Hace ya unos años, en plena controversia sobre el Toro de Vega de Tordesillas, a uno de los partidarios de que se siguiera celebrando la fiesta a la manera tradicional se le ocurrió un argumento peregrino en su defensa: es bueno que los mozos dirijan sus instintos agresivos en público contra el toro, así no los dirigirán en casa contra sus mujeres. De esta manera salió publicado en un medio escrito. Con ocasión del Día contra la violencia de género, el domingo pasado me preguntaba con unas amigas de dónde proviene ese instinto agresivo de tantos hombres contra sus parejas ¿Es un hecho cultural o forma parte de su propia naturaleza? Y de repente me vinieron a la memoria los versos de un romance viejo: “-¡Oh, Francia, mi noble tierra / ¡Oh mi sangre de Borbón! / Hoy cumplo diecisiete años / y a los dieciocho voy. / El Rey no me ha conocido, / con las vírgenes estoy. / Castilla, di, ¿qué te hice? / Yo no te hice traición, / las coronas que me diste/ de sangre y suspiros son; / mas otra tendré en el cielo / que será de más valor- / Y dichas estas palabras, / el macero la hirió. / Los sesos de su cabeza / por la sala los sembró” La desgraciada niña que así habla en el romance es Doña Blanca de Borbón, esposa de Don Pedro el Cruel, el cual encargó a sus maceros que la mataran a palos. Aunque el asesinato no se produjo en Tordesillas, es allí donde Pedro el Cruel residía con María de Padilla, su amante, mientras su esposa lloraba en el destierro. Podría pensarse que maltratos, violaciones y asesinatos de mujeres eran moneda corriente en la Edad Media, y que el rey castellano no fue una excepción a la regla, pero nos equivocaríamos, pues hay pruebas de que la violencia contra las mujeres era considerada ya entonces la mayor y más repugnante de las cobardías. Así calificó en su condena el Rey Alfonso de Castilla a los yernos del Cid, los infantes de Carrión, cuando, según se lee en el Poema de Mío Cid, maltrataron a sus esposas y las dejaron atadas a sendos árboles en el Robledal de Corpes. ¿Podrían haber corrido mejor suerte los dos condes si sus esposas no hubieran sido hijas del Cid? Hace poco, navegando en internet, encontré un trabajo de Sabina Álvarez Bezos sobre el maltrato a las mujeres a finales de la Edad Media que contesta a esa pregunta. Las mujeres de entonces, de toda condición, según demuestran los documentos de la chancillería de Valladolid, denunciaban el maltrato y en muchos casos sus denuncias eran atendidas. Algunas incluso, antes de que los esposos cumplieran sus amenazas, obtenían una “carta de seguro” firmada por los reyes, que es el antecedente de las órdenes de alejamiento actuales, pues una vez pregonada la carta, el agresor no podía acercarse a su víctima. Entre los casos que aparecen en este trabajo está el de Doña Mencía de la Vega, de Tordehumos, casada con don Fernando de Granada. Una criada suya declaró en el pleito que doña Mencía planteó a su marido, que este era de carácter violento y que en “una ocasión la arrastró de los pelos de una a otra parte de su aposento, causándola tal daño que tuvieron que sangrarla” El agresor murió antes de que se dictara sentencia, con lo que doña Mencía regresó viuda y tranquila a su mansión de Tordehumos. Las mujeres llevan siglos luchando por su dignidad, tras preguntase qué hicieron ellas para ser vejadas sin motivo, y sus demandas son mucho más antiguas que las fiestas que, como el Toro de Vega, presumen de ser tradicionales y bienes culturales avalados por la Historia.