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Esperanza Ortega

Las cosas como son

Gamoneda y la pobreza energética

Entre el calor dulzón de un verano que se resiste a despedirse, algunos empezamos a añorar la ocre melancolía del otoño. Y cuando aún no hemos guardado los ventiladores, el gobierno da a conocer sus medidas contra la “pobreza energética”, entre las que anticipa la supresión del impuesto del 7% a la generación de electricidad.  Esta expresión, “pobreza energética”, fría como todos los tecnicismos, anuncia el invierno que se avecina irremediable.  Los locutores de radio comentan escandalizados que hay familias en España -no digo hogares, porque “hogar” es sinónimo de casa caliente- que no se pueden permitir encender la calefacción y pasan las de Caín en los meses más crudos. Muchos, sin embargo, no nos asombramos en absoluto, sobre todo si hemos vivido en la meseta castellana en los tiempos en que a las inclemencias climáticas se añadían las injusticias inclementes de la Dictadura. Yo tuve la suerte de nacer en un hogar con posibles, en donde todas las mañanas se encendía una potente caldera de carbón. Pero al anochecer, la caldera empezaba a perder fuelle y, al par que las sombras se apoderaban de la casa, el frío se colaba subrepticiamente por resquicios y rendijas. Había que meterse pronto en la cama, antes de que aquel visitante nocturno avanzara por el pasillo y llegara a las habitaciones. Pero había otras casas en donde se tenían que conformar con pequeñas estufas de leña o incluso enfrentarse al frío sin otro escudo que la ropa de lana. Los sabañones que sufrían algunas compañeras de colegio eran indicio cierto de lo que hoy llamamos “pobreza energética” y que yo seguiría llamando “pobreza” a secas, desnuda, expuesta a la intemperie del invierno cruel.  Sin embargo,  el frío también tenía su qué. Diamante apenas sin pulir, debía su resplandor a la dureza gélida que hizo cristalizar su tierno corazón de carbono. Antonio Gamoneda, cuya obra es un exponente de esta cultura invernal mesetaria, escribe en “El libro del frío”: “Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta cansar mi corazón. /Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas entre sombras, / pero, ¿qué hago yo delante del abismo?” Porque es verdad que el frío que calaba el interior de los huesos sobre todo de los pobres, daba una cierta nobleza a los corazones que conseguían no endurecerse, como las castañas recién salidas de las manos de las ancianas castañeras (qué dignidad la de sus manos arrugadas, ennegrecidas por el hollín, cuando ofrecían su cucurucho bendito). Un Gamoneda adolescente se levantaba cada día a las cinco de la madrugada para encender la calefacción del Banco Mercantil de León,  donde cobró su primer sueldo ¿Por eso sus versos han conservado siempre el ardiente resplandor del hogar encendido?  Al borde de ese abismo de pobreza y verdad nos sitúa de nuevo la crisis energética. ¿Qué haremos? El gobierno opta por darle a la niña de los fósforos otra pequeña caja de cerillas, mientras sigue tiritando en la esquina de su helado abandono. A algunos nos parece poco, pero a otros les parece demasiado. Mientras, los directivos de la Electra esperan a que llegue el frío para engordar de nuevo los recibos. A ellos no les conmueven los versos de Gamoneda: “Recuerdo el frío del amanecer, los círculos de los insectos sobre las tazas inmóviles, la posibilidad de un abismo lleno de luz bajo las ventanas abiertas para la ventilación de la enfermedad…” Para ellos solo existe el abismo sin fondo de la usura.

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Sobre el autor

Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.