Difundir el patrimonio es un deber principal de todos y cada uno de los ciudadanos de nuestra región. Difundir para poner en valor. Difundir para conseguir llamar la atención sobre su verdadera importancia. Difundir para proteger. El acto de entrega de los premios a las Joyas de Castilla y León, el concurso organizado por nortecastilla.es, sirvió el pasado viernes, no sólo para demostrar la filiación creciente de los ciudadanos castellanos y leoneses con sus tesoros históricos y artísticos, sino también para reflexionar sobre el verdadero valor de nuestro patrimonio como opción de futuro.
Si en Europa, como aseguran los expertos, el patrimonio produce más empleos directos e indirectos que, por ejemplo, el sector de la automoción, ¿qué podríamos decir de Castilla y León? ¿Cuántas empresas castellanas y leonesas son punteras en el campo de la rehabilitación del patrimonio? ¿Cuántos negocios turísticos de nuestra región están directamente vinculados a la riqueza patrimonial de nuestros pueblos y ciudades? ¿Cuánto le deben a nuestras catedrales, nuestros castillos y nuestros palacios los restauradores y los hosteleros? ¿En cuánto se puede cuantificar la contribución al IBI de las zonas que se encuentran en los centros históricos frente a las que están alejados de ellos…? Lo cierto es que no tenemos todavía respuestas más o menos fiables.
Durante demasiado tiempo, los castellanos y leoneses han convivido con su patrimonio con una apatía rayana en la desidia. Como decía muy gráficamente el profesor e historiador Almagro Corbea, para una buena parte de las gentes de esta tierra los castros celtas, las iglesias, los castillos o las murallas eran algo así como un puñado de piedras que constituían una pesada carga que los castellanos y leoneses llevaban desde siglos en los bolsillos y que les impedían avanzar al ritmo que lo hacían vecinos de otras comunidades; hasta que un día les dio por mirar bien esas piedras y se dieron cuenta de que, en realidad, se trataba de diamantes, es decir: verdaderos tesoros capaces de proporcionar una enorme riqueza.
A pesar de esta realidad, lo cierto es que ni los ciudadanos ni los poderes públicos, que siguen viendo en el patrimonio un gasto antes que un motor económico, son todavía conscientes del valor de nuestras joyas patrimoniales. Basta comprobar de qué forma los recortes de los presupuestos de la crisis han afectado a este sector más que a ningún otro. No sólo es un valor cultural o sentimental, que en eso quizá sí que hemos avanzado algo, sino un valor esencialmente económico y de desarrollo.
No sé si Castilla y León podrá competir en alta investigación informática, aeroespacial o farmacéutica con Estados Unidos, Japón o Alemania, pero seguro que en investigación sobre el patrimonio, sí. Si a eso le sumamos que nadie se va a llevar a rehabilitar la catedral de Burgos o el castillo de la Mota a Marruecos, a Eslovaquia o a Turquía, y que todos los empleos relacionados con este sector se van a quedar aquí, arraigando población, las opciones parecen claras. Nuestras joyas siempre han sido joyas. Lo fueron cuando quienes las construyeron quisieron hacer de ellas el símbolo del esplendor de su sociedad y lo siguen siendo en un mundo donde el patrimonio histórico, junto con otros valores como el patrimonio ecológico o el cultural, forma parte de las preferencias más claras del hombre contemporáneo. Los tiempos en que los claustros de algunos de los grandes monumentos de Castilla y León fueron desmontados piedra a piedra para trasladarlos a museos o a colecciones privadas de los Estados Unidos deben quedar definitivamente en el pasado. Hay que poner a ‘trabajar’ a nuestro patrimonio. Y de qué manera.