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Carlos Aganzo

El Avisador

Clara Janés: viaje al fulgor de la calma

Traducida a más de veinte idiomas, Clara Janés (Barcelona, 1940) es, seguramente, la voz femenina más internacional de la poesía española de nuestro tiempo. Poeta, novelista y ensayista, su actividad como traductora ha servido para dar a conocer en España la obra de poetas como el checo Vladimir Holan, así como de diferentes autores turcos y persas, tanto antiguos como contemporáneos; pero también ha permitido que ella misma se impregnara de un modo de ver y de sentir la poesía que bebe de muchas fuentes y circula por muchos caminos, pero acaba siempre en territorios profundamente connotados por la espiritualidad, la voz interior y el misterio.

Después de seguir los pasos de Clara por bosques y desiertos, por ciudades, arqueologías y paisajes de Oriente y Occidente, su última entrega poética, reconocida con el XIV Premio Ciudad de Torrevieja, nos lleva hacia la espiritualidad hindú, y muy especialmente hacia el símbolo universal del río como metáfora de la vida, del tiempo y de la frontera con la muerte y sus incógnitas. Intenso y metafísico, posesor de una belleza enigmática y, al mismo tiempo, deslumbrante, ‘Río hacia la nada’ es un ejercicio casi ascético de contemplación y despojamiento, una aventura espiritual que, apoyada en una sabiduría milenaria, encuentra en la voz de la poeta su propia expresión personal.

El río, sobre cuyas aguas navegan hacia la nada cadáveres y ofrendas de flores, flotando mansamente como en un vuelo «silencioso y cadencioso», se convierte así en este poemario en el signo mayor de la existencia, en el paradigma del ser. Metáfora suprema del bautismo, cuando «el ser del río entra en tu ser» se inicia también el proceso místico de fusión del pequeño ser con el gran Ser. Un Ser, con mayúsculas, que es al mismo tiempo todo y nada. Una «vía hacia la inexistencia» que nos lleva por las aguas profundas de la espiritualidad, conjugando los viejos y eternos símbolos hindúes con otros mitos de raigambre más occidental, como el del barquero que cruza a la otra orilla, la de la muerte y lo desconocido; un lugar «donde incluso los pájaros / temen anidar». Agua total que es «luz sin límite», plenitud absoluta, pero al mismo tiempo incógnita, es decir: «agua portadora del enigma». Un enigma, el del río, que fluye sin fin de lo concreto a lo universal, de lo individual a lo colectivo, de la experiencia personal a la armonía universal: «No hay gotas, sino sólo mar». Mar de la nada.

Para sumergirse en la nada, sin embargo, el primer paso de la escritora en sus meditaciones será el de buscar la complicidad del silencio. Un silencio azul y primordial, un silencio inicial y «carente de lazos» que debe preparar el alma para su viaje poético; no sólo deshaciendo poco a poco las resistencias de los sentidos, sino también buscando ese punto de inflexión en el que «la vida pierde los bordes», los elementos se hacen ingrávidos y el «límite que cuidaba el ser» se desvanece: un estado parecido a la muerte y, sin embargo, profundamente lleno de vida.

La dialéctica entre el silencio y el canto, entre la inacción y el movimiento («ser raíz y hoja, / quedarse y caer») se convierte así en el núcleo principal del poemario. «¿Por qué, pregunto, / si en quietud estoy, / este incesante movimiento?», dice la poeta; y, sin embargo, unos versos más adelante ya se ha respondido: «También la inmovilidad es camino». Un camino por el que vagan las ideas. Una «calma deslumbrante» en la que la palabra cobra toda su intensidad.

Y al final de todo este proceso, una certeza: la presencia del «dios desconocido del amor». El amor como un centro que se esparce «en centros infinitos». El amor como génesis. El amor como indicio, como motor universal: «El árbol amoroso que busca entrañarse en el cielo». El amor que, en sus múltiples vías, al final «revela el regreso / de todos los colores / y las formas». Y, una vez sentido el amor, una vez descubierto, una vez tocado en su centro, «la imposibilidad de ser ya sin amor». Y todavía un hallazgomás: «el puro contemplar es amar».

Un libro-río, en fin, que vuelve a mostrar el aliento más profundo de una escritora que se escapa de las corrientes al uso para ofrecer sus propias propuestas. Unas propuestas que conectan con las verdades del hombre de oriente y occidente, de ayer y de hoy. Con un tiempo sin tiempo que traspasa fronteras y generaciones.

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