No es cuestión baladí que las primeras palabras del recién nombrado arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, hayan sido al mismo tiempo para valorar la obra de Miguel Delibes, quien «escribió genialmente de Castilla y de sus hombres», y para hacer de la dignidad humana su primera bandera como propietario de la cátedra episcopal vallisoletana. En efecto, si la figura gigante de Delibes es, quizás sobre toda las cosas, un monumento a Castilla y a lo castellano como paradigma de la dignidad del hombre, también el nuevo prelado de Valladolid regresa a su tierra con la dignidad como uno de sus más firmes valores. Esa dignidad que ya ha pasado a la pequeña intrahistoria, como diría Unamuno, de nuestro tiempo con su ejemplo al frente de la diócesis de Bilbao, donde llegó recusado y criticado por una sociedad que no le quería y a la que al poco tiempo terminó convenciendo a base de coherencia, diálogo, verdad y, sobre todo, dignidad; una moneda de curso legal hasta en los momentos más adversos. Aquel obispo que salió de Palencia para sustituir a Luis María de Larrea con el cartel de «un tal Blázquez» supo no sólo estar en su sitio, sino también irse colocando poco a poco en el sitio de los demás, hasta ganarse un lugar de preferencia en el corazón de los bilbaínos, quienes estoy seguro de que le van a echar mucho de menos. El padecimiento de aquella experiencia amarga tuvo la virtud de poner a prueba la solidez personal de este abulense que cumplirá los 68 años el próximo 13 de abril (cuatro días antes de tomar posesión de su dignidad arzobispal vallisoletana), y propició que unos años después de su llegada a Bilbao Ricardo Blázquez asumiera una brillante etapa de la Conferencia Episcopal española, entre el 2005 y el 2008, antes de ceder el paso ante el mismo hombre que le había consagrado como obispo en 1988: Antonio María Rouco Varela.
Miguel Delibes no tuvo la ocasión de conocer el hallazgo en Villanueva del Campillo, donde nació Ricardo Blázquez en 1942, del gran verraco vetón que hoy luce en la plaza mayor de este pueblo, y que está considerado el mayor del mundo. Una gran mole de piedra, elevada sobre un pedestal tallado en la misma roca, que representa no sólo la fuerza, sino la dignidad de todo un pueblo al que no ha conseguido doblegar ni siquiera el paso de los siglos. Si lo hubiera hecho, tal vez este pétreo animal le hubiera servido para construir otra de sus grandes metáforas de Castilla, firme frente a las inclemencias, los temporales y las devastaciones. Como siempre se ha mostrado Ricardo Blázquez, desde que correteaba por las calles de este pueblecito de los altos del puerto de Villatoro.
Dice Ricardo Blázquez que viene a Valladolid, que regresa a Castilla, con un ojo puesto en el pasado y otro en el futuro; en un futuro de ‘enraizamiento’. Sin duda le hubiera gustado compartir con los vallisoletanos, y con todos los castellanos y leoneses, la gran escenificación de la dignidad humana que en estos días se ha vivido alrededor de la despedida de Miguel Delibes. Un representante impecable de ese alto humanismo que, con su sequedad a veces, y otras incluso con su dureza, la tierra de Castilla representa frente al ideario común de los españoles. Con frecuencia nos preguntamos cuáles son los valores, las verdaderas señas de identidad de los castellanos y leoneses, por encima de nuestras diferencias provinciales. El ejemplo de un abulense que hizo su pastoral en Palencia y ahora vuelve a ‘enraizarse’ en Valladolid, o de un vallisoletano de pura cepa que escribió parte de sus mejor obra en los campos burgaleses de Sedano debería bastarnos. La dignidad, desde luego.