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Fecha: marzo, 2014
El día que comprendí el rugby
César Pérez Gellida 24-03-2014 | 7:48 | 8

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 24 de marzo de 2014.

Llevaba tiempo subiendo a los campos de rugby de Pepe Rojo atraído, –por qué esconderlo–, más por el tercer tiempo que por los dos primeros. He de reconocer que no entendía mucho de lo que sucedía en el campo, pero intensidad con la que se vivían los partidos desde la grada era un incentivo más que suficiente. Los neófitos aseguran que es un deporte complejo, sobre todo en nuestro país, donde es más probable que a una suegra la inviten a la noche de bodas de su hija, que emitan un partido de rugby en televisión en abierto.

Le lleno la copa.

Han pasado muchos años, pero recuerdo que aquel día hacía sol y tocaba jugar contra el Universidad de Sevilla. Sin saber muy bien por qué, decidí olvidarme del partido y centrarme únicamente en un jugador; uno del que todo el mundo hablaba pero que, para mis ojos profanos, pasaba totalmente desapercibido; uno que tenía cara de «teplaco» y siempre lucía casqueta. Hablo de Asís García Mazariegos.

Siguiéndole en cada lance del juego comprendí que no brillaba porque, precisamente, su tarea principal era ensuciar el juego del contrario, ahora bien, arriesgando la jeta en cada contacto, cada placaje y cada abierta.

Y no es baladí. Asís tiene más puntos en la cara que un cuadro de Seurat.

Comprendí entonces que en el rugby la colectividad prevalece sobre el individuo; que un fallo en el placaje cuesta un ensayo; que una abierta no disputada y un metro perdido en la melé pueden significar la derrota; pero sobre todo, comprendí lo que significa el sacrificio y la honestidad en el deporte. No recuerdo si aquel día ganamos o perdimos, pero no tengo ninguna duda de que, aquel día, comprendí el rugby. Y quizá algo más.

Hace poco hacía sol y tocaba jugar contra Hernani. Faltaban quince minutos cuando Asís García Mazariegos saltaba al césped con su cara de «teplaco» y su casqueta.

No recuerdo si ganamos o perdimos.

 

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Caraduras de memoria endeble
César Pérez Gellida 17-03-2014 | 3:05 | 12

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 17 de marzo de 1014.

 

Cleptocracia: dícese de la forma de gobierno que se fundamenta en la sustracción de bienes ajenos. Ahora bien, no se vaya usted a pensar que se trata de un término que acuñaran en la Antigua Grecia; es, digámoslo así, de reciente creación. Ergo, responde a una necesidad de definir algo que antes no existía.

No obstante, la corrupción entendida como el uso del poder como vía de enriquecimiento existe desde la noche de los tiempos: malversación de fondos públicos, blanqueo de capitales, cohecho, fraude, apropiación indebida o el tráfico de influencias podrían encabezar el ranking de delitos que aliñan una cleptocracia.

Una como la nuestra.

Así, alumbrando el asunto desde dentro de nuestras fronteras, vemos que los casos se multiplican desde 1933, –cuando se ejerció el derecho al voto por primera vez durante la Segunda República–. El franquismo también dejó los suyos, pero tristemente, los casi mil setecientos casos que tiene registrados el Consejo General del Poder Judicial se concentran desde el año 1982 hasta ayer.

Mil setecientos, sí. Y le juego un vino a que no me sabe citar más de cinco.

Haga la prueba.

Seguro que le vienen a la cabeza los nombres de Gürtel, Bankia, Nóos, Bárcenas, el de los ERE´s falsos, y puede incluso que el Malaya, por la bochornosa sentencia. Pero difícilmente recordará otros «asuntos menores» –nótese la sorna– como el de la CAM, Campeón, Pokemon o Emperador, o aquellos más alejados en el tiempo como Gescartera, Filesa, Rumasa, GAL, Naseiro, Banesto, Roldán o Guerra, por citar algunos. En su momento llenaron portadas de periódicos y abrieron los noticiarios de la época; hoy no son más que capítulos olvidados de nuestra vergonzante historia política.

Ahora le juego otro vino a que sí recuerda cuántas Eurocopas tiene la roja, en qué año conseguimos el mundial, dónde, y hasta quién nos dio el gol de la victoria.

Porque conviene esnifar el polvo blanco del triunfo que meter la nariz en nuestro propio retrete.

Y porque somos caraduras de memoria endeble.

