El jueves pasado se cumplieron 50 años desde que el 31 de Enero de 1969 los Beatles dieron su último concierto, el llamado “concierto en el tejado”, porque tocaron de manera espontánea en la azotea de sus estudios de grabación. Yo tenía entonces 15 años y estudiaba 6º del Bachiller antiguo. Los Beatles eran viejos amigos desde que años atrás mi hermana Yaye trajo un disco de aquella banda que estaba de moda y la casa se convirtió en una discoteca a la hora del desayuno. Recuerdo que me lo pasaba pipa untando de mantequilla las galletas marías con aquel armonioso mar de fondo. Los domingos, sin embargo, nos interrumpía la voz de mi padre preguntándose enfadado por el pasillo: ¿Pero qué les verán las niñas a estos melenudos que aporrean los instrumentos? Mi madre, mucho más moderna que él, había coincidido en los gustos musicales con mis hermanas mayores, sobre todo en la época en que la voz sinuosa de Francoise Hardy cantaba “Tous les garcons et les filles…” y más todavía cuando Gigliola Cinquetti apareció en el Festival de Eurovisión con su “Non ho l’etá”. ¡Angelical!, exclamó entonces. Ante los Beatles, al contrario, solo se atrevía a comentar el volumen desmesurado de sus flequillos. Y para colmo de los colmos cantaban en inglés. Nadie en mi casa sabía ni jota de aquella lengua endiablada, pues el estudio del francés consumía todos nuestros esfuerzos, con la ilusión de que algún día íbamos a conocer París. Así que cuando mis padres, esta vez al unísono, nos preguntaban: ¿qué dicen?, nosotras mirábamos a otra parte, como si, entre el estruendo de la música, no los hubiéramos oído. ¿Es que acaso había que entender el inglés para que te gustaran los Beatles? En absoluto. Nuestro cuerpo entero lo comprendía perfectamente, desde los pies hasta el cuero cabelludo, aunque no lo supiéramos explicar. No había que explicar el entusiasmo fraternal que suscitaban aquellas canciones, mientras te sentías abrazada por millones de jóvenes que, como tú, en todas las partes de la tierra, entonaban las aquellas fórmulas mágicas que nos hacían sentir vivos, poderosos en la fragilidad de la hermosura. ¿Traducir las letras?, ¿para qué? Sabía que las canciones de los Beatles hablaban de mí, de mis sueños, de los ojos con los que me había cruzado en medio de la calle, de la triste blancura de la nieve caída aquel 31 de Enero y de un velero en medio de la tempestad, del beso que te salvaría en la isla desierta y de las alas invisibles con las que nos elevábamos sobre el suelo cuando dábamos la mano a los desconocidos que ya eran nuestros semejantes en un mundo nuevo. Luego, con el tiempo, accedí a las traducciones de las letras de los Beatles y me resultaron de lo más insulsas. Incluso la famosa “Revolution” de John Lennon me pareció carente de gracia, sobre todo porque llegó cuando ya habíamos escuchado las letras de Leonard Cohen y Bob Dylan. Y sin embargo, cuando oigo tararear alguna de sus canciones, la música recordada me sumerge como un submarino en unas profundidades de donde no quiero emerger o me eleva hasta el tejado donde sigue tocando su último concierto nuestra banda de Liberpool. El mismo concierto en el que fueron interrumpidos por la policía porque algunos vecinos habían protestado, el mismo en que los viejos escarabajos volvieron a ser aquellos melenudos insoportables, para toda la eternidad, desde hace exactamente cincuenta años.