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Carlos Aganzo

El Avisador

Encrucijada financiera

La crisis española de finales del siglo XIV, en la que a un cúmulo de problemas estructurales en la economía de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra se unió el endeudamiento insostenible de campesinos y pequeños burgueses, desembocó en los asaltos a las juderías de 1391, donde los principales instigadores de los saqueos y matanzas que tuvieron lugar por toda la Península Ibérica supieron muy bien conjugar las rivalidades religiosas con los objetivos económicos: al tiempo que combatían un credo, aprovechaban para quemar pagarés y declarar nulas unas deudas sobre las que la Corona era ya incapaz de responder… Hoy los tiempos han cambiado: los banqueros españoles ya no son judíos; el Estado es lo suficientemente fuerte como para responder por todos y los problemas de los ciudadanos con los bancos se terminarán solucionando en los tribunales, y no por la fuerza de las horcas y las guadañas, aunque a alguno no le falten ganas de liarse la manta a la cabeza.

A pesar de eso, y a pesar también de que precisamente los bancos han tenido una responsabilidad de primer grado en la crisis global que todavía seguimos padeciendo, lo cierto es que en esta ocasión el ‘asalto’ a los mercados financieros viene también con su dosis de violencia. Después de la quiebra de Lehman Brothers, algunos bancos estadounidenses y europeos han cerrado, otros se encuentran inmersos en fuertes procesos de reestructuración, y otros más se verán abocados a fusiones, integraciones o alianzas si quieren sobrevivir. En España, las entidades que peor se están adaptando a esta terrible encrucijada financiera son las cajas de ahorros. Hacía años que los bancos trataban de buscar el talón de Aquiles de un modelo que les hacía una seria competencia, y han tenido que esperar a los peores momentos de la crisis para encontrarlo. Desde que se crearon, fruto del espíritu filantrópico de la alta burguesía del siglo XIX, las cajas de ahorros atravesaron el siglo XX manteniéndose fieles a un principio: devolverle a la sociedad los beneficios obtenidos de su ahorro y sacrificio. Mientras una tras otra las cajas europeas fueron desapareciendo a lo largo de la pasada centuria, arrinconadas por la voracidad de los bancos, en España no sólo se consiguieron mantener, sino que llegaron a disputar a sus rivales la posición de preeminencia. Hasta que llegó la crisis.

En Castilla y León, los casos de nuestras cajas ilustran a la perfección este fenómeno. Las dificultades por las que atraviesan son la muestra, no de la debilidad de su gestión, sino de la imposibilidad de su modelo para adaptarse a unos tiempos que exigen la máxima competitividad, sacrificando para ello todo vínculo con el paternalismo o la filantropía con los que nacieron. Que la nueva Banca Cívica en la que se podrían integrar muy pronto tres de estas entidades tenga que operar por ley con licencia de banco, y no de caja, es la prueba evidente de que lo que se cuestiona es el modelo.

¿Cómo han de ser las cajas del futuro? Según dicen los expertos, serán mucho más fuertes y menos independientes; cambiarán la beneficencia por los derechos de los clientes; las acciones culturales gratuitas por la responsabilidad social corporativa; la solidaridad y la caridad por la cooperación con las organizaciones civiles y el voluntariado. Serán menos tolerantes y correrán menos riesgos. Y deberán estar menos politizadas. La única incógnita es hasta dónde podrán seguir estando comprometidas con su territorio. Y cómo encajarán esto nuestros pueblos, donde las cajas, junto con las diputaciones, el periódico local y el obispado ya eran desde hace tiempo el único vínculo real con el resto del mundo. ¿Será también cuestión de renovarse o morir?

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