SOBRE LA EXPOSICIÓN ‘SUITE DÁNAE’ Y EL LIBRO ‘LA BELLEZA DE PINTAR’
“Cuerpo a cuerpo con la pintura”. Esta frase que leo en su libro recientemente publicado por Eolas en la colección La Belleza resume lo que ha sido y lo que será hasta el final –“mientras haya respiro, habrá pintura”, escribe— la vida de Carlos León, el artista nacido en Ceuta en 1948, que pasó unos años de su juventud en Valladolid y que vive desde hace décadas en Torrecaballeros (Segovia), tras su paso por ciudades como París o Nueva York. Dieciséis años después de su celebrada exposición ‘Ayer noche mañana será tarde’, vuelve al Patio Herreriano con ‘Suite Dánae’. En aquella ocasión la muestra, comisariada por María Corral, tenía carácter antológico. En ésta, comisariada por Javier Hontoria, director del museo, recoge el trabajo del artista durante el último verano. La primera impresión que se tiene al traspasar el umbral de la sala 3 del Patio es comprobar cómo un artista que ha llegado a una espléndida madurez en su obra no elude riesgos, sigue buscando el camino sin abandonar su marcada personalidad.
Una vez más la pintura de Carlos León se acompasa con la mitología griega. Si en anteriores etapas mitos como el de Acteón fueron el hilo conductor del relato pictórico, en esta ocasión es el mito de Dánae el que le sirve para conjugar la belleza de la lluvia dorada (la que Zeus derramó sobre ella según el relato clásico para embarazarla de Perseo) con el dramatismo del oráculo siniestro y la negrura del encierro al que la sometió su padre, Acrisio. Y abundando en esta relación mitológica, Perséfone, raptada por el Hades y reina del inframundo y el renacimiento, se pasea por las páginas del libro citado.
Y es que la coincidencia en el tiempo de la exposición y la publicación del libro ‘La belleza de pintar’ es una buena ocasión para comprobar cómo arte y literatura pueden ir de la mano complementándose sin perder sus propias esencias. Muchos han sido los artistas capaces de dar a conocer sus reflexiones en torno al arte con acierto literario. Así en este caso. Las páginas de esta pequeña obra nos permiten, además, comprobar la coherencia entre una y otra faceta.
El fuego del arte al que se refiere en muchas de esas páginas –“…Carmín quemado en el Tiziano más sangriento y más hondo”, escribe a propósito de uno de los cuadros que más le impresionaron en su formación como artista, ‘El desollamiento de Marsyas’’– lo encontramos en estas obras: el fuego que asciende, las llamas que se funden con los amarillos y dorados en unos cuadros de mediano y gran formato en los que domina también –y es otra constante en su trayectoria– el movimiento. Un movimiento que parte de una mano que pinta “arrastrada por corrientes muy fuertes”, según él mismo admite, y cuyas huellas se reflejan en la superficie de la pintura.
Dice también el artista en su libro que nunca ha tenido reparos a la hora de utilizar el color negro y es cierto pero, en mi opinión, no con tanta nitidez, incluso diría valentía, como lo hace en cuatro de las obras de esta exposición (en la que se ha renunciado a títulos y cartelas técnicas) y que son aquellos que aluden al encierro de Dánae y el negro augurio que pesa sobre su futuro hijo. Es aquí donde también encontramos el rastro de su interés por las imágenes de la pintura monocroma china. Esa firmeza en la utilización del negro y el contraste con el amarillo está resuelta con acierto en los dos cuadros que en la planta baja del museo sirven de prólogo a la muestra. Y en los que se comprueba, ya desde el inicio, que acomodarse no es una opción en su manera de acometer la pintura. Después se comprobará algo que también se refleja en su escritura: “una luz nueva va tomando posesión no sólo de mis obras sino del estudio entero”. Fuego, movimiento y dramatismo contenido en esa luz.
Como toda obra de arte es en gran parte memoria, León nos ofrece en su escritura la memoria del niño que fue en tierras castellanas, la memoria de las uvas recién recolectadas: “nunca vi color semejante al de aquellas uvas recién cortadas. Nunca sentí con tanta claridad la presencia de lo mistérico en lo natural. Como una herida floreciendo en el cuerpo mismo de la Belleza”. Y la memoria de los artistas que le han emocionado en las diferentes etapas de la vida desde Tiziano a los expresionistas americanos para llegar a Rothko y Basquiat, siempre Basquiat. Y sus paseos por la naturaleza y los mil matices de olor y color en un bosque, el temblor de la tormenta al otro lado del ventanal del estudio… Bosque y tempestad. Transparencia y abismo traducidos a unos colores que utiliza como si fueran personajes de una ópera.
Y así también la pintura como destino y delirio, territorio de la incertidumbre, asunción del arte con lo que tiene de sublime y de monstruoso. Hay también una suerte de conciencia de final de etapa, de desprendimiento, de despedida: “Lo que ahora importa es el encuentro con mi amada Perséfone. Lo que cuenta es encontrar la partitura adecuada a tal evento”, leemos. Algo que, sin embargo, no se refleja en estas obras llenas de fuerza y vital vibración.