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Esperanza Ortega

Las cosas como son

¿Libertad para matar animales?

Por lo visto provengo de una familia de cazadores:  mi abuelo y el tío Manolo, a los que no conocí porque murieron antes de que yo naciera, y mi hermano Jose, que guardaba sus escopetas en una vitrina en su dormitorio, salían de caza con cierta regularidad. Pero la verdad es que yo no recuerdo las perdices ni las liebres que cazaba mi hermano, sino una escena en que está con una perra recién nacida en brazos, a la que alimentaba él mismo con un biberón cada tres horas, incluso por la noche. No soy vegetariana, así que no puedo condenar a los cazadores, pues acepto que se críe a tantos animales con el único objeto de que nos sirvan de alimento. Pero eso no es óbice para que me estremezca el saber que se tortura al ganado con una crueldad y desprecio innecesarios. Veo también con satisfacción cómo los jóvenes, conforme se va elevando su preparación cultural, sienten menos interés por los toros y la caza deportiva. Esta tendencia social provoca la reacción virulenta de los que consideran que tienen derecho a hacer lo que quieran con sus escopetas, y de los que insisten en perpetuar las sagradas tradiciones de torturar animales en las fiestas. Los partidos de ultraderecha, conscientes de que poseen una cantera de votantes entre estos tradicionalistas ancestrales, prometen incluso elevar sus instintos depredadores a Tesoro Cultural de la Humanidad. Lo mismo sucede en las redes sociales. Lo peor no es que haya un montón de descerebrados que realicen acciones repugnantes con animales tanto domésticos como salvajes, sino que cuelgan vídeos con sus fechorías en internet y encuentran allí a miles de personajes tan bestias como ellos que los comparten y difunden. Así hemos podido ver a cazadores que contemplan impasibles cómo sus galgos caen al vacío, y solo hace unos días cómo agoniza un zorrito cojo asesinado a patadas delante de la cámara. Este zorro me hizo recordar un pasaje de “Las ratas”, la novela de Delibes protagonizada por el Nini, un niño tan pobre que sobrevive cazando ratas de agua, pero que establece una relación íntima con un zorro que llena el hueco de la familia que no tiene: “A las dos semanas ya comía el zorrito en la mano del niño, y cuando este regresaba de cazar ratas el animal le recibía lamiéndose las sucias piernas y agitando efusivamente el rabo”. La historia, sin embargo, termina de una manera brutal: “Una mañana el muchacho oyó una detonación mientras cazaba en el cauce. Enloqueció, echó a correr hacia la cueva y antes de llegar divisó al Furtivo que descendía a largas zancadas por la cárcava con una mano oculta en la espalda y riendo a carcajadas: -Ja, ja, ja, Nini, bergante, ¿a que no sabes qué te traigo hoy? ¿A que no? El niño miraba espantado la mano que poco a poco se iba descubriendo y, finalmente, Matías Celemín le mostró el cadáver del zorrito todavía caliente”. Es revelador que, entre todas las novelas de Miguel Delibes, el escritor cazador por antonomasia, yo recuerde la escena del zorrito del Nini y la “milana bonita” de Azarías, en “Los santos inocentes”. En ambos casos, un cazador rompe el pacto de amistad entre el hombre y el animal, pacto que nos retrotraía al tiempo en que nuestros primeros padres convivían con los animales en el Edén. Después vino el tiempo de la supervivencia, cuando Adán y Eva fueron expulsados del reino de la libertad para ingresar en el reino de la necesidad. Que no se invoque entonces a la libertad de taurinos y cazadores, la muerte y la tortura nunca nos harán más libres.

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Sobre el autor

Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.