No se lo van a creer pero he visto la luz. Después de un invierno tan duro y de una primavera pasada por agua veo la luz. Después de tanta protesta, de tantas mareas de colores, de tanto recorte y de tanta desafección ciudadana hacia sus políticos veo la luz en estos albores del verano que se presenta, dicen, con una metorología tan perra como la situación que vivimos. Y veo esos rayos porque son las fiestas de la ciudad y a partir de estas ya todas seguidas en los más de dos centenares de municipios de la provincia.
Dirán que vaya tontería, que unas fiestas no aplacan la insurrección mental de la mayoría contra lo establecido. Por mucha música, fuegos, toros o lo que nos quieran echar de comer a cada uno en su pueblo durante unos días no puede olvidársenos que esto está más muerto que nunca y que la enfermedad es incurable. Pero carpe diem, que igual lo que está por llegar es aún peor, por mucho que el gobernador del Banco de España se empeñe en animarnos al decirnos que, precisamente este verano, la economía empezará a crecer. No había un momento más cercano, claro, y veremos su respuesta cuando venga el otoño y sigamos igual o parecidos, aunque con el sol en la cara.
Por eso les propongo que estos días –sin ánimo de suplantar al alcalde, Dios no lo permita– disfrutemos. Por hacerles un recorrido empiecen hoy a mediodía por el casco histórico con el teatro de calle; luego bajen a la Fuencisla y coman paella para volver a las calles del centro a ver el ambiente, a comer esas tapas con nombres y combinaciones extrañas pero ricas, al fin y al cabo. Ya de noche, en la Plaza Mayor, en la hoguera de San Juan quemen algo –no a alguien, aunque tengan todas las ganas y toda la razón para hacerlo, seamos civilizados– y pidan todos los deseos que consideren, que los duendes de la noche que los conceden dicen que son muy receptivos en tiempos de angustia. Y ya si tienen cuerpo hagan eso de ver salir el sol dando vueltas en la ermita de Juarrillos, una tradición que espero no se desvirtúe y por la cercanía con la estación se convierta en ver salir los trenes del Ave dando tumbos.
Y así toda la semana, no dando tumbos ni vaivenes, entiéndanme, sino participando en lo que cada uno pueda y le guste. Hasta llegar al sábado, día de San Pedro, patrón y siempre colofón de fiestas. Los toros con varios huy y los fuegos, con varios oh y hasta otro año. Y aquí paz y después gloria. O si no ha quedado convencido de la terapia, continúe cuando toquen con las fiestas de su pueblo, el que tenga, para amortiguar aún más la desazón que nos atrapa. Que anclados en puerto, en el terruño, olvidaremos las mareas que los políticos manejan sin respeto por la luna, tradicional ama de estos movimientos.
Analgésicos pues para calmarnos. Escraches de fiesta, que ahora los jolgorios se llaman así. Y terminado el placer, volvamos con intensidad a pedir lo nuestro, a no dejarnos comer la partida por quienes nos quieren descamisar. Que tienen que nacer cien veces para llegarnos a la suela de los zapatos. Y eso, ánimo y a disfrutar de estas u otras fiestas, del verano, sin perder de vista lo que nos ocupa. Que uno no debe confiarse.