Quiénes son los que ayer se manifestaban en la Plaza de Tharir, en El Cairo?, ¿dónde estuvo enterrada tanto tiempo la voz de los que clamaban por la libertad en un país que creíamos definitivamente humillado por la tiranía? El hecho es que, cuando nadie los esperaba, han aparecido. Primero llegaron los más jóvenes, detrás sus padres y sus madres, los pobres y los no tan pobres, los religiosos y los descreídos. Son esa masa que Toni Negri definió en su libro “Imperio y Multitud” como “espontánea y creativa, capaz de forjar una alternativa democrática al actual orden global”. Nada que ver con la masa gregaria, informe y uniforme, vacía de pensamiento y voluntad, que obedece ciegamente a sus líderes. El concepto de “Multitud” -con mayúscula- de Negri integra lo diverso. Diversidad de generaciones, de razas, de religiones, incluso de ideologías. ¿Cómo llegaron a reunirse en El Cairo? Por las redes sociales de Internet. Mira por dónde. “Reunidos en una comunidad conectada en una red global –sigue vaticinando Negri- los diferentes grupos e individuos pueden combinarse en redes de resistencia fluida. La revolución tecnológica y de la información procura nuevos espacios de libertad”. ¡Si Espartaco, Guillermo Tell, Robin Hood o el Indio Gerónimo hubieran sido internautas!, sin duda el Imperio hubiera tardado más en aplastarlos. Pero el Imperio utiliza todas las formas de neutralizar esta energía fundadora: provocadores que asaltan comisarías y museos, corte de comunicaciones y de alimentos… todo lo que pueda hacer añorar el antiguo orden de las momias. La muerte contra la vida, David contra Goliat, la eterna lucha de lo posible contra lo imposible. Mientras dos calles más abajo los incontrolados se dedican a asaltar los comercios, grupos de mujeres reparten gratuitamente entre los manifestantes desayunos que ellas mismas acaban de preparar con las pocas provisiones que les quedan. Los comentaristas anunciaban los pillajes, el gesto de las mujeres es el que nadie preveía. ¿Alguien puede prever un milagro? Es el milagro que los griegos llamaban “entusiasmo”, un estado de conciencia superior que, sin embargo, se parece mucho a la locura. Un viejo amigo me contó que, en las manifestaciones, cuando se sentía rodeado de gente, veía a lo lejos el rostro de su padre muerto, entre la muchedumbre. Y a mí su confesión me recuerda un poema de César Vallejo: al fin de la batalla, los hombres se reúnen frente a un cadáver para pedirle que no siga muriendo. Pero el cadáver, claro está, no les escucha. Llegan a rodearle millones de individuos con el mismo ruego. Y el poema termina: “Entonces, todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar…” Ese es el cadáver que resucita cuando la multitud se pone en pie, el cadáver de la humanidad entera. Nada que ver con la momia de Tutankamon. Ayer, en El Cairo, el hombre volvió a recuperar la posición erecta, ¡ojalá que tarde en derrumbarse nuevamente, ojalá que esa energía capaz de resucitar a los muertos encuentre una voz que guíe a la multitud hacia su liberación política. Eso es lo que aún esperan los que, como Negri, piensan que “en toda institución política subyace un acto amoroso”. Veremos lo que sucede mañana. Ayer, junto al padre de mi amigo, todos los hombres de la tierra estaban en la Plaza de Tharir.