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Categoría: Relatos
Diario de campaña (Capítulo 9)

—Finalizada, por fin, la desmesura navideña, a la que espero hayáis sabido renunciar, será mejor que nos atemos los machos. Hay mucho que hacer y poco tiempo —dijo el director de la campaña a un cabizbajo comité—. Como ya sabéis, el día 9 de marzo es nuestro particular Día D. No voy a hablar aquí de la fiesta de la democracia porque, queridos colegas y camaradas, queridos compañeros, para nosotros ese día no tiene nada de festivo. Puede que lo sea para los jubilados, que se entretienen mirando las obras civiles de su ciudad; para la comunidad estudiantil, que se cree protagonista de una revolución virtual; para los amos y las amas de casa, que por una vez se sienten imprescindibles; para los trabajadores y las trabajadoras, que se creen informados; para los listillos y las listillas de tertulia, convencidos y convencidas de que tienen criterio propio; para los profesionales de la información, cuyo síndrome de Estocolmo es cada vez más hilarante… Para todos ellos, el 9 de marzo será un día festivo o, cuando menos, un espectáculo. Pero para nosotros, los que tejemos esta tupida manta que ha de cobijar el poder y mantenerlo caliente, el día D es el día de la gran lucha. Recordadlo: ¡Nosotros no hacemos prisioneros!
Entre los miembros reunidos a primera hora de la mañana, lluviosa y triste para más INRI, había un enloquecido reparto de pañuelos de papel que acompañaba estornudos, sonadas trompeteras y moqueos de muy diversa intensidad y que en nada contribuían a erizar convenientemente los pelos de la nuca, tal y como buscaba la arenga del director. Muy al contrario, éste no tuvo más remedio que dejar su exaltada introducción y quejarse:
—¿Se puede saber qué habéis hecho en Nochevieja? No podemos permitirnos una sola baja en el equipo. Y mucho menos a alguien contagioso. Incluso durante vuestros días de asueto, como el de ayer y anteayer, debéis proteger los intereses del grupo. En estas condiciones no es posible trabajar en serio. Os recomiendo que reflexionéis sobre vuestra implicación en el proyecto que a mucha honra dirijo.
Su autoridad, por fin confirmada con la aparición de su candidatura en lugar seguro, mostraba tintes castrenses surgidos en el ánimo de la última semana. Año nuevo, vida nueva, victoria aplastante, imagen dominante, loor de multitud… Cada uva deglutida con las doce campanadas por el director de campaña atesoraba un triunfo. Anduvo todo el Día del Año visualizando entre el sopor de una leve resaca algunos instantes brillantes de sus mítines, titulares opíparos en las primeras páginas de los periódicos, frases lapidarias pronunciadas en el minuto de conexión durante algún informativo… Tenía el director de campaña la sensación de que éste sería su año. De hecho, así lo había leído con infantil regocijo en algunas predicciones astrológicas de reputada solvencia, aunque reconocía en su fuero interno que para ello precisaba de la lealtad y la disposición de todos y cada uno de los miembros de ese comité tan lamentable.
Si lograba el éxito, si conseguía incrementar notablemente el número de votos recolectado durante la última jornada electoral, su nombre sonaría con cristalinos timbres entre las fauces del Angelcristo y, quién sabe, acaso terminase con las posaderas asentadas sobre la piel suave y perfumada de algún sillón oficial. Por eso no podía permitir la imagen enfermiza que todos aquellos subordinados le ofrecían.
—Es que… —se justificó el secretario adjunto para la exageración con una voz congestionada—, ayer estuvimos todos esperándote en la calle y empezó a helar cosa mala.
—¿Ayer? —preguntó el director.
—Sí. Ayer —continuó el secretario segundo de organización en auxilio de su compañero, incapaz de continuar hablando sin que se le cayesen los mocos—. Nos convocaste con un SMS para que estuviéramos todos, ayer a las ocho de la tarde, frente a un local que podríamos alquilar durante la campaña en un barrio obrero. Te esperamos más de tres cuartos de hora. Te llamamos no sé las veces… Pero debías de tener el teléfono apagado. ¿No has visto las llamadas perdidas?.
—¿En serio? ¿Ayer?
—Sí. Ayer.
Poco a poco, su cara fue desfigurándose hacia una mueca que jamás había puesto en su vida; un gesto intermedio entre el espanto, la incredulidad y la sonrisa.
—¡Ah! Sí… —Acertó a decir cuando a su mente acudió el nebuloso momento entre brindis y amigos en que contempló aquel local, mandó parar el coche y redactó el SMS que envió a todo el comité—. Ya recuerdo. Fue un local que vi la noche de fin de año… Un local… Ya. Lo olvidé, amigos. Eh… No sé qué decir. Si hay algo que pueda hacer…
—Paracetamol —Dijo la directora de reclutamiento hipnótico inequívocamente irritada.
—¿Perdón?
—Que traigas.

