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Invitación algo interesada

Publicado en El Norte de Castilla el 30 del 11 del 2006

Contemplaba las imágenes rodeada de mujeres. De todas las edades y, algunas de ellas, muy jóvenes. También había hombres, pero eran minoría y, por lo general, abandonaban antes la sala. Me entretuve jugando a adivinar quiénes de entre los hombres que llegaban a la exposición se irían pronto y quiénes aguantarían más tiempo. Un entretenimiento nada científico y cuyos resultados no tenían pretensiones estadísticas, por otro lado. Pero llegué a la conclusión de que, por regla general, se iban antes los más mayores y –sorpendentemente– los que iban acompañados por su pareja.
No es fácil la exposición que propone estos días las sala de San Benito. Las imágenes de la fotógrafa Jo Spence son un duro viaje por el dolor y la rebeldía, que culmina en la aceptación. La aceptación del propio cuerpo, que suele ser un paso tan importante para la aceptación de uno mismo.
El de Jo Spence no era un cuerpo publicitariamente correcto. No hubiera sido elegido para animar las ventas de un producto cosmético, de una marca de lujo o de cualquier objeto-simbolo del poderío masculino. Era un cuerpo de mujer atribulado por la enfermedad. Tenía un rostro marcado por años de rebeldía y la mirada de alguien que ha pasado por la experiencia de odiarse a sí misma, para llegar, al fin, al autoconocimiento y el acopio de sentido.
Encontró en la fotografía no solo una manera de denuncia de los estereotipos sociales –los que (de)limitan, sobre todo a las mujeres– sino también una forma de curación. Contemplando sus autorretratos me acordaba de los de Frida Kahlo. Otro cuerpo dolorido, otra alma demasiado grande para los corsés. Y en Louise Bourgeois. Ejemplos de cómo el arte suele iluminar las zonas de sombra y paliar el aislamiento, la soledad o la incomprensión… Y ajusta cuentas. Y pensaba en lo solas que siempre han estado las mujeres que no han aceptado las imposiciones sutiles o crueles del tiempo que les ha tocado vivir.
Pensaba también, mientras miraba alternativamente la exposición y su público, lo difícil que les resulta todavía a los hombres contemplar a una mujer real desnuda de verdad –no hablo, claro, desnudo de calendario de un cuerpo diez– desnuda de convencionalismos y prejuicios, liberada de la imagen interesada que se proyecta sobre ella.
Durante siglos las mujeres hemos contemplado el mundo a través de los ojos de los hombres. Y a ellos los hemos acompañado, admirado, comprendido… porque al parece esas funciones estaban inscritas en el ADN femenino. Pero la especie evoluciona. Y aunque hay síntomas contradictorios no habría mejor dato para pensar que algo ha cambiado de verdad que el que los hombres aprendieran a mirarnos. (Lo sé, hay hombres maravillosos que miran de maravillay les admiro, pero hablo en general).
Se pueden dar pequeños pasos. Visitar determinadas obras de arte, por ejemplo.

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Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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