“¿Cuándo llegará a Rusia un hombre verdadero?”. Así comienza un poema de Evgueni Evtuchenko en que reclama para su país un buen dirigente, honrado, inteligente y cabal. Aunque Evtuchenko no murió hasta 2017 y por tanto tuvo tiempo de presenciar la llegada de Putin al poder, no cito estos versos para subrayar el contraste entre Putin y el político que él invocaba. No, el motivo de que traiga a colación este poema es que me viene al pelo para hablar de lo que hoy llamamos lenguaje inclusivo, es decir, un lenguaje que propone incidir insistentemente en que las mujeres también existimos. Porque vamos a ver: ¿A qué se refiere Evtuchenko con el término “hombre”? Yo creo que alude al “vir” en el sentido latino, del que etimológicamente derivan viril y virilidad, cualidades exclusivas del sexo masculino. ¿O Evtuchenko se refiere quizás a “hombre” en sentido genérico, como persona humana, tanto masculina como femenina? En este momento, ya habrá quien esté pensando que mi pregunta es capciosa, pero les aseguro que lo planteo con toda mi inocencia, porque yo no lo sé. Lo mismo me ocurre con el título de mi obra preferida de Saint-Exupéry, la titulada Tierra de hombres. Es verdad que todos los personajes de esta novela son de sexo masculino, en concreto intrépidos pioneros de la aviación que arriesgan su vida en cada vuelo, pero yo todavía me niego a admitir por eso que el autor de El principito atribuyera a los de su sexo en exclusiva nada menos que la posesión de la tierra. ¿Acaso debería haber titulado su novela “Tierra de hombres y de mujeres”, o mejor, “Tierra de seres humanos”? Esta pregunta me la imagino en los labios de un hombre que me mira con sorna. Pues le voy a proporcionar otro motivo de jolgorio gramático-machista: ¿Acaso habrá que modificar los versos de Miguel Hernández para hacerlos más inclusivos? Algunos de Vientos del pueblo quedarían así: “Asturianos y asturianas de braveza, / vascos y vascas de piedra blindada, / valencianos y valencianas de alegría, / castellanos y castellanas del alma…” ¡Qué diferencia entre los octosílabos genuinos y estos sin gracia ninguna! Aunque solo fuera por eso -me dirán- alguien que escribe poesía no debería ser partidaria de tamaña alteración del ritmo. Además, el sentido que daba Miguel Hernández a los plurales “asturianos”, “valencianos”, “vascos” y “castellanos” queda patente con toda claridad en los versos finales del romance: “La agonía de los bueyes / tiene pequeña la cara, / la del animal varón / toda la creación agranda”. Dado que Miguel Hernández, como mujer que soy, no me incluye en su invitación al heroísmo, decido seguir leyendo a Evtuchenko, y resulta que, en los últimos versos del poema citado al comienzo de esta columna, me encuentro de nuevo con el hombre destinado a salvar la patria rusa, pero en este segundo caso, ¡hosanna!, a su lado también hay sitio para una de nosotras: “¿Cuándo llegará ese Alguien a Rusia, sea hombre o mujer?” -clama el poeta. Y como si una Pepita Grillo se lo hubiera soplado al oído, él mismo contesta a su pregunta: “Cuando todos seamos seres humanos”, y remacha al final: “Rusia no espera más profetas. / ¿Cuándo llegará a Rusia esa nación de personas, / Alguien que no engañe a Rusia? ¿Cuándo?”. También en España nos preguntamos cuándo, cuándo vendrá Alguien, ya sea alguno o alguna, pero eso es harina de otro costal. Aunque cuando hayamos dado con la fórmula para denominar a esa persona añorada a gusto de todos y de todas, nos daremos cuenta de que, siempre que algo se consigue, se pierde algo también. En el caso que nos ocupa, cuando el ser humano ya no se defina con la palabra “hombre” y por tanto el hombre ya no sea la medida de todas las cosas, nadie entenderá otro verso de Evtuchenko, ese con el que el poeta del Volga afirmaba, en un rapto de caballerosa cortesía, que “las mujeres son los mejores hombres”.