©Rafael Vega

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Diario de campaña (Capítulo 8)

—Tenemos una idea —dijo con ojos achispados el ingeniero de cancanillas.
—Él y yo —añadió el comisario de soflamas protolegales.
—Los dos, sí —corroboró el primero de ellos lanzando una mirada cómplice al segundo.
El resto del equipo reaccionó de forma heterogénea a aquella confidencia. Algunos miembros, como el director del departamento creativo para la adulteración del adversario y el ingeniero informático, bajaron la cabeza decepcionados, como si alguien los hubiese excluido de una reunión informal al amor de una copa; con la sensación de que la noche anterior se cocieron algunas cosas sin que se hubiera contado con la aportación de su punto de sal. Otros, sin embargo, entre los que estaban el subdirector de la campaña y la directora para el reclutamiento hipnótico, optaron por la indiferencia. A saber si también estaba motivada por el desdén o porque sencillamente recelaban de las ideas surgidas, presumiblemente, ante la barra de un bar. El resto, en mayor o menor medida, acaso por cortesía o por cumplir las normas más elementales de la educación, se dispusieron a escuchar la propuesta de aquella pareja especializada en el calentamiento global de las campañas, como ya habían probado en ocasiones anteriores.
El director devolvió al secretario segundo de organización el lápiz de memoria con el anagrama del partido serigrafiado en el lomo que le había enseñado, literalmente, para que «lo flipara», y se vio en la obligación de mostrar en nombre del equipo una curiosidad levemente impostada:
—Muy bien, compañeros. ¿Y de qué se trata?
—Vamos a romperles el culo con esto, ya lo veréis.
El silencio que surgió a continuación podía entenderse como una segunda oportunidad para que recondujeran la exposición por verborreas menos explícitas.
—La otra noche estuvimos dándole vueltas al asunto: ¿Os habéis dado cuenta de que durante los últimos años todo el mundo se toma a broma las campañas?
El resto del equipo no sabía si afirmar aquella observación o esperar un poco para ver hacia dónde arrumbaría el asunto.
—Los cómicos en la tele hacen parodias de los candidatos, los chistosos de los periódicos se toman a broma cada eslogan, y ahora, con internet, son legión los ociosos que no tienen nada mejor que hacer: buscan las muecas grotescas, hacen monografías con los errores verbales, sacan punta a las bolas de billar…
—Por eso se nos ocurrió —dijo el ingeniero de cancanillas para relevar a su compañero de ocurrencia— que debíamos ganarles por la mano. ¿Quién mejor que nosotros conoce los defectos del jefe?
—Si no he entendido mal —interrumpió el director—, ¿queréis que parodiemos a nuestro sumo pontífice?
—¡Exacto! —respondieron al unísono.
—Para empezar —añadió el comisario de soflamas protolegales—, hay que convencerle a él, claro. Porque hemos estado revisando sus dejes, sus muecas, sus coletillas, sus tics nerviosos y, la verdad, no dan demasiado juego.
—¿Que no dan demasiado juego? —cuestionó la directora de reclutamiento hipnótico.
—No, lo sentimos, pero no. Así que necesitamos convencer al candidato para que colabore con nosotros y exagere algunas de sus achispadas tonterías y se ría de si mismo.
Hubo tensión entre los miembros del comité. La mayoría no se atrevía a aplaudir o a abuchear la sugerencia, no porque no supieran cuál de aquellas reacciones necesitaban exteriorizar sino porque el director de la campaña no hacía gesto alguno que permitiera adivinar la tendencia de sus pensamientos.
—Queréis que el candidato a la Presidencia del Gobierno se parodie a si mismo —dijo finalmente el director.
—Sí —respondió el ingeniero de cancanillas.
—Podría funcionar —adelantó en una audaz maniobra uno de los vocales para el desarrollo de la aliteración mientras esperaba, como todos los demás, respuesta positiva del director. Éste sin embargo, palideció y tapó urgentemente su boca con la mano a tiempo que se levantaba y corría hacia el aseo.

