Lo bueno de que surjan polémicas políticas sobre temas que hasta el momento desconocíamos es que en muchos casos nos sirven para ampliar nuestro léxico con tecnicismos insospechados. Eso me ha pasado a mí con el término “inmatriculación” y en mayor grado todavía con el de “usucapión”, que leí por primera vez en la noticia de la reclamación que le hace a la Iglesia el poder civil sobre los edificios y terrenos de los que se apropió en los últimos años, gracias a una ley de los tiempos de Aznar. Inmatricular algo es, según la definición legal, incorporar al registro de la propiedad un bien inmueble, hasta entonces carente de antecedentes registrables, lo que hablando en cristiano equivale a poner a tu nombre algo que hasta ese momento no era de nadie. Así ha inmatriculado la Iglesia católica no solo iglesias- que parece que sería lo suyo- sino edificios de apartamentos, garajes y hasta parques infantiles. ¿No fue todo creado por Dios Nuestro Señor en siete días? Pues siguiendo con ese razonamiento nos pueden inmatricular desde la playa de la Concha hasta el pico del Teide. El caso del que más se habla es el de la Mezquita de Córdoba, que fue inmatriculada en 2006. Sí, así como lo oyen, ese edificio que edificaron los árabes y que Fernando III el Santo incorporó a la corona de Castilla en el siglo XIII resulta que no pertenece a los cordobeses sino al Estado Vaticano. ¡Anda, que si resucitaran los Omeyas! Es como si la Catedral de Santiago con su botafumeiro incluido se hubiera declarado propiedad de Solimán el Magnífico. Pero así es la vida, el que no corre vuela y el que se queda parado corre peligro de que le inmatriculen. A mi este asunto me recuerda el caso del hombre de negocios con el que se encuentra el Principito de Saint-Exupéry. El buen hombre tenía la costumbre de inmatricular todo lo que veía, y así había conseguido hacerse dueño de más de cinco millones de estrellas solo con ponerlas un número. Ante la extrañeza del Principito, el hombre de negocios razona su derecho a la inmatriculación: “Si las estrellas no son de nadie es que son mías porque soy el primero al que se le ha ocurrido la idea de contarlas. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas” Pues si es cuestión de ideas, a la Iglesia católica se le han ocurrido muchas y todas ellas geniales, a juzgar por la abundancia y cuantía de sus posesiones. Es lo que hicieron en el Oeste americano con las minas de oro, el primero que las encontraba se quedaba con ellas, y lo que han hecho con las tierras arrebatadas a los indígenas brasileños que no saben ni leer ni escribir. Como no tienen documentos… se quedan sin nada. Pero aquí la inmatriculación colisiona con la “usucapión”, que quiere decir obtener la propiedad sobre algo que se lleva usando durante tiempo, y en eso los indígenas, si se les escuchara, tendrían algo que decir. Pero volviendo a la Mezquita de Córdoba, yo pagué “religiosamente” mi entrada el año pasado cuando la visité para rezar un responso en la tumba de Góngora cuyos restos descansan entre sus muros desde tiempo inveterado. ¡Ahora que caigo! Si sus reverendísimas caen en la cuenta del valor que pueden adquirir las cenizas del ínclito poeta cordobés, las usucapian y las subastan sin mediar ni un responso. Que Alá le proteja.