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De Landázuri y las apariencias
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César Pérez Gellida | 22-12-2014 | 8:06| 0

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 22 de diciembre de 2014

 

Vamos a arrancar diciendo que me considero una persona poco mitómana y si lo fui alguna vez, poco queda ya de aquello. Desde que abriera esta cantina, han pasado por esta barra muchos personajes ilustres con los que he tenido la suerte o desgracia de conversar, pues ser insigne no es sinónimo de interesante. Sin embargo, si alguien se mantenía en la cima de ese top de personas a las que admiraba con devoción sectaria ese era Enrique Bunbury. Y hablo en pretérito porque recientemente tuve la ocasión de conocerle en persona; ese día se me cayó el mito erigiéndose el mortal que hay detrás del genio.

Si tiene un rato le pongo un vino y se lo cuento, paga Bunbury.

Muchos de ustedes ya sabrán que eligió su nombre artístico de la obra de Óscar Wilde, La importancia de llamarse Ernesto. Lo que quizá desconozcan es que en la traducción se perdió el juego de palabras que contenía el título de la obra en su idioma original: The importance of being Earnest. Wilde fusionó «earnest» (serio) con el nombre propio del protagonista «Ernest», ambos términos homófonos. El autor irlandés quiso mencionar en un tono jocoso la importancia de ser formal como crítica a la encorsetada sociedad victoriana. Aclarado esto, uno de los personajes de la comedia se crea un alter ego, Bunbury, para escapar de las estrictas normas dictadas tan solo por mantener las apariencias.

Hoy creo entender el motivo por el que eligió ese nombre.

Porque Bunbury es el artista con mayúsculas; el divo que arrastra millones de seguidores; el cantante que se deja el alma en el escenario; el famoso que contesta a preguntas necias con absoluta displicencia; la celebridad que usa su enorme capacidad camaleónica para adaptarse al medio; el solista que marca tendencias en la industria de la música; el mito. En definitiva, el ser inmortal. Sin embargo, bajo la piel de Bunbury está Enrique Ortíz de Landázuri, que fue a la persona a la que yo tuve el placer de conocer en aquel camerino por mediación de su compañera de toda la vida, José Girl.

Porque yo charlé con el tipo delgado y espigado que lleva más de treinta años componiendo canciones aunando mil estilos diferentes; el mortal de ojos verdes que ama la música y alimenta su espíritu con ella; el hombre cultivado que a miles de kilómetros sigue muy de cerca la irrealidad española; el currante que se interesa por el trabajo de otros; el padre orgulloso; el marido; el compañero. En definitiva, el colega.

Me despedí de él con más ganas que nunca de verle en directo, y les puedo asegurar que han sido muchas, muchísimas. El concierto fue apoteósico.

El Maestro se toma un respiro, sí, pero les invito a que la próxima vez que asistan a uno de sus shows traten de conectar con el ser mortal, ese que se transforma en mito sobre el escenario. Por suerte, no siempre se cumple la máxima de Carapocha: «Normalmente, lo que parece es simplemente eso: lo que parece que es».

De Landázuri es mucho más de lo que parece Bunbury.

 

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Cerrado por reforma
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César Pérez Gellida | 03-11-2014 | 8:14| 0

 

AVISO: por motivos ajenos a la empresa, esta cantina permanecerá cerrada hasta enero de 2015 con la única excepción del lunes 22 de diciembre, fecha en la que abriremos de forma eventual.

Lamentamos las molestias que les pueda ocasionar.

Atentamente,

El cantinero.

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El cabroncete Nicolás
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César Pérez Gellida | 27-10-2014 | 8:19| 0

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 27 de octubre de 2014

 

Algunos pensarán que este adolescente con cara de estudiante de primera bancada y atuendo oficial de empresario de éxito es el joven más listo que ha dado nuestro país desde que muriera Antonio Pérez, Secretario del Consejo de Estado con Felipe II. La diferencia radica en que este último además era inteligente, a la par que gran manipulador, asesino inductor y brillante estafador.

Los hechos apuntan a que Francisco Nicolás, inmerso en un procaz delirio megalómano, ha estafado unos cuantos miles de euros a empresarios de los de verdad. Resulta muy difícil de entender que alguien que sea capaz de anudarse una corbata haya creído que este pubescente fuera agente del CNI, o pudiera estar desempeñando un cargo de asesor del Gobierno, que conociera personalmente a Vladimir y Barack, o mejor aún: que fuera testaferro del jefe del Estado español, Felipe VI.

El chaval merece un Goya.

Es para descojonarse vivo o morirse de la risa, lo sé, aunque en esta cantina tememos que los empresarios que presuntamente han sido engañados por este mocete de mirada triste y peinado aznaroso no estarán de acuerdo. El juez que instruye el caso no daba crédito tal y como reconoce en el auto, pero todo parece indicar que, este veinteañero que tiene por modelo declarado a Alejandro Agag –hágase cargo, su señoría, porque podría ser considerado como agravante–, se la ha metido doblada a más de dos.