©Rafael Vega

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Diario de campaña (Capítulo 7)

Cuando el director de campaña entró en la sala de reuniones se hizo un áspero silencio. Eso le confirmó las sospechas de que todos ellos, sin excepción, conocían los rumores que sobrevolaban por los pasillos de la sede: un fichaje estrella se haría cargo del liderazgo en la candidatura de su jurisdicción.
Los correos electrónicos del partido estuvieron echando humo desde primeras horas de la mañana con el enlace a un confidencial que apuntaba la noticia. Y él llevaba desde entonces ensayando muecas ante el espejo retrovisor del coche que acaso lograsen maquillar su asombro y su congoja.
¿Qué hacer? ¿Renunciar al segundo puesto después de haberse curtido el trasero como número uno durante un par de legislaturas? ¿Se esperaba eso de él en la ejecutiva o, por el contrario, le brindaban la oportunidad de poner la dignidad sobre la mesa y salir por la puerta grande reservada a los imbatidos? Esta última posibilidad, por muy gallarda que sonara, le provocaba escalofríos. Doce años zambullido en la política, en el trasiego verbal del Congreso de los Diputados, en el fragor de las campañas barriobajeras, lo habían aislado completamente del mundo real y, lo que era mucho más lamentable, del mundo laboral. Bien era cierto que contaba con un nombre y un apellido conocidos. No tanto como hubiera deseado, según los malditos sondeos de popularidad, pero sí, al menos, entre el nacarado grupo local de empresarios que suelen hacer negocios mientras eligen un hierro o una madera. Sin embargo, la mínima pátina de gloria que podía lucir de momento desaparecería cuando su degradación en la candidatura fuera vox populi.
Cabía otra posibilidad: subir el enmoquetado desnivel que lo separaba de las plantas superiores, entrar en el despacho del secretario de organización y exigir, confidencialmente, un puesto que sirviera de desagravio.Estaba seguro de que la maniobra, aun llegada del comité central, habría sido pergeñada sucintamente por el Angelcristo, que de últimas mostraba indicios de tenerle muchas ganas. Si así era, el secretario de organización, cuya inmunidad era absoluta, podría conseguirle una salida airosa sin comprometer su supervivencia en el aparato del partido. Se conformaría con un asiento en algún consejo de administración rimbombante o en alguna institución controladora, de esas que emiten informes anuales tan independientes como inocuos. Quizás fuese una buena solución; puede que de tantos limones saliese finalmente una estupenda limonada. En realidad, imaginaba los titulares de prensa tras la operación en los que un semblante sonriente y reflexivo salido de su rostro, actualmente desvencijado, acompañaría la noticia de su incorporación al mundo empresarial o consultivo. «Es una nueva etapa», diría entre fogonazos; «He antepuesto el interés de mi familia», aseguraría ante los redactores de la prensa.
Por otra parte, era muy arriesgada la incursión en las plantas superiores sin la certeza de que tales rumores, venidos de un confidencial, fueran veraces. El secretario de organización no titubearía ni un instante en el momento de colocar su nombre en la lista negra. ¿Habría de esperar, entonces, a que la notificación fuera oficial? ¿Debería confiar en la discreción de la ejecutiva, en el respeto a su persona para ofrecerle la oportunidad de salvar la cara?
En éstas estaba cuando el secretario segundo de organización tomó la palabra:
—Si te sirve de algo, ha llegado el primer pedido de chapas.
—¿Y? —preguntó el director.
—Sales en ellas.
—¿Cuánto cuesta un pedido de chapas? —preguntó el comisario de soflamas protolegales.

