José Antonio Marina ha dicho que la equidad y la excelencia no son incompatibles en el ámbito educativo. Ni en ningún otro, aunque el educativo sea sin duda el que más trascendencia presenta, por germinal: lo que en él se cocina repercute radicalmente en los demás. Marina, como buen pensador, se desmarca pues de la abrumadora corriente general que considera el igualitarismo un credo incuestionable. Debido en no poca medida a la expansión de las tecnologías internáuticas, nos hayamos hoy inmersos en una horizontalidad de pensamiento cuya mayor, casi única obsesión radica en eliminar las diferencias, sean del tipo que sean, al punto de que cualquier manifestación, siquiera con una sombra lejana, de distinción, es tachada al momento de elitista o injusta. El pensamiento políticamente correcto (que ni es político ni es correcto), el Tribunal del Jurado y la discriminación positiva por razones genitales son algunas de las manifestaciones más celebradas —y más peligrosas— de este credo. Y todo comienza en la escuela. Entregar el mismo trofeo a todos los niños que participan en una carrera de sacos con independencia del lugar en que han franqueado la meta ni promueve la igualdad ni promueve la justicia. La igualdad se cumple en el momento en que a todos los niños se les da un saco y se les alinea en la salida; las barreras que han de eliminarse son las que obstaculizan que se forme la línea, las que contribuyen a que unos niños tengan saco y otros no. Pero una vez superadas, el empeñarse en mantener artificialmente la disposición de la salida no tiene otro nombre que fascismo. ¿Qué pasa con el niño que ha llegado el primero, no tiene derecho a que se le reconozca su mérito? Eso sería lo justo. Ayudar a quienes padecen de una deficencia es tan loable y necesario como contraproducente el limitar o no reconocer a quien destaca. Sin excelencia y sin confrontación no habría avances, ni científicos ni tampoco sociales. Democracia incluida.
(El Norte de Castilla, 5/5/2016)