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Esperanza Ortega

Las cosas como son

Sobre Felipe Boso

Hace justamente un año estaba escribiendo yo un trabajo sobre algunos poetas palentinos del Siglo XX entre los que figuraba Felipe Boso. Durante mucho tiempo, Felipe Boso había sido apenas el nombre de un poeta experimental que nació en Palencia y vivió en Alemania. Fue Francisco Pino el que me lo dio a conocer. “Era raro, como yo -me dijo- pero a ti te hubiera gustado; y era católico, igual que lo soy yo, lo que es todavía más raro. No sé cómo llegó a saber de mí, me quería mucho. Me publicó en Alemania, cuando apenas me conocía nadie por aquí”. Desde entonces su nombre y sus poemas me fueron siendo familiares. En el año 1999, cuando organicé unas Jornadas de Poesía en Valladolid, en la mesa de poesía experimental y en la de traducción volvió a salir Felipe Boso: Maderuelo, Sarmiento, Bada… Así estaban las cosas cuando me disponía a iniciar mi artículo sobre los poetas palentinos del Siglo XX. Comencé a escribir una lista. ¡Qué raros eran casi todos ellos! Palencia parece la más convencional de las ciudades, y de hecho lo es, doy fe de ello, pero ha sido la cuna de muchos poetas experimentales. ¿No tiene eso algo de raro?: el creacionista Paco Vighi, el postista Gabino Alejandro Carriedo, Bouza, los poetas visuales actuales, como Julián Alonso y Ricardo Zamora… Y Felipe Boso, indudablemente. Y me puse a escribir mi trabajo rememorando una escena de infancia, como suelo hacer siempre que escribo sobre Palencia. Comenzaba así: “La primera vez que oí hablar de un movimiento vanguardista creí que se trataba de una enfermedad infecciosa: mi padre comentó que alguien se había contagiado del surrealismo cuando estuvo en París, y yo pensé que el surrealismo sería algo semejante al raquitismo, el botulismo, el paludismo….” Tomando como modelo los movimientos vanguardistas y aludiendo a mi primera confusión infantil, yo iba a caracterizar un ismo nuevo: el “rarismo”, movimiento típicamente palentino, que, al contrario de otros ismos, perdura en el tiempo como una enfermedad crónica de origen genético, pues parece trasmitirse de generación en generación. No sabía cómo seguir, así que busqué en el Diccionario de Autoridades la palabra “raro” y encontré esto: “persona que tiene flojas las membranas del cerebro y por ello es apta para recibir las imágenes que llaman fantasmas”. La definición concordaba con la imagen de los poetas a los que me iba a referir: personas con cerebro dúctil, capaces de ver lo que hay detrás, la sombra del mundo, lo que los griegos llamaban alezeia, es decir, lo verdadero y lo secreto. Aunque también se podría decir, en tono más popular, que los raros tienen flojos los tornillos. Luego me acordé de un título de Ramón Carande, autor también palentino: “Galería de raros”. En este libro, Carande define así a los raros que retrata: “fueron personas recatadas que no quisieron ponerse ante las candilejas y, sin embargo, o acaso también por ser evasivas, me causaron sorpresa, asombro y respeto.” Efectivamente, “los poetas “raristas” -seguía diciendo yo- eran poetas de libros póstumos, que no habían tenido en vida ningún interés por competir por un puesto en el olimpo literario. Y continúo citándome: Además de su discreción y como consecuencia de ella, me asombra también su generosidad, pues todos ellos sin excepción han atendido más a la obra de los otros que a la suya propia, creando lazos de verdadera y entrañable amistad con otros escritores. El tópico del “aura mediocritas”, que invita a disfrutar con tranquilidad de lo que se tiene, soslayando el envite de la envidia o la ambición desmedida, hacen de estos autores personas satisfechas con su suerte, ajenas a las dentelladas del narcisismo”.

Estaba claro que Boso encajaba perfectamente en mi clasificación: tras abandonar su profesión de estudioso de la topografía, se convirtió en raro poeta experimental y poeta discreto donde los haya: no publicó en vida nada más que “T de trama” y “La palabra Islas”, y sus “Poemas concretos” aparecieron gracias al interés de sus amigos, Millán y Gayubo, diez años después de su muerte. La discreción, o mejor dicho el “recato” en palabras de Carande, se muestra incluso en su relación con el lenguaje del poema. Boso sabe decir, pero sobre todo sabe callar, algo que distingue, creo yo, al verdadero poeta del señorito que escribe versos. Y Boso sabe tanto decir callando como callar diciendo, desdecirse e incluso deshablar. Valgan de ejemplo estos versos:

Decir todos los días

una palabra menos

(…)

decir solo decir

menos decir

decir la palabra nada

y verla

deshablar

callar por los codos

El desapego hacia su propia obra y el interés por la ajena, rasgo característico de los raristas, le llevó a publicar la revista Akzente allá por los años 70, revista en la que reunió poesía experimental de muchos autores españoles, aquella en la que Pino estaba tan orgulloso de haber aparecido. Otro rasgo de generosidad literaria es la realización de su tarea de traductor al español de los poetas alemanes, con la misma dedicación que cuando escribe la suya propia. Este tipo de traducción creativa es la que realizó Boso con Celan y Rilke, y con los 21 poetas alemanes que dio a conocer en España en edición bilingüe. El don de la amistad y el buen humor eran otras de las características de los raros palentinos. En este sentido, la bondad de Boso, al que yo llamaba bondaboso en mi artículo, es algo proclamado por todos los amigos que le siguen recordando y son sus principales mentores.

Se da el caso de que las fechas de nacimiento entre Felipe Boso y el postista palentino Gabino Alejandro Carriedo son muy próximas: Boso nació en 1924 y Carriedo en el 1923. Intenté, por eso, en mi trabajo, encontrar algún otro punto de contacto que me permitiera introducirlos a un mismo tiempo. Y lo hallé en las circunstancias de su muerte: los dos murieron de manera repentina y los dos habían sugerido la muda presencia de la muerte antes de que esta acaeciera, integrándola como imagen dentro de su obra. Los dos hablaban de la proximidad silenciosa de la muerte, que llegaría “quedito, pasito, amor”, sin espantar al ruiseñor, como el amor en los versos de Lope de Vega. Carriedo la identifica con un pájaro insomne, sin canción. Dice:

Madre

si ves ese pájaro,

que observa en la rama,

teme, madre, por mí.

Y Boso asocia a la muerte con un rayo mudo, sin fulgor:

Si llega un día

será sin zapatos

golpeando la puerta

como el rayo

que no suena ni brilla

pero hace daño.

En mi artículo, cité otro que Ricardo Bada publicó tras la muerte de Boso, en el que cuenta su última conversación telefónica con el poeta y amigo. Decía Bada:

“El 2 de febrero del 83 le llamé yo, que estaba vertiendo al español un radioteatro de Heinrich Böll en el que aparecían numerosas citas de los Evangelios. Felipe era cristiano –él diría que cristiano viejo- fervoroso y practicante, pero sin beaterías ni hipocresías. Y yo, haragán por naturaleza, en vez de ponerme a buscar en la Biblia en castellano las citas de Böll, una vez más tenía el pretexto nuestro de cada día para telefonear a Felipe. Como de costumbre, nos enzarzamos en una charla de más o menos una hora, y recién al hilo de la despedida advertí que me faltaba la traducción de una cita. Se la leí en alemán, y sin vacilar (yo creo que se sabía de memoria los Evangelios) me dictó la respuesta: “¿Cuándo me darás el pan que da la vida eterna?”. Nos despedimos, colgué, seguí traduciendo. En el diálogo del radioteatro de Böll, a esta pregunta-cita seguía la respuesta: “Mañana”. Sí, mañana. A las ocho de la mañana sonó el teléfono: me llamaba Antje para decirme que Felipe acababa de morir.”

En el artículo necrológico de Bada aparecía la alusión al cristianismo de Boso, con esta apostilla: era cristiano, “pero sin beaterías ni hipocresías”. Esto me hace recordar el comentario de Pino: “Boso era católico, igual que yo”. En una conferencia que pronunció Fernando Millán el año pasado en Valladolid sobre Felipe Boso, habló precisamente de este tema, es decir, de su catolicismo, que él interpretaba como una anomalía que había que justificar. No estuve de acuerdo entonces con su interpretación ni lo estoy ahora. No lo digo por reivindicar el catolicismo, sino por hacer referencia a la relación, creo que en absoluto casual, entre la poesía concreta de Boso y el cristianismo:

En mis conversaciones con Francisco Pino, me comentó muchas veces cuánta había sido su sorpresa al descubrir los poemas caligramáticos, los “cármina figurata”, de algunos autores de la patrística cristiana, como Optaciano Porfirio y Mauro Rábano. Estos poetas visuales urdían un tapiz de letras que representaban generalmente a Cristo crucificado, y en ese entramado se podían leer frases en latín alusivas a la pasión y otros temas evangélicos. Se me podría contestar que la poesía visual no es invento del cristianismo, que ya aparecía mucho antes, desde el famoso huevo se Simias de Rodas. Esto es verdad, indudablemente. Pero también lo es que en el cristianismo la imagen tiene un valor más que simbólico o iconográfico, y que el deseo de corporeizar la palabra está en el meollo de la interpretación cristiana del mundo: “y el verbo se hizo carne”. Una Iglesia románica es un poema visual en forma de Cruz, en donde los fieles se introducen para escuchar la palabra-espacio, que se toca y se ve. La misma Iglesia se define como “Cuerpo de Cristo”,dando a este término una sensualidad que hace del cristianismo una religión deseable, con un carácter incluso erótico, como podemos observar en los místicos. Que la palabra se puede hacer carne, imagen, volumen, es decir, que lo abstracto se concrete en el dios encarnado, esto es lo que anunciaba el Antiguo Testamento y lo que confirman los Evangelios cuando interpretan el nacimiento de Jesús como la llegada del Mesías. Los sabios cabalistas investigaban y siguen investigando el valor de la letra, considerada individualmente, extrañada de su contexto significativo, igual que hacen los poetas letristas, y no hay metáfora más concreta que la que subyace en el misterio eucarístico, cuando el sacerdote ofrece a los fieles una lámina de pan como el cuerpo de un dios. Un inciso: la lámina tiene forma circular y se introduce en la boca, llenando de “gracia” el cuerpo-alma de quien comulga, ¿tengo que explicar las sugerencias poéticas de tal creencia?. Lo que quiero decir es que no veo la contradicción entre el catolicismo de Boso y de Pino, y su vocación de poetas concretos, y que ambas experiencias, la poética y la religiosa son, en los dos casos, en todo punto coherentes.

Esto que acabo de afirmar me parece importante para entender el verdadero sentido que poetas como Boso y Pino daban a la trascendencia de su poesía experimental. Me refiero a que no la consideraban como un mero juego ingenioso, que puede ser utilizado con un valor decorativo o publicitario. Creo que este es el gran peligro de ese tipo de poesía y a ellos no se les escapaba este peligro en absoluto. La profundidad de los poemas de Boso se pone de relieve de manera pristina en sus poemas discursivos, algunos, como el que cita Bada al finalizar la necrológica a la que antes aludía, dignos de estar en la mejor antología de la poesía española del Siglo XX. “Pounds Equation” es el poema al que me refiero:

Una jaula es

cuando se tiene todo el mundo fuera

Una celda es

cuando se tiene todo el mundo dentro

Mi jaula

es una celda

La gravedad de este poema, su hondura metafísica, obliga al lector a pararse y a internarse en busca de nuevos significados para lo que habitualmente nombra el lenguaje de comunicación. El poeta es esto lo que hace: introduce en su interior el lenguaje heredado, el mundo de fuera, y exterioriza la voz que escucha dentro de sí mismo, el mundo de dentro; así, convierte el silencio en palabra y la palabra en silencio, llena de contenido lo vacío y vacía lo que estaba repleto de convencionalismo. Este diálogo entre intimidad y comunicación lo establece librando a las palabras de la jaula y la celda del lenguaje, aunque permanezca él mismo preso en su urdimbre inevitable. En este sentido, los juegos de la poesía concreta de Boso deben interpretarse como ejercicios arriesgados, nada intrascendentes. Él se juega su vida de poeta en esos trances en los que lucha por poner al descubierto las incoherencias del lenguaje de comunicación. “¿De quién será mi yo?”, acaba preguntándose en lo que parecía un mero acertijo en el poema que se titula “Impropiedades”

Tu yo
es
tuyo
su yo
es
suyo
mi yo
en cambio
no
es
miyo
¿de quién
será
mi yo?

“Impropiedad” tiene en este poema un carácter polisémico. La conciencia de la im-propiedad del lenguaje es la primera experiencia del poeta: el lenguaje no es enteramente suyo como tampoco lo es su identidad cuando escribe. Y el lenguaje tiene sus propias impropiedades: incoherencias del sistema lingüístico en las que solo al poeta le está permitido ahondar para concretarlo y hacerlo suyo. Al poeta no le basta el lenguaje como método de representación y comunicación, él necesita ir más allá. No solo quiere hablar de las rosas, sino crear las rosas mismas; siguiendo el consejo de Vicente Huidobro, intenta hacerlas florecer en el poema. Igual que en la eucaristía el pan no “representa” sino que “es” el Cuerpo de Cristo, el poeta aspira a que el texto sea la cosa misma que nombra: “Intelijencia, dame, el nombre exacto de las cosas”-pedía Juan Ramón Jiménez con el mismo sentido- y Felipe Boso quiere “llamar a las cosas por su nombre”, es decir, recobrar el nombre y entidad original de las palabras, para que aparezcan ante el mundo con la misma consistencia que el día de la creación, cuando salieron de los labios de Dios por primera vez y aún eran palabras sagradas, con la energía y exactitud suficiente para hacer posible lo nombrado. Los ríos, las montañas, los pájaros y el hombre mismo deben su existencia a que Dios los fue nombrando. El poeta también desea nombrar de esta manera, y para conseguirlo necesita alcanzar la exactitud del lenguaje. Por ejemplo, desea que una casa de campo sea “exactamente” lo que dice ser, una casa de campo:

Quiero
una casa de campo,
de campo, sólo de campo.