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Diario de campaña (Capítulo 6)

Para el ingeniero de cancanillas era más que perentorio el lanzamiento de un bombazo informativo. Uno de ésos que devoran las primeras páginas de los periódicos y hacen uso de la tipografía más desmedida que pueda albergar una entrada de internet.
Los adversarios políticos —«las tribus», como llamaba el Angelcristo a los otros partidos del abanico democrático cuando se hallaba en la intimidad más cómplice— llevaban semanas pisoteando la línea de salida en esta carrera hacia el poder sin que fueran reprendidos por ello. Algunos, incluso, tuvieron la desfachatez de robarles tres puntos de su programa electoral y proclamarlo a los cuatro vientos; otros habían comenzado la lonja de rebajas fiscales sin que viniera a cuento. En fin, un sin dios que forzaba a la improvisación.
—Nosotros también podemos prometer las mismas rebajas fiscales que los demás. En realidad, a todos se nos ha abierto la veda de la reducción impositiva dado el estado de bonanza económica —señaló el subdirector de campaña mientras desempaquetaba un chaleco reflectante homologado, con el anagrama del partido en el pecho y en la espalda.
—¿Bonanza económica, dices? —preguntó uno de los vocales para el desarrollo de la aliteración—. ¿A ti te parece que el incremento de número de parados, la subida de la inflación y el aumento del endeudamiento son síntomas de bonanza económica?
—El subdirector de campaña ha querido decir que la caja está llena, compañero —aclaró el secretario segundo de organización—.
—Pero da igual cómo esté la caja ¿no? —señaló con una leve sonrisa el secretario adjunto para la exageración.
—Explícate —ordenó el director—.
—Bueno, estamos diseñando una campaña.
Las carcajadas fueron generales. A algún miembro del comité, hundido en la veteranía, le dio por recordar:
—¿Alguien se acuerda del ordenador por cada dos alumnos? —preguntó el comisario de soflamas protolegales.
La risas aumentaron de volumen sin que apenas pudieran los miembros del comité recuperarse de la carcajada anterior.
—Entendido, entendido —reconoció el vocal para el desarrollo de la aliteración—. Me refería más bien a que la rebaja que prometamos debería acercarse a un esfuerzo social en pro del bien común.
—¿Un esfuerzo social? —preguntó la directora para el reclutamiento hipnótico—. No podemos lanzar ideas que supongan un esfuerzo. ¿Cómo crees que podré llenar los autocares fletados para anegar las gradas en un mitin con incondicionales abanderados si lanzamos la más mínima y remota idea del esfuerzo social?
—Los reclutados hipnotizables son un asunto tuyo, compañera —matizó el secretario adjunto para la exageración.
—¡Un momento! —dijo ella—. Conviene que aclaremos este concepto: no son «reclutados hipnotizables», como soléis decir. ¡Son reclutables hipnotizados! De ello dimos cuenta en el último congreso en una de las mesas de trabajo, cuya ponencia debiera estar en todas vuestras estanterías.
—Bueno, lo mismo da —comentó el director del departamento creativo para la adulteración del adversario.
—¡Ni mucho menos! —insistió la directora para el reclutamiento hipnótico—. Es absolutamente imposible reclutar a quien no ha sido hipnotizado previamente, compañeros. Y ésa es una labor de importancia vital que precede a la que me ha sido encomendada.
—Bien —concluyó el director—. ¿Por dónde empezamos?
—¡Chalecos gratis! —exclamó el subdirector de la campaña.

©Rafael Vega

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Diario de campaña (Capítulo 5)

