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Carlos Aganzo

El Avisador

Las Tierras Altas de Abel Hernández

Las gotas de lluvia, convertidas en agujas por la ira de un viento empleado a fondo en su ‘tormenta perfecta’, castigan durante todo el fin de semana las tierras de Castilla y León. Los cines, los teatros y los cafés de las ciudades se llenan de vecinos que engañan por unas horas al temporal antes de encerrarse en casa, mientras los pueblos pequeños, a pesar de ser domingo, parecen todavía más solos. En Escocia las Tierras Altas (las Highlands) son tan conocidas por su ‘scotch’ y su raigambre celta como por su misterio, fruto de la despoblación de un territorio donde los seres humanos han ido cediendo paso progresivamente a los fantasmas; algo muy parecido a lo que les sucede a las Tierras Altas de Soria, un espacio geográfico entre montañas que tiene todas las mimbres para convertirse en tierra mítica desde que escritores como Fermín Herrero o Abel Hernández lo han utilizado como escenario telúrico para su creación poética o narrativa.
Así se reconoció el pasado viernes con la concesión del Premio de la Crítica de Castilla y León a la novela ‘El caballo de cartón’, del soriano Abel Hernández, una de las figuras claves de la gran aventura periodística de la Transición española y un escritor felizmente recuperado para una región que sigue siendo fuente inagotable de inspiración literaria. Un premio que destacaba, por supuesto, la calidad intrínseca del libro (el segundo de una mini serie que se inició un año antes con ‘Historias de la Alcarama’), pero que señalaba también el valor simbólico de esta obra como testimonio de un mundo definitivamente abocado a la desaparición. «Mi novela salva los despojos de una civilización milenaria que se extingue», decía Abel a nuestro corresponsal Francisco Gómez el mismo viernes, nada más tener noticia del premio. Y así es con exactitud.
En el hombre que regresa a un pueblo donde ya no vive nadie; en el niño que no tuvo otra opción de progreso que el seminario o la emigración; en el trabajador que hizo su carrera lejos de su tierra sin dejar de soñar un solo día con el retorno está contenida la historia de centenares de miles de castellanos y leoneses, que van a ver reflejada una parte muy importante de su vida en esta novela. Por perderse, son también decenas de palabras (algarazo, bebitoque, cantalobo, dula, lardacho, titirivaina, úrguras…) las que han necesitado de un glosario, al final del volumen, para poder ser interpretadas, a pesar de que en su día formaron parte del lenguaje más común de las gentes de estos pagos. Es cierto que la desaparición de los pueblos pequeños no es sólo un fenómeno de Castilla. También es verdad que cada fin de semana, como cada verano, muchos de estos pueblos reverdecen. Incluso están registrados miles de castellanos y leoneses que han vuelto a abrir la casa de su pueblo cuando la jubilación o el desahogo económico se lo han permitido, regresando al lugar de sus raíces, de su memoria, de su vida. Pero ya no es lo mismo. El campo castellano no desaparecerá nunca, sino que se transformará (ya lo está haciendo) en un espacio nuevo para el ocio, para el esparcimiento, para ese nuevo modo de vida que una parte muy importante de nuestra sociedad, harta del apelmazamiento de las grandes ciudades, reclama con fuerza. Pero eso nada tiene que ver ya con aquella cultura milenaria marcada por los ritmos de las estaciones, las cosechas o la compañía de los animales. Será otra cosa. Miguel Delibes ya dio la voz de alarma sobre la desaparición de todo este mundo. Abel Hernández acaba de ratificar algo así como su acta de defunción.

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