Este año los Reyes dejaron disfraces a mis nietos. Disfraces de caballeros medievales, con cascos y cotas de maya. A mí me gusta este regreso a la lucha noble, anterior a la artillería y el arcabuz, incluso anterior a ese baile de salón con espada que es la esgrima. La lucha medieval, mucho más ruda, se representa hoy en algunas plazas de toros donde se realizan torneos con gran éxito de público, sobre todo infantil. Entre adultos, hay equipos que entrenan para participar en competiciones internacionales: “Santiago y cierra España”, este es el grito de la selección española. Pueden hacerse una idea de la ideología política de sus seguidores. Hay incluso una asociación llamada “Foro del Gran Capitán”, centrada en los soldados imbatibles de los Tercios Viejos, que defendieron al Imperio español dos siglos después, en la época de los Austrias. Los autores de novela histórica actual han ambientado en aquellos tercios muchas de sus obras, cosa que no ocurría en la época en que los mismos escritores habían participado en las guerras imperiales, como era el caso de Cervantes. Y en la poesía del Siglo de Oro encontramos muchísimas muestras de poetas-soldado, tan diestros en el manejo de la espada como de la pluma. Es curioso leer ahora sus textos y darse cuenta de que los que de verdad hicieron la guerra no mostraron hacia ella ninguna pasión. Algunos fueron soldados sin vocación, como le ocurrió al pobre Francisco de Aldana, que, educado en la Corte de los Médicis, murió peleando cuando ya estaba a punto de retirarse de las armas y dedicarse por entero a lo que le gustaba, la poesía. En unos de sus tercetos reprochaba Aldana a los cortesanos que se daban buena vida mientras decidían que otros se jugaran la suya: “Mientras andáis allá lascivamente/ con flores de azahar, con agua clara, / los pulsos refrescando, ojos y frente/ yo de honroso sudor cubro mi cara/ y de sangre enemiga el brazo tiño/ cuando con más furor muerte dispara…”, o como en el caso de Gutierre de Cetina, al que le arreciaba el mal de amores justo en el fragor de la batalla: “Entre armas, guerra, ira y furores,/ que al soberbio francés tienen opreso,/ cuando el aire es más turbio y más espeso,/ allí me aprieta el fiero ardor de amores…” Pero entre todos es sin duda Garcilaso el más excelso como soldado y como poeta. Se pensarán quienes no lo hayan leído que quien fue amigo personal de Carlos V y sobrevivió a tantas heridas hasta que murió peleando mientras intentaba conquistar una fortaleza, tendrá escritos patrióticos, para incitar el ánimo guerrero. Y no es así en absoluto. Garcilaso tuvo siempre claro que era Venus, la diosa del amor, y no Marte, el dios de la guerra, la que daba el dolorido sentir a su vida. En la elegía a su amigo el Duque de Alba expresa con una claridad meridiana su rechazo a la guerra:”¡De cuántos queda y quedará perdida/ la casa, la mujer y la memoria, / y de otros la hacienda despendida!” Y se pregunta: “¿Qué se saca de aquesto? ¿Alguna gloria?/ ¿Algunos premios o agradecimiento?/ Sabralo quien leyere nuestra historia:/ verase allí que como polvo al viento/ así se deshará nuestra fatiga/ ante quien se endereza nuestro intento…” No, Garcilaso nunca hubiera cantado el “Viva a muerte” como lo hacían los ministros del último gobierno del PP o lo hacen ahora en los mítines de VOX. Garcilaso conocía la guerra de verdad. Sabía que no merece la pena ni morir ni matar para que otros disfruten del poder que no merecen.