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Esperanza Ortega

Las cosas como son

La solución final

Éste fue el nombre que dio Hitler a su decisión de exterminar a sus enemigos: “La solución final”. Y no se refería solo a aquellos que los nazis consideraban un peligro para su régimen, sino también a su descendencia, incluidos los niños de pecho. Aquel crimen atroz fue juzgado al terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando aún se escuchaban los gritos de las víctimas. Porque había testigos, porque de todas las matanzas siempre hay algún superviviente que regresa para contar lo sucedido. Y más en España, donde los franquistas no poseían la tecnología suficiente para realizar una matanza industrial, en crematorios colectivos. Aquí se fusiló a los adultos y se dejó a sus descendientes, esperando que el miedo y la miseria sellara sus labios. Pero han sobrevivido. Aquí están, frente al Tribunal Supremo, los hijos y los nietos. Han llegado para contar su historia jamás contada, cuando parecía que la huella del crimen se había borrado. -Ya saben que a Garzón se le culpa por haberlos conducido “ilegalmente” hasta aquí-. ¿Su propósito? Lo dijo con claridad Olga Alzaga, una de los testigos: “No tengo ningún afán de venganza, pero sí el derecho a saber la verdad”. Las tumbas nos revelan la verdad de los pueblos, eso lo saben bien los arqueólogos. Más que un deseo es un deber humano, salvar las cenizas, aunque sea quemándolas o arrojándolas al mar, pero dejando constancia de que la vida es sagrada. Contra viento y marea, los descendientes de las víctimas lo proclaman con su testimonio de fidelidad. Como Antígona, la protagonista de la tragedia de Sófocles, cuando clamaba por enterrar el cadáver de su hermano; como Príamo, cuando, en la Ilíada, se atrevió a reclamarle a Aquiles el cadáver de su hijo Héctor. Como ellos, María Martín López llegó al Supremo apoyada en un andador, y con la voz que le quedaba contó ante el Tribunal que unos falangistas de Arenas de San Pedro se llevaron a su madre cuando ella tenía seis años. La mataron al lado de un puente, en donde espera todavía. Ni con todo el aceite de ricino que la hicieron beber en tantas ocasiones lograron los asesinos que flaqueara su memoria y su afán. ¿Es María Martín menos heroica que Príamo o Antígona?  “Donde habite el olvido, allí estará mi tumba”, decía Gustavo Adolfo Bécquer en una de sus “Rimas”. Y en la tierra de  España, convertida en fosa común, habitaba aún el olvido. Hasta el punto de que muchos confiaron en que el alzehimer social hubiera conseguido que sus manos manchadas de sangre parecieran unas manos limpias. Pero ha sido inútil, siempre habrá algún anciano sin demencia senil que conserve la memoria de lo que sucedió. Los hijos y los nietos de los muertos proclaman algo que los vivos nunca deberíamos olvidar: que los hombres no solo piden pan, que reclaman justicia. ¿Justicia? Sí, justicia. En España y fuera de España, desde el comienzo de los tiempos. Ésa es la única solución final.

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Sobre el autor

Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.