Rompió el hielo la última vocal para el desarrollo de la aliteración, que se incorporó al grupo el viernes pasado. Mientras hablaba, los demás miembros del comité anotaban en sus cuadernos o asentían con gesto entre abatido y cómplice cada una de sus aportaciones, lo que significaba que aquel punto en concreto andaba también en sus portafolios y había sido pisoteado. Cada una de sus ideas era anotada por el subdirector de campaña en la gran pizarra transparente instalada en la sala de reuniones. Pero, muy a su pesar, aunque con gallardía, hubo de ceder el rotulador al ingeniero informático, dotado de una caligrafía más legible, más ordenada y más respetuosa con el espacio limitado del cristal y con los brillos que producía la luz del techo en áreas que impedían la correcta lectura.
Todos los miembros del comité fueron aportando sus ideas, cuya cantidad se iba reduciendo conforme pasaban turno hasta que, por último, el director del departamento creativo para la adulteración del adversario reconoció que todas sus posibles contribuciones habían sido dichas anteriormente por alguno de sus compañeros y que, por lo tanto, no tenía más que añadir; si acaso, mejorar alguna de ellas, sobre todo aquéllas que incidían en su especialidad y que de forma tan poco elegante habían sido dictadas por otros compañeros que, lejos de atenerse a su área de trabajo, habían preferido invadir la suya. En este sentido reconoció que habrían de buscar los puntos débiles del adversario político cuanto antes, como señaló, a su parecer, de forma inoportuna, el comisario de soflamas protolegales y que para ello proponía la contratación de un ejército de detectives privados, periodistas cojoneros y afiliados traidores, tal y como se había hecho en otras ocasiones.
—No nos saltemos etapas, compañero —dijo el director—. Es conveniente que primero echemos un vistazo a esta tormenta de ideas para darle el orden y el concierto que precisa.
—Yo sólo quería aportar algo, ya que se me ha privado de hacerlo —apuntó el director del departamento creativo para la adulteración del adversario mientras mostraba una hoja completamente manuscrita para probar el esfuerzo realizado durante el fin de semana y que finalmente había resultado estéril.
—No le des importancia a esa minucia. Somos un equipo. Ya sabemos que casi todas las ideas reflejadas en la pizarra podrían haber sido escritas por cada uno de nosotros —dijo el subdirector, aún dolido por la unánime sustitución como rotulista de la que había sido objeto.
—¿Ah, sí? —insistió el director del departamento creativo para la adulteración del adversario—. Entonces no entiendo este ejercicio.
—Si vamos a discutir cada dos por tres el modus operandi no llegaremos a buen puerto —advirtió el director—. Será mejor que vengamos a estas reuniones con el espíritu positivo y la colaboración en perfecto estado de revista.
—Está bien, pero la próxima vez que haya una tormenta de ideas echamos a suerte los paraguas.
—No hace falta —dijo la vocal para el desarrollo de la aliteración—. Me veo en la obligación de recordar que nadie quiso hablar el primero hasta que yo, encantada, por cierto, lo hice a petición del director de campaña. Así que la próxima vez, compañero, puedes arrancarte tú sin que nadie te lo diga.
—¡Caray! ¡Ja! ¡Vaya con la nueva! —exclamó el secretario segundo de organización.
—¿Qué diablos significa eso? —preguntó entre ofendida y desafiante la directora de reclutamiento hipnótico.
—Nada, nada… —dijo entre sonrisas el secretario segundo que buscó desesperadamente y en vano la complicidad de alguno de sus compañeros.
—Bien, es tarde —dijo el director. Será mejor que copiemos todas las ideas vertidas en la pizarra y que las ordenemos en casa.
El abogado especialista en reinterpretación de la ley de protección del honor no pudo disimular un bufido que se vio en la obligación de justificar:
—Tengo la sensación de que estamos perdiendo un tiempo valiosísimo. Llevamos cinco reuniones y aún no hemos sacado nada en limpio.
—Bueno, esto es política —dijo el subdirector de campaña.
La pizarra mostraba un enervante amasijo de palabras, unas más legibles que otras. Algunas hacían referencia al ideario político que debía resaltarse durante la campaña, otras podían ser consideradas como cuestiones de orden dirigidas al buen hacer interno del grupo y otras no eran sino ideas sueltas sobre frases, dichos y soflamas que podían repetirse una y otra vez a lo largo de la campaña para ser reproducidas en camisetas, pegatinas, folletos y pancartas hasta que anduviesen a sus anchas por la mente de los votantes. En fin, todas ellas, ceñidas al poco espacio que tenían, daban como resultado la siguiente cadena de voces:
«Pensiones, café, mañana, futuro, futuros, futur@s, infancia, ruina, positivo, calendarios, corrupción, patria, costas, Melendi, Europa, Turnos, fronteras, sin, con, adelante, Chavez, juntos, juntas, junt@s, presupuesto, tareas, viajes, inútil, trapos sucios, urbanismo, garantía, mentiras, verdad, nosotros, nosotras, nosotr@s, 10 semanas, organigrama, vivienda, blogs, youtube, productora, canción, gays, prensa, imagen, Defensa, motoristas, Sanidad No lo contrario, Mundial, bilingüe, banda ancha gratis, Marruecos, Pizarra blanca normal».

