El domingo vimos en la Plaza de Colón a quienes se llaman a sí mismos patriotas: había para todos los gustos, desde los que aún no han eliminado el aguilucho fascista hasta los modernos ciudadanos que llegaron en un coche de Uber del brazo de su Nobel de Literatura. En medio, Casado con su saco de insultos, alegre como si le acabara de tocar la lotería, y Abascal con la soltura del que es capaz de presentarse en una boda a la que no le han invitado. Pero sí que le habían invitado, eso se vio al final, cuando los tres novios de la muerte se hicieron la foto para la posteridad. “A veces uno sabe de qué lado estar simplemente viendo quién está del otro lado”, dijo Leonard Cohen en una ocasión. Y del otro lado estaban los que acabo de describir, nerviosos, pendientes de no salir en la foto junto al amigo detestable. ¡Sólo les unía el odio contra Pedro Sánchez! Como si a los tres les hubiera robado el rosario de su madre. Esto es algo que la derecha española sabe hacer muy bien, indignarse cuando pierde el poder como si le hubieran arrebatado lo que sin duda era suyo: la patria y la bandera. Antonio Machado ya advirtió en 1931 de esta habilidad de la reacción española: ”Se diría que solo el resorte reaccionario funciona en nuestra máquina social con alguna precisión y energía. Los políticos que pretenden gobernar hacia el porvenir deben tener en cuenta la reacción de fondo que sigue en España a todo avance de superficie. Nuestros políticos llamados de izquierda, un tanto frívolos -digámoslo de pasada- rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro”. (Por cierto, y esto es un inciso, ¿cuánto dinero se habrán gastado en autocares para trasladar a tanto patriota gorrón?) Hace unos días escuché por casualidad el mejor discurso que le he oído a Pedro Sánchez. Lo retrasmitieron por televisión avanzada la noche, desde el Ateneo español de México. Agradeció a los mexicanos allí presentes, muchos de ellos nietros de los exiliados, la acogida que propiciaron a los españoles que habían tenido que abandonar su patria huyendo de la persecución. Recordé, escuchándole, la frase premonitoria de Lorca: “El español que no ha estado en América no sabe qué es España” ¿Sabrían los patriotas de la Plaza de Colón algo de esa España superviviente a los desastres, fiel a su destino inevitable, peregrina en su órbita de lealtad honda y exaltada? Pedro Garfias, mientras navegaba hacia México en un viaje del que no regresaría nunca, escribió en tono de súplica: “España que perdimos, no nos pierdas, / guárdanos en tu frente derrumbada, / conserva a tu costado el hueco roto/ de nuestra ausencia amarga”. Pero ahora lo que importa es que Sánchez se vaya y que, una vez olvidados los millones que el PP atesora en Suiza, vuelva a hacer de España ese gran país ¡Ay!, ese gran país. El domingo, al oír el manifiesto que se leyó desde la tribuna, pensé que su título debería de haber sido “El Impero contraataca”. “De todas las historias de la Historia/ la más triste sin duda es la de España/ porque termina mal” Estos versos de Gil de Biedma parecen venirle como anillo al dedo. Ojalá me equivoque.