”. Después del cine la llevan a lo apartado, a las zonas oscuras tras las piscinas Samoa de la orilla del río. “Nos hicimos hombres humillando a esa mujer, y ya es hora de que Paco Regueiro le dedique esta Espiga a ella”. Más de sesenta años ha esperado por esta declaración, por esta descarga. Sesenta años que no han borrado su tristeza ni su importancia. Regueiro, en su fecha más ilustre como artista vallisoletano se empeña en aliviar la herida de aquellos tiempos penitentes, en humillarse ante la humillada muchacha. Un gesto hondo que rompe con la pompa del momento, un recuerdo atormentado que sale con pureza de su corazón. Valió una Espiga.

(de Caro Diario)

Ver Post >