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Esperanza Ortega

Las cosas como son

Australopithecus rampante

Últimamente, los antropólogos protagonizan muchos reportajes periodísticos. Se diría que el hombre actual, temeroso del futuro, se vuelve hacia el pasado para encontrar un sentido a su vida, como esos hospicianos que, ya en la edad adulta, desean imperiosamente conocer sus orígenes. Una de estas noticias me ha llamado la atención la semana pasada: parece que el primer hombre que comenzó a andar erguido no lo hizo con los pies clavados en la tierra, sino desde la copa de un árbol, pues es allí, en los árboles, donde se desarrollaba su vida ¿Y cómo se ha llegado a conclusión tan chocante? Pues estudiando los restos de una Australopitheca prometheus de hace más de tres millones de años. Prometeo fue el creador de la civilización humana, por eso lleva este nombre nuestra ancestra trepadora. También la podríamos llamar Australopitheca rampante, si utilizáramos el adjetivo “rampante” en el primero de los dos significados que admite el diccionario de la RAE: como animal con pezuñas para trepar y como persona ambiciosa, lo que conocemos por “un trepa”.  Quienes hayan leído a Ítalo Calvino ya estarán pensando en Cosimo, el protagonista de “El varón rampante”, aquel aristócrata rebelde y solitario que decidió subirse a un árbol a los doce años tras una discusión en una comida familiar, y no volvió nunca a poner los pies en el suelo. Cosimo cazaba animales para mantenerse y se vestía con sus pieles, pero no se convirtió en un salvaje, muy al contrario, siempre tuvo una gran afición por la lectura y contribuyó a la labor civilizadora en todas las tierras que contempló desde su altura. Enamorado hasta las trancas de la bella Viola, le regalaba manzanas que ella saboreaba en su columpio, así como Prometeo le había regalado a Hércules las doradas manzanas de las Hespérides. ¿Comería manzanas nuestra Australopitheca? Algún fruto parecido comería, seguro que sí, aunque nunca del Árbol del Bien y del Mal, de ese solo comió Eva, tras bajarse a la tierra y hacerse amiga de un reptil. A Eva le debemos nuestra vida arrastrada. Pero veo que me estoy yendo por las ramas, así que voy a centrarme nuevamente en la copa del árbol con sus habitantes más habituales, los pájaros, esas criaturas afortunadas a las que tanto envidiaba Juan Ramón Jiménez. Precisamente en una de sus canciones, la titulada “Viento de amor” encontramos estos versos: “Por la cima del árbol iré / y te buscaré (…) En la cima del árbol se va / a la ventura que aún no está, / en la cima del árbol se viene / de la dicha que ya se tiene (…) Por la cima del árbol iré / y te perderé.” Se podrán dar distintas interpretaciones, pero todos sentimos un roce a un tiempo cercano y abismal al leer estos versos, igual que sentimos en el amor la proximidad de lo inalcanzable. Hace poco leí una novela titulada “Los asquerosos”, de Santiago Lorenzo. Manuel, su protagonista, al que podríamos considerar un nuevo Cosimo, acaba escapándose del mundo, dejando al lector con un palmo de narices al llegar a la última hoja. Algo me dice, después de leer la noticia antropológica antes citada, que Manuel y Cosimo alcanzaron, igual que la Australopitheca Prometeus, la altura mística absoluta, tras haber dado a la caza alcance.  Así es la historia de la Humanidad, un columpio que se mece sobre el tiempo hasta que la muerte rompe sus lianas. Sin alas, pero con el afán de altura, la antropología lo vuelve a confirmar, eso somos los seres humanos.

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Sobre el autor

Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.