¿Ha existido alguna vez el padre auténtico, ejemplar, el modelo imborrable por el que el hijo se sintió siempre protegido? En la sociedad tradicional, la madre ocupa el lugar central en el ámbito afectivo, pero el padre es el primer ejemplo para el comportamiento futuro. Sin embargo, quizá porque es el único miembro de la familia con una vida autónoma, la figura del padre suele estar rodeada de un aura de misterio, como si hubiera algo en él que no se acabara de explicar. El escritor paquistaní Hanif Kureishi, autor del libro titulado “Mi oído en su corazón” intenta resolver el enigma introduciendo la figura paterna en su propia escritura tras el hallazgo de un cuaderno con la autobiografía de su padre, de manera que ambas infancias se entrecruzan y dialogan entre sí. Otros escritores, sin hallazgos semejantes, consiguen acortar la distancia que les separa del padre por medio de la escritura de sus memorias. Manuel Vilas reflexiona en “Ordesa” sobre este enigma insalvable mientras contempla una foto de su padre anterior a su nacimiento. Pero solo cuando desaparece, su padre se introduce en su intimidad:
Mi padre muerto duerme conmigo y me dice: “Ven, ven ya”. (…) Estoy haciendo cualquier cosa y de repente aparece mi padre a través de un olor, de una imagen, a través de cualquier otro objeto. Entonces me da un vuelco el corazón y me siento culpable. Viene a darme la mano, como si yo fuese un niño perdido.
Y es que en muchas ocasiones el hueco que deja la ausencia del padre en la vida del hijo posee una densidad mayor que su misma presencia. Quizá por esa razón hay tantos escritores huérfanos de padre. Algunos no poseen de él ni siquiera vagos recuerdos, como Gamoneda, aunque en su caso, el padre desaparecido le deja en herencia el lenguaje poético, que será el faro de su vida: Gamoneda recuerda en “Un armario lleno de sombra” que aprendió a leer en el único libro de poemas de su padre muerto. En el polo opuesto a esta actitud respetuosa y nostálgica hacia el padre perdido, se sitúa Sartre cuando reacciona de manera cínica a su orfandad:
Si hubiera vivido, mi padre se habría echado encima de mí con todo su peso y me habría aplastado. Afortunadamente, murió joven.
Sartre refleja en esta frase la visión psicoanalítica de la necesaria muerte simbólica de la autoridad del padre para que el hijo conforme su propia identidad. Pero en su caso la muerte no es simbólica, sino real. De ahí la sensación de impostura que nos produce esta reflexión. Todo lo contrario de lo que ocurre cuando leemos la “Carta al padre”, de Franz Kafka. Kafka también identifica a la figura paterna con la autoridad represora, cuya cercanía en vez de protegerle le arroja al abismo de la angustia. Así comienza su carta:
No ha mucho que me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamente por el miedo que te tengo.
La sensación de estar inerme ante una autoridad tan opresiva le impulsa a refugiarse en la escritura, labor por la que su padre siempre sintió un profundo desprecio:
En dicha actividad, -dice Kafka- había conquistado de hecho cierta independencia. En cierto modo me sentía a salvo escribiendo, podía respirar.
¡Qué diferencia entre la actitud avasalladora del padre de Kafka y la mucho más respetuosa hacia sus hijos de los padres “inútiles” que aparecen en las memorias de otros escritores! Estoy pensando en el padre que se asoma a “El balcón en el invierno” de Luis Landero o en el padre de Rosa Chacel, que se autodefinía como un “Don Nadie”:
Si alguien le hablaba de pretender un empleo brillante o de visitar a cualquier ministro o personaje o de tener de ordinario relaciones sociales que pudieran alguna vez servirle de ayuda, contestaba infaliblemente: -Yo no puedo hacer una cosa así. ¿Quién soy yo para pretender eso? Yo soy un Don Nadie. Sería ingenuo creer que esto fuera extrema modestia: todo lo contrario, era extrema soberbia. Era reconocerse en su extrema desnudez y dar el Don al Nadie que era.
Y los padres de Rosa Chacel se acabaron divorciando. El divorcio es otra forma de desaparición del padre, que en muchos escritores deja una huella profunda. “Tiempo de vida”, de Giralt Torrente nos ofrece un buen testimonio de este conflicto, mientras rememora su abandono justo en el momento en que el padre cae enfermo de muerte y acude a pedirle ayuda. El hilo que les une con más fuerza es el del arte, pues ambos, el pintor Juan Giralt y el escritor Marcos Giralt combaten con el mismo monstruo mientras pintan o escriben:
Y estábamos allí, cada uno espejo del otro, practicantes de oficios parecidos, conectados por el hilo telefónico. Mirándonos desde lejos, a veces enfadados, a veces a la espera de reconciliarnos, a veces en un inestable idilio. Estábamos los dos, él en su estudio escuchando música mientras luchaba con un cuadro, y yo en mi casa luchando contra mí mismo mientras escuchaba música.
¿No es posible, entonces, una relación de amor entre padre e hijo que no genere cierta desazón al ser recordada? Para responder que sí es posible parece haber escrito Héctor Abad Faciolince “El olvido que seremos”. En “El olvido que seremos”, que debe su título a un poema de Borges que él mismo halla dentro de la americana de su padre cuando es asesinado por un sicario colombiano, el hijo devuelve al padre en forma de escritura lo mejor que ha recibido de él, la confianza en que llegaría a alcanzar la meta que deseara para su vida. Y esa vida que trasciende el olvido que seremos es la que germina en los lectores igual que un rosal que su padre cuidó siempre con esmero. Cuando un periodista le había preguntado por la rebeldía que le caracterizaba y que finalmente acabó siendo causa de su asesinato, él había respondido con estas palabras:
La rebeldía yo no la quiero perder. Nunca he sido un arrodillado, no me he arrodillado sino ante mis rosas y no me he ensuciado las manos sino con la tierra de mi jardín.
Pero no decía toda la verdad. También se había arrodillado ante su hijo, al que adoraba por un motivo íntimo, sin explicación posible, que se oculta entre lo más secreto de la naturaleza de los padres ejemplares.
Libros citados:
“Mi oído en su corazón”, de Hanif Kureishi. Anagrama, 2004
“Ordesa”, de Manuel Vilas. Alfaguara, 2018
“Un armario lleno de sombra”, de Antonio Gamoneda. Galaxia Gutenberg, 2009.
“Las palabras”, de Jean-Paul Sartre. Losada. Madrid, 1002
“Carta al padre”, de Franz Kafka. Lumen. Barcelona, 1974.
“El balcón en el invierno”, de Luis Landero. Tusquets. Barcelona, 2014.
“Desde el amanecer”, de Rosa Chacel. Bruguera. Barcelona, 1981.
“Tiempo de vida”, de Marcos Giralt Totrrente. Anagrama. Barcelona, 2010.
“El olvido que seremos”, de Héctor Abad Faciolince. Seix Barral, 2016.