©Rafael Vega

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Diario de campaña (Capítulo 4)

Sin duda, en otras circunstancias, el director de campaña habría incurrido en una sonora carcajada, de esas previamente ensayada, para favorecer la distensión del panorama. Pero la reprimenda telefónica del Angelcristo —así llamaban todos al pope más duro de la ejecutiva—, que lo señalaba a él como único responsable del posible caos en el comité que dirigía, se podía traducir fácilmente en una pérdida de confianza con letales consecuencias para su futuro profesional. Por supuesto, no peligraba el escaño, pero sí, y mucho, el acceso a despachos deslumbrantes y a conversaciones insustanciales que siempre revientan en una decisión tomada a tontas y a locas, muy beneficiosas para personas como él.
—Señores —dijo después de colgar su teléfono—, acaban de llamarme de arriba.
Tras lo cual hizo una mueca entre cómplice y paternal, con la aviesa intención de aparentar una supuesta inmunidad.
—No están contentos, no señor, con las noticias que reciben de este comité. Y he de decir que yo tampoco estoy satisfecho.
El equipo, al unísono, bajó la cabeza y se amohinó sobre el portafolios de polipiel con el anagrama del partido estampado en su superficie; todos, excepto los recién incorporados vocales sustitutos para el desarrollo de la aliteración, chico y chica, que continuaban con su cara de entusiastas colaboradores, apegados a la ideología y conocedores a pies juntillas del catecismo político del partido. En realidad miraban al director como si no entendiesen una sola palabra de lo que decía, aunque sus cabezas asintieran cada sonido de forma semiautomática.
—Me propongo comenzar de cero —prosiguió el director—, aunque eso no quiera decir que demos esta primera semana por perdida. Hemos aprendido una valiosísima lección —le hubiera encantado explicar que él ya la sabía de antaño y que su plural era sencillamente mayestático, pero prefirió beber un poco de agua y brindar la pausa a sus colegas para que barruntaran esa idea ellos solos—. Por fortuna, no ha llegado la sangre al río, y los graves conflictos que se nos hubiesen aparecido tarde o temprano han tenido la decencia de hacerlo tan de inmediato que pudiéramos considerarlos inofensivos. No obstante, espero que ninguno de los presentes olvide los detalles de estos días.
Miró su reloj y prosiguió:
—Hoy es viernes. Os invito a aprovechar el fin de semana para reflexionar al respecto y os pido también que confeccionéis una lista de posibles ideas para compartir el próximo lunes.
—¿Ideas sobre el programa electoral o sobre la campaña? —preguntó el ingeniero de cancanillas.
—Sobre las dos cosas, no te cortes. Ninguna idea será mal recibida.
—Lo pregunto, precisamente, para evitar el caos de estos días. Propongo que dividamos las tareas…
—Muy bien, muy bien —interrumpió el director—. Ése es el espíritu que quiero tengáis durante el fin de semana. Has dicho “Propongo” ¿No?
—Sí —afirmó el ingeniero de cancanillas con cierta cautela mientras buscaba en el gesto de sus compañeros explicación a lo que estaba sucediendo.
—Estupendo. Ya sabemos todos cuál será la primera de tus pro…pues…tas…, en la lista que confeccionarás durante el fin de se…ma…na…, y que tendrás o…por…tu…ni…dad…, de com…par…tir…, el lu…nes. ¿De acuerdo?
—Pero nosotros no tenemos la culpa… —acertó a decir la directora de reclutamiento hipnótico antes que se su voz comenzara a quebrarse—.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el director.
—Que nosotros no elegimos a los vocales expulsados —apostilló el director del departamento creativo para la adulteración del adversario.
Hubo un silencio rancio que nadie se atrevió a respirar. De ahí que, a pesar de su corta duración, a todos ellos se les hiciera interminable.
—¡Por supuesto que no, somos un equipo! —aseveró el director abriendo los brazos, tras lo cual irrumpió en una sonora carcajada, de esas ensayadas cientos de veces, de esas que casi se gripan al final del aliento, como los motores mal lubricados.

©Rafael Vega

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Sobre el autor Sansón
Rafael Vega, también conocido como 'Sansón' por eso de las viñetas.

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