Sin paredes ni tejado,
de campo,
sólo de campo.

Sin puertas ni cerraduras,
de campo,
sólo de campo.

Sin ventanas ni balcones,
de campo,
sólo de campo.

Sin muebles y sin cortinas,
de campo,
sólo de campo.

Quiero
una casa sin casa,
de campo,
sólo de campo.

Pero Boso es un poeta moderno, por lo que su visión del lenguaje poético es irónica, y su poesía fragmentaria, distante del sistema escolástico en el que todo encajaba como en un rompecabezas; por eso tituló al texto que acabo de transcribir “Poema idealista”. En la obra de Boso no aparece el concierto de la patrística, sino el desconcierto del hombre dividido y acosado por la interrogación, por la angustia. En su aparente aserción, subyace una pregunta oculta, que resuelve con la rotundidad del presente de indicativo –quiero-, cuando le correspondería el condicional hipotético –querría-. De esta forma intenta conjurar su fragilidad, su desequilibrio entre deseo y realidad, su íntima certeza de que las cosas no son como el lenguaje las representa y como él desea que sean. El mundo no es auténtico y el poeta intenta desesperadamente devolverlo a su autenticidad. Pero ya no posee una creencia cierta, un camino seguro para conseguirlo, como les ocurría a los autores de la patrística cristiana. Lo suyo no es llegar al final del camino, como aconsejaba Jorge Manrique, sino desandar, desdecir, volver al origen. Lo suyo no es indagar en el haz, sino en el envés de las cosas. Así llegará Boso a ser original también en el sentido etimológico de la palabra, a fuerza de innovar, de adentrarse en lo raro, en el territorio desconocido de la poesía concreta. Esta búsqueda del envés, de la sombra, de la parte impropia e imprevisible del lenguaje, es su juego poético. Y tiene mucho que ver con el hallazgo de “la sombra” que invoca Paul Celam en este poema que a mí me ha llegado en palabras de Boso:

Habla también tú….

Habla también tú

sé el último en hablar,

di tu decir.

Habla-

pero no separes el No del Sí

y da a tu decir sentido:

dale sombra.

Dale sombra bastante,

dale tanta

cuanta en torno a ti tú sabes extendida entre

medianoche y mediodía y medianoche….

Anular la distancia entre el Sí y el No, es el sino o destino de la palabra poética. Este es también el mensaje del título de la obra completa de Pino: “Sí y no, sino”. El poeta es el que saca a la palabra de la conversación y se aleja con ella a la penumbra, para indagar en el revés, que es donde mejor se observa el diseño de su costura. Al menos el poeta honesto e inteligente en la acepción juanramoniana del término. En palabras de María Zambrano: “la trayectoria de la suprema honestidad pasa por el no-ser y ha de atravesar vacíos, desiertos, mutismos, ha de atravesar lo impenetrable. Y solo lo que de ello queda, ¿queda?, no: solo lo que resucita es cierto”.

Felipe Boso incluyó el vacío en su poesía discursiva y llegó a enmudecer en su poesía concreta, dejándonos unos poemas tan ciertos como honestos. En ellos resucita cada vez que un lector se acerca, los mira y los lee. Acabo de mostrarle sus poemas a mi hija, también poeta, que los desconocía. Los acogió con cierta indiferencia hasta que terminó de leer el primero. Entonces apareció en sus ojos la alegría ante el hallazgo, como cuando, al escarbar en la arena en busca de un anillo perdido, lo sentimos súbitamente entre los dedos. Y asoma la interrogación en sus labios cuando le muestro un libro suyo: “¿Quién es?”. Felipe Boso. Estos son los encuentros que se producen en la sombra, en el envés, en el territorio de la poesía, territorio que Felipe Boso estudió como topógrafo exacto y aumentó al añadir unas cuantas islas. Esto es lo raro, es decir, lo prodigioso.

(Este texto fue leído en las Jornadas de escritores y traductores, celebradas en Castrillo de Polvazares en el verano de 2010 y organizadas por Javier Gómez Montero)

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Sobre el autor

Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.