Tengo una prima casi abogada, es decir, que dejó la carrera de Derecho cuando solo le faltaban dos asignaturas -eran los tiempos en los que todavía no existía la Universidad Juan Carlos I-. Pero mi prima, que trabaja felizmente de administrativo en una gestoría, nunca ha guardado rencor a los profesores que le negaron la toga, y defiende en público y en privado sus enseñanzas. Por ejemplo, estos últimos días se desgañita explicándonos a toda la familia que la actuación del Tribunal Supremo en el asunto del impuesto de las hipotecas no justifica que se haya convertido en el blanco de los chistes más atroces y de las más airadas maldiciones. “¡Que no -dice mi prima- que no podemos minar la credibilidad de las instituciones!”. Yo la miro con sorna, me hacen mucha gracia sus modales togados. Y ella me explica, como si se tratara de un libro abierto: hasta el Código de Hammurabi (Mesopotamia, 1750 a. de C.) no hubo un texto escrito que anunciara las penas a las que se expondrían quienes infringieran las leyes. Que la ley fuera fijada por escrito acababa con la arbitrariedad anterior. Hammurabi, sin embargo, no dudaba de que la ley tenía un origen divino. Pasaría mucho tiempo hasta llegar a establecerse que los tribunales debían ser independientes tanto del poder divino como del poder ejecutivo y legislativo. Yo le pregunto si no habrá retrocedido nuestro Tribunal Supremo a la ley de Hammurabi esta semana pasada, tras haber recibido un rapapolvo desde las alturas, ¿o es que hay otros dioses más poderosos en la actualidad que la Banca y los Mercados? Mi prima está a punto de asesinarme, pero se contiene, y me larga el sermón que a todos amenaza con hacernos estallar los oídos desde que se dictó la controvertida sentencia. Sin embargo, yo le respondo con otros sermones menos edificantes. Por ejemplo, el de Dickens en su novela “Casa desolada”. Dice uno de sus personajes: “¡Este es el Tribunal Supremo! Tiene casas ruinosas y tierras yermas en todos los condados; tiene locos macilentos en todos los manicomios; tiene muertos en todos los cementerios; tiene a sus querellantes arruinados, pidiendo dinero prestado o limosna; dota al poderoso de medios para hacer desistir al que tiene la razón; consume los ahorros, la paciencia y la esperanza; aniquila el cerebro y destroza el corazón.” Sí, así de duro se muestra Dickens con el Tribunal Supremo, aunque, viendo a sus señorías como los estoy viendo yo ahora en una foto, con esos collares estilo hawaiano, con incrustaciones de piedras semipreciosas, todos en círculo alrededor del chamán, a mí me parece que les va mejor la frase de Flaubert: “Un hombre que juzga a otro es un espectáculo que me haría reventar de risa, si no fuera tan lamentable”. En este momento a mi prima le ha dado un desmayo, así que dejo mis citas literarias para reconocerle que, cuando no teníamos estos tribunales tan chungos, había otros aún peores, como los Tribunales de orden público, donde sin tardanza ninguna te mandaban al trullo sin derecho siquiera a rechistar. Mejor esto que nada. Y para consolarla, pues veo que va recuperado el sentido, le digo que sí, que también hay gente estupenda en el mundo de la judicatura, como Atticus, el protagonista de “Matar a un ruiseñor”. Y además, Marchena, actúe como actúe, siempre será mejor que su antecesor. En eso, miren ustedes por donde, estamos de acuerdo las dos ¡Menos mal!