AGNIESZKA HOLLAND NARRA SIN MATICES UNA DURA HISTORIA DE VÍCTIMAS DE LA GUERRA Y SCHERFIG NOS DA UN RESPIRO CON ‘LA CONTADORA DE PELÍCULAS’
Al filme de Agnieszka Holland que inauguró los pases de prensa en la Sección Oficial de Seminci le lastran los excesos. El subrayado. El maniqueísmo que no parece sino intencionado. Por lo demás esta veterana de Seminci, festival que ha proyectado desde su primer largo, ‘Actores provinciales’ a títulos como ‘Olivier, Olivier’, ‘In darkness’ o ‘Spoor’, dirige con fuerza y un eficaz blanco y negro su último filme procedente de la sección oficial del último Festival de Venecia, de donde vino con el premio Especial del Jurado.
La ‘Green border’ a la que hace referencia el título no es sino la verde y pantanosa frontera entre Polonia y Bielorrusia. Estamos en 2021 en plena crisis de refugiados procedentes de Oriente Medio y África. Refugiados que atienden el anuncio del dictador bielorruso Lukashenko que promete paso libre hacia Polonia, es decir la Unión Europea. Los miembros de una familia que huye de la guerra en Siria serán los rostros y el hilo de una narración sin concesiones. El despertar del sueño prometido serán devoluciones en caliente, persecución, abusos y todo tipo de vejaciones a un lado y oro de una alambrada contra la que rebotan estos seres humanos convertidos en moneda de cambio y argucia geopolítica. Una escena del entrenamiento de los guardias fronterizos polacos en la que se anima a estos a no considerar a los migrantes como personas nos hace saltar de la pantalla al telediario en estos días en los que centenares de miles de palestinos se enfrentan a la indiferencia y la pasividad del resto del mundo.
Holland no elude dramatismo. Es una potente directora. Lo ha demostrado a lo largo de su carrera y por tanto parecería simplista achacarle descuido a la hora de no haber equilibrado los grises con los que cuenta la historia. Historia en capítulos narrada desde el lado de las víctimas, el de los verdugos y el de los que con mayor o menor acierto intentan ayudar en este caos.
La directora de ‘Europa, Europa’ ha enfadado con su última película y mucho al gobierno de su país y en el sector de la crítica ha sido señalada la inutilidad del trazo grueso con el que la dibuja. Y sin embargo me preguntaba por su necesidad en estos días. Y me respondía que frete a la anestesia que acaban produciendo las imágenes del telediario y, lo que es peor, la inflación de estímulos en las redes sociales, el cine a veces tiene esta misión: poner la cámara de frente en los peor que nos debería estremecer y detenerla frente a lo fugaz de los titulares y las conexiones en cadena, poner nombres, voces, gritos, rostros a un sufrimiento que apenas nos conmueve a la hora del informativo.
Todo cuento moral tiene su moraleja y éste no iba a ser menos. La película concluye en imágenes de cómo fueron recibidos con los brazos abiertos los ucranianos que huían de la invasión rusa poco tiempo después. Refugiados de primera y de segunda. Evidente, sí.
DE LA EUROPA VERDE AL DESIERTO DE ATACAMA
Otra mujer que conoce lo que es triunfar en Valladolid completó la mañana. La danesa Lone Scherfig nos conquistó en la ya lejana edición del 2001 con ‘Italiano para principiantes’ y demostró que ese magnífico filme primerizo no fue una casualidad con títulos como ‘Wilburg se quiere suicidar’ y sobre todo con ‘An education’. En esta ocasión, tras haber rodado filmes como ‘Siempre el mismo día’ o ‘La amabilidad de los extraños’ su cámara se vuelve amable para verter a la pantalla la novela de Hernán Rivera Letelier, ‘La contadora de películas’. Filme que se inscribe en la lista de obras que homenajean el séptimo arte y que en algún momento recuerda a ‘El viento se llevó lo qué’ de Alejandro Agresti, sin llegar a sus riesgos.
‘El hombre que mató a Liberty Walance’. ‘El apartamento’, ‘Desayuno con diamantes’ aparecen en flashes en esta bella historia de una niña que vive en el chileno desierto de Atacama y que de forma casual descubre que tiene el don de saber narrar una película con la pasión y la tensión necesarias para sustituir con sus palabras las imágenes. Eso le dará prestigio en un poblado donde no todos pueden pagarse una entrada para el cine y de paso podrá ayudar a su familia en situación muy precaria, desde que el padre sufre un accidente laboral que lo dejó inválido. El atractivo de la historia, la belleza y potencia de las imágenes del desierto, sus luces atenuadas por el polvo que rodea la vida de los trabajadores en la fábrica de salitre, la conexión con la historia de Chile en el siglo XX, con el nacimiento del movimiento obrero y la caída de Allende tras el golpe militar no son suficientes para redondear el filme que cuenta con un reparto de primeras figuras como Antonio de la Torre (en un papel muy por debajo de sus posibilidades) y Daniel Brülh (‘Goodbye Lenin’). Eso sí, deja una sonrisa en el espectador.