 

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Lo que era, no es
César Pérez Gellida 10-03-2014 | 4:13 | 12

Artículo de Cesar Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 10 de marzo de 2014

 

Recientemente he leído que la ingesta de zumos de frutas no es nada saludable. Los de la bata blanca justifican tal afirmación basándose en lo pernicioso que supone para la salud la excesiva concentración de azúcar que estos contienen, equiparándolo al nivel los tan demonizados refrescos y demás bebidas carbonatadas. Al mismo tiempo, están apareciendo otras voces que alertan sobre el daño que está suscitando esa moda de beber agua cuando no se tiene sed. Se ha demostrado que la sobrehidratación, al margen de ser perjudicial para el sistema renal, produce una alteración en el equilibrio hidroelectrolítico que ocasiona un aumento considerable del tamaño de las células y, consecuentemente, del volumen del cerebro.

No se me descojone usted que le pongo de patitas en la calle.

Como le decía, la elevada presión intercraneal dificulta el flujo sanguíneo y provoca disfunciones severas en el sistema nervioso central que pueden originar estados comatosos o incluso la muerte. No en vano, un estudio médico realizado a los atletas que corrieron la última maratón de Boston reveló que el 13% de los participantes habían puesto en riesgo sus vidas por beber demasiada agua.

Paralelamente, cada vez son más los estudios científicos que sostienen que, el consumo de alcohol –moderado, debo subrayar–, resulta beneficioso para la salud. Anote: mejora el funcionamiento cardiovascular, reduce el riesgo de sufrir depresiones o ataques de ansiedad, retrasa el envejecimiento celular, aumenta la capacidad creativa e incluso reduce el absentismo laboral, entre otras muchas de naturaleza menos empírica.

Así pues, lo que era, no es.

Porque si la Universidad Católica de Campobasso certifica que consumir un máximo de cuatro bebidas alcohólicas al día reduce la probabilidad de morir por cualquier causa en un 18%…, ¿quiénes somos nosotros para pensar lo contrario?

Ahora la cuestión está en dilucidar si en el almuerzo de nuestros hijos debemos incluir un zumo de piña o una lata de cerveza.

 

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Tunguska
César Pérez Gellida 03-03-2014 | 5:49 | 16

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 3 de marzo de 2014

Cuando estalla la gran bola de fuego las primeras luces del día todavía rasgaban un cielo tintado de un naranja amenazador, casi premonitorio. El planeta no ha conocido una explosión tan violenta en toda su historia. Un poder destructivo superior a treinta megatones causa la devastación de más de dos mil kilómetros cuadrados de superficie terrestre, cualquier forma de vida animal desaparece y la detonación queda registrada en buena parte de las estaciones sismográficas del mundo.

Los testigos hablan de un enorme hongo que se ha elevado varios kilómetros desprendiendo el calor de mil soles. Las primeras investigaciones apuntan a la colisión de un meteorito de proporciones desproporcionadas, pero algo no encaja: no se ha producido cráter alguno. Con tan escasas prendas, la comunidad científica no tarda en tejer diversas hipótesis: un prematuro experimento termonuclear; la aparición de agujeros negros; una explosión de antimateria; una tormenta magnética; o incluso el fallido intento de aterrizaje de una gran nave extraterrestre.

El suceso, que bien podría corresponder al argumento de una novela o película de ciencia ficción, sucedió en Tunguska, en el corazón de Siberia, a las 7:17 de la mañana del 30 de junio de 1908.

Transcurridos más de cien años, la explicación más defendida señala hacia un cuerpo celeste compuesto fundamentalmente de hielo y polvo cósmico que se desintegró al entrar en contacto con la atmósfera terrestre, provocando los terribles efectos anteriormente descritos. La teoría que nunca ha podido ser demostrada científicamente.

Del fenómeno no se habló mucho entonces ni se estudia en la actualidad, y tampoco parece que se vaya a esclarecer en el futuro. Las arenas del tiempo todo lo tapan, y a pesar de ello, a nadie se le escapa que si aquello hubiera acontecido cerca de cualquier núcleo poblado del planeta, hoy no existiría; ya fuera París, Nueva York o Castrillo de la Guareña, Zamora.

Pero resulta que el desconocimiento no causa dolor.

¿Otro vino?

 

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Sobre el autor César Pérez Gellida
Observaciones muy de cantina bajo los efectos de los taninos.

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