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Carlos Aganzo

El Avisador

Jiménez Lozano: lo importante es acertar a decirlo

Si no fuera por la estrecha afinidad que siento con el protagonista de ‘El mudejarillo’, yo diría que la obra de José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) que más me ha conmovido ha sido su ‘Guía espiritual de Castilla’. Este itinerario que, como escribió Emilio Salcedo, «puede leerse casi como un libro mágico», sigue hoy vibrando, un cuarto de siglo después de su publicación, con la misma intensidad del primer día; y continúa proporcionándole al lector una visión verdadera y esencial de esta tierra encendida.

José Jiménez Lozano cumple ochenta años, y es buen momento éste para reflexionar sobre la lucidez y el peso de una obra que arranca en los años sesenta con ensayos como ‘Nosotros los judíos’ o ‘Un cristiano en rebeldía’, antes de iniciar el camino de la narrativa, que le proporcionará quizás un paso más largo, pero sin perder esa profundidad que caracteriza siempre la escritura del abulense. A esto hay que añadir la aportación personalísima de su poesía o, para los amantes del periodismo de altura, la exquisita factura de los editoriales que ha escrito en El Norte de Castilla.

En cierta ocasión Jiménez Lozano dijo que narrar es «levantar la vida con palabras», y su actividad literaria, que continúa en plena producción hasta la fecha, no ha sido otra cosa que eso: buscar las palabras necesarias que nos ayuden a comprender un poco mejor la vida de los demás, es decir, nuestra propia vida. Lo mismo cuando ha buscado en la historia las raíces profundas de los hombres de esta tierra de judíos, moros y cristianos que cuando ha meditado en voz alta sobre los excesos y la decadencia cultural de nuestro tiempo.

Hay, pues, un Jiménez Lozano que ‘reescribe’ la historia con obras como ‘Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yéhuda’ o ‘Sara de Ur’, y hay también un Jiménez Lozano extraordinariamente lúcido que sabe mirar desde fuera, con inusual perspectiva, las contradicciones profundas de una sociedad que camina en el tránsito entre el siglo XX y el XXI. Pero siempre con la virtud de saber encontrar la palabra justa. Sería muy difícil elegir entre los dos, así que, ¿por qué no quedarse con ambos?

A sus ochenta años, de nuestro premio Cervantes se pueden destacar muchas cosas: desde su reveladora capacidad para interpretar el mundo, amparado en el sosiego de su casa vallisoletana de Alcazarén, hasta su acierto al señalar un camino tan fructífero para el desarrollo cultural de esta tierra como el de las exposiciones de Las Edades del Hombre. Pero sobre todas yo me quedaría con una: su militancia permanente en la búsqueda de la palabra esencial; un trabajo que no cesa, y que continúa dando sus frutos con nuevos hijos de su ingenio. Algo tendrá que ver en esto, digo yo, que el autor de ‘La boda de Ángela’ haya nacido en las mismas soledades de la llanura mística castellana en las que nació el protagonista de ‘El mudejarillo’; nadie como Juan de Yepes supo decir más con menos: un símbolo permanente de las aguas profundas que cantan y corren bajo la aparente inmovilidad del paisaje de Castilla…

El novelista, el pensador, el poeta que asegura que «las palabras y su orden lo son todo» cumple ochenta años con los pies en la tierra castellana y el alma llena de pájaros y de visiones. Y la conciencia terne de vivir en un mundo construido, levantado por palabras milenarias. «No es adusta Castilla, ni cuando es terrible», escribe Jiménez Lozano; y añade: «es femenina. Y memoria de acarreos / por sus veredas: Europa y el Oriente. / Lo importante es acertar a decirlo». Así parece.

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