De los padres biológicos lo único que se sabe es que apoyan incondicionalmente la teoría que sostiene que una mano negra se la ha jugado a su tierno bisoño. Resta por saber qué dice el resto de su «familia», esa que, con su conducta ejemplar, amamantó los idilios de grandeza del pequeño Nicolás para convertirlo en un pequeño cabroncete; esos que aseguraban que España iba bien y omitían el resto de la frase: «…pero solo para mis amigos»; esos que posaban tan alegremente en los collage de Nicolás.

Porque de otra forma, esta y otras historias no se entienden, ni se entenderían, porque son como los unicornios: de fantasía.

 

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Kobani
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César Pérez Gellida | 20-10-2014 | 8:08| 0

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 20 de octubre de 2014

 

Amanecía. Amin Fajar escrutó el exterior antes de atreverse a poner una sandalia en la calle. Se cumplía el noveno día sin poder salir de su casa, atrapados en el sector enemigo en su propia ciudad. Él podría aguantar un par de días más, pero su esposa, Ashti, le había rogado que consiguiera alimentos para los niños, porque los tres pequeños ya no tenían energía ni para llorar; la mayor, Chuwan, no había salido de su cuarto desde que se escucharan los primeros estallidos de la artillería del Estado Islámico.

Hacía unas horas que habían dejado de oírse las ráfagas de las armas ligeras y por la radio había escuchado que los suyos –las Unidades de Protección Popular– habían rechazado los ataques de los yihadistas durante la madrugada. Amin tenía que llegar hasta la tienda del señor Shahin, a solo cuatro calles de distancia. Lo consideraba un hombre piadoso y sabía que solía guardar algunas conservas en el sótano.

Era el momento.

Cogió aire y corrió todo lo que pudo sin mirar atrás. Se sabía el camino de memoria, tan solo tenía que esquivar los cascotes desprendidos de los edificios y los boquetes provocados por las granadas de mortero. No levantó la vista del suelo hasta que se dio de bruces con la puerta de la tienda; cerrada. Maldijo en su kurdo materno mientras pensaba en una alternativa, pero el instinto le advirtió de que le estaban observando. Y entonces sí, alzó la mirada.

Decenas de ojos, todos inertes; cabezas cortadas y clavadas en picas, algunas con la boca abierta y la lengua arrancada, otras con las cuencas de los ojos vacías. Ancianos, mujeres y niños. Muchos rostros anónimos y algunos conocidos, como el del señor Shahin y su esposa.

Paralizado, aturdido, ni siquiera se percató de la bala que le subrayó el último pensamiento: «Tengo que volver con mi familia».

Esto no es el principio de una novela de mi cliente el escritor.

Esto es Kobani, en el norte de Siria, y sucedió antes de ayer.

 

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Harry Hole
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César Pérez Gellida | 13-10-2014 | 8:01| 0

Artículo de César Pérez Gellida publicado en El Norte de Castilla el 13 de octubre de 2014

 

Venía tan emocionado que se pagó una ronda.

Ya les he hablado alguna vez de mi cliente el escritor. Según me contó, en la próxima edición de Getafe Negro –que tendrá lugar entre el 16 y el 26 de octubre en la citada localidad madrileña– una de las personalidades destacadas será un noruego llamado Jo Nesbo y que, tal y como me confesó, se trata de uno de sus autores de cabecera y un espejo en el que poder mirarse.

Así me lo narraba mientras disfrutaba de un crianza en condiciones:

«Nesbo es un referente mundial en novela negra gracias a la serie protagonizada por Harry Hole, un atípico investigador perteneciente al grupo de delitos violentos de Oslo. En nuestro país se acaba de publicar –con cinco años de retraso– la octava entrega: El leopardo, pero cuenta con otras dos novelas más que  completan la decena de serie y otras tantas independientes. Harry Hole mide 1.95 cm, es de complexión atlética, rubio, con el pelo cortado a cepillo, orejas y nariz desproporcionadas y labios finos, casi femeninos. Sin embargo, son los ojos el rasgo físico que más destaca, siempre poblados por esa red de finas venas enrojecidas características de los alcohólicos, como lo es él. Pero Harry Hole tiene otro problema más grave, relacionado con el corazón, haciendo que en ocasiones se muestre endeble, incluso torpe, como si se tratara de una persona. Profesionalmente huye de la intuición y se basa en su propio método, plagado de normas que él mismo se encarga de romper cada vez que se enfrenta con uno de esos enrevesados casos, tan imposibles que suenan a pura realidad».

Cuando terminó con la descripción le pedí que, si tenía ocasión, consultara al tal Nesbo sobre lo que haría su Harry Hole si trabajara como investigador en España, en la fiscalía anticorrupción, por ejemplo.

Mi cliente se marchó cabizbajo, jodido, y ya en la puerta me dijo sin girarse:

–Seguramente se hubiera enrolado en un ballenero hace ya mucho tiempo y estaría arponeando cetáceos junto a Elpidio José Silva.

 

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Sobre el autor César Pérez Gellida
Observaciones muy de cantina bajo los efectos de los taninos.

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