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Eduardo Roldán

ENFASEREM

Un San Valentín sin fin

<<La de hoy [día de San Valentín] es una fiesta inventada por las compañías de tarjetas de felicitación para hacer que la gente se sienta como una mierda>>.

La afirmación precedente, dicha sin asomo de ironía o humorismo, pertenece a una comedia: es que comedia y amargura no son necesariamente excluyentes. Fusionarlas sin que se noten las costuras supone una tarea tan intimidante como complicada, pero cuando se da el raro milagro, el film resulta casi siempre memorable. Ninguno de tan escueta familia lo es como este, que tiene —es la música del azar— en la memoria la materia fundamental desde la que se construye.

eternal-sunshineLa premisa —o más bien el eje sobre el que se articulan los distintos arcos narrativos— se comprende con rapidez y se acepta con naturalidad, pese al componente de ciencia-ficción que presenta (o que presentaba, según sabemos por los más recientes hallazgos neurológicos): una compañía, Lacuna Inc. —’lacuna’: falta, hueco, espacio en blanco en un manuscrito—, oferta la posibilidad de borrar los recuerdos que el cliente señale: recuerdos que lo atormentan, quistes mentales que se resisten al goteo del tiempo y que lo impiden funcionar con normalidad porque lo han hundido en la melancolía o la indiferencia. Un borrado no solo de la imagen mental, sino de toda impresión sensorial implicada en el recuerdo (olores, sabores, texturas). El protagonista, Joel (Jim Carrey), quiere deshacerse, en reciprocidad vengativa, de la memoria de su ex Clementine (Kate Winslet), al enterarse de que ella se ha sometido al procedimiento para olvidarlo a él. Un movimiento torpe, como casi todos los nacidos del rencor, pues mientras está siendo intervenido, Joel se arrepiente y desea interrumpir el proceso: de pronto se ha dado cuenta de que los buenos momentos pasados en los dos años de relación merecen conservarse, aun con la presencia de los quistes. En vano. Las angustias de su yo mental, una figura minúscula dentro de su cerebro que huye de la marea blanca del borrado, no pueden ser oídas por los operarios de la intervención, y los buenos momentos se despeñan por el sumidero del olvido con la irreversibilidad del tiempo perdido.

¿Pero fueron tan buenos, realmente? El tema central del film es la fidelidad de la memoria. La memoria es siempre memoria barnizada. Hay quien dice que, con el paso del tiempo, se terminan solo recordando los buenos momentos. Discrepo. La memoria va a su aire, y rescata tanto buenos como malos; ocurre que no los recordamos como fueron, y en un estado psicológico normal embellecemos unos y otros por una suerte de mecanismo natural de supervivencia, de forma que el dolor de los malos —acaso rescatados incluso con mayor frecuencia— se nos aparece como un reflejo del real entonces sentido, y además nos alivia el haberlos sobrevivido y seguir aquí, una segunda capa de barniz que reduce el dolor, la densidad de lo sentido, todavía más.

charlie-kaufmanLa premisa expuesta arriba quizá induzca al lector a creer que la peripecia no puede dar para mucho, y que ¡Olvídate de mí! tiene toda la pinta de ser una de esas cintas detestables por artificialmente alargadas. Muy al contrario. Si hay un mérito que señalar de los muchos con que cuenta, es el de la ingeniería del guion, de Charlie Kaufman, capaz de asumir retornos temporales con variaciones mínimas —los distintos colores del pelo de Clementine, indicio para la ubicación del espectador—, espejos, flashbacks dentro de flashbacks, escenarios insólitos —la cabeza de Joel—, repeticiones sonoras distorsionadas… no solo con eficacia sino con naturalidad. Todos ellos son concreciones del rasgo más inmediatamente evidente en la escritura de Kaufman, la dislocación cronológica. Que en él, a diferencia de la gran mayoría de propuestas que alcanzan las pantallas, no se trata de una argucia gratuita, un truco de oropel que lo único que pretende es, bien marear al espectador, bien dejar claro lo inteligente que es el autor, bien las dos cosas, pero que nada sustancial aporta; en Kaufman la quiebra de la flecha del tiempo, todo el ir y venir del presente al pasado al futuro al presente, es una herramienta imprescindible, y no solo una herramienta sino el corazón mismo del film, igual que puede predicarse de los de Atom Egoyan, si bien en los antípodas estéticas de las propuestas de Kaufman. Hablar de <<antípodas estéticas>> al referirse a un guionista —no se incide aquí en su faceta de director, que por otro lado solo ha materializado con guiones propios— puede parecer una indulgencia de fanático, pero basta leer los libretos que ha firmado para constatar que lo que aparece en pantalla estaba ya, si no en su forma final, sí en una muy cercana, si no con todos los pliegues y bordados, sí con la forma, la caída y el color figurados por él —un film es una empresa colaborativa, y firme quien firme el libreto, es en última instancia el director (o el productor acomplejado y/o soberbio y/o ignorante) quien decide la posición del encuadre, la elección de una canción o el descarte de la toma 5 en favor de la 7—. Cómo ser John Malkovich, la infravalorada Human Nature o El ladrón de orquídeas destacan de entrada por la arquitectura narrativa, que insisto no ha de reducirse a la inventiva o la extrañeza de la forma elegida, sino tenerla en cuenta en un sentido orgánico, un elemento del film tan material e imprescindible como la elección y las interpretaciones de los actores, el diálogo o la paleta cromática.

michel-gondry ¿Supone lo dicho un menoscabo de los otros elementos? En modo alguno. Michel Gondry, acaso el cineasta —Kaufman aparte— que mejor visualiza los guiones de Kaufman, hace de la melancolía que empapa el film algo casi tangible, gracias en gran medida a un uso originalísimo de los efectos especiales —que trata de manera artesanal, de modo que lo que parece un efecto especial es <<solo>> un decorado gigante filmado con una lente deformante—; de una banda sonora, a cargo de Jon Brion, capaz de conmover a un sordo —pero no tanto como los silencios o el sonido ambiente de las olas, a los que nunca somete—; y sobre todo de la química que irradia la pareja protagonista, en un arco emocional de trescientos sesenta grados que, de paso, nos recuerda el inmenso actor que es Jim Carrey, y cómo una de las más pesadas condenas para un intérprete es alcanzar el éxito con un determinado tipo de personaje: escapar de esa casilla resulta más arduo que de Alcatraz.

¡Olvídate de mí! solo tiene como pega su título en español. El original, un verso del poeta inglés Alexander Pope —al que por cierto se alude en un gag del film, que al doblarse queda cojo—, hace justicia a la que no es imposible sea la película más genuinamente romántica de este siglo. Cabe verterlo como: <<Eterno sol de la mente sin mácula>>.

(La sombra del ciprés, 24/2/2018)

@enfaserem

 

Ficha del film

Tít: ¡Olvídate de mí!Eternal Sunshine of the Spotless Mind

Año: 2004

Dir: Michel Gondry

Int: Jim Carrey, Kate Winslet, Tom Wilkinson

108 mins., color

Temas

charlie kaufman, cine, comedia, michel gondry, panteón de plata, ¡olvídate de mí!

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Sobre el autor

Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.

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