Hitler consideraba que lo más peligroso para su política era la exaltación de los buenos sentimientos. Los buenos sentimientos habían inspirado las protestas de algunos sectores del pueblo alemán contra el exterminio de los enfermos mentales, que se efectuó antes del exterminio judío. Así que desde entonces la propaganda nazi se ocupó de desacreditar lo que hoy se hubiera llamado “buenismo”. El arte mismo llegó a enemistarse con la bondad, rompiendo así con la teoría idealista que desde Platón identificaba el bien con la belleza y la bondad con la felicidad. Como los nazis, algunos políticos actuales utilizan el calificativo de “buenistas” para ridiculizar a los que creen que los seres humanos pueden regirse por algo que no sea el interés egoísta: los buenistas son los “nenas” de la política que apoyaron el tratamiento de los enfermos de hepatitis C con un medicamento carísimo que, según sus detractores, podía arruinar a la Seguridad Social; los buenistas son partidarios de la subida de las pensiones a pesar de que el sistema , a decir de algunos, puede colapsarse, y los buenistas son partidarios de la eliminación de las concertinas de la frontera con Marruecos y de que nuestros puertos acojan a las pateras que están a la deriva en el Mediterráneo sin reparar en molestias ni en gastos. ¡Así no se sostiene el sistema!, claman los enemigos del buenismo. Yo me acuerdo al oírles de los patricios romanos que aseguraban que, sin el trabajo esclavo, no podría sostenerse la civilización, y me acuerdo también de los congresistas de EEUU -¡el mundo libre, vaya ironía!- seguros de que su país no sobreviviría a la igualdad de derechos civiles para negros y blancos. El mismo rechazo hacia el “buenismo” tienen quienes están en contra de la regulación de la posesión de armas o de la pena de muerte. Y sin embargo, el fin del sistema esclavista no acabó con la civilización, como tampoco el medicamento que ha salvado a tantos enfermos de hepatitis C ha acabado con la Seguridad social. Todo patrañas reaccionarias. Pero hay momentos en que esa ideología despiadada “sin complejos” parece bajar la guardia, entonces se producen fenómenos de auténtica compasión colectiva, por ejemplo en el caso del niño Julen, a cuyo salvamento altamente improbable se han destinado esfuerzos y medios económicos sin par. Las posibilidades de que el niño permaneciera con vida eran semejantes a las posibilidades de que Caperucita apareciera alegre cuando el cazador rajaba el vientre del lobo, pero todos, desde sus padres hasta cualquiera de los que estuvimos pendientes en nuestras casas, pensábamos que merecía la pena intentarlo. Al final, Santa Bárbara no obró el milagro, y los mineros solo pudieron arrancar a la tierra el cuerpecito del niño sin vida ¿Alguien ha preguntado el coste económico de tal operativo? Tampoco creo que ningún político se haya atrevido a tildar de buenista a los que brindaron todo su apoyo a la familia de Julen cuando la fuerza del deseo común parecía suficiente para mover las montañas. No tengo espacio en la columna para copiar un poema de César Vallejo titulado “Masa” que parece escrito para este momento, pero ustedes mismos pueden buscarlo en Internet. Allí hallarán un ejemplo de lo que es capaz la fuerza del buenismo. Esta vez no pudo ser, pero lo será seguro en otra ocasión, si es que los “sin complejos” y los “sin escrúpulos” no se adueñan totalmente del panorama político.