Se ha dicho por H o por B que la lucha por la igualdad entre los sexos y contra la violencia de género no debería limitarse a la huelga y a las manifestaciones del 8 de marzo. Así que aquí seguimos. Paradójicamente, eso lo suelen decir las políticas que no hacen la huelga y pertenecen a partidos que no convocan a sus bases para que acudan a la manifestación. Aunque ellas mismas no son las que realizan este tipo de declaraciones. A muchas no se nos va a olvidar la imagen de Rivera y Casado, como perros pastores que, tras haber agrupado al rebaño de ovejas, salen a explicar lo que ellas necesitan y desean; mientras las mansas borreguitas, detrás, engalanadas para el desfile ganadero, con vestidos primaverales y melenas al viento, asienten encantadas al discurso del amo ¡Cuánta belleza sin atractivo! ¡Cuánto resplandor sin vida! Pero eso no es lo importante, lo importante son los miles y miles de mujeres que se reunieron en la calle, libres y mezcladas las nietas con las abuelas, las morenas con las rubias, las bajas con las altas, las flacas con las gordas, las feas con las guapas. Eso sí, todas con la inteligencia suficiente para saber que feminista y mujer no son sinónimos, y que también hay políticas que no son de fiar (como tampoco lo son tantos hombres, que en eso también habrá de haber su paridad) Lo digo por el numerito que han montado los ciudadanos y ciudadanas de Rivera al acoger en sus filas a la sección femenina del transfuguismo, primero Silvia Clemente- para luego ser devuelta al patatal- y detrás parece que Soraya Rodríguez. Con esa afición que tienen a hacer de camión escoba de lo que van dejando otros partidos, podrían ofrecerle a Cifuentes que se arrimara, que me han dicho que lleva la bandera española hasta en la ropa interior. ¡Pero qué desagradable es todo esto! ¡Habrá que mirar para otro lado si queremos salir del laberinto pestilente! Y al hacerlo, me encuentro con las palabras de una mujer honesta, de escritura diáfana, que me devuelve al ámbito de los espejos limpios. He leído un artículo suyo en un periódico digital. Se llama Carmen G. de la Cueva y escribe sobre la imposibilidad de hacer la huelga de tantas mujeres que tienen graves dificultades cotidianas para subsistir, y de las que tienen que cumplir con algo que son más que obligaciones, trabajos tan gustosos como inevitables, como el cuidado de un bebé de dos meses que no admite sustitución por su parte, o de ambos grupos a la vez. No me refiero a la excusa tan machista de la mujer que responde a la convocatoria: “yo no hago la huelga porque mi trabajo es muy importante”, sino de la que confiesa que su trabajo es tan poco importante que ni siquiera está asegurada, y puede ser sustituida por otra igual de indigente. El día en que la mujer de la limpieza por horas salga a la calle, la larga marcha de la lucha feminista estará pronta a concluir, porque la voz de esa mujer es tanto o más trascendental que la de la alta ejecutiva o la de la rectora de Universidad, porque es ella la que marca la frontera entre la justicia y la injusticia, entre la igualdad y la desigualdad. Ese día todas las mujeres deberíamos considerarnos afortunadas por haber conseguido lo que Ida Vitale vaticinaba en el poema titulado “Fortuna”: “no desfilar ya nunca/ y no admitir palabras/ que pongan en la sangre/ limaduras de hierro./ Descubrir por ti misma/ otro ser no previsto/ en el puente de la mirada./ Ser humano y mujer, ni más ni menos”.