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Eduardo Roldán

ENFASEREM

ARCO8

Anteayer cayó el telón de esa orgía de euros y manos en la barbilla que cada año convierte a Madrid en la capital cultural de la vanguardia o en la capital mundial del timo, según a quien se pregunte. Las cifras afirman que ARCO/2008 ha cerrado sus 295 galerías rondando los 200.000 visitantes, que las ventas no han bajado pese a la crisis en leche y aceite (esto se explica por sí solo) y que el año que viene, más. Pero las cifras son vacías como gritos en el desierto, y siempre cabe una lectura inversa: más de 5 millones y medio de habitantes de Madrid han pasado total de la feria, las ventas no han subido, etc. Lo único en lo que todos se muestran de acuerdo es en que no hay acuerdo: tras veintisiete ediciones el interrogante del principio – timo sí o timo no – se mantiene como lo único estable de ARCO.

Este año hemos podido disfrutar, entre otros dudosos monumentos, de un Fidel Castro versión zombi, de un señor en cueros y con barriga rascándose sus partes o de un alargador de seis tomas enchufado a sí mismo con el nombre de “Circuito cerrado”. Esta última obra puede comenzar a iluminarnos. Sobre ella, una de las propietarias de la galería que la exhibe ha declarado: “No es un timo, sino que pertenece a un tipo de obras dirigidas al público más sofisticado, un público que ha superado lo figurativo y lo abstracto y han alcanzado lo conceptual. Eso sí, me he tenido que pasar la feria explicando por qué es una obra de arte. Lo importante no es el objeto sino la idea que hay detrás: es un cable que se enchufa a sí mismo, lo que anula el concepto”. Ya. Muy sutil. Dejando al margen la obviedad, cabría oponer a la didáctica galerista que justamente por el hecho de que necesite explicar por qué es una obra de arte cabe inferir que el alargador se trata de un timo. (Un timo de lujo, además: 15.000 euros. A un alargador de varias tomas se le conoce popularmente como ladrón, y desde luego éste se ha ganado el nombre a pulso.) Plantearse: “¿Es esto arte?” lleva casi siempre implícita la respuesta – no – en la pregunta. El desgraciado público que no ha llegado al conceptual alargador y se sigue emocionando con el palurdo arte figurativo o abstracto de un Velázquez o un Kandinsky no necesita que le expliquen “lo que hay detrás” de la obra artística, es ese misterio lo que la convierte en arte y la justifica. Un enchufe enchufado a sí mismo, una grieta en mitad de la galería con la que tropezarse y partirse la crisma o un extintor colgado de un clavo que lleve por título “Extintor colgado de un clavo” pueden ser ejercicios más o menos ingeniosos, realistas o chabacanos, pero difícilmente arte, pues en ellos nada queda de la mecánica del arte, del descubrimiento gozoso de algo que ya se intuía, que nos rondaba en algún lugar cercano o lejano y que alguien nos ha traducido a símbolos (palabras, sonidos, colores) que de alguna manera nos han cautivado, no necesariamente comprensibles por completo.

No se trata tampoco de una cuestión de envoltorio. El haber sustituido el cine por el vídeo creativo, el teatro por la performance, la escultura por la instalación o la pintura por el graffiti no tiene en principio nada de malo si el vídeo, la performance, la instalación o el graffiti logran deleitar al espectador y no sólo “provocarle”, que parece ser el último y único fin de todos los empeños autodenominados artísticos. La lectura de un cable que informe en diez palabras de un terremoto con miles de muertos también provoca, y nadie lo consideraría una obra de arte.

(El Norte de Castilla, febrero de 2008)

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