Es curioso, pero cuando escribí “Matilda” en google para recordar el argumento de la célebre novela infantil que en este Octubre cumple 30 años, lo primero que me apareció fue la película, su director, actores, guionista, y solo al final una alusión a que estaba basada en una obra de Roald Dahl. Digo que es curioso porque si algo caracteriza a esta heroína de finales del siglo XX es su preferencia por los libros frente a la televisión, el único entretenimiento de sus padres. Y en eso también se diferencia Matilda de otros niños de novela que, como la genial Pipi Calzaslargas, prefieren el juego libre en la naturaleza a los libros recomendados por las personas mayores. Aunque sean demasiado severos con ellos e incluso injustos en ocasiones, ni Guillermo ni Nicolás ni Tom Sawyer ni ningún otro héroe incomprendido tiene unos progenitores tan estúpidos y repelentes. Matilda es la única en reconocer que su padre es un indeseable que solo disfruta estafando a los incautos y su madre una maníaca del Bingo. Ella, en cambio, como disfruta de verdad es leyendo Moby Dick. Por cierto, mientras escribo esta columna tengo la radio puesta y en una emisora de alta audiencia oigo cómo se ríen de la gente que lee libros infumables, del tipo, dicen, de Moby Dick. Sin comentarios, así es el mundo en que vivimos. Tampoco le sorprenderá a nadie que me acuerde de Matilda en la semana en la que se ha celebrado El Día internacional de la Niña, y en el año en que las mujeres de todo el mundo han decidido defender sus derechos con uñas y dientes. Pero ella no es la única heroína infantil que representa la cordura en una sociedad degenerada. Matilda me recuerda mucho a Phoebe, la hermana pequeña de Holden Caulfield, el protagonista de la gran novela de Sálinger “El guardián entre el centeno”. Esto dice de ella su hermano Holden: “Les juro que es listísima. Tiene solo diez años. En el momento en que uno le habla, Phoebe entiende perfectamente lo que se le quiere decir. Y se la puede llevar a cualquier parte. Si se la lleva a ver una película mala, enseguida se da cuenta de que es mala. Si se la lleva a ver una película buena, enseguida se da cuenta de que es buena” Su buen juicio le hace adivinar por qué su hermano Holden ha soñado con un poema de Robert Burns, y entiende que desee ser el guardián de los niños que juegan al borde del abismo, en el maravilloso campo de centeno que es la auténtica infancia. Para Sálinger y para Rold Dahl, los niños son superdotados que acabarán perdiendo sus poderes el día en que se integren en nuestra sociedad corrupta. Para evitarlo en lo posible escriben ambos sus obras, que quieren hacer la función de manos protectoras, camufladas entre el centeno. ¿Qué pensarían Matilda y Phoebe de Trump y los demás? Un escultor anónimo se ha preguntado lo mismo que yo y ha dejado una pequeña estatua de Matilda al lado de la imagen del Presidente de EE.UU. Parece estarle echando una bronca. Aunque lo importante sería que tantas niñas con superpoderes nos abrieran los ojos para que entre todos cambiáramos el mundo. Por cierto, el día 15, este mismo lunes, se celebró el Día de las Escritoras, es decir, el día de Santa Teresa, la monjita superdotada que descalzó a obispos y abades de sus saberes impostados. Todas ellas Matilda, Phoebe, Teresa, Mafalda y Pipi Calzaslargas tienen algo en común: no quieren sustituir a los hombres, quieren salvar a hombres y mujeres del orden machista que rige un mundo injusto. Ojalá lo consigan.